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juanca lina

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Nosotros, Liluska y Leandro somos un matrimonio producto de anteriores fracasos y que nos encontramos en la vida para comenzar a creer. Yo había decidido abandonar el formato tradicional de un matrimonio promedio, de las parejas tradicionales de la clase media trabajadora. En cambio, Leandro nunca se había casado, no creía en la sustentabilidad de la institución “matrimonio” hasta conocerme, por lo que antes había convivido con distintas mujeres. Comenzó el otoño en nuestra ciudad de residencia, Southeast, y nos prestábamos a celebrar un nuevo aniversario de casados, el décimo. Claro, este evento no es como en la mayoría de los matrimonios, ya que nosotros superábamos los cuarenta años de edad. Días antes, habíamos estado deliberando sobre qué hacer. Ambos deseábamos recordar por el resto de nuestras vidas la celebración, pero nada nuevo pasaba por nuestras mentes. Hubiéramos deseado estar en otro lugar del mundo, quizás en el Caribe, en Brasil o en Europa, pero por razones económicas debíamos hacerlo en nuestra ciudad de residencia. Entonces decidimos ir a cenar y bailar en algún lugar especial. Horas antes habíamos comenzado a prepararnos. Yo recurría a lencería especial, a un vestido de noche negro y maquillaje seductor. Mi vestido era aterciopelado y pegado al cuerpo, por lo que tuve que descartar el uso de corpiño, así que mi ropa interior era diminuta y escasa, apenas una tanga y un par de medias de seda con ligas elásticas, ya que tampoco podía ponerme portaligas. Cercano a las diez de la noche nos trasladamos al lugar que habíamos seleccionado intuitivamente. En el automóvil, de camino al restaurante deliberamos sobre el menú, pero desconociendo la especialidad de la casa, por lo que coincidimos sólo en pedir vino blanco espumante. Al ingresar al restaurante, nos sorprende gratamente, pero a ambos nos produce diferentes sensaciones. A mí, la ambientación me predispone a la sensualidad, por la iluminación baja y conformada por velas y tenues Leds colocados estratégicamente que cambiaban de color; a él lo invade lo exótico, para ambos, el lugar era acogedor y provocativo. Pronto se acerca una persona del lugar y nos indica la mesa reservada, explicándonos las costumbres y las especialidades del lugar. El menú estaba acorde a la ambientación, los platos sugeridos eran exóticos al igual que las bebidas recomendadas. Ambos coincidimos en aceptar una copa de espera, mientras la cocina nos preparaba langostinos empanados, langosta a la parilla con vegetales grillados y todo acompañado por una botella helada de vino blanco espumado. Los Martini iniciales nos inducen a conversar y realizar especulaciones y observaciones sobre el lugar y las personas que ingresaban. Todos se veían apuestos y seductores. El mozo nos interrumpe para consultarnos si deseábamos bailar un tiempo antes de traernos la cena; nos miramos, pero a pesar de estar tentados de comenzar a saborear los mariscos, asentimos con la cabeza y le indicamos al mozo que íbamos a bailar pero por un corto lapso. Cuando llegamos a la pista, parecía que todos habían decidido lo mismo. La música era alegre pero sin trascendencia, por lo que elegimos seguir bailando en la terraza del restaurante. Afuera, se podía observar una noche fresca e iluminada por una luna casi llena. Desde allí continuábamos observando a los demás y especulábamos sobre sus actividades privadas, cuáles serían sus trabajos o profesiones, sus gustos sexuales, que cenarían, etc.; se trataba de un juego que practicábamos a menudo en los lugares públicos. Al rato, nos invade la tentación de sentarnos a cenar, el mozo se percata de nuestra ansiedad y comienza a servirnos. La presentación de los platos era especial y muy armoniosa a la vista. Antes del primer bocado, brindamos con las copas en alto y nos deseamos una noche especial y juramos recordarla por el resto de nuestras vidas. Los primeros bocados no detuvo el juego de seguir observando a los demás. Algunos se notaban que estaban festejando lo mismo que nosotros. Un par de parejas parecían que estaban en su primera cita. Un hombre con estirpe gerencial parecía que lo acompañaba su secretaria, lo cual nos provocó la mayoría de nuestras especulaciones y humoradas. Pera