Uso de cookies

La Silla Vacía usa Cookies para mejorar la experiencia de nuestros usuarios. Al continuar navegando acepta nuestra política.

listo

Por Jerson Ortiz · 16 de Noviembre de 2019

A Silvio Castiblanco una disidencia de las Farc se le llevó a su hijo Alcides de 16 años, y el Ejército lo mató en un combate.

4228

0

La única vez que Silvio Castiblanco vio a su hijo Alcides en una fotografía fue en Medicina Legal de Florencia. Le pasaron un álbum con las caras y los cuerpos de los once supuestos disidentes del frente Séptimo y otras estructuras de las Farc que el Gaula del Ejército reportó en un operativo en La Montañita, Caquetá, el 27 de mayo de 2018, a finales del Gobierno Santos.

Él lo reconoció en la tercera imagen. Vio el lunar que tenía en la ceja del ojo izquierdo, el pantalón gris y la camisa a cuadros que vestía. No las siete armas que estaban al lado del cuerpo, tampoco a las demás víctimas. 

“El viernes mi hijo era un trabajador del campo en una finca en Puerto Sábalo (en Solano, Caquetá), y dos días después apareció como una baja del Ejército. No era guerrillero”, dice Silvio. 

El entonces ministro de Defensa, Luis Carlos Villegas, nunca mencionó que en ese operativo habían muerto Alcides, de 16 años, Alexis Palencia Múnera, de 13 años y Diego Mahecha Martínez, de 17. Sí dijo que había sido un resultado ‘contundente’ contra Cadete (que el Ejército dio de baja en febrero de este año), y que eso les devolvía a las tropas la ‘satisfacción operacional’. 

Al igual que el bombardeo en el Caguán que el presidente Iván Duque calificó de “impecable” y que le costó la cabeza a su ministro de Defensa, Guillermo Botero, en este operativo de la era Santos, que hasta ahora ha pasado de agache, quedó demostrado que la muerte de niños en acciones del Ejército no es un hecho aislado, lleva varios años pasando y no todas las tropas están diciendo la verdad de esas operaciones. 

Esta es la historia del calvario de Silvio, su papá, por despedir a su hijo.

El papá

Silvio Castiblanco tiene 52 años. Nació en Paime, Cundinamarca, pero echó raíces en Solano en la década de los ochentas, atraído por la bonanza cocalera en Caquetá. 

Raspó hoja en Puerto Tejada, en la frontera con Putumayo, hasta que los aviones cargados con glifosato se lo permitieron. A esa y todas las 62 veredas de Solano solo se puede llegar desde Florencia en barcos, lanchas, deslizadores o cualquier cosa que flote aguas abajo de los ríos Orteguaza, Caquetá o Caguán. 

Entonces se subió a Puerto Sábalo, donde conoció a Yenny Oyola, con quien tuvo siete hijos. Antes, con otra pareja había tenido dos más, uno que se quedó en Sábalo y otro que se fue para Bogotá.  

Alcides era el mayor de los Castiblanco Oyola. 

“Era un muchacho callado, más bien reservado, compinche con sus amigos, pero serio ante desconocidos”, dice Yenni. Siempre que habla de Alcides agacha la mirada. 

Fue el único de los siete que pudo estudiar porque entre la finca y la escuela de Sábalo había una hora y media de trocha. Por eso iba día de por medio. 

En esa zona siempre operó el Frente 15 de las Farc. Aunque en 2016 ya se escuchaban ruidos de un acuerdo con esa guerrilla, el reclutamiento de menores no había desaparecido.

A finales de ese año, cuando los guerrilleros comenzaron a caminar hacia las zonas veredales a dejar las armas, un grupo del Frente 15 se quedó. En Solano calculan que no le caminaron al proceso más de 300, pero no hay cifras oficiales. 

Fue entonces cuando esa disidencia comenzó a coquetearle a Alcides. Le ofrecieron jerarquía. 

“Un día me llegó el muchacho a decirme que se iba con esa gente porque le estaban prometiendo que iba a ser cabeza de una cuadrilla de cinco”, dice Silvio.

Mueve la cabeza en señal de no. “Un niño de 13 años qué mando o preparación podía tener, ninguna, solo lo querían cautivar. Le dije que no pensara en eso, que siguiera estudiando”. 

 

Como contamos, las disidencias tienen varias tácticas para reclutar a los menores: van desde enamoramiento de niñas, el ofrecimiento de artículos de lujo (motos y celulares) y plata en efectivo, hasta la persuasión a punta de discurso político. 

Pero en la nueva lógica del conflicto, en la que la mayoría de grupos carecen de ideología, esa persuasión desapareció y, en cambio, las formas más orientadas a la ambición, están empezando a potenciarse con nuevas modalidades. 

El campanazo de alerta de Alcides tomó fuerza cuando la disidencia reunió a las comunidades de Sábalo, Puerto Tejada y Campoalegre y se presentó como la continuidad de las Farc. 

Su mensaje fue claro: seguirían con las mismas reglas, incluidas las ambientales, y volverían las vacunas y pagos a los que estos campesinos estaban acostumbrados. 

