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Por Tatiana Duque · 10 de Febrero de 2019

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Mientras en la ciudad de Tumaco siguen pasando los días sin asesinatos, siendo el periodo más calmado en la historia reciente, en contraste, en la zona rural, los homicidios no se detienen.

 

En el último consejo de seguridad de las autoridades del puerto que ocurrió hace menos de una semana, en la zona rural que comprende más de 3 mil kilómetros cuadrados (el casco urbano tiene solo 170), fueron registrados 11 homicidios en enero.

La cifra puede ser mayor. En la Gobernación de Nariño nos dijeron que en el mismo periodo hubo 16 asesinatos. Eso se explicaría porque muchas veces, los cuerpos los entierran pero no los reportan.

Ambas son cifras similares a la que hubo en inicios de 2017 (14) y de 2018 (12). La diferencia, según una fuente que estuvo en ese consejo, es que los homicidios no fueron discriminados. Es decir, no hubo enfrentamientos.

“Son crímenes selectivos, no son enfrentamientos en donde las víctimas son civiles que perdieron la vida en fuego cruzado. En los 11 casos hubo ataque directo”, nos dijo esa fuente que pidió reserva de la identidad porque tiene comunicación directa con las familias de las víctimas.

La mayoría eran miembros de consejos comunitarios o campesinos.

Nos dijo, como la mayoría de ocho fuentes en esta historia (dos funcionarios, un miembro de una ONG, tres fuentes del puerto con conocimiento en el conflicto y dos funcionarios judiciales), que posiblemente esos asesinatos están asociados con la actual guerra narco de la zona con más cultivos de coca sembrados en el mundo (19 mil según la ONU).

La mayoría (tres en enero), ocurrieron en Llorente, el enclave que desde el año pasado maneja Contador, el narco que pasó desapercibido del ojo nacional por la persecución militar al famoso alias Guacho, pero que desde hace rato maneja el negocio de la coca en la región.

Acababa de arrancar febrero cuando el viernes al mediodía, dos personas que iban en moto por la vía principal de Llorente fueron asesinados a tiros y “nadie vio nada”, según reportó la prensa local.

Allá mismo, el lunes en la madrugada hubo otros dos asesinatos.

Llorente queda a solo una hora por carretera del casco urbano de Tumaco; a menos de 40 kilómetros de allí estábamos nosotros ese mismo lunes, en las horas del ataque, esperando una cita con uno de los disidentes que libra la guerra rural de contención a Contador y sus hombres

Disidentes que, como contamos en detalle y exclusiva la semana pasada, pactaron no matarse más entre sí para garantizar sus exportaciones ilícitas y contener la avanzada de los narcos puros.

La guerra río arriba

- “Mataron cuatro pelados. ¿Quiénes serán? Qué angustia. Si muere gente en la guerra es porque hay plata”.

Son las seis de la mañana del lunes y estamos en una lancha en la mitad del río Mejicano, en el norte de Tumaco. Hasta acá llegamos porque, 48 horas atrás, alias Cardona había pactado hablarnos luego de su fallida desmovilización.

”Son asesinatos selectivos (en la zona rural)”

Fuente oficial en Tumaco

Jaime Sánchez, el nombre de ‘Cardona’, fue uno de los 128 supuestos milicianos de las Farc que la guerrilla no reconoció en 2017 y que como contamos en ese momento eran considerados ‘ripios’, es decir, traquetos reclutados desde 2013 por la columna móvil Daniel Aldana para manejar los negocios narco.

Para el momento de la desmovilización, como también reportamos, Cardona ya había fundado La Gente del Orden, grupo que fue subcontratado por el Frente Oliver Sinisterra (FOS) de Guacho para manejar el negocio y controlar algunos barrios del Tumaco urbano.

Ahora, con la tregua pactada entre el FOS y las Guerrillas Unidas del Pacífico (GUP), Cardona y su gente hacen frente a la contención a los narcos que “vienen bajando y controlando parte de la ruta hacia el puerto”, como nos dijo después un funcionario de la Gobernación que tiene contacto con esas bandas para su trabajo.

A la hora de la cita, Cardona estaba por Llorente. Dos días después, la Policía confirmó que los principales sindicados del ataque eran los del FOS, para los que él trabaja.

Aunque los hombres que nos acompañan al encuentro entre domingo y lunes -que no están armados y sí están en el proceso de desmovilización- dicen que Cardona está por acá porque “le gusta jugar fútbol en el campo”, lo cierto es que tiene una orden de captura y hay una recompensa de 30 millones de pesos por su paradero.

Prueba de que sigue en armas y con el FOS es que no estaba en la zona del encuentro ese lunes. Ni el domingo, cuando también nos dejó plantados porque “comenzó a llegar gente rara y hubo enfrentamientos” en la zona donde estaba, más arriba del río, como nos dijo uno de los hombres que cuadra la logística.

El lugar de encuentro era un caserío en la mitad de un manglar a donde solo llegan lanchas y la única presencia del Estado son tres postes que llevan la energía a casi un centenar de casas de madera sostenidas en palafito.

El resto es solo barro, río, calor y olvido. Y Cardona, que allá todos conocen.

 

Una foto similar a lo que hay en el barrio Voladero, desde donde arrancan los viajes en lancha: no hay acueducto, ni alcantarillado, sino agua estancada que hace las veces de sanitario.