También, detectamos la presencia de un hombre sólo bebiendo en la barra del lugar, y en un paneo más amplio observamos que en verdad había personas que no necesariamente eran parejas. Vimos una mesa en donde cenaban cuatro amigas, pero la mayoría eran o parecían matrimonios o parejas o quizás simplemente amigos. Cuando retomamos la conversación, nos percatamos que aquel hombre en la barra nos observaba; al comienzo nos incomodamos, pero su mirada nos animó a especular. Yo le pregunté si lo conocía, porque su observación no era disimulada, pero Leandro me replicó que para él, el hombre estaba embobado conmigo. A continuación competíamos con las especulaciones y nos aumentaba la curiosidad. La cuestión que el hombre había logrado que los platos que componían la cena pasaran desapercibidos, salvo por la sensación de estar satisfechos. El vino espumante comenzaba hacer sus efectos, lo habíamos culminado demasiado pronto, por lo que decidimos pedir otra botella para acompañar la sobremesa. Al tiempo que los demás comensales culminaban con sus cenas, el volumen de la música subía, y rápidamente varias parejas se trasladaron a la pista de baile. La inercia también nos atrajo, por lo que súbitamente nos paramos y nos dirigimos detrás de los demás danzarines. En el transcurso, nos percatamos que aquel hombre en la barra me siguió con la mirada, de hecho en un instante pasamos muy cerca de él, por lo que quedó confirmado; algunos comentarios realizamos, pero con dificultad debido al volumen de la música. Bailamos varios temas alegres, especialmente demostramos euforia cuando hubo una seguidilla de temas cariocas, como recordando los buenos momentos vividos en Brasil. Los vertiginosos movimientos de la zamba brasilera ayudaron a digerir los efectos del vino espumante blanco, pero agotaba nuestros cuerpos, por lo que regresamos a la mesa por otras copas. De regreso, pasamos nuevamente cerca de la barra y esta vez fue más evidente que aquel hombre me observaba. Al sentarnos inmediatamente surgieron las bromas de Leandro y en contra respuesta, le contestaba que lo había visto bien parecido, queriendo que no se convirtiera en nuestro tema de conversación por el resto de la noche. Él me siguió la broma y me acosó con una apuesta, la cual me negué a seguir con la propuesta. La conversación cambió y se volvió más íntima. Hubo unas caricias por debajo de la mesa acompañando los comentarios que subían de tono. En un momento, los comentarios se profundizaron en temas sexuales; recordamos fantasías y momentos pasionales. Ambos sabíamos sin explicitarlo que luego de la cena iríamos a un hotel a recorrer nuestros cuerpos y hacer el amor. Yo me había preparado especialmente para ello. videos porno gratis xxx peliculas porno xvideos xnxx xhamster pornhub redtube youjizz beeg porno colombia colegialas culonas fotos xxx videos gay hentai incesto jovencitas sexo lesbico videos maduras putas zorras masajes chicas masturbandose pollas porno amateur sexo gratis porno hd pov rubias bdsm sexo anal tetonas travestis trios porno casero mia khalifa brazzers castings porno pornostars petardas fakings cumlouder poringa eroticos porntube porn guarras desnudas webcam sexo Leandro volvió a contra atacar con la apuesta, mientras acariciaba mi muslo disimuladamente y me hizo animar a seguirle el juego, por lo que él me mencionó que me apostaba que si se levantaba y se ausentaba, este hombre de la barra se acercaría a decirme algo, pero yo le apostaba lo contrario, o sea que yo pensaba que no se atrevería a acercarse. Yo también disimuladamente acerqué mi mano a su entrepierna, comprobando que la broma lo había erotizado. Entonces pasamos a los premios por la apuesta, pero ninguno tomaba la iniciativa, a mi me costaba imaginar un premio; entonces él me propuso, preguntándome si se animaba a irse los tres si él se acercaba y por lo tanto yo perdía la apuesta. Inmediatamente exclamé que no estaba preparada para eso; él para que me tentara me prometió que si este hombre no se acercaba y por lo tanto, perdería la apuesta, el mes siguiente me llevaba a Brasil a un lugar a mi elección; yo asentí rápidamente con la cabeza, porque estaba segura que este hombre no se podía atrever. Entonces él se levantó y lo detuve para pedirle más detalles, pero él me lo resumió y exclamó que era fácil; entonces, me explicó que él