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Tengo dolor de patria, dolor de país

Colombia ha sufrido, sufre y tal vez sufrirá uno de los mayores dolores de la humanidad, no tener como referente la vida. Ver morir  ciudadanos atrapados por la guerra, las economias ilicitas y las mafias políticas, causa dolor de patria.

Jose Darwin Lenis Mejía
Jose Darwin Lenis Mejía
Exsubsecretario de Educación de Cali. Profesor Universitario.
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03 de Febrero de 2019

 

No hay mayor dolor que ver como la pobreza es utilizada como instrumento político.

No hay mayor dolor que ver como, el en país aún se discute si la educación es un derecho fundamental.

No hay mayor dolor que ver a un hijo o un ser amado morir agónicamente en manos de asesinos o víctima de las malditas balas “perdidas”.

No hay mayor dolor que ver el aprovechamiento indigno que hacen los políticos de la gente incauta y humilde.

No hay mayor dolor que ver compatriotas amenazados y desplazados por las mafias de las drogas, de la corrupción o capturados por esclavizadores usureros de las economías ilegales.

Al igual que en Cali, sucede en el país entero. El dolor de la muerte está presente diariamente y la violencia se ha cotidianizado tanto que los genocidios y masacres de muchísimos compatriotas siempre víctimas de la guerra al parecer ya poco duelen. Según Instituto de Medicina Legal, son 3,8 homicidios por día, una cifra alarmante en la que se cuentan los defensores de los derechos humanos, militares, campesinos, líderes urbanos, jóvenes y en general población étnica en sectores pobres como Tarazá e Ituango en Antioquia, San José de Uré en Córdoba, San Vicente del Caguán en el Caquetá, el Catatumbo en el Norte de Santander, Tumaco, Buenaventura y Quibdó en el pacífico.  

Duele que la institucionalidad de la Fiscalía, del Ejército, de la Policía y de los Ministerios con vocación social estén de espaldas a la población, que las políticas públicas estén en el papel y que el orden público este hecho pedazos por el narcotráfico (narco-guerrilla, narco-militares, narco para-militares) por la minería ilegal, la extorsión o por el tráfico de drogas. Todos ellos, agentes constitutivos de una delincuencia organizada que ejerce el control territorial asesinando, desplazando o empobreciendo cada día más a los legítimos dueños de la tierra, indígenas, campesinos y negros a quienes histórica y ancestralmente les corresponde vivir allí, al lado de los manglares, de las aves, de los ríos, de los animales silvestres o del mar.  

A mí también me duele que hoy en el país se confunda humanamente y políticamente enfermedad con dignidad, vida con muerte, inclusión con exclusión, política con democracia, Estado con nación, paz con guerra, partidos políticos con ideas políticas, ideología con pensamiento crítico, verdad con mentiras, educación con alimentación escolar o política con democracia. Toda esta confusión en un contexto singular o amplio me causa un fuerte dolor de patria.

El dolor, medicamente es sinónimo de un malestar, es un síntoma que algo no está bien, que las cosas no funcionan como debe ser. El dolor como fenómeno en la sociedad colombiana se ha intensificado y fragmentado no solo en dolores físicos por las cicatrices de la guerra, espirituales por una desesperanza y desconfianza en el relacionamiento humano, psicológicos por las patologías de la violencia que afectan la convivencia o morales por la falta de ética a la hora de tomar decisiones.

Ahora el dolor arropa la institucionalidad del país y siembra con ello una renovada paranoia psiquiátrica de la muerte que refunda la violencia en los territorios, en las instituciones y en la gente.

Somos un país, sin prospectiva de Estado. Por ello, poco interesa cambiar el camino histórico que recorremos, le seguimos jugando a la tragedia, a la muerte como forma de eliminación de los contradictores ideológicos, a la polarización política como manipulación del poder, a la corrupción como estética de la economía o aún incluso a las armas como forma legítima de lucha.

Duele que peleemos entre culpables directos y pasivos, medios de comunicación, políticos, educadores, padres de familia, campesinos, empresarios, universidades y gobernantes entre otros.

Duele que en medio de todo queden los niños y niñas, las riquezas naturales, los ríos y las aves. Duele que los acuerdos de paz se conviertan en espejismo, en el cual se ciegue la mirada a reconocer derechos universales como la vida, el agua, la educación o la paz.

Duele que las ciudades capitales estén atrapadas por la mafia de los dineros ilegales, por la economía del gota a gota que empobrece, esclaviza y condena a los más pobres con créditos de usura del 25% y 30% mensuales. Mientras los gobiernos nacional y local al parecer no se dan cuenta o les da miedo enfrentar esta enmarañada realidad.

Duele que políticos colombianos inciten a la guerra como movilidad política y económica con Venezuela, un pueblo sumido en una crisis democrática en manos de dos presidentes. Situación geopolítica que nos afecta directamente porque incrementa en el terreno nacional la miseria, el hambre y la pobreza extrema en más de 8,4% según DANE 2018. Es decir, unos 3.820.200 compatriotas.

Es doloroso que nuevamente se reviva la violencia contra los bienes estatales y la brutal muerte deshumanice la población, dejando cicatrices profundas en el cuerpo de la nación y poniendo un sello negativo al significado de la palabra Colombia.

Duele que compatriotas se llenen de rabia, odio y venganza. Duele porque estos males  cierran sus corazones a la esperanza, el perdón y la reconciliación. Por ello, seguir en la polarización política es contradictorio, es apostarle a la guerra simbólica y discursiva que circulan ya en casi todas partes, pero que poco ayuda a sanar las heridas y proyectar un mejor país.

Además seguir polarizando genera un daño al sentido de nación, afecta de paso la economía, la convivencia y desgasta innecesariamente el talento humano. Espero, como lo dijo el poeta Benedetti “que el dolor no me apague la rabia, que la alegría no desarme mi amor” solo démonos un instante de silencio para reflexionar el país que queremos sin más polarización que la ofrecida por la naturaleza. Porque a ti, como a mí también me duele estar cercados entre víctimas y victimarios, entre izquierda y derecha, siempre mirando en blanco o negro lo que puede tener mil colores, la vida y lo humano.

 

 

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