“Antes venían en lancha y se llevaban muchos plátanos. Ahora (no hay) ni para comer nosotros. Nos toca comer vacío”, decía el domingo una mujer al frente nuestro en la choza de palos del caserío, en referencia a que hay para comer arroz con arroz.

Ante la plantada de Cardona, sus hombres nos dieron una olla de arroz con una lata de atún. Compraron pony malta y galletas para la visita. A lo lejos por bafle suena reguetón. En la lancha veníamos escuchando Hotel California. La vereda está sola porque “ayer hubo farra”, dijo un joven al lado nuestro.

Menos de 24 horas después de esa primera entrada al caserío ocurrió el ataque en Llorente en la madrugada. “Llegaron dos camionetas grandes, se bajaron los tipos y arrancaron a disparar”, nos dice después una fuente que conoció del croquis judicial.

Sobre la mitad de la mañana, al menos seis horas después del ataque, el CTI de la Fiscalía hizo el levantamiento de los cuerpos.

La casa de tres plantas, sobre la vía principal, tenía agujeros de bala y, según un funcionario judicial que nos habló con reserva de la fuente, dentro había pentolita (el mismo explosivo que usó el ELN en su atentado a Bogotá).

Que los del FOS hoy liderados por Carlos Landázuri alias El Gringo fueran señalados por las autoridades como los atacantes del lunes podría ser la confirmación de lo que en el Puerto temen: que los disidentes quieran recuperar el enclave que perdieron el año pasado, peleándole de frente a Contador.

Allí, Contador anda como pez en el agua. Y en la ciudad de Tumaco, al parecer, también.

“Se mueve con una facilidad increíble. El año pasado lo vi en un restaurante en Tumaco, pero su centro de operación es Llorente”, nos dijo un funcionario de la Gobernación de Nariño.

A Contador no solo le temen porque sea poderoso (es el contacto de hace años del Cartel de Sinaloa, financió a las GUP y persiguió a Guacho), sino porque a los tumaqueños desmovilizados les recuerda la crueldad de la guerra contra los paramilitares y Rastrojos que sacaron del puerto la década pasada.

“Que ‘Barrera’ vaya bajando asusta. Cuando los ‘paras’ estaban amanecían como 10 y 15 (muertos). Cuando llegaron acabaron con todo”, nos dice otro de los contactos de Cardona el lunes, mientras nervioso empujaba la lancha para sacarla de la arena hacia el río y salir de la zona por seguridad.

‘Barrera’ es como ellos le llaman a ‘Mario Lata’ el aliado de Contador. Le dicen así porque fue miembro de Los Rastrojos, banda asociada al capturado narco Daniel ‘El Loco’ Barrera.

Por fin la lancha sale al río y, ya sea por el susto del ataque cercano o porque la marea ayudaba, parecía ir mucho más rápido que en el viaje de ida.

Cuando llegamos a Voladero la noticia del ataque ya se conocía.

“Nos están matando a la familia. Si se están llevando gente de acá es para pelear arriba”, comentan dos ancianos que están sobre una de sus ventanas al frente nuestro, mientras esperamos despedirnos de los acompañantes.

Si bien a la Personería no han llegado denuncias de reclutamientos de disidencias, una fuente oficial que conoce de la guerra rural nos dijo que no sería extraño toda vez que “a los de ese barrio -desmovilizados o no- llegaron muchas amenazas el año pasado y no sería descabellado que respondan con fuerza arriba”.

Y esa no es la única guerra en la zona rural.

La gente en la mitad y el ELN en la nuca

Ese lunes en la noche, a 100 kilómetros de Llorente, en el sector de El Pailón en Barbacoas, el ELN atentó contra el oleoducto Trasandino. La explosión afectó el cementerio de la zona. Muy cerca a ese sitio hay viviendas sobre la vía.

Así como ocurrió en Llorente, la gente quedó en la mitad.

El hecho pone en el panorama a un actor que históricamente se mueve por la zona, pero que con la confrontación con las disidencias parecía contenido.

”El atentado no lo vieron venir”

Fuente humanitaria

“La gente está muy asustada porque eso no lo vieron venir. Normalmente por esa zona se mueve el FOS y la gente sabía cuando iba a haber un ataque”, nos dijo, después en el puerto, un funcionario de un organismo humanitario que constantemente va a terreno y tiene contacto con los líderes.

De hecho, hace solo un año, cuando Guacho estaba creciendo en Tumaco, habría buscado un pacto con el ELN, no obstante, habría sido rechazado; incluso en abril, tras el secuestro de los periodistas ecuatorianos, esa guerrilla dijo que lo que hacía Guacho afectaba su proceso de paz con el Gobierno.

A eso se suma que el principal combustible de la guerra, el narcotráfico, sigue vivo y sin incentivos para que su base, los cultivos ilícitos, se acaben.

“Siempre se lo hemos planteado al Gobierno pero no lo reconoce: los cultivos, vía terceros (los ilegales), están en control de los carteles mexicanos”, nos dijo un funcionario que trabaja en terreno con el programa de sustitución.

Según cifras oficiales, al menos 4.400 de las 15 mil familias inscritas en el programa en Tumaco están en el sector de Llorente hasta La Espriella, y por ahora, los pagos llegan porque “la gente presiona, pero no hay solución a largo plazo”, nos dijo esa fuente.

Con un panorama por ahora difuso y con cifras que tampoco arrojan muchas conclusiones, continúa la tensa calma en este puerto del Pacífico.

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