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La seudo-democracia de Maduro y la intervención extranjera

Otra vez Diosdado y el régimen chavista asombran al mundo con su convocatoria de elecciones. Los ecos de las amenazas intervencionistas de Trump aún se escuchan. Y aún resuena la reciente propuesta de Hausmann. Los nacionalistas latinoamericanos se indignan con ellos. El dilema moral: enfrentar militarmente o no a una seudo-democracia mafiosa.  

José Germán Zarama de la Espriella
José Germán Zarama de la Espriella
Consejero del SENA, periodista y ejecutivo gremial
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23 de Enero de 2018

“La Asamblea Nacional Constituyente, que rige a Venezuela con poder absoluto, adelantó este martes para el primer cuatrimestre, antes del 30 de abril, las elecciones presidenciales en las que el mandatario Nicolás Maduroaspirará a la reelección” –informó el martes 23 de enero eltiempo.com a las 3:26 pm.

Y viene preciso a la mente , en el mismo medio periodístico, que recuerda la propuesta de Ricardo Hausmann. Dicha propuesta, sustentada por el más reconocido economista latinoamericano en Harvard, justifica una intervención militar extranjera para enfrentar una crisis humanitaria en Venezuela.

Ni Hernández ni Hausmann son políticos, aunque coinciden en vislumbrar soluciones de fuerza, apoyadas por columnistas de derecha como Abelardo de la Espriella. El último, un exitoso como polémico penalista. Se recuerda bien su provocadora columna, emparentada con la idea de Hausmann, titulada ‘Muerte al tirano’.

Andrés Oppenheimer, quizás el periodista latinoamericano más famoso, también opinó recientemente sobre la propuesta de Hausmann, que no descalificó conceptualmente, pero consideró políticamente inviable.  Y, como se constata en el artículo de Oppenheimer, la verdad es que ningún país picó el anzuelo político que lanzó el Presidente de EE.UU. Fue cuando, en agosto pasado, Trump amenazó con una ‘posible’ intervención militar a la ‘dictadura’ bolivariana. Pero, ningún demócrata del continente se atrevería a apoyar este tipo de intervención. Menos aún lo harían, en este contexto, con la excepción de un puñado de países liderado quizás por Israel, los demás miembros de la ONU. 

 

Políticamente no pero filosóficamente puede discutirse   

Enterrada la viabilidad política de esta propuesta, solo un outsider de política internacional, como Trump, se puede atrever a considerarla, así no la avalaran respetados académicos y columnistas. Un outsider con el poder y la soberbia cuasi-dictatorial de Trump podría, como advirtió, iniciar la invasión de Venezuela, irónicamente para acabar con una tiranía seudo-democrática.

Y podría hacerlo solo validado por “ideales democráticos”. Y es que la patética imagen de Diosdado Cabello, acusado internacionalmente de vínculos mafiosos, anunciando elecciones presidenciales en tres meses, solo amerita ese benigno calificativo de seudo-democracia. La democracia verdadera en Venezuela, que estaba tan debilitada desde Chávez, murió el día que Maduro y Diosdado posesionaron la arbitraria ‘constituyente’.   

Pero tratándose de Hausmann, y de la evidente crisis humanitaria, no puede uno  dejar de  analizar filosóficamente la iniciativa, sin demonizarla ni santificarla. Aunque, por supuesto, este tipo de juicios son verdadero manjar político, especialmente en la actual coyuntura electoral en la cual el llamado ‘castro-chavismo’ es tema recurrente. Aún, conscientes de este peligro, vale la pena “atreverse a pensar”.

La solución propuesta por Hausmann es una solución extrema, es cierto. Los embargos y presiones comerciales de terceros países no han servido históricamente para cambiar regímenes. Ni el gobierno dictatorial de Corea del Norte ha caído, ni la Cuba también seudo-democrática ha caído, ni el fundamentalismo iraní ha caído, por mencionar unos pocos casos.

Las dictaduras, entre las cuales se puede incluir en efecto a Venezuela, tampoco caen únicamente por el sufrimiento popular, aún llevado a la hambruna. El rechazo popular solo no fue suficiente, como lo cita Hausmann, en el caso de Noriega en Panamá. Tampoco en otros lugares. Estos regímenes son ‘inderrocables’ cuando se enquistan en el poder purgando a su ejército y corrompiendo a la clase dirigente con privilegios y sofismas ideológicos. Este es el caso de Corea del Norte; en 1999, el propio gobierno de Norcorea debió admitir la muerte de cerca de 220.000 personas debido a la hambruna. Ahí sigue campante Kim Jong-un. 

Dice Hausmann, y vale la pena revisar sin prevenciones la lógica de su argumentación: “No obstante, es un desafío a la credulidad pensar que un régimen dispuesto a matar de hambre a millones de personas para mantenerse en el poder, va a ceder ese poder en elecciones libres. En la década de 1940 en Europa Oriental, los regímenes estalinistas consolidaron su poder pese a sufrir derrotas electorales". Este es su argumento para invocar la intervención militar extranjera. 