se ausentaría por unos minutos, entonces si en ese lapso el hombre de la barra se acercaba por algún motivo seductor a la mesa, yo perdía la apuesta, de lo contrario, él perdería. Yo volví a detenerlo y volví sobre la apuesta, y pregunté: ¿pero si viene a decirme algo que hago? Él me responde que dependía de mí. Entonces no lo detuve más y comencé a observar nerviosamente de reojo aquel hombre de la barra para adivinar sobre sus movimientos. Leandro al pasar por la barra, observó al hombre y le guiñó un ojo con expresión cómplice y se dirigió al baño (cosa que me enteré mucho después). Al instante, este hombre decididamente se dirigió hacia mí. Yo no sabía qué hacer, ya estaba nerviosa porque era inminente que Leandro tenía razón. Al llegar a la mesa, este hombre en primer lugar se disculpó por el atrevimiento y explicó por qué no pudo dejar de prestarme atención. Yo me sonrojé porque hacía tiempo que no me ocurría una acción de seducción tan cercana, me había acostumbrado más a los piropos callejeros que una no responde. Él prosiguió amablemente y se comprometió explicarle a mi marido e incluso ofrecía pedir disculpas, ya que sabía que él se había percatado de su atracción. Su dicción era relajada y conseguía lo mismo en mí. Él me estaba invitando a bailar cuando Leandro volvió a la mesa. Este hombre le explicó la situación hasta llegar a la invitación de sacarme a bailar, por lo que me dejó la elección a mí, incluso Leandro me animó a aceptar. Entonces acepté pero sentía nervios por lo que se podía derivar. Ambos nos retiramos a la pista, mientras yo observaba alejándome, la reacción de Leandro. Luego de un par de comentarios de este hombre, con muy buen humor, me relajé. Al poco tiempo, los temas musicales ágiles cambiaron de clima, ahora se volvían más lentos y románticos, una serie de boleros reinó en el ambiente, por lo que nuestros cuerpos se acercaron. Yo experimenté una extraña sensación; hacía tiempo que no estaba rozando el cuerpo de un hombre que no fuera mi marido. Él continuó susurrándome comentarios que me relajaban más aún, pero esta vez más subidos de tono. Los temas románticos provocaban una atmósfera especial entre ambos, aunque yo por momentos observaba a mi marido y sólo descubría una mirada de aprobación. Al tiempo, yo le pregunté su nombre; y escuché Roberto. Acto seguido él decidió ir al grano y me comenzó a seducir, con frases susurradas al oído simulando accidentalmente algunas caricias por debajo de la cintura; algunas veces yo reaccionaba con rechazo, pero luego me dejé llevar. Las emociones encontradas, poco a poco desaparecían, ya que a mí, el hombre me seducía y mi marido lo aprobaba. Roberto decididamente acarició con evidencia mi cola y me hizo sentir su erección sobre mí. Yo lo acepté y comencé a erotizarse. Luego de un tiempo, yo decido regresar a la mesa, acto que él no se opone. Cuando llegamos a la mesa, Leandro lo invita a que se sentara a nuestra mesa en los cómodos sillones. De esta manera, yo quedé en medio de los dos hombres. Bebimos más vino frío, pero la botella se volvió a terminar demasiado pronto, por lo que Roberto invitó con una botella más. Los efectos del alcohol esta vez perdurarían. Leandro me invita a bailar, los que serían los últimos temas románticos. Abrazados al compás de la canción y en silencio, disfrutamos de la velada. De pronto, Leandro rompe el silencio preguntándome si quería hacerlo. Yo me sonrojó y me mantuve en silencio. Seguimos bailando, pero al poco tiempo comenzó la música más rápida y ruidosa por lo que regresamos a la mesa. Volvimos a ubicarnos de la misma manera; yo en medio de ambos. Al tiempo comenzamos a conversar los tres de diversos temas hasta que se volvió hot e intercambiamos chistes para relajar la atmósfera que por momentos se tensionaba por mi culpa. De pronto en diagonal a nosotros, sobre una tarima improvisada, anuncian el comienzo de un espectáculo que a nosotros nos toma por sorpresa. Se trataba de un show erótico. Rápidamente aparecen en escena dos atractivas mujeres que practican un streap y simulan una relación lésbica, luego se suman dos hombres y con movimientos danzantes representan una relación swinger; al termino de este acto, se retira una de las mujeres y simulan un triángulo amoroso, para finalmente quedar con todas las luces del local encendidas, una pareja