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No son grandes bloques del mineral, nadie podría verlo y guardarlo en un costal, muchas veces ni siquiera es perceptible al ojo humano. Es un polvillo que los fuertes vientos de la Costa arrastran sobre toda la ciudad, sobre el mar, sobre los cultivos y que va envenenando lentamente.

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Sesenta millones de toneladas de carbón es aproximadamente lo que mueven en un año las cuatro compañías mineras del país a través de Santa Marta. Nadie, sin embargo, se pone de acuerdo sobre cuántas barcazas hundidas hoy yacen en el lecho marino.

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El activista Alejandro Arias dice que son por lo menos 12 las barcazas que se han hundido con carbón, mientras que el capitán Guillermo Díaz, Director de la Dimar y quien convocó a la reunión con la ANLA cuando se enteró que la empresa había arrojado el carbón al mar, dice que solo tiene registro de una más, hundida hace unos tres años.

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Para la Dimar, así como para las autoridades marítimas internacionales, el carbón no es un elemento contaminante. El problema es la frecuencia de los hundimientos y la cantidad que se bota al mar cuando esto sucede y el polvillo del carbón, que con los fuertes vientos de Santa Marta, se convierte en un elemento letal para los ecosistemas que rodean los puntos de embarque.

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Los trenes de las carboneras recorren el país desde diferentes minas, algunas ubicadas en La Jagua de Ibirico, en el Cesar, y serpentean entre las ciénagas como gigantes anacondas metálicas que retumban a su paso.

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El paso del tren es incierto, puede pasar una sola vez o pasar hasta 12 veces el mismo día.

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Cada tren tiene más de cien vagones cargados de carbón, destapados, y cada vagón con la vibración y el viento va dejando una estela de polvillo de carbón que tiñe a su paso los rieles y los alrededores de la carrilera.

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El tren, al acercarse a Santa Marta, pasa por algunos barrios como Don Jaca, y deja basura, polvo de carbón, casas agrietadas y mucho ruido. Además de un territorio fragmentado por la carrilera.

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El Hotel Decameron tuvo que interponer una demanda para que las compañías mineras construyeran un paso elevado, pues sus huéspedes quedaban bloqueados al momento de pasar el tren.

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La acumulación de este polvillo genera una capa de carbón que bloquea el paso de los rayos solares hacia el fondo marino.

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Cuando este se acumula en grandes cantidades, las algas y los corales no pueden hacer fotosíntesis, el lecho marino va muriendo y los peces se quedan sin alimento.

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Poco a poco ese fondo marino se va convirtiendo en un desierto en el que solo quedará carbón y este paraíso marino con el tiempo tenderá a desaparecer.

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El gobierno ha intentado implementar una serie de medidas para contrarrestar la contaminación por el polvillo.

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En el 2007 sacó un decreto que obliga a las empresas carboneras a hacer cargue directo para evitar incidentes con barcazas. Pero todas estas medidas han encontrado prórrogas a través de los años y hasta ahora sólo uno de los cuatro puertos usa ese sistema.

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Muchos de los pescadores afirman, incluso, que en la zona en la que se mueven las barcazas, lo que hay debajo son montañas de carbón.

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Los pescadores dicen que cuando lanzan sus redes cerca de los puntos de embarque muchas veces sacan solo trozos de carbón.

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En Santa Marta las playas, las calles, los techos y las paredes tengan polvillo de carbón.

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La Asociación de Trabajadores Enfermos de Drummond Puerto, que existe desde el 2010, da cuenta de 15 trabajadores enfermos con cáncer de pulmón y seis personas fallecidas por causas similares.

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Carlos Ramos, presidente de la junta de acción comunal de Cristo Rey, uno de los barrios cercanos a la carrilera del tren, ha demandado a la Drummond y a otras carboneras que operan en el sector. Se queja de que no han gozado de las regalías del carbón: los barrios que quedan cercanos a los puntos de embarque no tienen agua, ni alcantarillado ni carreteras pavimentadas.

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Marelvis Pren es la viuda de Darwin Castillo, un trabajador de la Drummond que falleció en 2011, a los 29 años, después de haber presentado intenso dolor en el pecho y fallas pulmonares. Darwin era palero limpiando barcazas, un oficio en el que estaba en contacto directo con el carbón. Después del fallecimiento de Castillo, Drummond le entregó a Marelvis 500 mil pesos de liquidación y aún no recibe pensión. La empresa no se ha responsabilizado por el hecho.

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"Ellos no quieren dejarnos pescar ahí, ahora la gente se está dando cuenta de la contaminación pero esa es una problemática que tiene más de 15 años”, dice Juan Díaz Granados, el presidente de la Asociación de Cultivadores de Especies Marinas. Él pesca cerca al aeropuerto en las zonas de movimiento de carbón. “Aquí debajo de esos buques lo que hay son montañas de carbón, aunque ellos digan que no, en el fondo saben que es así."

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El polvillo impregna la cotidianidad de los samarios.

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Doce empresas mineras han suscrito “Los principios voluntarios en seguridad y derechos humanos”, que es un código de ética para mejorar las prácticas del sector y el respeto de los derechos humanos. Drummond no forma parte de este grupo.