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Por Efraín Rincón · 06 de Abril de 2021

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Ayer la alcaldesa de Bogotá, Claudia López, propuso una cuarentena general en la ciudad de viernes a domingo entre el 6 y el 19 de abril. Aunque el 3 de abril, el gobierno de Iván Duque sacó una circular diciendo explícitamente que no se cerrarían comercios, hoteles ni vuelos, anoche el ministro de Salud autorizó el cierre de la ciudad durante el fin de semana. 

La pregunta es si ese tipo de cuarentenas, que tienen un costo económico muy alto, realmente sirven para frenar el contagio. 

La Silla Vacía consultó con cuatro expertos en salud pública, epidemiología y economía de la salud, y dicen que la efectividad de estas medidas depende de cuándo se apliquen, qué tanto se cumplan y de que estén acompañadas de otras herramientas como el rastreo de casos y contactos. Y que, en todo caso, lo mejor es apelar a una combinación de medidas “moderadas” antes de tener que recurrir a un cierre masivo y largo. 

Las cuarentenas funcionan, pero...

La primera cuarentena que vivió el país entre el 25 de marzo y el 31 de agosto le sirvió para ganar tiempo. Pasó de tener 5.346 camas en unidades de cuidados intensivos (UCI) en febrero a 10.693 en octubre y a más de 12.000 hoy; de no poder hacer pruebas de covid y tener un solo laboratorio a poder hacer más de 50.000, y de cerrarse para tratar de protegerse a tener una incipiente estrategia para rastrear casos, el Prass, con personal y un call center.

Como contamos en esta historia, con las capacidades del sistema hospitalario mejoradas y funcionando, el Gobierno dijo en su momento que no esperaban nuevos cierres nacionales, aunque dejó abierta la posibilidad de que ocurrieran en las regiones. Como se ha visto en Santa Marta o en Bogotá. 

Andrés Vecino, investigador y salubrista de Johns Hopkins, cree que como ocurrió con la primera, las cuarentenas dan tiempo de preparación, porque reducen los contactos y con ello la transmisión del virus. Pero que su efectividad cambia según cuando sea aplicada. 

“Hace un año la efectividad de la cuarentena fue alta”, dice Vecino, “mantuvo la infección en niveles bajos”. 

Un ejemplo de no aplicarlas en el momento apropiado fue lo que sucedió a principio del año en Bogotá. En enero, durante el segundo pico, la alcaldesa Claudia López declaró una cuarentena generalizada entre el 15 y el 18 de ese mes. Para ese entonces, la ocupación de UCI ya era de mínimo el 90 por ciento; era muy tarde.

“Uno generalmente quiere evitar el crecimiento, y no tomar esas decisiones cuando ya hay ese grado de riesgo al sistema de salud”, dice la epidemióloga Isabel Rodríguez.

Ella explica que en el escenario actual, cuando nos comenzamos a acercar a un tercer pico, lo ideal sería acudir ya a los cierres. “De alguna manera sería más eficiente hacerlo ya que esperar a que se desborden las UCI”, explica.

En Bogotá, según la alcaldesa, las solicitudes de UCI covid al Crue han pasado de 52 en promedio diarias a 114, es decir al mismo nivel de diciembre. Y que su propósito ahora es “ir habilitando cada semana entre 150 y 160 UCI adicionales, maximizar el número de pruebas y maximizar el cerco epidemiológico”, precisó.

Rodríguez aclara que, de todas formas, es difícil tomar esas decisiones de cierre por el alto costo social que tienen. 

Medidas como las cuarentenas localizadas en los barrios con mayores casos de covid muestran una alternativa menos costosa pero efectiva en el manejo del contagio. Así lo sugieren los análisis que compartió en La Silla Llena, Alejandro Feged Rivadeneira, profesor en el programa de Gestión y Desarrollo Urbanos de la Facultad de Ciencia Política de la Universidad del Rosario. 

Según el ejercicio de Feged con sus estudiantes, estos cierres localizados ayudaron a reducir la transmisión sin tener que confinar a toda la ciudad, con lo cual el impacto es menor. Pero recuerda que esta estrategia en todo caso tiene efectos negativos, por lo que “hay que pensar en limitar la intervención a lo estrictamente necesario”.

Dado que en Colombia casi la mitad de las personas ocupadas está en la informalidad, como dice Sandra Rodríguez, profesora asociada del Doctorado en Economía de la Universidad del Norte y especialista en economía de la salud, “para muchas personas, pensar en esas medidas ahora es sopesar entre el contagio o no tener dinero para comer. La gente toma el riesgo”.

Por eso, las fuentes consultadas coinciden en que las cuarentenas no deberían ser la única opción y tampoco la primera, y que hay que acompañarlas con estrategias alternativas o complementarias como:

El problema es que a casi un año de su implementación, en promedio en el país contactan a dos personas, cuando deberían ser “de 5 a 20 contactos por caso”, según explica el salubrista Luis Jorge Hernández.   

Para él, este debería ser el tipo de soluciones focalizadas por las que debería optar un gobierno antes de los cierres, o por lo menos que los complementen. 

Para Andrés Vecino, las medidas menos restrictivas como los toques de queda tendrían más sentido pues reducen la movilidad especialmente en aquellos que más transportan el virus, pero cree que deberían estar enfocadas a que no lleven el virus a los vulnerables. 

Una forma de hacerlo es modificando los mensajes que se dan. 

En esta historia contamos que el covid se aprovecha de nuestros atajos mentales, o sesgos cognitivos, por lo que terminamos tomando decisiones equivocadas frente a las medidas de autocuidado como el uso del tapabocas o el lavado de manos. 

“La gente está cansada de mensajes que dicen lo mismo”, explica Sandra Rodríguez. Por eso lo mejor es aprovechar estos mismos sesgos para intentar cambiar el comportamiento y adaptarlo a otros momentos de la pandemia. “Hay que reconstruir mensajes para las nuevas realidades”, agrega la experta.

Un ejemplo sería centrar los mensajes para que fortalezcan la percepción del riesgo a partir de la disponibilidad de información como ocurrió en Europa al principio de la pandemia. 

Cuando el virus estaba pegando duro en Italia y España, y las noticias mostraron los efectos devastadores en esos países, aumentó la percepción del riesgo de contagiarse. Pero, con el paso del tiempo, cuando la información ya no era tan recurrente, la gente relajó el cuidado preventivo.

Se esperan que este mes lleguen unas ocho millones de dosis de vacuna al país y, para el Gobierno, el ritmo de vacunación debería subir a las 150 mil diarias. 

Por ahora en el país se han puesto casi 2,5 millones de vacunas. Quiere decir que faltan todavía 6,5 millones de colombianos por vacunar para completar las primeras dos etapas del plan (personal de salud y mayores de 60 años). 

Si esto se logra en las próximas semanas, especialmente antes del Día de la Madre (9 de mayo), cuando se suelen reunir las familias, sería posible reducir el riesgo de picos fuertes sin tener que llegar a cierres. 

Pero aún con estas medidas alternativas a las cuarentenas totales nada garantiza que Colombia no sufra una nueva disparada de contagios y muertes. El número de contactos que se infectan a partir de un caso (mayor a 1 en Bogotá) o los niveles en aumento de la ocupación de UCI (97 por ciento en Medellín) son muestras de que el país se encamina hacia un tercer pico. 

Y está el reflejo de Chile que, aunque es de los países que lidera la vacunación y ha inmunizado a más del 35 por ciento de su población con una dosis, ahora mismo está en cuarentena nacional porque su sistema de salud está a punto de colapsar. 

 

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