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Lo que Torrijos olvida

La afirmación de Torrijos y el hecho de que el Gobierno lo haya escogido como director del Centro de Memoria Histórica, no obstante sus posturas públicas, apunta a otro problema mucho más general y serio, al que la sociedad colombiana se enfrenta.

Carlo Tognato
Carlo Tognato
Profesor Asociado, Centro de Estudios Sociales, UNAL, Bogotá
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26 de Noviembre de 2018

En un artículo en Semana reportan que Vicente Torrijos, nuevo director designado del Centro de Memoria Histórica, declaró: “si se les pregunta a los correligionarios de lo que fue el santismo en Colombia, o a los simpatizantes de la(s) Farc-Eln, o de la familia Castro, o de Daniel y Rosarito, ellos dirán, al unísono, que Bolsonaro “es un monstruo” porque fue militar, tiene ideas innegociables, y se opone frontalmente al chavismo en cualquiera de sus versiones”.

Esta afirmación es altamente problemática por una serie de razones.

Para empezar, Torrijos mezcla, peligrosamente, peras con manzanas. El hecho de avalar la tortura no es sinónimo ni de militar ni de firmeza. Tampoco, criticarla es sinónimo de mamerto o guerrillero. Quienes, por ejemplo, se reconocen, como el suscrito, en los ideales liberales de la Otan y comparten su posición política y estratégica, así como sus prácticas, rechazan sin hesitación las implicaciones de la afirmación de Torrijos.

En el mundo civilizado, de hecho, ciudadanos sin uniforme y militares tienen clara la línea roja que separa la civilidad de la barbarie. Y cuando la cruzan, hacen todo lo posible para esconder esos cruces, porque bien saben que son moralmente inaceptables. Otra cosa es intentar mover esa línea roja para normalizar la barbarie, como ha hecho Bolsonaro en sus declaraciones, y como hace de manera indirecta el director designado del Centro de Memoria Histórica de Colombia a través de su espaldarazo a Bolsonaro.

Esa movida no solamente atenta en contra de las fundaciones de una sociedad liberal, echando por la borda la Constitución del 1991, sino se aleja también de los ideales que sustentaron la existencia de la Otan durante toda la Guerra Fría. Al mismo tiempo, parece también aceptar de manera problemáticamente irreflexiva el papel de “verdugos voluntarios” que las naciones centrales a menudo tercerizaron entre segmentos de la fuerza pública en la periferia.

Eso les permitió a las primeras mantener clara para sí mismas y para sus ciudadanos la línea roja entre civilidad y barbarie, aprovechando de la disponibilidad de quienes en la periferia no tuvieron problema en cruzarla sin hacer muchas preguntas.

La afirmación de Torrijos, sin embargo, y el hecho que el Gobierno lo haya designado como director del Centro de Memoria Histórica no obstante sus posturas públicas, apunta a otro problema, mucho más general y serio, que la sociedad colombiana hoy en día enfrenta. Unos de los tantos daños colaterales del conflicto armado sobre la esfera pública de este país.

Por efecto de la guerra, lo único que vale en muchos casos es de cuál lado uno se ubica en vez de la solidez de sus argumentos. Es decir, la lealtad tiende a primar sobre la lógica y hace que la falta de lógica no solamente sea perdonable, sino también meritoria de premios cuando señala una lealtad incondicionada.

Es una lástima que esto siga ocurriendo. Después de décadas de inversión en capital humano, el país cuenta hoy con personas en todos los sectores de la sociedad, de la economía y del Estado, que cumplen con unos estándares globales en las fronteras de sus respectivos campos. Esos colombianos han logrado corto-circuitar completamente las viejas distinciones entre centro y periferia. Para ellos y ellas, ya no existe el dilema entre ser cabeza de ratón o cola de león. Han tomado para sí mismos, y para su sociedad, las riendas de su propio destino.

Por otro lado, ese capital humano de excelencia de esa Colombia globalizada que podemos encontrar a lo largo de todo el espectro político, desde la derecha a la izquierda, coexiste con colombianos que se han quedado atrás y cuyos argumentos, no particularmente amigos de la lógica, no solamente minan a las bases los ideales liberales de las sociedades modernas, de los países del la Ocde y de los miembros de la Otan.

Paradójicamente, estos colombianos intentan reclamar la soberanía de su país, pero terminan reproduciendo de manera involuntaria para sí mismos y para sus conciudadanos el papel de colonizados, aceptando aquel doble estándar que demasiadas veces en el pasado les ha permitido a las naciones centrales conservar la línea roja entre civilidad y barbarie en sus propias sociedades, dejando que se difuminara en la periferia.

Esta segunda Colombia que no quiere tomar consciencia de esta realidad es el país que quiso permanecer al margen de la globalización. Tristemente, es la Colombia escalafonada en el puesto 58 en las pruebas Pisa y en el puesto 2 en  el índice mundial de felicidad Win-Gallup International, así como reportado por varios medios nacionales. ¡Ignorante y feliz!

 

Imagen: Wikipedia

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Comentarios (1)

GMolano

27 de Noviembre

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Podría decirse que en temas de Memoria Histórica, Colombia va camino a sufri...+ ver más

Podría decirse que en temas de Memoria Histórica, Colombia va camino a sufrir una de esas lagunas mentales inducida por la borrachera del populismo de derecha. Ahora bien, como es natural en esos episodios etílicos, los afectados no terminan sabiendo las consecuencias de lo que hacen hasta que se les ha pasado totalmente la borrachera y empieza el guayabo de la realidad a perseguirlos.