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Por Juanita Vélez · 31 de Octubre de 2019

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Esta historia comienza por una simple casualidad en el centro médico de un batallón militar en Florencia, Caquetá y ya va en un equipo de fútbol de exsoldados, que en varios partidos incluye a un arquero exparamilitar y a un director técnico exfarc.

Es mayo de 2015 y Diego Fernando Capera, un exsoldado que siete años atrás recibió un disparo de uno de sus compañeros en su rodilla izquierda y perdió la pierna, viene a una revisión de rutina. 

Capera les cuenta a otros ex militares con prótesis que lleva varios años reuniendo exsoldados para crear un equipo de fútbol de sólo “mochos”, como ellos mismos se dicen. Jessica Andrea Borrero, una caqueteña que ha sufrido la guerra desde que nació en Cartagena del Chairá, oye toda la conversación y no puede evitar hablarle.

Le cuenta su historia. La de la hermana y la esposa. Hermana de Luis Fernando Borrero, su ‘Flako’, quien estaba a punto de cumplir 22 años cuando una mina le quitó la pierna izquierda como soldado profesional en Uribe, Meta. Esposa de Luis Carlos Tique, a quien conoció ese horroroso día que tuvo que ir a ver su hermano sin pierna en el Hospital Militar de Oriente, en Apiay, Meta. “Me confundí de mocho” dice riéndose. “Y fue así como conocí a mi esposo”. 

Jessica le dijo a Capera que si podía darle el celular del ‘Flako’ y de su esposo para que entraran al equipo y al chat de WhatsApp que había armado con los interesados, que eran doce exsoldados, todos con alguna discapacidad por la guerra, la mayoría por minas. 

Minas que sólo en Caquetá, según cifras de la Dirección para la Acción Integral contra las Minas Antipersonal, han dejado 945 víctimas registradas, de las cuales 726 eran de la Fuerza Pública. 

“Ahora no importa quien sembró las minas”, dice Jessica. “Importa es lo que hemos cosechado después de ellas”. 

La cosecha del fútbol

Después de esa coincidencia, Capera conoció al ‘Flako’ y a Tique, entraron el equipo y comenzaron a ir a los entrenamientos en la misma cancha en la que hoy juegan: ‘La Mansión del Fútbol’, cerca al aeropuerto de Florencia. 

Dos años después de entrenar en las noches entre semana, pensaron que lo mejor era crear una fundación que les permitiera seguir unidos, llamar la atención de las Fuerzas Militares que según varios de ellos los tenían en el olvido desde sus accidentes,  y hacer trabajo social. 

En agosto de 2017, dos años después de ese primer encuentro en el centro médico, crearon la Fundación ‘Huellas Dejadas’, “conformada por ex militares víctimas del conflicto armado en uso del buen retiro”, dice su página de Facebook. 

Desde que la crearon, Jessica comenzó a meterse más en lo administrativo y a correr la voz de la Fundación. A finales de 2017 fue hasta el fuerte militar de Larandia, a las afueras de Florencia, a hablar del equipo y conoció a Liliana Díez, una psicóloga que trabajaba como asesora de la Brigada en temas de enfoque de género y víctimas. 

“A Liliana le parecía inaudito que hubiera tantas víctimas, tantos mochos y que el Batallón no lo supiera, no los integrara”, dice Jessica. 

“Los empecé a invitar a las charlas que hacíamos en el batallón sobre temas de enfoque de género y todos ellos iban”, nos contaba Díez, la psicóloga. “Y comencé a involucrarme mucho con sus historias y a impresionarme con el liderazgo de Jessica, porque Caquetá es un departamento muy machista y ahí estaba ella, liderando un equipo de militares, todos hombres.”

Díez les ayudó para que el Sena capacitara a las esposas del grupo en montar una bisutería. 

El Batallón también creó unos talleres para que las víctimas del conflicto, de todos los lados, se conocieran. Jessica acompañó a su esposo Tique. Fueron cuatro meses de reuniones, de llorar y pedir perdón entre ex militares, ex policías, exfarianos y víctimas. 

Ahí conocieron a Juan Carlos Murcia, al que hoy le dicen “El Profe”, exguerrillero del Bloque Sur de las Farc que se escapó de la guerrilla en 2009. Era explosivista y perdió un brazo poniendo una mina. Con la Agencia Colombiana para la Reincorporación, ACR, se capacitó como formador deportivo y ahora tiene una escuela de fútbol en la que entrena, con el permiso de sus papás, a 25 niños en Florencia. 

“Comenzamos a invitar al profe Juan Carlos a los entrenamientos y él aceptó”, nos cuenta Jessica. 

“Cuando jugamos dejamos todo atrás. Hacemos estrategia, pero de fútbol. Es increíble cómo antes nos dábamos bala y ahora no. Ahora planeamos juntos, como equipo, nos decimos desbaratado, mochomalo, de todo”, nos cuenta Murcia, antes de entrar a la cancha a dirigir.

No todos los exsoldados han aceptado igual el liderazgo de Juan Carlos. Gerzon Ramos, delantero y soldado profesional que en una emboscada recibió tres tiros y perdió una pierna, no ha perdonado todavía, aunque va a los entrenamientos. “El señor es muy buena gente, pero yo todavía no he dejado atrás lo que me pasó”, dice.

El caso es que con director técnico, ex militares entrenando y la Fundación, ya tenían mucho terreno ganado. Pero les faltaba dar el salto de convertirse en un club deportivo. Y lo dieron con un exfarc. 

 

Un sueño llamado ‘Warriors’

Mientras en Caquetá comenzaba la semilla del club, en Bogotá otro exfarc venía trabajando hace años en dar a conocer la modalidad del fútbol con bastones y prótesis. 

