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Por Jineth Prieto · 22 de Diciembre de 2019

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Este año de elecciones locales, el voto de opinión se consolidó, hubo caciques que resucitaron y otros que terminaron desinflados, y el conflicto en el Catatumbo se creció.

 

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Los alternativos se consolidaron

En los dos santanderes se concretó un cambio estructural dentro de la dinámica del poder local. 

En las alcaldías de las dos capitales ganaron políticos sin trayectoria electoral, que venían del sector empresarial y que ondearon durante todas sus campañas el discurso antipolítico tradicional.

Sin embargo, las implicaciones fueron diferentes para las dos ciudades. 

En Cúcuta la victoria de Jairo Yáñez, quien intentó buscar el aval del Centro Democrático pero terminó en las toldas de la Alianza Verde, representó una ruptura a varios niveles para la forma de hacer política en Norte.

No solo porque su resultado fue una completa sorpresa electoral que no se esperaban ni en su propia campaña; sino porque no movió plata y fue la antítesis de la maquinaria que normalmente elige en la capital de Norte.

Por su parte, en Bucaramanga el triunfo de Juan Carlos Cárdenas representó la consolidación de la fuerza del exalcalde Rodolfo Hernández.

El exmandatario, quien tiene aspiraciones presidenciales, terminó investigado por el escándalo del fallido contrato de las basuras, y no finalizó el periodo porque lo suspendieron por hacer política de frente, pero aún así se convirtió en uno de los grandes electores de Santander. 

Su efecto en las locales fue tal, que incluso repicó en Cúcuta, donde apreció en videos junto Yáñez, algo que creen dentro de la campaña, fue clave para su triunfo. 

Como además de esas victorias, los alternativos también pusieron en Santander tres diputados: dos de la Liga (el movimiento de Hernández) y uno del verde (Ferley Sierra); y en Bucaramanga seis concejales: cuatro de Liga y dos de los tres verdes, su balance incluye la consolidación de ese sector de opinión.

Así que mientras en Cúcuta, con Yáñez se inauguró el voto de los sectores que anticorrupción y alternativos;  en Bucaramanga y Santander se consolidó como una de las fuerzas electorales con mayor potencial.
 

2

Los Aguilar se reencaucharon

Aunque el clan Aguilar en el último cuatrienio cruzó por uno de sus peores momentos, resucitó en locales de octubre con la victoria de Mauricio Aguilar en la Gobernación de Santander.

Su regreso desafió todos los pronósticos políticos del departamento en la previa y durante buena parte de la campaña.

Primero, porque cuando arrancó la carrera los sectores tradicionales no querían llegar a respaldar la casa de los Aguilar, debido a que las veces que esa familia ha estado en el poder han resultado desconocidos.

Segundo, porque aunque el Gobernador electo no tiene cuestionamientos directos, sí se hizo sobre los hombros de su papá, quien este año volvió a la cárcel para terminar de pagar su pena por parapolítica luego de que la Corte Suprema de Justicia considerara que había violado los términos de su libertad condicional.

Y tercero, porque debido a la figuración de los sectores alternativos dentro del tablero de poder de Santander, el perfil de Mauricio Aguilar entró cojo en la pelea por el voto de opinión.

Sin embargo, en la campaña quedó claro que la familia Aguilar sigue teniendo un abultado poder electoral en las provincias, al que, entre otros, no le hacen mella los escándalos que han puesto a figurar a su familia en titulares de prensa de todo el país.

(El año pasado Hugo Aguilar, padrino político del nuevo gobernador, fue nuevamente imputado, junto a su esposa y a su suegra, esta vez por presunto lavado de activos y enriquecimiento ilícito; y una de las funcionarias de la Gobernación del ahora senador Richard Aguilar, llegó a un acuerdo para encender un ventilador por todos los escándalos de corrupción de su administración).

Además, el regreso de los Aguilar también mostró que esa casa unida -en las elecciones de 2015 jugó separada porque Richard y Hugo se distanciaron- tiene la capacidad aglutinar fuerzas de distintos sectores en la región.
 

 

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El poder de Ramiro Suárez fue el gran desinflado

Hace cuatro años, el condenado exalcalde de Cúcuta Ramiro Suárez, quien paga una pena de 27 años de prisión en La Picota por ser el autor intelectual de un homicidio, se alzó como el gran elector de Norte de Santander.

En ese entonces puso Alcalde de Cúcuta con César Rojas, eligió concejal en la capital con Nelson Ovalles y un diputado con José Luis Duarte, y desde entonces empezó a fortalecer a su maquinaria, que bautizó como la ‘mancha amarilla’.

Aunque eso último le valió para tener de su lado a buena parte de su estructura, principalmente durante la primera parte del gobierno de Rojas, al final terminó desmembrada. 

Por un lado, porque varias de las promesas de campaña no se cumplieron y eso hizo que los líderes terminaran migrando hacia otras estructuras; y por otro, porque los constantes roces con su ahijado Rojas terminaron facilitando que él intentara armar toldo aparte. 

