Uso de cookies

La Silla Vacía usa Cookies para mejorar la experiencia de nuestros usuarios. Al continuar navegando acepta nuestra política.

listo

Sin petróleo habrá futuro

Imaginar y apostarle a un futuro sin extracción ni combustión de combustibles fósiles (petróleo, carbón y gas) es optar por una política que permita preservar la vida digna y sana en el planeta. De lo contrario el mundo será devorado por el calentamiento global, el aire contaminado y diversos tipos de congestión ... y será lo más parecido a la calavera fumando. 

Fredy Cante
Fredy Cante
Profesor de la Facultad de Ciencia Política, Gobierno y Relaciones Internacionales de la Universidad del Rosario
56 Seguidores94 Siguiendo

0 Debates

25 Columnas

Columna

353

0

29 de Enero de 2018

El petróleo, al igual que otros combustibles fósiles (carbón y gas) es un recurso natural no renovable que, en consecuencia,  no se produce, simplemente se extrae. Los mencionados combustibles y los minerales, en realidad, se substraen de la tierra, a pesar de la pomposa (y bastante árida) sabiduría convencional de economistas y tecnócratas, y el coro de políticos y periodistas, quienes alardean de la tal producción petrolífera, carbonífera, aurífera, etc.

Las economías extractivas (petroleras, mineras, con monocultivos de palma y caña y otros insumos para biocombustibles) obtienen rentas a partir de la substracción de recursos naturales no renovables, la sobre-explotación de renovables (bosques y tierras arables), y el daño irreparable a fuentes hídricas sumado a la producción de gas metano (hidroeléctricas). Las economías industrializadas, y las terciarizadas (economía del conocimiento), transforman las materias primas en bienes y servicios. Todas ellas, con su labor “productiva” contribuyen a la degradación ambiental por substracción de recursos, y por contaminación y calentamiento global.

Los combustibles fósiles son cadáveres de animales y plantas (que en vida tenían radiación solar), quedaron sepultados en las entrañas de la tierra, y se descompusieron hasta formar sustancias como carbón, gas y petróleo. Este proceso ha tomado al menos 650 millones de años. En cierto modo la moderna economía del crecimiento (entendida como la colosal expansión de mercancías, creciente sociedad de consumo,  y aumento poblacional) es una economía de la muerte, debido a su amor por los cadáveres útiles (los combustibles fósiles). Es tanto y tan adictivo ese amor, que los acervos de petróleo, gas y carbón se han extraído en los dos últimos siglos hasta casi agotar las existencias (lo restante podría rebasar un siglo, si es que antes no nos devora el calentamiento global causado, entre otros factores, por la combustión de estos combustibles).

Los acervos de combustibles fósiles están muy heterogénea y diferencialmente ubicados en la geografía del mundo. Los focos con mayores reservas de estos, son los países más propensos a guerras internas o violentas intervenciones internacionales, como ocurre con los países árabes, con Venezuela, y en alguna medida con la explosiva relación entre petróleo y conflicto armado que aún ocurre en Colombia.

Los grandes sistemas políticos (el capitalismo, el socialismo, y sus hibridaciones), e incluso algunos experimentos comunitaristas, están basados en el moderno aparato económico industrial y mercantil que se nutre de los llamados combustibles fósiles. La enorme productividad, el persistente crecimiento y la comodidad dependen de estas energías.  El mundo es tan adicto y dependiente de estos combustibles, que la demanda mundial por energía es de un 34% para petróleo, un 30% para carbón, 24% para gas, un 7% para hidroeléctricas, y un exiguo 2% para energía solar y eólica.

En Colombia la extracción del petróleo, según la árida sabiduría convencional, representa un 5% del PIB. Hay que recordar, una vez más,  que el incremento del PIB muestra la buena salud de una economía (a mayor crecimiento más prosperidad y, supuestamente, mayor bienestar). No obstante, en esta burda medida cabe la producción de bienes y servicios, y también de males y, peor aún, la sustracción de recursos naturales renovables y no renovables se contabiliza como un valor agregado (más crecimiento).

El crudo representa el el 70% de las exportaciones (que, no obstante, apenas llegan a un 16% del PIB). Hace una década (2008) el barril de crudo casi llegaba a los US$160, al comenzar el gobierno de la locomotora minero-energética (el liderado por Santos, nuestro Nobel de la Paz) el precio había descendido a US$90, y hace apenas un par de años se vendía a unos exiguos US$29 el barril.

Lo más sorprendente es que aún en época de vacas flacas (bajos precios del petróleo) y con el costo adicional de explotar unas exiguas reservas mediante la controvertida del fracturamiento hidráulico, influyentes tecnócratas que han liderado las carteras de minas y energía, y de hacienda pública, como Mauricio Cárdenas y Juan Carlos Echeverry, han hecho todo lo posible por que se aumente lo que ellos se empecinan en llamar “producción” petrolífera.

La importancia del crudo (y de otros recursos naturales vitales para la “buena salud” de las economías),  es que permite el funcionamiento del aparato productivo, como ocurre en el caso de las grandes potencias consumidoras de combustibles fósiles como China y Estados Unidos (que también son los máximos aportantes al calentamiento global, con 30% y 15% de las emisiones mundiales de CO2). Para el caso de las economías extractivas, este es fuente de unas rentas fácilmente monopolizables, pues es un acervo geográficamente concentrado, y disponible para extraer lenta o rápidamente, según dicten los apetitos especulativos de empresarios y políticos. La extracción de petróleo (y de otros combustibles fósiles) permite la captación de rentas extraordinarias para los emporios petrolíferos, y la percepción de regalías para los Estados. Las regalías (o rentas de las minas y de yacimientos petrolíferos, gasíferos, etc.), son atractivas para los gobernantes pues son, literalmente, dinero que se extrae de la alcancía y envidiables recursos para hacer política (pagar favores, comprar aquiescencia, financiar diversos gastos públicos, y a veces invertir ínfimos remanentes en ciencia, salud y educación). Lo problemático con la renta petrolera y otras similares, es que no se trata de maná que cae del cielo gratuitamente, sino de un recurso que al extraerse implica una dilapidación ambiental de los recursos del futuro.

Curiosamente para los economistas, en particular para los más neoliberales, es un sacrilegio emitir dinero irresponsablemente pues esto genera altos niveles de inflación. Pero extraer petróleo y otros combustibles fósiles, en esta época de calentamiento global y cambio climático, y de manipulación corrupta e irresponsable de regalías (fábrica de mermelada), que constituye un suicidio económico y ambiental es muy bien visto y altamente recomendable por la tecnocracia neoliberal.

Sin extracción de petróleo y sin combustión de este (y de otros combustibles fósiles) habrá futuro para la vida y para otras actividades que genuinamente garantizan la existencia como la agricultura orgánica, la preservación de bosques y selvas, la conservación de fuentes de agua y de aire limpia,  y la generación de economías más sosegadas y sencillas.

Un futuro sin petróleo comienzan a entenderlo algunos destacados economistas como , aunque este economista vea el cambio en un mediano plazo, y más alentadoramente  .