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Por Juanita León | Carlos Hernández Osorio · 07 de Noviembre de 2020

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Esta mañana, cuando el presentador de CNN le preguntó a Van Jones, uno de los comentaristas del programa, qué significaba para él que Joe Biden hubiera finalmente asegurado la Presidencia de Estados Unidos, Jones comenzó a llorar de la emoción.

“Fue más fácil ser un papá esta mañana”, dijo Jones entre sollozos. “Es más fácil decirle a tus hijos que el carácter sí importa, que decir la verdad sí es importante, que ser una buena persona vale la pena”.  

Después enumeró toda la gente que estará más tranquila sin Donald Trump en la Casa Blanca: los inmigrantes que han sido separados de sus hijos de manera arbitraria; los negros como él que tienen que enfrentar el cada vez más frecuente abuso de racistas que se han sentido empoderados con el chauvinismo del presidente de Estados Unidos; los musulmanes que han sufrido los trinos de Trump haciéndolos sentir no bienvenidos en su propio país.

“Significa mucho que tengamos la posibilidad de reiniciar, de reivindicar que el carácter del país y la decencia sí importan”, concluyó.

Sus palabras se volvieron virales en redes porque expresan la sensación de muchos de los que votaron en contra de Trump y de muchos de los que en el resto del mundo han seguido minuto a minuto las elecciones gringas: lo que estaba en juego no eran unas políticas públicas determinadas y ni siquiera una ideología. 

Estaba en juego la identidad de Estados Unidos, y la prevalencia o no de unos valores fundamentales que irradian al resto del mundo. Incluida Colombia.

Por eso, aunque el triunfo de Joe Biden puede cambiar muy poco la relación bilateral con Colombia, que él y no Trump esté en la Casa Blanca sí crea un “tono” y una noción de lo que es “normal” y “aceptable” en la política.

Solo eso, puede tener un profundo impacto no solo en Estados Unidos, sino también aquí.

La relación estratégica

La relación entre Estados Unidos y Colombia está basada en unos intereses estratégicos y no en una relación personal de amistad entre presidentes. 

Ambos países han consolidado una agenda a largo plazo que allá tiene soporte bipartidista; pasa, sobre todo, por el Tratado de Libre Comercio (TLC) y la lucha contra el narcotráfico representada en el Plan Colombia desde el gobierno de Andrés Pastrana (1998-2002), luego convertido en Paz Colombia, con mayor énfasis en ayuda institucional para implementar el Acuerdo de Paz que firmó el gobierno Santos con las Farc.

Con Biden, ni el TLC ni el Plan Colombia se irán abajo.

Más allá de lo meramente económico, hay programas de desarrollo que vienen de atrás, por medio de Usaid, la agencia de cooperación gringa, y otros más recientes como América Crece, que implementó Trump y está enfocado en mejoras en infraestructura para impactar en áreas donde sea clave sacar adelante el posconflicto.

De acuerdo con María Claudia Lacouture, ex ministra de Comercio y actual Directora Ejecutiva de la Cámara de Comercio Colomboamericana, es difícil que todo lo anterior sufra cambios de fondo. “Se mantendrá el principio de que si se quiere algo de EE.UU. debemos ir a buscarlo”, escribió recientemente.

El saludo que le hizo el presidente Iván Duque a Joe Biden como nuevo Presidente gringo fue, precisamente, resaltando esa agenda común:

El asesinato de líderes sociales sí es un tema que con los demócratas en el poder puede cobrar relevancia, sobre todo porque está relacionado con la agenda de Derechos Humanos en general y con la implementación del Acuerdo de Paz en particular, algo a lo que Biden y su Partido son más sensibles que los republicanos.

Con él, de hecho, seguramente retornará a la Casa Blanca una narrativa que defienda abiertamente el Acuerdo, dice Adam Isacson, experto del Washington Office on Latin America: “Hay mucho interés en que el Acuerdo prospere entre los asesores de Biden; se podría entender así: Biden estaría más del lado de Emilio Archila (Consejero para la estabilización de Iván Duque, encargado de la implementación del Acuerdo) que del de Carlos Holmes Trujillo (el Ministro de Defensa)”.