desnuda como broche de los distintos cuadros. Las imágenes habían colaborado en nosotros, la atmósfera erótica se había instalado. Los tres sentados en el cómodo sillón decidimos pedir una botella de champagne, pero sin poder salir de la sorpresa y sin saber cómo continuar con la conversación luego del clima erotizado por el show. Como nuestra mesa guardaba cierta intimidad del resto del local, Leandro decidió apoyar su mano sobre mi muslo. A mí se me erizó la piel y respondí también apoyando mi mano sobre su muslo. Mi marido prosiguió subiendo su mano acariciándome la pierna hasta llegar a la liga de la media de nylon; yo en forma sincronizada repetí la maniobra y subí con mi mano hasta llegar a la ingle de él. No había duda que el clima estaba erotizado. Roberto mientras tanto observaba sin saber qué hacer, ya que yo y mi marido, acto seguido, nos fundíamos en un pasional beso; pero Roberto se decidió y apoyo su mano sobre mi otro muslo libre. Yo me dejé acariciar aunque siento nuevamente la piel erizada; luego de salir de la sorpresa, también apoyo mi mano libre sobre el muslo de Roberto y prosigo en forma sincronizada también, hasta la ingle. Los dos hombres habían alcanzado la parte superior de mis muslos y yo con las dos manos comprobaba la erección en ambos, esta sensación casi me arranca un gemido, pero lo contengo. Sin duda, era la inconsciencia por el alcohol ingerido, parecía que no se trataba de mí, no era yo la que estaba en medio de ellos. Era difícil salir de la situación y no continuar; es Leandro quien toma la iniciativa y pide la cuenta mientras me mira profundamente como averiguando que deseaba; finalmente entiende que sería él quien debía comandar las acciones, ya que yo jamás exteriorizaría mi sensación sobre lo que me estaba sucediendo, era una mezcla contradictoria de placer y miedo. Los tres nos subimos en el asiento delantero de la cuatro por cuatro en completo silencio. El frío de la noche fijaba más aún la borrachera de las copas tomadas. La camioneta se pone en marcha sin rumbo conocido pero predecible; y una vez en la avenida y a velocidad, ambos hombres coinciden en volver a apoyar sus palmas sobre mis muslos y a imaginar la humedad de los labios de mi vagina. Yo automáticamente repito la acción realizada en el restaurante, para refrescar la sensación; apoyo mis manos en cada una de las entrepiernas y verifico la erección en ambos y beso a mi marido en la mejilla y luego a Roberto también. La cuatro por cuatro sin más, ingresa a un lujoso hotel; se estaciona y en forma silenciosa ingresamos a un espacio grande con iluminación tenue. Yo ya comienzo a sentir y especular sobre la noche lujuriosa que se aproxima. Como si estuviera predeterminado ingresamos a una habitación que se encontraba iluminada totalmente de azul. Yo siento que el corazón intenta salirse del cuerpo y pido un cigarrillo. Pareciera que el acto de fumar me tranquilizará. Ambos hombres me observan y respetan mi preparación, mientras tanto Roberto se dirige a la nevera para descorchar una pequeña botella de champagne y Leandro acomoda la música ambiental. El cigarrillo que había prendido se va consumiendo lentamente, cuando se acerca Leandro para averiguar mi estado de ánimo; percibe mi ansiedad y también mi temor, por lo que me abraza y me susurra al oído frases románticas y piropos sensuales, lo acompaña con besos y pequeños mordiscos en el cuello. Esto me relaja y respondo con caricias. Apago el cigarrillo y me abrazó a Leandro y luego nos besamos profundamente, mientras Roberto observa esperando la oportunidad de participar. Al rato, ya se ven las manos de Leandro entrar por debajo de mi falda, entonces se acerca Roberto por detrás e introduce sus manos por el escote. Yo me estremezco y dejo escapar un pequeño gemido, dejando que ellos me acaricien para relajarme. Roberto siempre dejaba que Leandro tomara las iniciativas, aunque le costaba no abalanzarse sobre mí. Él sintió que mis pezones se endurecieron inmediatamente con sus caricias. Leandro siguió jugando con sus manos por debajo de la falda y comprobó que estaba humedecida, entonces lentamente me bajo el cierre trasero del vestido para dejarlo caer. El vestido ya yacía sobre la alfombra, cuando se produjo un profundo abrazo de los tres como sellando el menaje a trois. Ya quedaba evidenciado mi cuerpo desnudo; sólo