Se llama Alexander Vargas. 

Entró a los 11 años al frente 14 de las Farc, que por años operó en Caquetá, y fue víctima de su propio invento, porque perdió su pierna izquierda en 2008 con una mina que él mismo sembró. Desde que salió de la cárcel en 2010 se metió en procesos de víctimas y terminó como representante de víctimas de minas en la Mesa Nacional de Víctimas. 

Desde su trabajo en la Mesa, comenzó a promover el fútbol de prótesis y a reunir no sólo a ex militares, sino también a exguerilleros, exelenos y exepl víctimas de minas en el cuento del fútbol. “Pero yo sentía que tenía que volver a Caquetá a ver a quién más podía sumar a este proyecto”, nos contó. 

Cuando viajó a Caquetá, Vargas llamó a un viejo amigo: Capera, el exmilitar que se conoció con Jessica en el consultorio médico del batallón.

Vargas y Capera crecieron juntos en el barrio Kennedy de Florencia; Vargas nunca le había contado que era exguerrillero.

Capera lo invitó a jugar con los demás exmilitares. Luego de varias semanas de entrenamiento, en las que incluso llamaban a Vargas el “dragoneante” y pensaban que estaban jugando con un militar más, les soltó la bomba. 

“La verdad Capera sí me dijo que por qué no le había dicho antes, pero yo pensé que si lo hacía, tal vez sería imposible lograr jugar con ellos. Lo recibieron bien. Fue una sorpresa, sí, pero bien”, nos contó el exguerrillero. 

Pero esa no fue la única sorpresa. Vargas les dijo que conocía a un buen arquero, amputado del brazo izquierdo y que él también quería jugar. Que habían estudiado de niños en un colegio en Puerto Rico, Caquetá. No les contó que era un exparamilitar.

Fue así como terminó entrando a esta historia el exparamilitar, que para este artículo se llamará Jeison*, y que entró cuando tenía 12 años a las Autodefensas Campesinas del Casanare, perdió un brazo en la guerra y hoy vive de hacer acarreos y trasteos por Caquetá. 

“Desde que estaba chiquito me gustó tapar y aquí pude volver a hacerlo. Con los militares me la llevo bien, pues desde siempre no hemos tenido diferencias con ellos. Con la gente de Farc también; ya lo hecho, hecho está”, dice Jeison mientras toma agua y mira la cancha cargando a su hijo en las rodillas. Su sueño es montar su propio equipo, sólo de modalidad bastones (con muletas, y no con prótesis). 

Con arquero expara, entrenador exfarc y un equipo de soldados, en septiembre del año pasado Vargas les habló de un torneo de fútbol de bastones en Cucaita, Boyacá, y les dijo que fueran. Eran ocho equipos. 

El problema era que no tenían un peso para pagarse el viaje. Jessica fue a hablar con el gerente de la terminal de buses de Florencia para ver qué lograba y consiguió que los llevaran en flota a 35 mil pesos por persona. Viajaron nueve.

"Llegamos allá y eso veíamos a todos los equipos todos bonitos, todos organizados, y aunque nos metieron una goleada volvimos a Caquetá con la moral en alto de ver que sí existían equipos, gente que le apuesta a esto”, dice ella.

Fue así, recién llegados de Boyacá, cuando decidieron que querían montar formalmente un club deportivo. El reglamento de Coldeportes es que para crearlo, tiene que tener al menos una persona con estudios de mínimo 40 horas de legislación deportiva. Jessica se inscribió en el Sena y sacó el certificado.

Montaron los estatutos del equipo, que oficialmente es de sólo militares, y a finales del año pasado radicaron los papeles ante la alcaldía de Florencia, y votaron por un nombre. 

“Los mochos de Caquetá”, dijeron unos. “Los héroes de Caquetá”, otros. Ganó ‘Warriors’. “Hay muchos que ni saben pronunciar eso, pero al final todos votamos y quedó ese”, nos contó ella. 

Desde que lo crearon han jugado amistosos en veredas, viajaron hasta Belén de los Andaquíes a que los vieran y han salido hasta en ‘Sábados Felices’ por Alexander y sus contactos en Bogotá. 

Sueñan con tener uniformes y una cancha propia para jugar. También quieren sumar a más víctimas de minas al equipo y animar a otros a que monten clubes como ‘Warriors’. A eso van este domingo a Pitalito, a encontrarse con ex militares amputados.

El mejor partido que han jugado hasta ahora y que todos recuerdan en detalle fue en mayo, en el antiguo espacio de capacitación de La Montañita, en Caquetá, en el que viven 300 excombatientes de las Farc gracias al Acuerdo de Paz. 

“Yo quería llevar a mis mochos y me conseguí el número de Vladimir, ‘El Paisa’, un exguerrillero que vive allá”, dice Jessica. “Nos dijo que listo, que ellos ponían una olla y el marrano para el almuerzo y que fuéramos a echar balón”.

Y fueron. A un lado ‘Warriors’, al otro 12 exguerrilleros. El picado fue en la cancha de arena de Agua Bonita, que los exguerrilleros sueñan con volver sintética. 

“¿Quién ganó ese día?” le pregunto a Juan Carlos, el entrenador que se reencontró con sus antiguos camaradas.

“Ganamos todos”, respondió.

Para conocer más del trabajo de 'Warriors' y ayudarlos con donaciones, uniformes o incluso aportar para cumplirles el sueño de tener una cancha propia en Florencia, Caquetá, pueden llamar a este número: 321-2007901 o escribir al correo [email protected]. O también pueden consignar directamente a la cuenta de ahorros de Bancolombia número 13212007901.

 

 

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