Ese sí podría ser un cambio notorio porque con Trump no sólo desapareció en el gobierno gringo el discurso de apoyo al Acuerdo, sino que mostrarse en contra le sirvió para hacer campaña en Florida y alimentar el miedo al socialismo, que allá fue tan efectivo.

Como los demócratas volvieron a ganar la Cámara (aunque perdieron curules) y los republicanos posiblemente mantengan mayoría en el Senado (aunque la pelea continúa), el partido de Biden podría tratar de condicionar la ayuda económica para Colombia a un mayor cumplimiento del Acuerdo (algo en lo que Duque ha avanzado poco); o, como lo intentaron en la Cámara en julio, a hacer más difícil la fumigación con glifosato y a que las ayudas no se usen en perfilamientos como los que hizo el Ejército a periodistas e integrantes de ONG.

Aunque, dice Isacson, con Biden, en todo caso, “la narcotización de la relación bilateral se mantendría”, y mantendrá su presión para acabar con la coca, aunque posiblemente con menos especificidad en la fumigación, que en todo caso él apoyó como senador (uno de los principales arquitectos del Plan Colombia).

La incógnita es si el supuesto apoyo que le dio el Gobierno a la campaña de Trump, que ventiló el expresidente Juan Manuel Santos y reforzó el senador del Polo Iván Cepeda, le cerrará el margen de interlocución a Duque ante el Congreso o la Casa Blanca.

Aunque ni Santos ni Cepeda aportaron una prueba contundente de esa supuesta intervención, sí hubo movidas que dejaron dudas, como que el gobierno Duque no hubiese dicho nada sobre las manifestaciones de apoyo a Trump que hicieron congresistas uribistas como la senadora María Fernanda Cabal, el representante de los colombianos en el exterior y el mismo Uribe, resalta la internacionalista Laura Gil.

Además, el respaldo de Duque a Mauricio Claver-Carone, que fue el candidato de Trump a la Presidencia del BID, fue visto como una apuesta hacia la campaña de Trump, agrega Lacouture.

Pero más allá de eso, Colombia y Estados Unidos mantienen intereses comunes que también pasan por Venezuela.

Biden, como Duque, ha llamado reiteradamente dictador a Nicolás Maduro y desconoce las elecciones que lo dieron como ganador en 2019; ha hecho énfasis en que quiere que Estados Unidos contribuya a que ese país retorne a la democracia y eso lo haría, a diferencia de Trump, fortaleciendo la presión diplomática por medio del Grupo de Lima, del que hace parte Colombia, país al que en campaña consideró un aliado estratégico para “la seguridad y la prosperidad de nuestro hemisferio”.

El tono

Por eso, el mayor impacto que puede tener el triunfo de Joe Biden en Colombia es más sutil, pero más profundo, y tiene que ver con el ejemplo que Estados Unidos suele dar. El poder se refleja también en la definición de lo que es aceptable.

Cuatro años más de Trump terminarían no solo por normalizar la misoginia, el racismo, la xenofobia y el fanatismo que exhibía con orgullo el actual presidente republicano polarizando a la sociedad, sino la idea de que la realidad fabricada a punta de trinos y noticias falsas prevalece sobre los hechos.

Durante estos cuatro años, los líderes autoritarios del mundo tomaron prestado el ‘manual trumpiano’. David Remnick, en su editorial de la revista The New Yorker, lo define así: “durante todo su mandato, Trump le declaró una guerra frontal a las instituciones democráticas y desplegó una política marcada por la crueldad, el fanatismo y la polarización”. 

Con su derrota, así Trump tarde semanas o meses en reconocerla, quedó claro que así fuera por un margen pequeño, la realidad de los más de 235 mil muertos por un manejo errático del covid en Estados Unidos, entre otros descalabros de su gobierno, se impuso sobre el reality show de su Presidencia.

Ese ejemplo puede tener un impacto profundo en la política colombiana, ahora que arranca la campaña presidencial para el 2022.

Comentarios (1)

jdimate

13 de Noviembre

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