las medias cubrían mis piernas, cuando comenzaron a besarme. Mientras tanto, yo comencé a desabrocharle la camisa y el pantalón a mi marido que estaba enfrente, cuyas prendas se unieron a las mías sobre la alfombra. Verifiqué que él ya tenía una importante erección por debajo del bóxer y yo se lo acariciaba por encima. Él me toma de los hombros y me gira hasta ponerme frente a Roberto, yo entiendo que debía repetir la tarea, pero esta vez se trataba de un extraño que me miraba con deseo, pero lo hice sin cuestionarme. Al final, me costó pero también me atreví a acariciar la erección que se notaba. Ambos me besan y me toman para conducirme a la cama. En el borde, yo me deslizo por el medio de la suave y gran cama, ubicándome en la cabecera y viendo como ellos se acomodan a cada lado. Los hombres con movimientos sincronizados se dirigen a verificar la humedad de mi vagina y aprovechan a recorrerla. Las sensaciones me estremecen nuevamente. Mientras tanto, recorro con la punta de mis dedos, mis erectos pezones y a la vez abro mis piernas para que me acaricien y me masturben cómodamente. De pronto, me sobrevino un orgasmo que se venía acumulando desde el restaurante. Mis piernas enfundadas en seda negra rozaban por encima las piernas de ellos como el cortejo de una gata. Luego ellos subieron sus bocas a mis senos, también en forma sincronizada y cada uno lamió el de su lado. Esto comenzó a relajarme y erotizarme a la vez; mi piel ya tenía temperatura y podía seguir después de mi temprano orgasmo. Yo les besaba la cabeza a ambos, ya que las tenía a mi alcance porque seguían sobre mis pechos y también con mis dedos provocaba remolinos en sus cabellos; aunque de vez en cuando alternaba con juegos sobre los lóbulos de las orejas de ambos. Yo ya sentía deseos de ir a sus penes; mi principal fantasía había sido tener un pene en cada mano y mamarlos en forma alternativa; por lo que sentía que pronto se cumpliría. Ya tenía totalmente asumido que estaba en una cama con dos hombres, y que ellos estaban sedientos de poseerme, y seguramente varias veces. Al rato, me abrí paso entre ambos y me dirigí a sus entrepiernas para tomar ambos penes. Los sentí duros y comencé a mamarlos en forma alternada. Me sentía realizada por esta sensación de tener un pene en cada mano y poder lamerlos a mi capricho. A la de mi marido la conocía de memoria, ya que se la mamaba seguido y conocía sus reacciones, pero a la de Roberto, tuve que investigarla, por lo que demandó más mi concentración. De pronto, viene en imágenes a mi mente, las oportunidades en que recibía a mi marido después de un día laboral difícil; yo lo adivinaba sólo con ver su cara al entrar a casa, por lo que rápidamente me desnudaba y sólo me ponía las medias de liga negras, y de vez en cuando un culote de encaje negro, para regresar, servirle una copa, sentarlo en el sillón y relajarlo con una mamada hasta tragar la última gota de semen. Esto le cambiaba la cara y lo relajaba por completo Volviendo al miembro de Roberto, pretendía descubrir sus reacciones, lo cual hice con mucha conciencia, recorriendo su glande grande y brillante, lamiendo todo su tronco, hasta descubrir que lo más placentero para él, era que se lo tuviera apretado con una mano y mi boca succionara su glande provocando vacío. Me sentía satisfecha de poseerlos, pero no deseaba que se les derramara semen aún. Así que tomé a uno de los penes y lo apunté hacia mi vagina vagina para comenzar a sentirlo adentro. El pene pertenecía a Roberto, por lo que seguí mamándolo a Leandro, lo cual le encantaba. Todos estábamos muy lubricados, así que era fácil salir y entrar. Al tiempo, cambio de posición y me coloco encima de Roberto para manejar el ritmo, dejando al descubierto mi ano. Ahora miraba de frente a este hombre desconocido y caía en la cuenta que me lo estaba cogiendo y que también estaba mi marido ahí. Roberto estaba extasiado y deseaba perder el control, ignorar a Leandro; él me veía encima y ya quería poseerme una y otra vez. Sentía que me deslizaba sobre su pene con buen ritmo y lo recorría con mi vagina en todo su largo y húmedo pene. Mientras tanto mi marido no salía de su asombro, jamás pensó que lo excitaría verme montada sobre el pene de otro hombre; podía sentir, aunque en forma diferente, el placer que estaba sintiendo. Durante la noche, él pensó