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Por Ana León · 18 de Diciembre de 2019

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El fin de semana pasado fue el último del año en el que la gente de la vereda La Purnia, en Los Santos, Santander, se congregó en su habitual jornada sabatina. 

Así como en un colegio, era el día de clausura y había gala.  Hubo globos, flores, música, comida, regalos y casi 100 campesinos -entre niños, jóvenes y adultos-, todos con la mejor pinta.

El punto de encuentro fue La Loma, la sede de su fundación, La Purnia Campesina. 

El acto principal era la obra de teatro ‘Purnia verde y los siete enanitos’, una puesta en escena protagonizada por 15 niños y un par de voluntarios que venían de Bucaramanga, a hora y media de allí. 

Disfrazados de personajes de cuentos de hadas que tomaron forma con materiales de reciclaje, y turnándose un solo micrófono, enviaron dos mensajes: uno ambiental, ligado al cuidado del planeta, y otro de unión, algo que allí es muy significativo.

La unión es el valor que más han pregonado en La Purnia desde 2002, cuando Marta Chalela, una vendedora de seguros de Bucaramanga, empezó a visitarlos todos los sábados para enseñarles a leer y escribir y empoderó de tal forma que hoy es un centro comunitario con cuatro unidades de negocio autosostenibles, que suavizan los gastos de los campesinos y a su vez ha patrocinado el estudio técnico de más de 30 personas y de cuatro universitarios. 

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Esa vereda es la más poblada y la más grande de Los Santos. Tiene 1.200 habitantes, pero viven tan dispersos que está repartida en siete sectores. 

La gente que empezó a asistir a las jornadas de alfabetización era del sector de Purnia Nueva, el más cercano a la escuela que se convirtió en su punto de encuentro.

Con el tiempo, leer y escribir no fue suficiente. 

Las 30 o 40 personas que desde entonces llegan semanalmente reciben clases que van desde refuerzos de lenguaje, matemáticas y ciencias, hasta arte, música y deportes. 

En un comienzo eran dictadas exclusivamente por voluntarios invitados por Marta, pero hoy los niños en edad de preescolar tienen como profesoras a un par de habitantes de la vereda que estudiaron para ello, gracias a la fundación., lo que es solo una muestra de cómo ha ayudado a empoderar a los campesinos.

Eso, tal y como nos narraron varios de los miembros de La Purnia Campesina, fue uno de los objetivos con los que Chalela inició la fundación para que el proyecto la trascendiera a ella. 

Para los niños esas clases se convirtieron en una forma de divertirse aprendiendo, y para los adultos en la manera de alcanzar lo que muchos consideraron impensable en algún momento de sus vidas: educarse. 

“Yo solo hice hasta segundo primaria. Cuando la fundación empezó yo ya tenía 18 años. Uno ya qué iba a pensar en estudiar a esas alturas…”, dijo Paola Soto, quien hizo bachillerato a través de un programa de validación de la fundación, estudió una técnica en gastronomía gracias a que la fundación le costeó la matrícula, y hoy es miembro activa de la misma.

En 2008, la fundación empezó a construir su propia sede. Uno de los habitantes de la vereda, Miguel Manosalva, donó un pedazo de tierra para que construyeran su propia sede.

Por su parte Chalela, quien se encargaba de gestionar las donaciones y buscar voluntarios para enseñar y compartir con la comunidad, consiguió que entidades como la Fundación Sura o la Fundación Incolmotos aportaran recursos y materiales para darle vida al nuevo centro comunitario. 

“Es que acá antes no había nada por hacer. Esto aquí es bonito porque es una entretención para todos”, nos dijo Jaime Jurado, cuyo hijo construyó las escaleras de entrada a la sede La Loma. 

“A mi hijo le pagaron el jornal para que las hiciera. Él estudió Ingeniería Civil en la UIS gracias a la fundación que le ayudó a pagar la matrícula. Ya hace cinco años que trabaja”. 

Así, la comunidad de La Purnia Campesina creció. 

Por un lado, empezaron a llegar asistentes de otros sectores de la vereda como Guaimaro, Purnia Centro, Gambita o La Loma, que están hasta a media hora en moto de distancia.

Por otro, la forma de educarse evolucionó, pues empezó a impactar directamente la calidad de vida de la gente. 

Chalela gestionó proyectos para hacer huertas orgánicas para su propio consumo y la construcción de apriscos (potreros para cabras), que venían con dos cabras y un cabro. 

El primero fracasó por las condiciones climáticas de la vereda pero sí les enseñó técnicas agrícolas que hoy aplican en los cultivos de pepino, habichuela y sobre todo tabaco que sustentan su vida como campesinos. 

En cambio el de las apriscos sigue marchando. De las 12 familias que participaron, 9 continuaron y los Solano Ramírez, una de ellas, hoy tiene 13 animales entre cabras y ovejas. 

