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Ganar no tiene que llevar a que los que perdieron lo pierdan todo, hasta la esperanza

En una democracia moderna ganar en política no equivale a ganarlo todo, a menos que uno lleve por dentro un dictadorzuelo travieso que no puede o no quiere controlar.

Vicente Durán Casas S.J.
Vicente Durán Casas S.J.
Sacerdote Jesuita, Doctor en Filosofía y profesor de Filosofía de la Religión de la Pontificia Universidad Javeriana
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09 de Junio de 2018

Inspirado en una lectura no muy canónica de Platón, lo que yo llamaría contemplación, invito al lector benévolo, a contemplar la democracia en Colombia en estos días de tantas expectativas electorales. Ello ocurrirá en tres modestos pasos.

El primer paso es el asombro, expresado en una pregunta que ronda en el ambiente tras el hecho de que, por primera vez en la historia de Colombia, un candidato de izquierda pasa a la segunda vuelta en elecciones presidenciales y tiene altas probabilidades de ganar en la segunda. Dicha pregunta retórica dice así: “de modo que ¿la democracia era para eso?, ¿para que también pudieran ganar los que piensan diferente?”

Y la respuesta no puede ser otra que un Sí rotundo y categórico.

De eso, y no de otra cosa, se trata con la democracia: de que personas, comunidades, asociaciones, partidos, alianzas, gremios o juntas de vecinos, organizados como mejor les complazca, tengan a su alcance tomarse el poder político, siempre y cuando sea sin violencia y dentro del acatamiento de un orden político normativo vigente y legítimo.

Creo que si bien todos lo sabíamos, el sutil asombro que -más allá de la retórica- subyace a dicha pregunta sugiere que habíamos olvidado para qué era la democracia, y la historia, tarde o temprano, nos lo habría de recordar.

Todo eso tiene una explicación y un contexto. En Colombia, tanto los ciudadanos del común como los partidos políticos históricos, incluidas sus fracciones y disidencias, nos habíamos acostumbrado a que eso de ser una democracia no había que tomárselo demasiado en serio.

La nuestra era una democracia light, descafeinada. Bastaba con que hubiera elecciones más o menos libres: ganara quien ganara. -así lo vimos y sentimos quienes nacimos cerca de los inicios del Frente Nacional- las cosas no habrían de cambiar mucho.

Democracia y exclusión social, que en el mundo de las ideas políticas tienden a reñir entre sí, en Colombia resultaron amancebadas y engendraron hijos infames, como las guerrillas, los grupos paramilitares, delincuenciales y narcotraficantes, que sembraron la patria de violencia fratricida y criminal, y abonaron el terreno para hacer de la política una rama más del narcotráfico, como ya lo era del fútbol y de los reinados de belleza.

Regiones enteras de Colombia sufrieron, en un eterno presente sin ocaso, la pobreza y la exclusión sin que los partidos, los mismos que habían pactado la paz, tuvieran en sus manos soluciones mínimamente decentes o efectivas.

El segundo paso de esta contemplación invita a transitar del asombro a la reflexión.

Con su acostumbrada lucidez, el filósofo colombiano Rubén Jaramillo Vélez hizo célebre, a mediados de los años noventa, la expresión “Colombia: la modernidad postergada”. Yo acotaría: Colombia, la democracia postergada.

No se trata de decir que en Colombia nunca ha habido democracia, tampoco de sugerir que en Cuba o en la Venezuela chavista sí la hubiese habido, una falacia engañosa ya por algunos sectores de la izquierda superada, y que parte del falso supuesto de que economía social y abierta de mercado y democracia son incompatibles.

Es que aquí se la sembró, sí, como semilla, pero pareciera que esa siembra hubiese ocurrido con la esperanza de que jamás produjera los frutos prometidos y esperados.

Contemplar la democracia en Colombia es asimilar su muy tímida puesta en práctica, la continua postergación de sus efectos.

Y es que, como nos enseña Freud –es lo primero que aprenden los recién nacidos- ninguna postergación es inocente. Contemplar la postergación de la democracia no equivale a contemplar un vacío. Toda postergación deja huellas, y la de la democracia en Colombia deja, además, heridas, cicatrices profundas, y sobre todo, víctimas.