 

El chavismo y la consolidación de una sicología mafiosa 

Uno no entiende entonces la ingenuidad de creer en las elecciones propuestas por Maduro, quien representa a un grupo con unas características sicológicas que parecen similares a las de la mafia. Y la solución no pasa por eliminar a Maduro, como propone el prestigioso abogado y columnista antes citado. Se trata de erradicar todo un régimen corrupto, en términos democráticos antipopular, si uno recuerda las marchas del año pasado y sigue las redes sociales, pero con unidad de cuerpo.

Y para tomar medidas hay que entender jurídica y moralmente la conexión con la sicología mafiosa. Y no es aventurado establecer nexos tras los indicios aportados por cortes americanas contra Diosdado, Tarek El Aissami y el ‘Cartel de los Soles’ –generales venezolanos sindicados de narcotráfico. Pues  “el mafioso es un fundamentalista, un arquetipo antisocial que reniega de los valores ajenos y que atribuye a los propios un espíritu honorable, ominipotente, justo y necesario” Esto se explica en el ensayo La psiqué mafiosa, de los profesores Gianluca Lo Coco y Girolamo Lo Verso. Tal cual se presenta este patrón sicológico en la mafia, cercana al paramilitarismo, pero también en la guerrilla, cercana a las dictaduras de izquierda como la venezolana, hay que modificar la conciencia y la moral del pueblo, para gobernar. A este tipo de “instituciones”, como a la mafia, no le convienen librepensadores como Hausmann.

En la mafia y los sistemas dictatoriales, gobernados por un ‘padrino’, hay una promesa inicial de integración y participación directa del poder, que principian como el chavismo por convertir la figura del líder en la de un dios-padre. Chávez era un padre que amaba a sus hijos, los ciudadanos marginados, a quienes entregó un lugar en la nueva Venezuela a cambio de la entrega de sus almas a la revolución. Y como si fuera el cariñoso padrino de la ‘Cosa Nostra’, sembró el odio social como herramienta para manipular, dividir y triunfar sobre los que no hicieran parte de su “familia”. Pero cuando el dinero no alcanzó para repartir a toda la familia comprometida, y se cuestionó al falso padre, el chavismo recurrió al miedo que es un gran motivador. El papel del sucesor de Chávez, Maduro, no ha sido otro que profundizar el miedo que su antecesor ya había sembrado. Si se va Maduro, conseguirán otro ogro para mantener el miedo. Así como se suceden los padrinos en la mafia.

En la mafia, tal cual plantean los académicos italianos en la introducción, “igual que en los sistemas fundamentalistas, predominan las dicotomías absolutas del pensamiento. Y como en todos ellos, el yo personal resulta coincidente con el nosotros suprapersonal”. Suficientes semejanzas con lo acontecido en Venezuela, para establecer analogías entre la mafia y el régimen de Maduro. Por cierto, tal como sucede en la mafia, sus jefes son escogidos principalmente por su lealtad y brutalidad. Entre los dictadores cubanos y Chávez podrían haber seleccionado por eso al sucesor del ‘Comandante’, para continuar la por entonces ya fracasada revolución.  

“La esencia del boss mafioso se reconoce en el ejercicio del poder y en la manipulación consciente de los demás. No existe una conciencia moral ni aparece el sentimiento de culpa respecto a las acciones violentas e ilegales” -dicen  Gianluca Lo Coco y Girolamo Lo Verso. Esto justificaría en el caso venezolano, tras la evidente tragedia social, con muerte y hambruna comprobada por diferentes testigos, que se presente la cínica propuesta de hoy de lanzar la reelección de Maduro; el mismo día que se anuncia la inminente fecha de elecciones presidenciales.  

 

Cómo erradicar la mafia o derrotar a las dictaduras

Supongamos al menos que tanto el chavismo, como la guerrilla y los paramilitares nacen del afianzamiento de una sicología colectiva similar a la de la mafia. En el caso del régimen de Maduro, que Hausmann propone eliminar con intervención extranjera militar (léase concretamente los EE.UU), surgen muchas preguntas:

¿Si quisiéramos erradicar una mafia mortal, con tentáculos internacionales, tendríamos el derecho de hacerlo?¿Quizás tendríamos el deber de hacerlo?¿El mundo actual puede voltear los ojos al sufrimiento de sociedades esclavizadas por una mafia política?¿Es posible negociar con la mafia política, la de democracias ‘bizarras’,  sin haberla golpeado primero con el poder coercitivo de “la ley” internacional? ¿Puede intervenir otro país, en nombre de dicha ley, por su propia cuenta para eliminarla?

Repito, la propuesta de Hausmann parece políticamente inviable a nivel internacional, lo cual no significa que Trump esté mintiendo al amenazar con ‘intervenir militarmente’. No soy seguidor de Trump. No creo que la política internacional esté guiada por la ética del respeto entre todos los pueblos. Pero, no me atrevería a responder a nombre del ‘inconsciente colectivo’, ninguna de esas preguntas. Cada cual tendrá su respuesta, empezando por nuestros candidatos presidenciales, en su conciencia.   

Lo único cierto es que la propuesta de Hausmann está sobre la mesa.