Pero lo que consolidó su trabajo comunitario fueron las unidades de negocio.  

En La Purnia Campesina funcionan cinco negocios: una cocina, desde donde venden las meriendas para cada jornada sabatina; un puesto de belleza, un Internet y una tienda de mercado, que le facilitan a la comunidad el acceso a esos servicios pues no tienen que ir hasta el pueblo a abastecerse y así ahorran tiempo y dinero. 

El quinto es un ventorrillo, en donde reciben donaciones de ropa y cada mes la venden entre la comunidad a 500, mil, 2 mil y hasta 5 mil pesos. 

“Yo le compré este bolso a la niña por tres mil pesos y nuevo”, nos dijo Raiza Jurado, quien asiste los sábados a la fundación con su hija de cuatro años. “Si más de uno quiere comprar la misma camisa pues se rifa ‘a la piedrita’. El que adivine en qué mano está la piedra va quedando. Hay veces que eso se rifan entre 10 y hasta 20 personas así, a la suerte”. 

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El sábado, después de la obra de teatro hubo una actividad de integración entre padres e hijos liderada por Betty Manosalva, una de las cabezas de la fundación, y Andrés Jurado, uno de los jóvenes que están estudiando en una universidad patrocinado por la Purnia. 

Luego una puesta en escena musical alusiva a la Navidad a cargo de Jean Gutiérrez y Carolina Chinchilla, profesores voluntarios de música y preescolar. 

Después un reconocimiento al Bodeguero del Campo (un proyecto que comercializa productos del campo sin intermediarios) y Clap (entidad para la formación de líderes), quienes estuvieron capacitándolos en gestión de proyectos durante un par de meses.

Y más adelante un baile de rock and roll mezclado con carranga, y la premiación de la Copa América, el campeonato de fútbol mixto que organizan cada año. 

 

La emoción por un momento se cruzó con la tristeza y la nostalgia.

Marta Chalela falleció en agosto a causa de la leucemia y le rindieron homenaje por el legado que dejó con la fundación. 

“La forma de pensar nos cambió. A mí antes no me gustaba eso de liderar, no le veía sentido...pero sí lo hay en lo que se logra como comunidad”, nos dijo Onelio Almeyda, quien en octubre intentó sin éxito llegar al Concejo y es el presidente de la junta de acción comunal de La Purnia.

Una junta que duró varios años inactiva hasta 2008, cuando volvió a funcionar con la ayuda de la fundación, que para iniciar le donó parte de las utilidades de las ventas de comida los sábados. 

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Luego de los tamales y los regalos navideños (algo que según nos dijeron varios asistentes era impensable antes de que existiera la fundación), la gente se empezó a dispersar. 

Los que viven más cerca se fueron a pie. Los que tienen, en moto. Pero la mayoría se subió al Trompa Azul, un camión que donó hace unos años la Fundación Sura, y que utilizan para sacar su mercado y venderlo en el pueblo y hasta Bucaramanga. 

Así, pagan un solo flete entre todos los que semanalmente van a vender sus cosechas. Además, de vuelta, transportan las cosas con las que se abastecen o si es el caso, envían encomiendas. 

A su vez, eso permite que Jhon Freddy Carreño, el actual representante legal de la fundación, cada sábado haga una ruta por todos los sectores de la vereda recogiendo y llevando la gente que va a participar de las clases y actividades en el centro comunitario. 

El Trompa Azul y el ventorrillo son las dos unidades de negocio que dejan algo de utilidades para el fondo comunitario, pues las demás solo dan para sostenerse. 

Ese fondo, que también es alimentado por donaciones, es el que financia el estudio de la gente en La Purnia. Si alguien quiere estudiar y se compromete con terminar, la fundación le paga la mitad de la matrícula. Si además hace algún trabajo en el centro comunitario cada sábado, se la pagan toda.

El Trompa Azul también trae tanques de agua a La Purnia.

Los Santos es conocido en Santander porque en parte de su territorio está el sector de descanso más exclusivo de los bumangueses, La Mesa de Los Santos. Pero también por ser uno de los municipios del departamento que más sufre por falta de agua. 

La mayoría de campesinos tienen que convivir con el racionamiento, los cultivos constantemente arruinados por las fuertes sequías y enfermedades que llegan como consecuencia de ello, incluso desnutrición. 

Por eso, su apuesta actual, además de mantener las jornadas de los sábados, es gestionar un acueducto veredal. 

Si usted quiere apoyar esta fundación, ya sea para ayudar en la gestión de proyectos, con donaciones o haciendo voluntariados puede contactarla al correo [email protected] o en su perfil en Facebook, La Purnia Campesina. 

Si usted quiere apoyar esta fundación, ya sea para ayudar en la gestión de proyectos, con donaciones o haciendo voluntariados puede contactarla al correo [email protected] o en su perfil en Facebook, La Purnia Campesina.

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