Por eso creo que, de los muchos legados que nos deja nuestra historia más reciente, el que más debería preocuparnos como nación, además de la larga lista de víctimas, es el escepticismo. Hay mucha gente que no cree, que no quiere o que no puede creer en la democracia.

Ocurre aquí algo similar a lo que, según nos cuenta Platón en La República, le ocurrió a Sócrates: que harto trabajo le costó convencer a Trasímaco de que la justicia no podía ser definida como aquello que siempre termina favoreciendo al más fuerte.

Algunos -como Nietzsche- dudan incluso de que lo hubiera logrado, y por eso sus herederos no creen que vivir en una sociedad más democrática sea mejor que vivir en una que sea menos democrática.  Al fin y al cabo ¿qué significa eso de una sociedad más democrática? Grecia fue la cuna de la democracia, pero también del escepticismo.

En el mundo actual, y por razones históricas evidentes, los escépticos de la democracia suelen disfrazarse con sorprendente sagacidad e inteligencia. Pero no por ello dejan de ser escépticos de la democracia. El disfraz más recurrido es el populismo, que tampoco hace distinciones ideológicas y acaba siendo igual, o al menos muy parecido, con Chávez y Maduro en Venezuela, con Trump en Estados Unidos, Orbán en Hungría y Erdoğan en Turquía.

En Colombia, el escepticismo democrático es cosa arraigada y enraizada. La democracia en Colombia ha sido utilizada para imponerse y para dominar, no para regular ni para ajustar o poner límites a las fuerzas políticas contrarias que se disputan el poder.

Por eso “el otro” ha sido visto como enemigo y no como contrincante, y también por eso, la lógica dual del “o ganas tú o gano yo, pero no podemos ganar los dos” siempre ha terminado por imponerse. Los consensos nos son ajenos y suenan, allá en nuestro inconsciente colectivo violento e intolerante, a traición, engaño, trampa y artimaña.

Pero resulta que en las democracias modernas, esas que quizás todavía no existen sino marginalmente, pero que, precisamente porque no existen vale la pena pensar, se supone que, gane quien gane las elecciones, todos pueden ser ganadores,  y en un sentido no meramente retórico.

Una verdadera democracia en el siglo XXI supone –digámoslo tímidamente- alguna forma de debilitamiento del escepticismo a través del pragmatismo, y es preciso allí donde los colombianos tenemos serias dificultades.

Si no debilitamos de alguna forma -aunque sea tímida- nuestro ancestral escepticismo democrático, gane quien gane no estaremos progresando.

El tercer paso, el último, en este ejercicio contemplativo, se da de cara a la acción política.

Contemplar la democracia tiene una finalidad: construirla. Los antiguos contemplaban lo que amaban, lo que les faltaba: la justicia, la verdad, el amor, Dios mismo. No se trata de una contemplación que inmoviliza o que, como el miedo, paraliza. Es una búsqueda a la vez apasionada y racional, que, como verdadero Eros, pone en movimiento muchas cosas, conscientes e inconscientes.

Pero seamos más concretos, que eso también cabe dentro de la contemplación como método político.

La confrontación entre los candidatos Duque y Petro representa la discrepancia entre dos visiones diferentes del país, de su pasado, su presente y su futuro. No son todas las visiones, porque hay otras, pero son las que se enfrentan en la segunda vuelta electoral, y es de esa confrontación de donde habrá de salir elegido un presidente para el cuatrienio 2018-2022.

El clima político que hasta ahora ha imperado revela que, de nuevo, se trata de ganar o perder, no de concertar. Ambos candidatos tratan, afanosa y retóricamente, de ganarse las simpatías del centro político representado por la coalición lograda en torno a Fajardo.

Es cierto que han moderado el lenguaje, y han tratado de calmar a sus respectivas hordas de fanáticos que hacen del miedo y el lenguaje amenazante una decadente estrategia política.

Pero ambos mantienen sus posiciones enlazadas con fantasmas del pasado y miedos hacia el futuro. Para ambos se trata de ganarlo o perderlo todo, y eso es muy poco democrático.