Entonces Silvio aprovechó para carear a los que estaban detrás de su hijo. 

“Le dije a un comandante que no recuerdo el nombre, un tipo mala gente, que no me parecía que estuvieran ensalzando al muchacho con cuentos raros. Yo ya había vivido más de 25 años en Solano y sabía cómo trabajaba la guerrilla y nunca escuché que buscaran convencer a los muchachos menores de edad de esa manera. Al comandante no le gustó, me reclamó que si es que no estaba de acuerdo con la causa de ellos, pero yo me la jugué por el muchacho y el tema se suponía que había quedado ahí”.

Pero no quedó ahí. 

Unas semanas después de la reunión, cuenta que estaba cultivando yuca cuando vio unos 20 guerrilleros llegaron a acampar en el corral de su finca.

El grupo lo comandaba alias ‘La Morocha’. Ella le volvió a preguntar si es que no estaba dispuesto a colaborar o qué era lo que pasaba.

Él les insistió en que no estaba de acuerdo con que Alcides se fuera con ellos, y les dijo que prefería irse para el casco urbano de Solano con su esposa y sus siete hijos a merced de lo que pudiera pasar. 

“Vendí una guadaña que me había costado millón cien, la vendí en 700 mil pesos. Con eso armamos maleta, veinte animales de patio y nos fuimos”, dice en la mañana de un jueves mientras va pasando por las calles de Solano vendiendo envueltos de maíz choclo. 

Yenni y los niños subieron en bote, él se fue por trocha y ocho horas después llegó con los dos caballos que tenía. 

Convenció a sus hijos de que allá sí podían estudiar. Pero a Alcides no. 

El desplazamiento

Al casco urbano de Solano la familia Castiblanco Oyola llegó en abril de 2017 desplazada. Los primeros dos meses vivieron en arriendo con una plata que les ayudó a conseguir el alcalde Alejandro Quintero. Luego le dieron un pedazo de lote en el barrio Estrellas del Norte, donde armó un rancho de madera.

Alcides y sus hermanos entraron al colegio Campo Elías Marulanda, pero él nunca se adaptó. 

Empezaron a llegar quejas del colegio, que era necio, que no prestaba atención, que un día saltó la cerca y se voló. 

“Le preguntamos que si no quería estudiar que entonces qué quería, dijo que trabajar. El papá se lo empezó a cargar al puerto”, comenta Yenni.

Después de cargar bultos, Silvio consiguió un planchón de madera para hacer acarreos con Nerón, un caballo que solía detener su marcha cuando veía que al frente había gente armada. 

Montó a Alcides como su auxiliar. Él le daba comida al caballo, ayudaba a cargar lo menos pesado, sacaba a pastorear, llevaba las remesas. 

“Le dije, mijo haga usted lo de los acarreos y yo me meto con lo de la motosierra, pero un día salió y no consiguió ni un trabajo, se puso bravo, mandó el caballo a pastear lejos y dijo que no, que no quería más eso, que mejor se regresaba para el campo a trabajar”, dice Silvio. 

A Yenni no le gustó la idea, pero accedió porque él iba a estar donde su medio hermano mayor, Mauricio, hijo el primer matrimonio de Silvio. 

Se fue en octubre de 2017.

Llamaba a los papás los viernes cuando bajaba al caserío de Sábalo a llevar el queso de la finca donde trabajaba. Lo hizo hasta el viernes antes de su muerte.

Cuenta Mauricio que ese día Alcides se cortó el pelo, que lo vio bien, contento en el trabajo. Yenni recuerda que la llamó para decirle que iba a estar más pendiente de ella, y que saludos a los hermanos y al papá.

Silvio estaba en una finca a cinco horas del pueblo cortando madera para un puente. 

Ese domingo fueron las elecciones de primera vuelta presidencial, las más tranquilas de la historia en orden público según el ministro Villegas. 

Pero no fueron tranquilas para la familia Castiblanco.

Esa misma noche fue el operativo del Gaula del Ejército en La Montañita donde murió Alcides. 

Ni él, ni los demás abatidos sabían que el Ejército ya les seguía la pista desde hace días, como lo detalla un informe de inteligencia que reveló Semana.

Como en el rancho de Silvio y Yenni no hay televisión, ni radio, la noticia llegó el lunes sobre el medio día.

Mauricio, el que sigue en Sábalo, escuchó que a unas cinco horas de allá hubo una emboscada del Ejército a una cuadrilla de disidentes y que ahí había unos muchachos muertos. Como Alcides ya llevaba unos ocho meses trabajando en esa región, llegó el rumor de que entre las víctimas había uno parecido a él. 

Llamó a la zona y le confirmaron que había uno muy parecido. Luego, que en la noche del viernes habían visto a una cuadrilla armada llevarse a Alcides. 

A pesar de ser un sector rural, las imágenes del ataque del Ejército empezaron a rodar por cadenas de WhatsApp hasta llegar a medios locales. En ellas se ve que que la camioneta donde se transportaban los supuestos disidentes quedó destrozada por los impactos de bala.