en algunos momentos que yo no me iba atrever a esto, pero disfrutaba que me lo estuviera permitiendo (me comentó días después). Observarme como hacía el amor lo había paralizado por un instante, hasta que giré mi cabeza y lo miré como diciendo: “qué esperaba para entrar en acción”. Yo le estaba ofreciendo mi ano, como muchas veces lo habían anunciado en nuestras simulaciones de triángulo. Había como un acuerdo tácito que mi cola le pertenecía sólo a él. Pero mi marido no salía del éxtasis de observarme como cogía; la imagen de su esposa, con medias negras y montada en un pene, con la expresión en la cara de satisfacción sexual, siempre le produjo admiración como quien visita un museo y se queda extasiado admirando una obra maestra del arte. Yo deseaba que entrara en acción, pero vi que si no hacía algo, él no saldría de su estado. Entonces me desmonté de Roberto y acerqué mi ano a Leandro, como pidiendo ser penetrado. En ese instante, él reaccionó y apuntó con su endurecido pene al agujero que lo estaba llamando. No sabía cómo, pero estaba humedecido, por lo que no le costó penetrarme. Yo di cuenta de ello con algunos gemidos, mientras mi ano adquiría la misma temperatura que mi vagina. En ese momento, Roberto respetó esa acción, sin amagar a realizar ni siquiera una caricia que pudiera ser interpretada como un reclamo; sabía que estaba toda la noche por delante y especulaba con el momento que pudiera poseerme sin pensar en su otro acompañante. A pesar de su ansiedad, Roberto me veía que a pesar de compartir la cama con otro, le era fiel y me sumía a los deseos sexuales de Leandro. De pronto, fue mi marido que me tomó de la cintura para colocarme entre ambos. Pero observó que a Roberto se le estaba bajando la erección, por lo que me acomodó como para que hiciera el trabajo de recomponer la erección con mi boca; mientras tanto él seguía disfrutando de mi apretadito ano. Yo entendí la orden y rápidamente tomé el pene casi flácido de Roberto y lo coloque en mi boca, con la cual realicé maniobras junto a mi lengua que recuperaron la erección. Leandro volvió a extasiarse con la imagen aérea que tenía. Yo estaba con mi cola debajo de su cintura, con su pene entrando y saliendo en un humedecido y acolchado agujero, hacia la derecha observaba mis piernas bien torneadas, las cuales acariciaba por encima de sus medias negras, debido a la extraña atracción que le causaba al tacto aquel material; hacia delante veía su pequeña cabeza con cabellos cortos y podía adivinar la expresión de su cara, culminando el cuadro en mi boca que practicaba una mamada profesional; de hecho esto le provocó cierta envidia aunque sabía que no podía estar en ambos lados. De pronto, yo me reincorporó para quedar en cuatro patas y sentir más esos penes. Otra imagen de la fantasía que se estaba haciendo realidad; sentir una penetración trasera y tragar un pene por delante. Me sorprende un segundo orgasmo que me produce electricidad en todo el cuerpo; temblequeó que ellos perciben, pero no abandono la acción y me relajo apoyándome sobre mis codos para seguir y grabar en mi memoria estas sensaciones, que hasta ese momento sólo había imaginado y simulado con mi marido y un vibrador. Ellos hacen un esfuerzo para no derramar el semen ante el clímax creado, y buscan poder separar las acciones y concentrarse en el vaivén casi mecánico, por lo que sacaron de sus mentes la posibilidad de eyacular, de soltar aquel torrente que se había acumulado y lograr erradicar el deseo de acabar. Los tres deseábamos que aquello no terminara nunca, el estado era ideal, las sensaciones otorgaban plenitud y complementariedad. El menaje a trois estaba en su pleno apogeo. En un momento, parecía que se había agotado el repertorio de posiciones, cuando yo decido reincorporarme y volverme a montar sobre Roberto, que ya tenía su pene a punto para volver a abrazarlo con mi vagina. Los jugos de la saliva sobre el pene de él y el líquido seminal dentro mi suave cueva, se mezclaron; mientras que se escuchó un sonido de expulsión proveniente del pene de mi marido, el cual quedaba fuera del ano por mi reubicación. Leandro reacciona rápidamente porque no deseaba estar fuera de aquel agujero, y cuando yo ya tenía el pene de Roberto totalmente introducido en mi vagina, Leandro se acomoda y vuelve a penetrarme por el ano. En ese momento, yo