Las decisiones políticas no son decisiones morales. Se apoyan en valores y perspectivas morales, pero son decisiones políticas. Eso, que tiene muchas consecuencias, ni la izquierda ni la derecha política de Colombia parecen haberlo entendido y asimilado.

En ambos lados funciona la misma estructura básica y formal del pensamiento mesiánico: necesitamos es a fulano de tal y este se entiende a sí mismo como el único, el ungido, el Moisés que para salvar al pueblo separó las aguas del mar con la ayuda de Dios, con el que se comparó Petro a sí mismo, o “el que diga Uribe”, que tras una consulta abierta resultó siendo Duque.

El “yo soy el que soy”, que en la Biblia sólo se dice de Dios y con reverencial respeto, se camufla en la política bajo el principio: soy el bueno y lucho contra el mal.

Esto último merece un análisis más cuidadoso.

Porque resulta que bien y mal son, en la política, categorías de segundo orden, y cuando se ponen en el primero, deforman todo lo que de ellas se sigue. Que sean categorías de segundo orden no significa que sean menos importantes o que sean insustanciales. Significa esto: que se dan por supuestas, y que por eso no constituyen el objeto mismo de la discusión o del discernimiento político.

La historia en Colombia nos enseña, por cierto, que votar por “el bueno” (que en Colombia ha sido identificado históricamente como católico, de raza blanca y heterosexual) con mucha frecuencia equivale a votar por el que nos puso a hablar de moral para evitar tener que hablar de política.

Es verdad que hay que hablar de moral –y mucha falta que nos hace-, pero las campañas electorales no son el escenario apropiado para hacerlo, es uno muy peligroso para llevarlo a cabo. Qué más quisiera un político corrupto sino que se votara “moralmente” por él: así, además de ganarse la confianza, evita tener que responder políticamente por su gobierno.

La accountability moral es más fácil de manipular que la política, y eso lo bien lo sabe el puritanismo político que eligió a Donald Trump, y que muy probablemente sea el que acabe derrumbando su proyecto.

El lenguaje agresivo en política puede ser un síntoma de confusión, o de no distinción, entre el orden moral y el político. Y allí la religión, o mejor, las religiones, y los partidos políticos de los extremos, tienen mucho mea culpa pendiente.

Pareciera que los seguidores de uno y otro candidato no conciben como razonable, o como moralmente decente, sino sus propias opciones. Votar por Duque equivale a hacerse cómplice de masacres y corrupción, y hacerlo por Petro, exguerrillero castrochavista, es irresponsable y suicida. Y resulta que ni lo uno ni lo otro.

Ambas posiciones, desde bandos opuestos, tienen en común el desconocimiento y la desconfianza hacia el control institucional de la política, inherente a cualquier democracia, al menos desde Montesquieu y su necesaria separación de poderes.

Votar en blanco, que hasta hace algunos pocos años era la única opción digna para algunos sectores de izquierda (la derecha nunca se lo ha tomado muy en serio), para muchos se convirtió en la ocasión que estaban esperando para condenar al infierno precisamente a aquellos que votan en blanco como única oportunidad para poder enlazar moral y política más allá de los resultados.

Si rechazan el voto de conciencia, se pregunta uno, ¿no será porque dudan de que la consciencia sea necesaria para votar, pues basta que las “pasiones y afecciones” políticas nos muevan en la dirección que consideramos correcta?

Si alguien quisiera crecer en optimismo frente a la elección que se nos viene, yo, que soy optimista por naturaleza -y que por eso casi siempre me equivoco en política- le diría esto: Colombia es una curiosa especie de enfermo grave que nunca se muere (Fernán González).

Hagamos algo, no sólo para que el candidato de nuestras preferencias gane, sino también para que quien resulte ganador el 17 de junio, sea quien sea, comprenda y asimile la democracia más como regulación civilizada de conflictos que como medio para apropiarse de algo. Ese sí que sería un cambio grande en nuestra historia política.

