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Fracking y ambientalistas a la medida

En esta columna de reflexión académica se controvierten argumentos como el de Brigitte Baptiste, para quien es falso el dilema entre agua o petróleo y, además, se sugieren algunas pautas para la defensa del medio ambiente en Colombia. 

Fredy Cante
Fredy Cante
Profesor de la Facultad de Ciencia Política, Gobierno y Relaciones Internacionales de la Universidad del Rosario
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19 de Noviembre de 2018

Procusto, el recordado villano de la mitología griega, procedía a acomodar el cuerpo de sus víctimas a las medidas del lecho asignado por él para que ellas durmiesen (eternamente). Si la víctima era muy alta entonces le amputaba lo sobrante de las extremidades; si era muy baja entonces martillaba sus carnes y huesos para poder estirar su cuerpo.

“Hay de todo en la viña del señor”. En la sociedad de mercado hoy países, emporios económicos e industrias petroleras pueden posar de ambientalistas, pues hay quienes ofrecen sus servicios profesionales de corte y confección de modelos sostenibles a la medida de todos los gustos, caprichos e intereses.

El gran peligro para el medio ambiente (y para la vida de generaciones presentes y futuras) es que, esta vez, con la anuencia de ciertos ambientalistas, la naturaleza sea violentamente acomodada para que encaje en el conveniente lecho de Procusto impuesto por Estados, industrias y diversos contratantes.

A grandes rasgos, los diversos y disímiles ambientalismos se pueden agrupar en dos grandes tendencias bastante diferenciadas, a saber: a) el desarrollo sostenible; y b) la bioeconomía y el decrecimiento. Los primeros son ambientalistas moderados e “integrados” y los segundos son radicales y “apocalípticos” (para usar la metáfora que Eco propuso acerca de la cultura de masas).

 

Ambientalismo políticamente correcto y a la medida

Diversos exponentes del desarrollo sostenible argumentan que es posible (y deseable) mantener el crecimiento económico o, al menos, estabilizarlo (como en los controvertidos enfoques de estado estacionario ideado por J. S. Mill, y luego repensado por J. M. Keynes y, más sistemáticamente, por  H. Daly). Un crecimiento estable (que sería su propuesta más ambientalista), equivaldría a mantener el aparato productivo y toda la institucionalidad del desarrollo en el estado actual, es decir, implicaría preservar el actual status quo.  

Los políticos, economistas y hacedores de política económica convencional se han aferrado a la eficiencia estrictamente económica: la productividad. Ellos se han negado a examinar la ineficiencia ecológica y no han atendido a propuestas teóricas críticas y radicales que plantean costes, límites o, más radicalmente, daños irreversibles del crecimiento. Las visiones apocalípticas de Mishan (los costes del desarrollo) y de Georgescu-Roegen (la ley de entropía y el proceso económico), incluso las que simplemente sugieren límites al crecimiento (como el Club de Roma) han sido omitidas y condenadas al olvido por parte de economistas ortodoxos y ambientalistas moderados.

Sintomáticamente, en los años setentas, Henry Kissinger, vetó el subversivo término “ecodesarrollo” para sustituirlo por el más decente, funcional y políticamente correcto de “desarrollo sostenible”.

Desarrollo sostenible (en la jerga del Banco Mundial y del FMI, de los Estados y de las empresas lucrativas) significa seguir creciendo y, al mismo tiempo, preservar el medio ambiente.

En tal perspectiva es posible y preferible mantener la estructura institucional de la sociedad de mercado, en particular, preservar los apetitos y ambiciones insaciables de inversionistas y consumidores y, simplemente, generar soluciones estrictamente técnicas. En consecuencia, esos ambientalistas acomodaticios sólo buscan diseños tecnológicos para minimizar el uso de energías y reducir los excesos de contaminación; investigan fuentes de energías limpias y renovables, etc.

En los países con economías extractivistas (centradas en las rentas que deja la extracción de recursos no-renovables minero-energéticos), diversos especímenes del desarrollo sostenible hacen buenos oficios para justificar acciones como: minería sostenible, fracking responsable, emisiones de gases de efecto invernadero dentro de límites tolerables, etc.

En el mundo algunos de esos cuestionables ambientalistas usan laxas medidas de sostenibilidad y, en consecuencia, promueven mercados de carbono y abogan por transiciones muy lentas hacia las energías limpias y renovables. Otros, un poco más estrictos, sugieren impuestos a los agentes que generan emisiones de gases efecto invernadero, como lo hace el actual premio Nobel de economía, el profesor William Nordhaus.