siente como los dos penes que me penetraban, me creaban una profunda sensación como ampliando la propia penetración, sentía como se llenaba mi entrepierna, como si los penes desearan chocarse en su interior, me sentía completamente llena. Al comienzo, los tres apenas podíamos movernos, pero deseábamos encontrar un ritmo acompasado para poder entrar y salir. Yo quedé como flotando entre ellos y sólo sentía aquellos penes como poco a poco entraban y salían. Este vaivén tripartito, este roce interno en mis dos agujeros y los líquidos mezclándose, me arrancaron mi tercer orgasmo; pero este fue prolongado, menos eléctrico y mucho más profundo que los anteriores, como si hubieran comenzado en el centro de mis entrañas. No entendía de donde estaba siendo arrancado este orgasmo, como tampoco entendía de donde provenían sus jugos. Era la primera vez que sentía dos penes adentro y esta sensación era superadora de la anterior, por lo que volví a desear que no se terminara nunca. Roberto, que estaba abajo y su pene alojado en mi húmeda vagina, sentía como los jugos se derramaban y estaban empapando su pelvis. Mientras que mi marido ya iba y venía de ese ano livianamente, por lo que su calentura era alta. Él cambiaba el ritmo a su criterio y por momentos desafiaba mi agujero pegándole estocadas con su pene; sintiendo a veces que su cabeza chocaba con el glande de Roberto. Yo totalmente empapada de sus jugos siento de pronto, chorros estrellándose en mi interior. Ellos dejaron en libertad sus exclamaciones y yo sentí satisfacción por la cantidad de semen que estaba arrancando de esos troncos, también descubrí que rebalsaba de mis agujeros y esto relajaba los músculos de todos. Tanto Roberto como mi marido se mostraban agotados y satisfechos; por lo que se dejaron caer volcándose sobre sus espaldas, de manera que quedaron como en el comienzo; yo en el medio y ellos a cada lado. Yo sentía tanta plenitud que no sabía cómo agradecerles, por lo que decidí deslizarme y limpiar a ambos penes dejándolos totalmente limpios. Yo sentía los parpados pesados, mis agujeros irritados por tantas entradas y salidas, los jugos derramándose de mi interior y mi boca empastada por la limpieza hecha sobre los dos penes, los músculos ahora relajados, también denunciaban el arduo trabajo, el trajín de la noche, por lo que no lograba moverme, estaba rendida; pero se contraponía con el deseo de un sorbo de champagne a modo de brindis por la tarea cumplida, por la noche de fantasía que dejaba de serlo; sus amantes yacían rendidos sobre la cama. También me invade el deseo de una ducha o de un baño de inmersión para relajar y limpiar mis partes. Estos dos deseos luchan dentro de mío, al tiempo que también mi mente comienza a recorrer las distintas escenas de la noche, desde que me preparé para una noche especial en mi casa hasta el menaje a trois que acababa de suceder. Después de un rato, decido retirarme al toilette por una ducha. Cuando me reincorporo de la cama observo a mi alrededor buscando las copas de champagne a medio terminar y me detengo a observar a mis dos amantes tirados sobre las suaves sábanas; me invade un deseo de comenzar nuevamente a coger con ambos, pero mi cuerpo me hace desistir, por lo que retomo mi tarea anterior. En el camino encuentro una copa con restos de lápiz labial y tomo un sorbo de aquel líquido amarillento que ya estaba a temperatura ambiente; al comienzo lo rechaza porque había dejado de ser atractivo, pero lo dejo deslizar por mi garganta y pesadamente me desplazo y me meto en la ducha. Paso un buen rato debajo de la lluvia abundante y caliente, siento como esto me relaja, me recompone, me despeja, me reconforta. Cuando termino, recompongo mi cabello y mi make up, pero como no tenía muda de ropa interior vuelvo a deslizar las medias negras por mis piernas. Al salir del toilette, casi me choco con mi marido que deseaba ingresar en una forma deplorable; nos miramos por un instante y sonreímos como si hubiéramos hecho una travesura. Yo lo dejo pasar y escucho que él elije un baño de inmersión. Cuando llego al ambiente principal, observo que Roberto me hace una expresión de admiración y escucho: - Sos una Diosa!!! – y me invita a regresar a la cama. Yo le agradezco el piropo y lo obedezco, pero descubro que él desea cogerme nuevamente. Yo pienso que no estoy para otro