Me explico. Porque creo, quizás un tanto ingenuamente, que en una democracia el ejercicio del poder político todavía tiene algo de servicio público, el ganador tendría que hacer un esfuerzo, en contra de la lógica de la polarización, para comprender y asimilar que, si bien  resultó elegido por la mayoría que votó, de hecho hay muchos compatriotas que no votaron por él y que piensan y sienten diferente, muy diferente.

Esos compatriotas también tienen derechos y proyectos de vida respetables, así el jefe del Estado y de gobierno no los comparta. En consecuencia con ello, sus programas y ejecuciones de gobierno, en lugar de afirmarse en una visión solipsista y autoafirmativa, deberían moverse, como nos mueve Eros, buscando lo que nos falta, aquello de lo que carecemos y sin embargo necesitamos para vivir en paz como nación.

En una democracia moderna ganar en política no equivale a ganarlo todo, a menos que uno lleve por dentro un dictadorzuelo travieso que no puede o no quiere controlar.

Ganar en política tampoco tiene que llevar las cosas hacia un punto en el que los que perdieron deban perderlo todo, hasta la esperanza. Hay fuerzas políticas en las regiones que pueden o no estar en sintonía política con el gobierno central del país, y con esas fuerzas políticas hay que trabajar desde el centro del poder político.

También hay una institución jurídica, la Constitución, cuya letra y cuyo espíritu no sólo hay que respetar sino cultivar y extender.

Se pueden hacer campañas políticas con dignidad o sin ella, con agresividad o sin ella. Eso es cuestión de estilo, de talante político. Pero una cosa es la campaña y otra el triunfo -o la derrota, y ganar sin dignidad equivale a conducir a toda la sociedad a sentir que todos tienen que perder: puede envilecer el triunfo con catastróficas consecuencias para la paz y el bien común.

Aristóteles, que algo conocía de la naturaleza humana, decía que la magnanimidad, a la que también llamaba grandeza de alma, como la palabra misma lo indica, “sólo se aplica a las grandes cosas” y que por eso resultaba necesario que el político magnánimo supiera mejor que los demás qué cosas son grandes y por qué las llamamos grandes. Grande es la paz, grande la justicia, grande la verdad. Ojalá no nos queden demasiado grandes.

Comentarios (8)

Saint Sinner

09 de Junio

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※ Lo que me preocupa son 2 cuestiones: Prejuicio político o clasicismo, que...+ ver más

※ Lo que me preocupa son 2 cuestiones: Prejuicio político o clasicismo, que hace no profundizar sobre las propuestas de Petro, descartar casi por completo lo positivo de su trayectoria política. la Zatanización es más fácil, la irresponsabilidad de los medios de fomentar mitos equivocados, como que es Extrema Izquieda, he aquí que entra la segunda cuestión, el oportunismo del miedo, el uribismo ha fomentando hacia el odio premeditado, me preocupa el Caudillismo de Uribe, su salud mental se ha deteriorado y lo grave es que su influencia no se disminuye, un proselitismo que se ha fusionado con una visión que escoge lo peor del cristianismo, no católico porque se ha visto Uribe su preferencia, si hizo una reunió oficial de su partido en una iglesia cristiana… SI gana Duque seria un mal para Colombia, puesto que el monopolio de poder que ha montado por los años de Uribe, se deja llevar por esas caprichosas ideas que tiene este señor, hará todo lo posible para ejecutarlas, una Influencia de mucho peso, casi incuestionable a sus seguidores, que será catastrófica en las ramas del gobierno & para los ciudadanos

David

09 de Junio

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Como casi siempre el filosofastro colombiano confunde incomprensión con profu...+ ver más

Como casi siempre el filosofastro colombiano confunde incomprensión con profundidad; votar en blanco NO es una opción moral ni "consiente" dadas las circunstancias, por mas Freud, Aristóteles, Platón y demás filosos que cites convenientemente. Que no se use la pseudointelectualidad para estas tareas tan poco loables como la envidia y la revancha.

