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Bolsonaro y Maduro: parábolas de una crisis

Estas dolorosas experiencias deben servirnos como ejemplo para Colombia. Porque ni la aventura autoritaria ni los modelos pseudo-socialistas han sido históricamente capaces de fortalecer la institucionalidad y el control ciudadano sobre el poder.

Sergio Guarín
Sergio Guarín
Director del área de posconflicto de la Fundación Ideas para la Paz
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15 de Enero de 2019

En menos de quince días se posesionaron como presidentes el ultraderechista Jair Bolsonaro en Brasil y el socialista Nicolás Maduro en Venezuela. Y con su ascenso, que en el caso de Maduro es una ratificación del sistema imperante, quedó evidenciado una vez más que algo muy preocupante pasa en las democracias de nuestro continente.

El caso de Bolsonaro, las críticas internacionales a su incipiente gestión se han concentrado en su radicalismo ideológico. Varios medios de comunicación han recordado sus palabras de 1993, cuando, en un discurso frente a la Cámara de Diputados, se declaró a favor de la dictadura. En esa ocasión afirmó: “¡Nunca resolveremos los grandes problemas nacionales con esta democracia irresponsable!”

También han sido materia de preocupación sus posiciones respecto a los derechos de las minorías y de los pueblos indígenas, su desprecio por la agenda ambiental y su rechazo a ciertas libertades individuales.

Sobre su llamado a la “limpieza ideológica”, Onyx Lorenzoni, ministro jefe de la Casa Civil, dijo en declaraciones a la prensa: "Es la única manera de poder gobernar con nuestras ideas, nuestros conceptos y hacer lo que la sociedad brasileña decidió por mayoría: terminar con las ideas socialistas y comunistas que durante 30 años nos llevaron al caos en que vivimos".

Circula incluso una versión según la cual el Ministerio de Educación nacional habría ordenado eliminar de los currículos oficiales la influencia del reconocido pedagogo Paulo Freire, por considerarla una fuente de adoctrinamiento propio de las izquierdas.

Olavo de Carvalho, famoso escritor que ha influenciado a las élites más conservadoras del Brasil, bien representadas en Bolsonaro, retrata de manera escatológica el desprecio hacia el liberalismo, trinando recientemente: “Detrás de todo liberal hay un culo abierto implorando un pene comunista”.

Pese a lo noticiosas que resultan estas preocupaciones (y no me refiero a las derivadas del intimidante augurio de Carvalho), la pregunta de fondo es cómo una sociedad en la que gobernaron Lula da Silva y Dilma Rouseff de manera continuada - y que fue catalogada como una promesa económica mundial (y si no recordemos los llamados países BRICS) - dio un giro tan radical tras las últimas elecciones. Porque es evidente que sólo el radicalismo ideológico de Bolsonaro es un motivo insuficiente para explicar un triunfo electoral que se antojó relativamente fácil frente al oficialista Haddad.

La respuesta tiene que ver con el agotamiento popular frente a un sistema percibido como sistémicamente corrupto, el cual no pudo mejorarse a sí mismo pese a las enormes evidencias de su cáncer interno.

Mary Anastasia O’Grady, en un interesante artículo publicado en el Wall Street Journalse acerca a una buena descripción del fenómeno, al describir  la insensibilidad y el cinismo de las élites del PT ante los evidentes problemas económicos y políticos del Brasil, derivados principalmente de los escándalos de corrupción.

Lo de Venezuela es una fábula radicalmente diferente en su contenido ideológico, pero también refleja los efectos que genera en los Estados la rabia acumulada de los pueblos, cuando estos perciben que el sistema es incapaz de reformarse frente a problemas que resultan inocultables.

Y en esta ocasión me refiero a la precariedad económica derivada del modelo rentístico de los gobiernos de Pérez y Caldera, y a la desigualdad resultante del manejo económico en la Venezuela de los 80 y los 90.

No se debe olvidar que, tras el fallido alzamiento militar del 92, la prisión y el perdón presidencial emitido por Rafael Caldera, Chávez subió al poder en 1998 por la vía democrática, prometiendo hacerle un ajuste radical a un sistema que, en su relato, era indolente frente a las enormes necesidades materiales del pueblo venezolano.

Y parte del auge inicial del Chavismo tuvo que ver precisamente con los efectos iniciales de las políticas económicas de su Gobierno, en el contexto de la crisis mundial de 2008 y 2009.