La camioneta era propiedad de Juvenal Silva, un comerciante de la vereda San Isidro de La Montañita, que según la comunidad fue presionado por los supuestos disidentes para que los transportaran. Él y su ayudante José Monroy son otras víctimas civiles del operativo del Gaula.

Eso tampoco lo dijo el ministro Villegas al presentar los resultados. 

El Ejército justificó la acción como un golpe a un grupo de disidencias a cargo de Oscar Méndez Galvis, que estaría trabajando en llave con ‘Rodrigo Cadete’ y ‘Gentil Duarte’, y que unas semanas antes había publicado un video amenazando de muerte al alcalde Florencia, Andrés Perdomo, y anunciando amenazas extorsivas a empresas de la región como la Electrificadora de Caquetá.

Y que además incautaron siete armas. 

La Silla Sur buscó a la Sexta División del Ejército, responsable de esta zona, para saber su versión de estas denuncias, pero al cierre de esta historia no habían respondido nuestras llamadas. 

En todo caso, este operativo ya está siendo investigado por la justicia penal militar, aunque no se saben mayores detalles. 

Lo que no se explica la familia Castiblanco Olaya es por qué presentaron a su hijo como supuesto disidente si él nunca había empuñado un arma y hasta hace un par de días estaba trabajando en Sábalo. Esos reclamos los hicieron cuando viajaron a Florencia a identificar el cuerpo y a empezar un largo calvario para que se los entregaran. 

La espera

Cuando Mauricio confirmó la noticia, llamó a Yenni.

Silvio estaba cortando la madera para el puente, pero le llegó la razón porque llamaron al teléfono de la dueña de la finca.

Le dijeron que se le había muerto un hijo, pero no cuál. Ni cómo. Pensó que uno de los más pequeños se había ahogado en el río, o que de pronto lo había atropellado una moto. No que fuera Alcides. 

Dice que ese mismo lunes se bajó caminando, llegó sobre la noche. Y a primera hora del martes cogió bote a Florencia. 

Cuando fue a Medicina Legal lo pusieron a dar vueltas. 

Primero le dijeron que la identidad de Alcides no estaba confirmada porque la tarjeta de identidad, que era su único documento, no tenía ni foto ni huella. Él les explicó que así se la dieron en la Registraduría de Solano el 13 de octubre de 2010 en una brigada de identificación. 

Luego les dio una características físicas de Alcides: dos lunares en la cara, una cicatriz en la rodilla izquierda de una cortada con machete que se hizo a los 11 años tumbando monte, dientes de adelante anchos y pronunciados. 

La solicitud de la entrega la avaló el 1 de junio Jesús Perdomo, el fiscal 19 que llevaba la investigación de extorsión por la que el Gaula realizó la operación en La Montañita. 

Además, Silvio presentó una certificación de la junta comunal del Sábalo, firmada por más de 40 personas, que dice que Alcides hacía parte de la comunidad desde octubre de 2017 y colaboraba en las actividades de la junta.

Para Medicina Legal eran necesarias más pruebas.

Le dijeron a Silvio que debían hacer un cotejo de ADN, pero que eso se demoraba unos dos meses, que se fuera para Solano, y que lo llamaban cuando estuvieran los resultados. 

“Yo lo único que les pedía era que me entragaran al muchacho para darle cristiana sepultura, que mientras tanto me lo tuvieran en un cuarto frío, nada de fosas comunes porque él no era un animal”, comenta Silvio al tiempo que saca de una carpeta azul los papeles de los trámites que presentó a Medicina Legal. 

Pasaron 45 días.

Iba de camino a terminar el trabajo del puente, cuando recibió la llamada de Florencia. Que sí, que el cotejo dio positivo, que Alcides sí era el que había descrito, el tercero en el álbum de bajas. 

Agarró camino con Yenni para despedirlo. 

No dejó que ella lo viera porque el cuerpo ya se estaba descomponiendo. 

No hubo velación, conforme lo entregaron en un ataúd que pagó la Alcaldía de Solano, lo llevaron al cementerio Jardines del Paraíso. Lo pudieron despedir. 

Desde entonces, la familia busca verdad. Que le cuenten cómo fue que esa disidencia se lo llevó, por qué lo metieron en una cuadrilla armada, por qué el Ejército no dijo en su momento que ahí había menores. 

Porque hay heridas en la familia y miedo de que vuelva a pasar.

Misael, de 15 años, el hermano que sigue en orden a Alcides, también se salió de estudiar y regresó a Sábalo a trabajar en el campo con unos primos. 

Pero antes de irse le dijo a su mamá que la muerte de su hermano no podía quedar así. 

“Dijo que se iba a vengar cuando estuviera más grande, que se iba a vengar de lo que le pasó al hermano, entonces yo me quedé con esas palabras y con ese temor, ojalá solo lo haya dicho por la tristeza, por el dolor”, dice Yenni. 

CONTEXTO

Las historias más vistas en La Silla Vacia