Como contamos en su momento, las legislativas y las presidenciales fueron el primer botón que mostró que la fuerza de ese grupo iba de capa caída. 

En ese entonces, Ramiro eligió a Jairo Cristo en la Cámara, pero incumplió el resto de compromisos con congresistas; y en las presidenciales, se fue con Germán Vargas Lleras en la primera vuelta, y pese a que le puso toda su maquinaria terminó con solo 63 mil votos, 314 mil menos que los que Iván Duque obtuvo.  

Este año la debacle se pronunció. 

Además, de que perdió la Alcaldía de Cúcuta frente a Jairo Yáñez, quien como contamos en el primer punto, llegó sobre una ola de opinión; y terminó compitiendo contra Rojas, quien sacó sus fichas propias al Concejo y a la Asamblea, y encima sentó las bases para competir al Congreso en 2022. 

Pese a que otra de sus apuestas estuvo en entrar a la Jurisdicción Especial para la Paz, JEP, dado que solo fue aceptado parcialmente tiene que sortear varios obstáculos para salir de la cárcel usando esa vía.

Así que cierra el año, disminuído, con su caudal electoral en entredicho y aún sin un camino cierto para salir de la cárcel.  
 

Los liberales casi terminan borrados

Aunque el Partido Liberal arrancó el año como la principal fuerza política del departamento -con seis congresistas, Gobernador y 10 de los 19 concejales de Bucaramanga-, cerró como el gran derrotado de Santander. 

Para la Alcaldía de Bucaramanga no se pusieron de acuerdo y terminaron repartidos en dos candidaturas - la de Fredy Anaya y Claudia Lucero López-; y para la Gobernación terminaron moviéndose debajo de la mesa por Mauricio Aguilar, luego de que el aval oficial fuera para Ángel Hernández.

Que eso hubiera pasado tuvo que ver con que por primera vez en Santander no hubo una cabeza que aglutinara y le tirara línea a todos los sectores.

No solo Horacio Serpa dejó de ser el gran cacique y pasó a desempeñar un rol secundario de consejero; sino que Didier Tavera, quien en principio era clave para cohesionar a los rojos por tener el fortín más importante del departamento, generó tantas fracturas dentro de partido que lo reventó y nunca pudo asumir el liderazgo.

Los resultados casi decretaron el acta de defunción local de los rojos, porque aunque siguen teniendo seis congresistas y quedaron con injerencia en municipios de provincia, una parte de su fuerza electoral se quedó sin la estructura que los había mantenido en el poder

Los rojos pasaron de 10 a 3 curules en el Concejo, de las cuales solo una será ocupada por un repitente -Javier Ayala-; perdieron con sus fichas a la Alcaldía de Bucaramanga; y se quedaron sin la Gobernación.
 

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Las disidencias tomaron vuelo en el Catatumbo

Este año quedó claro que las disidencias del Frente 33 de las Farc pasaron a ser un actor predominante del conflicto en el Catatumbo. 

Justo cuando el ELN y el EPL la guerra por el control de las rutas del narcotráfico y contrabando en la región estaba en su punto más álgido, empezaron a conformarse y desde entonces no han parado de crecer.

Como contó La Silla, la primera vez que se presentó en público esa disidencia fue en julio del año pasado cuando en un comunicado anunció su regreso y le pidió a las otras dos guerrillas que lo respetaran.

Desde entonces se ha sabido que cerró acuerdos con el ELN, grupo que le permitió recuperar zonas donde tenían control las antiguas Farc, que empezó a reclutar y a expandirse.

Aunque alias Gentil Duarte, el comandante de la disidencia del Frente 7, intentó sumar ese brote a su intento de refundar las Farc y envió a John 40, una de sus manos derechas al Catatumbo, al final no lo logró porque en el Catatumbo ya tenían cerrados tratos con el cartel del Sinaloa, y Duarte quería que hicieran negocios con carteles brasileños. 

Aún no es claro cuántos hombres están detrás de la disidencia del 33, y extraoficialmente se calcula que son al menos 200 que están repartidos principalmente entre Convención, el Tarra, Hacarí, Teorama y Tibú. 

Su injerencia ha crecido tanto que incluso fueron los que le colgaron una sombra armada a la campaña de octubre y prohibieron que varias de las cabezas de la desmovilizada guerrilla transitaran por el Catatumbo. 

Incluso a Emiro del Carmen Ropero, quien fue conocido con el alias de Rubén Zamora cuando estuvo al frente de las Farc en esa región y este año buscó sin éxito la Asamblea de Norte con el aval de Colombia Humana - UP, le queramon una camioneta y le prohibieron moverse por la región. 

En este momento la disidencia no es el actor más fuerte del Catatumbo, pero ya es uno de los actores que convulsiona aún más esa subregión de país. 

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