Economistas de la izquierda venezolana y latinoamericana exhibieron en ese tiempo, y con orgullo, los avances que representaban la reducción del coeficiente de Gini hasta ubicarse en 0,42, la caída de 15 puntos porcentuales en la tasa de pobreza monetaria, que se situó en 28.5 por ciento en 2009 según el Instituto de Estadísticas de Venezuela, y el progreso sostenido que reportaba Naciones Unidas en el índice de desarrollo humano, que se ubicaba tras ocho años en 2008 en una cifra de 0,84.

Mientras esos avances, que resultaron insostenibles, se iban dando, se fue consolidando el relato de odio radical hacia las oligarquías y de ecepticismo por los mecanismos de la democracia liberal, que se veía en ese momento como un instrumento de los poderosos y que hoy es en parte responsable de la situación de postración que vive nuestro querido vecino.

Ya luce hasta psicótico el histrionismo rocambolesco de Maduro, evocando al criollo libertador Bolívar y autoproclamándose en su juramento como su legítimo sucesor. Más aún cuando ello se da frente al Poder Judicial en pleno, por el desconocimiento de una Asamblea Nacional que, aunque elegida por las vías democráticas, ha sido desconocida por un Gobierno que considera innecesaria la separación de poderes.

Y la paradoja consiste en que, al haber destruido el sistema de la democracia liberal, por una supuesta inoperancia del mismo, Venezuela se quedó sin mecanismos de cambio deliberativo interno, que han despertado nuevamente los fantasmas de las tomas de poder y las soluciones militares extremas.

Estas dolorosas experiencias deben servirnos como ejemplo para Colombia. Porque ni la aventura autoritaria ni los modelos pseudo-socialistas han sido históricamente capaces de fortalecer la institucionalidad y el control ciudadano sobre el poder. Muy al contrario. Los pueblos que en el pasado han protagonizado esos intentos han visto correr mucha sangre para restaurar sus precarios equilibrios.

Para que esa lección se vuelva material, es preciso que nuestra modesta democracia sea capaz de demostrar que está en capacidad de reformarse a sí misma y de tomar decisiones que muestren sensibilidad frente a los asuntos que más le duelen a la sociedad. Hoy en día, la impunidad, la corrupción, la pobreza y la paz. Esa es la verdadera agenda de este cuatrienio. Lo contrario es el camino a la crisis. 

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Comentarios (4)

LUIS AURELIO ARCINIEGAS

16 de Enero

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EL SEÑOR EDITOR NO TOCA EL MODELO CHINO NI EL MODELO DE BOLIVIA DE ARGENTINA ...+ ver más

EL SEÑOR EDITOR NO TOCA EL MODELO CHINO NI EL MODELO DE BOLIVIA DE ARGENTINA DE LA KRISNER Y DE URUGUAY DE MOJICA

Jaime Andrés Gómez

16 de Enero

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Quiero aportar una perspectivamente desde el otro lado de este artículo, quer...+ ver más

Quiero aportar una perspectivamente desde el otro lado de este artículo, querido Sergio. También podría decirse que las dolorosas experiencias colombianas deben servir como ejemplo para la región. "Lo contrario es el camino a la crisis". Colombia lleva dos siglos de crisis en crisis. Es uno de los países de la región que nunca ha logrado salir de una crisis. Esta década en la que se ha querido superar la crisis del conflicto armado, deja dolorosas experiencias que deben servir de ejemplo a la región pues tiene el riesgo de no salir sino de seguir ahondando las mismas crisis de siempre: violencia, pobreza, corrupción, inequidad. Colombia es un país de lo mediocre donde, a diferencia de países como Venezuela y Brasil, nunca ha habido tiempos de progreso, prosperidad y saltos sociales que sirvan como referente histórico para comparar entre antes y después. Ahora que tenemos la posibilidad de comparar entre el antes y el después del Acuerdo, el status quo se ha empeñado en condenarnos a lo ya conocido de los dos siglos anteriores. Si el intento de la columna es mostrar que los extremos se tocan y llevan a la crisis, me pregunto si la medianía de siempre en la que ha vivido Colombia, el segundo país donde la gente se dice más feliz en el mundo, ha sido solamente una manera muy astuta como sus dirigentes han mantenido la crisis pero dejando el sentimiento de estar bien. La democracia colombiana sólo necesita nacer, ser vivida y real. Colombia ha tenido elecciones y tiene incipientes instituciones (apoltronadas en Bogotá y algunas capitales), pero decir que tiene una democracia que debe reformarse es como si ya hubiéramos vivido siglos de una democracia que nació, creció, se fortaleció, decayó y ahora debe cambiar. Colombia no ha estrenado una real democracia, ni siquiera ha podido llevar a cabo medianamente el pacto social que fue la Constitución del 91. Colombia sigue asediada por el corporativismo, la mezcla bomba entre feudalismo y capitalismo narcotraficante y expoliador, bajísimos niveles educativos de la mayor parte de la población, partidos políticos que son empresas electorales, desigualdad atroz y persistencia de conflictos armados internos. Colombia misteriosamente no ha sufrido graves crisis económicas, por la manera como se ha protegido la banca, por la influencia del narcotráfico pero nunca ha habido políticas efectivas de distribución sino sólo de limosna y contención. Entonces Colombia es la dolorosa experiencia de una falaz democracia de la que todos los países de la región deben aprender si no quieren tener las crisis de las que no hemos podido salir.