Elpellizco

09 de Junio

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Indicar las falencias de la democracia colombiana debería ser un ejercicio pe...+ ver más

Indicar las falencias de la democracia colombiana debería ser un ejercicio permanente: sin meritocracia, sin legislación electoral..etc. Perder en política no es perder, pero depende del político. En el caso del CD, tenemos un partido con grandes mayorías lo que facilita la concentración el poder y la voluntad de conservarlo sin límite, lo que prejudica la pluralidad sobre todo en una democracia vaporosa

DIDUNDI

09 de Junio

3 Seguidores

Excelente columna aunque llena d romanticismo; la realidad política d los ú...+ ver más

Excelente columna aunque llena d romanticismo; la realidad política d los últimos 60 años para no ir + lejos, tiene enquistado en su ADN la urgente necesidad d controlar todo y lo ha logrado, xq dentro del romanticismo q percibo está No reconocer q esta ha sido una dictadura ideológica entre rojos y azules matizadas con visos democráticos, aceptados + x conveniencias coyunturales q x reconocimiento al cubrimiento imperativo d las necesidades d un pueblo.
D otro lado, al columnista aquí se le olvida el papel fundamental q han jugado los poderes anexos al control político q, hoy x hoy son parte d la estrategia d sostenimiento d cualquier sistema o modelo económico dominante. Obvio hablo d los medios y en especial d PERIODISTAS q pretenden ser el gobierno d turno afín-soporte desde forma sescritas, habladas y/o televisadas.
Solución a la vista?, No la veo, el temor a perder ese poder no permite recoconocer derechos para todos, se exclusivizan al punto d privatizarlos. Hacer política se volvió un problema d egos personales e individualistas alimentados x el odio, el rencor h sobre todo LA VENGANZA.
Fácil nos quedó la guerra y muy GRANDE organizar la paz.

Ruth Diaz

09 de Junio

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Mil gracias por esa extraordinaria reflexión. Alcanzo a ver en los comentari...+ ver más

Mil gracias por esa extraordinaria reflexión. Alcanzo a ver en los comentarios previos, la angustia o la rabia de quienes esperan que les digan quien votar, yo en cambio veo con alegría alguien que entiende la esencia de la democracia y que nos llama a trabajar por ella, sin importar quien gane, para que al final de cuentas, ganemos todos. Eso es lo que hemos comenzado con esos millones de votos de Fajardo, y eso es a lo que quedamos obligados con nuestro voto.

Saint Sinner

09 de Junio

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Mmm, realmente lo que digo es de una posición no conformista: como nada func...+ ver más

Mmm, realmente lo que digo es de una posición no conformista: como nada funciona mejor nos atenemos a la apariencia de que todo es normal, Duque tiene una mayoria de votos, Duque por no tener criterio, y depender de esas alianzas no podra gobernar con autonomia, con Uribe acabara con las oposiciones, le dará mas preferencia a la iglesia cristiana, aunque como dije no representa lo que es cristiano, va perseguir muchos,un gobierno asficiantes, controlara a los medios para noticas a su favor. En la prensa internacional hablan mal de colombia por la sombra de Uribe en la campaña de Duque, paramilitarios, falsos positivos, narcotrafico, procesos que han sido archivados. Con Petro la oposicion contra el es fuerte, mas pluraridad en los partidos,nunca ha tenido denuncias por corrupcion, ha metido politicos presos, el representa las minorias ingnoradas, la proteccipon animal, el medio ambiente, mientras Fajardo se despreocupo de la politica se puso de ver ballenas, mientras quedo indignada la madre representante de Soacha que nunca quizo responder a sus mensajes, digame usted en su lugar, de ser un candidato que queria un cambio mejor a colombia, no gana, & opta mejor por desentendercr, no decidir de ver las propuestas del otro que son similiares, prefiere viajar para que se arreglen sin el ¿Usted haria lo mismo?

Juanita León

11 de Junio

737 Seguidores

Excelente tu columna. Gracias, algo de perspectiva en medio de tanta pasión s...+ ver más

Excelente tu columna. Gracias, algo de perspectiva en medio de tanta pasión siempre ayuda...

xunzahua

13 de Junio

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La Política se teje de diversas hilazas y va tomando formas y figuras según ...+ ver más

La Política se teje de diversas hilazas y va tomando formas y figuras según se observe. Pero eso sí, lo que no Observemos, aún así, define la forma y figuras a continuación.