 

Franco ambientalismo y soluciones morales y éticas

Quienes hemos optado por el enfoque de la bioeconomía y el decrecimiento hemos entendido que el desarrollo sostenible es una contradicción en los términos, un oxímoron.

Nuestra propuesta ambientalista es integral pues exige transformaciones radicales en lo político, en lo social, en lo económico y en lo técnico. Entendemos que las sociedades modernas (incluido el capitalismo liberal, el socialismo dictatorial y las comunidades mercantilizadas) han perseverado en metas de crecimiento y productividad, y se caracterizan por enormes asimetrías, jerarquías y desigualdades que generan una mayor destrucción del medio ambiente.

Argumentamos que la expansión del mercado a todos los confines de la geografía y su absorción de todas las relaciones afectivas, sociales y políticas genera un pavoroso aunque sutil totalitarismo: todo tiene un precio, para todo puede haber un mercado, las inversiones deben ser rentables (en consonancia con el crecimiento exponencial del dinero) y el crecimiento ha de ser ilimitado y perpetuo.

Siguiendo el planteamiento de R. Hardin, entendemos que hay mayúsculos problemas (problemáticas del fin del mundo) como la expansión poblacional, el calentamiento global, la carrera armamentista basada en la energía atómica, las amenazas a la libertad y a la vida privada provenientes de ciertos desarrollos dela inteligencia artificial,  etc., que no tienen una solución estrictamente técnica y, requieren soluciones basadas en la moral y, más decididamente, en la ética.

Resolver problemas como los mencionados exige radicales transformaciones institucionales como: i) el programa bioeconómico mínimo planteado por el economista Nicolas Georgescu-Roegen, que incluye propuestas audaces como una política de desarme, una estabilización de la población (hasta donde esta pueda ser sostenida mediante agricultura orgánica), un abandono de los combustibles fósiles, un voto radical por la frugalidad (abolición de la sociedad consumista); ii) el decrecimiento que, más allá, del estado estático implica un tránsito hacia un estado de desmonte social y económico de la sociedad del crecimiento (y de la engañosa opulencia) para transitar hacia una sociedad con economías de subsistencia y de ocio.

Autores como Schumacher (economías a pequeña escala, economía budista), Latouche (decrecimiento), Mayumi (eficiencia ecológica) y Bonaiuti (pautas de regulación y límites para evitar tendencias desbordadas de crecimiento poblacional y económico) han mostrado propuestas factibles para generar una importante transformación. Las comunidades (integradas por personas que comparten y que cuidan de unos recursos en común) son el epicentro de la economía (en la perspectiva de Ellinor Ostrom) y de M. Bookchlin (con su planteamiento de democracia radical). 

En la perspectiva de la bioeconomía y del decrecimiento se argumenta que existe una ineluctable entropía y que todas las economías generan gastos y desperdicios; lo más sensato es entonces propender por el buen vivir y la postergación de tragedias ecológicas,  para prolongar un poco más la vida en el planeta.

 

Ambientalismo a la medida y fracking

Algunos exponentes del ambientalismo funcional (a los buenos negocios) ven el mundo en una conveniente perspectiva estática, un espacio dividido en acervos: un acervo es una colección de cosas o seres, ubicado en una geografía o espacio. Para ellos es entonces fácil y aceptable establecer linderos. Ellos no sufren dilemas como el agua o el petróleo, o disyuntivas más fuertes como las energías fósiles o la vida.

Muchos de ellos podrían argüir,  por ejemplo, que:  desde una altura aproximada de 2.700 metros (donde comienza la zona de páramo) somos ambientalistas y propendemos por la preservación del recurso hídrico; de los 2.700 hacia abajo somos extractivistas pues no se puede desperdiciar la cuantiosa renta que deja el oro.

Lo cierto es que nuestro mundo es de flujos (materia, energía y seres en movimiento) y de acervos (determinados materiales y energías depositados en algún lugar). Un flujo es un acervo extendido en el espacio y en el tiempo: es un movimiento de materia, de energía y de vida que va de un lugar a otro, durante un intervalo temporal.

La naturaleza tiene acervos como los depósitos de minerales (oro, hierro, cobre, etc.) y combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas) que, por lo general,  yacen en las profundidades del subsuelo. Hay flujos naturales de agua a través del suelo y del subsuelo; flujos de rayos solares y de vientos; flujos de seres vivos (virus, bacterias, diversos animales y seres humanos que se desplazan). Las transacciones económicas de intercambio que hacen posible la interacción entre diversas industrias, son flujos de dinero abstracto y, en el sector real de la economía, de materiales, energías y de seres humanos (formalizados en modelos como la matriz insumo producto usada por autores como P. Sraffa).