Sergio Guarín

16 de Enero

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Gracias por tu lectura y comentarios, Jaime.

Como anticiparás, no...+ ver más

Gracias por tu lectura y comentarios, Jaime.

Como anticiparás, no comparto tu idea sobre la crisis permanente del sistema, aun cuando me parece que estamos lejísimos del estado deseable. Te doy dos ejemplos sorprendentes.
Uno es el plebiscito por la paz. En retrospectiva, es difícil explicar que en una democracia tan restringida y precaria, como la que expones tú, el proyecto de paz impulsado por un presidente representante de las Oligarquías, apoyado por la mayoría de los medios de comunicación y aceptada por la mayor parte del establecimiento, perdiera por 40 mil votos y que se respetara democráticamente el resultado.

El otro es el intento de la segunda reelección de Uribe, cuando el presidente que gobernaba en un permanente "estado de opinión", que tenía el Congreso a favor, la mayoría de los votantes y había incidido en el nombramiento de magistrados, tuvo que echar para atrás su interés de alargarse hasta otro mandato...

Ninguna de esas cosas ha pasado en países de la región.

Traigo ahora a colación algunos datos relativamente objetivos. Entre 1993 y 2018, la tasa de asesinatos por 100 mil habitantes pasó de 60 en Colombia y 273 en Medellín a 24 en Colombia y 25 en Medellín. La pobreza multidimensional y monetaria se redujeron en más del 50% y el presupuesto de inversión regional aumentó en casi el 30%.

Piensa además que en Bogotá hemos elegido a Lucho Garzón (sindicalista), a Mockus (profesor) y a Petro (ex-guerrillero), que Navarro ha tenido todos los cargos pùblicos posibles, que Claudia López lideró un proceso de consulta con 8 millones de votos, que se eligió con la Bandera de "decentes" a una bancada modesta pero eficaz que respresmtaba a un político que ha sido sistemáticamente perseguido, que la Corte Suprema destituyó a más de 20 congresistas por parapolíticos, que aprobamos la Ley de Víctimas, que tenemos a las FARC convertida en un partido, que la JEP está a punto de iniciar la investigación por el genocidio de la UP...

Cada paso que damos es insuficiente frente a los retos que tenemos y cada día que pasa la indignación permanece y, sobre ciertos temas, se atiza. Pero, a diferencia de los vecinos, hemos aprendido a tramitar institucionalmente lo peor de muchas crisis y eso, aunque genera cierta sensación de mediocridad, es preferible que patear el tablero y hacer cambios extremos cuyas consecuencias no son crisis sino colapsos.

Ese es el dulce amargo de la democracia. Que como es un regimen de consensos parciales, nunca es tan reformista como lo desea la agenda progresista. Pero siempre será mejor una democracia controlada que una dictadura o un extremismo sin límites.

Jaime Andrés Gómez

16 de Enero

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Gracias estimado Sergio. Comparto los ejemplos de democracia -representativa- ...+ ver más

Gracias estimado Sergio. Comparto los ejemplos de democracia -representativa- que traes, todos ellos incipientes y aún en grave riesgo de detenimiento. Esperanzadores. Podemos discutir la concepción de crisis y extremismos. No conozco ni vivencial ni retrospectivamente un solo período de estabilidad en Colombia. Puedo mirar con esperanza algunos avances sobre todo en cuanto a posibilidades de expresión popular y de educación de algunas franjas de la población y cierta modernización de algunas ciudades, pero no estoy de acuerdo en contribuir a esta campaña mediática de señalar a los vecinos como el espejo donde mirarnos para no ser peores. El espejo en el que debe mirarse Colombia es su propia historia. Considero muy pertinente un análisis de los vecinos para pensar un destino común como región y dejar pistas y esperanzas para ello. Saludos,