encuentro, pero cuando apenas me toca, siento que lo deseo nuevamente. Así que abandono mi cuerpo boca abajo sobre las desordenadas sábanas y me dejo coger por aquel extraño. El pene de Roberto desde atrás se vuelve abrir camino en mi vagina; al comienzo parecía que mi cueva lo rechazaba, pero ante la mínima humedad, los labios y el túnel abrazaron al intruso. Él me cogía con frenesí, como si quisiera que todo sucediera antes que Leandro regresara. La embestida era fuerte y profunda, ambos colaborábamos para que fuera casi una cogida violenta. Al rato, él me gira pero sin sacármela, y seguimos cogiendo pero boca arriba, medio de costado. Roberto deseaba penetrarme de tal manera, como para que yo no lo olvidara jamás. De la misma manera, yo respondía al desafío y lo hacía con tanto ímpetu como para que a él le quedara yo como único registro de mujer. De pronto, él explota llenándome de semen nuevamente y nos confundimos en un profundo beso. Nuestros cuerpos ya no experimentaban ningún rechazo, éramos amantes y nos gustaba como nos sentíamos uno dentro del otro. Por primera vez, nuestras lenguas recorren la boca del otro; ahora sí parecía que nunca se terminaría. Yo al sentir que se comienza a desvanecer la erección dentro de mi vagina, me despego de él y comienzo a chupársela con desesperación para no permitirle otro estado que no fuera el erecto. La toma con mis dos manos y la recorro de arriba abajo. La succiono arrancando las últimas gotitas de leche y me las trago. Yo experimento que mi actividad está dando resultado porque siento que vuelve a endurecerse dentro de mi boca. Ahora comprobaba que su tamaño era ideal para mi boca y mi vagina, por lo que le demuestro mi profesionalidad en el fellatio. Roberto no entendía como se podía seguir sintiendo tanto placer y deseo, me tomaba del cabello y me empujaba la nuca como ayudándome, pero sólo acompañaba el ritmo que yo le imprimía a la mamada. Compruebo que ese pene estaba listo para ser cogido y decido montarme encima. Él me recibe gustoso sin saber que pudiera dominarme, así que me dejó hacer. En ese instante, mi marido nos descubre en plena acción e intuye que hace un rato que nos estamos brindando placer. La escena le provoca rápidamente una erección, por lo que silenciosamente se ubica por detrás y ayudándose con un poco de saliva, lubrica su pene y lo introduce nuevamente en su agujero preferido, mi ano. Esta vez, yo denuncio el dolor, pero lo dejo hacer. Él se da cuenta y me trata con suavidad, a pesar de querer estoquearme a modo de venganza por el frenesí demostrado por el otro hombre. Al tiempo, los tres empezamos a sentir el cansancio y dolor de los genitales, anunciando que ya se habían usado con demasía, pero el placer de estar nuevamente los tres entrelazados, nos impedía despegarse. Yo dejo caer a un costado de Roberto, lo invito a ponerse de frente y le tomo el pene introduciéndolo rápidamente en mi vagina antes de que intente relajarse; luego mi marido también se acuesta, pero detrás mío, así que tomo su duro pene con la mano y lo dirijo hacia mi ano. Al rato, ya habíamos adquirido un ritmo placentero, yo estaba en el medio, como en un sándwich. Los tres recostados sobre uno de nuestros lados, nos proporcionábamos placer, entrando y saliendo. Roberto me penetraba suavemente por delante, mientras su boca y cabeza estaba sumergida en medio de mis pechos. Mi marido, tomado de mis caderas, me culeaba a un ritmo placentero sin causarme dolor, mientras me mordisqueaba el cuello. Así estuvimos por un buen rato Cuando de repente comienzan a sobrevenir débiles orgasmos de mi parte y al mismo tiempo chorros de poco caudal a salir de los miembros. Esto sí provoca el desenganche, así que cada uno se retira del otro, pero al dejar caer sus cuerpos nos confundimos en un abrazo. Ahora la imagen era la fatiga y el abrazo final. Rápidamente también las mentes dejan de estar sincronizadas. Alguien piensa cuando será el próximo encuentro, otro recuerda las sensaciones vividas y otro experimenta la satisfacción que la realidad había superado la fantasía. De vez en cuando repetimos, nos reencontramos con Roberto y disfrutamos de un menage a trois; y la confianza ya los aventura a convencerme de tener una relación lésbica; me confesaron que les rompe la cabeza la idea de verme hacerlo con otra mujer. No sé si accederé…