Alguien que, acomodaticiamente, no ve flujos entonces puede asegurar que hay una desconexión entre las comunidades y el resto del planeta. En un mundo con abundancia de petróleo (que hace difícil la lucha contra el calentamiento global), sólo quiere ver que Colombia es un ínfimo emisor de gases efecto invernadero, y que no se puede desperdiciar la renta petrolera que traería el fracking.

Algunos de los mencionados ambientalistas, con acierto,   condenan la agricultura (como causante de la destrucción y contaminación de fuentes hídricas); no obstante pretenden ignorar que la agricultura convencional es intensiva en insumos derivados del petróleo como fertilizantes, pesticidas y gasolina para mover los tractores y otras maquinarias. Esos mismos especímenes del desarrollo sustentable, con razón,  argumentan que los citadinos arrojan inmundas excrecencias y contaminan las aguas, pero no complementan su argumento para mostrar que la creciente urbanización y la exponencial generación de diversos desperdicios es funcional al crecimiento de los mercados.

El capitalismo implica negociar con el transporte y con las distancias, ofrecer bienes y servicios a una golosa sociedad de consumo que devora productos de geografías distantes. Propender por el fracking para extraer gas y petróleo implica privilegiar economías intensas en alto consumo energético (debido a las grandes distancias, y a la creciente urbanización). La apuesta por economías campesinas y agricultura orgánica implicarían un menor gasto de agua y, además, la garantía de seguridad y de soberanía alimentaria. El dilema entre agua o petróleo persiste y está relacionado con el tipo de modelo económico que buscamos.

 

Servidumbre voluntaria a través del mercado y de los impuestos

Adam Smith, erradamente, planteó que el mercado es una transacción voluntaria y que, idílicamente nació en trueques de cazadores propensos a trocar, por ejemplo, ciervos por castores. Desde la antropología económica autores como Polanyi y Graeber han mostrado, respectivamente, que los mercados son asimétricos y rebasan la regulación estatal y que el dinero equivale a la imposición de arbitrarias deudas impuestas por Estados y bancos.

Ciertos autores han argumentado acerca de la virtud de la  tributación. Con razón Gandhi se rehusó a participar en la redacción de la Declaración Universal de Derechos Humanos, por considerar que un clamor por derechos sin mencionar deberes correspondientes era un fraude. Los académicos Holmes y Sunstein han mostrado que la libertad depende del pago de impuestos y de la solidaridad social.

En nuestro mundo tan desigual y tan asimétrico, la gente suele obedecer, voluntariamente, mediante transacciones mercantiles: los países periféricos y con economías extractivas están al servicio de los grandes imperios económicos; las zonas rurales están subordinadas a las urbes para ofertarles diversas materias primas vegetales y minerales.

La extracción de petróleo (y de otros recursos naturales y renovables), implica una subordinación mercantil y tributaria, donde las comunidades quedan condenadas a servir a intereses del gobierno central de su país y/o a gobiernos y empresas de poderosos imperios foráneos.

Hoy mantiene vigencia la sabia enseñanza de un Henry David Thoreau, quien se negó, sistemáticamente, a secundar transacciones, cargas impositivas y otros contratos que poderosos mercaderes y estadistas habían firmado por él (cercenándole así su genuina libertad de elegir). Su ejemplo en Walden o la vida en los bosques, y el deber de la desobediencia civil podrían ser fuente de inspiración para las luchas ambientalistas.

 

Para después del acertado pronunciamiento del Consejo de Estado

Recientemente el Consejo de Estado ha esgrimido argumentos de lo que para difusos y grises ambientalistas es “mala ciencia”, seguramente, porque esta muestra la existencia de efectos y daños irreversibles para el medio ambiente como el envenenamiento del agua y el incremento de la sismicidad … causados por el fracturamiento hidráulico).

Lo que debería seguir es una lucha ambientalista más integral de comunidades y de ambientalistas genuinamente comprometidos. Más allá de no permitir el fracking hay que propender por políticas de mínimo extractivismo y por ampliación de las luchas ambientales para propender por procesos de agricultura orgánica, turismo genuinamente ecológico y algunas economías circulares para reducir los impactos de la basura y de los desperdicios en el agua y el aire.  La lucha ecológica hay también que darla para establecer límites en la urbanización y retornos a la vida campestre.

El país ha completado un siglo de extracción petrolera y uno de los epicentros es Barrancabermeja y su altamente contaminada ciénaga artificial de Miramar, lo que muestra que los impactos de la extracción y refinación de petróleo sobre el agua y sobre la vida existen y no son un asunto menor.

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