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Adiós a San Isidro, los cucaracheros, las chinas y el tamal con chocolate

A los pies del cerro de Monserrate floreció, hasta bien entrado el siglo XVI, la cultura muisca. Desde la misma llegada de los españoles, hubo una transformación hacia la sociedad que somos, una sociedad hispanoamericana con curiosas herencias culturales de otras latitudes. Este sincretismo cultural también está a punto de desaparecer por decisión legal.    

José Germán Zarama de la Espriella
José Germán Zarama de la Espriella
Consejero del SENA, periodista y ejecutivo gremial
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16 de Noviembre de 2016

Una combinación de cambios ecológicos, jurídicos y culturales amenaza con sumir en la decadencia a Monserrate como sitio emblemático turístico de Bogotá. Pero tal vez sea solo otro de los cambios de eras culturales que ha presenciado este lugar. Ciertamente, el Cerro de Monserrate, en cuya cúspide se terminó en 1657 el conocido santuario, ha visto aparecer y desaparecer varios mundos.

A los pies de este cerro floreció, hasta bien entrado el siglo XVI, la cultura muisca de la Sabana de Bogotá. Desde la misma llegada de los españoles, hubo una transformación hacia la sociedad mestiza que somos, una sociedad hispanoamericana, con curiosas herencias culturales de otras latitudes. Sí, los conquistadores trajeron a Santafé algunos indios quechuas como traductores, que dejaron huellas en nuestro lenguaje del idioma de los incas.  

Entre estas palabras más bogotanas relacionadas con Monserrate, está ‘china’. Este vocablo quechua (incas) significaba india joven. Aún hoy en día, en Chile, parte del imperio inca de la América precolombiana, designa a la mujer mestiza, dedicada generalmente al oficio doméstico.  

Pero en Moserrate la interacción cultural no solo es lingüística, sino religiosa, bromatológica y musical. Para ofrecer un ejemplo de lo dicho, quizá no haya mejor canción que el muy bogotano bambuco ‘Los Cucaracheros’, de Jorge Añez Avendaño. En él se identifica el maridaje intercultural de esta Bogotá colonial y republicana, a punto de desaparecer. Recordemos estas estrofas, haciendo énfasis en aspectos entrecomillados de este crisol cultural hoy amenazado:

Yo soy el ‘cucarachero’,
tú la cucaracherita 
desde que te vi yo quiero
que tú seas mi mujercita.

Oye, ‘chinita’ querida
de la alborada lucero
si tú me dejas por otro
del guayabo yo me muero.

‘La que en Bogotá no ha ido
con su novio a Monserrate’  

no sabe lo que es ‘canela’
ni ‘tamal con chocolate’...

En efecto, la palabra ‘cucarachero’, podría referirse a un ave endémica, única y exclusiva, de los humedales de la Sabana de Bogotá. Y tal parece que el cucarachero está al borde de la extinción, según afirma Gary Stiles, del Instituto de Ciencias Naturales de la U. Nacional. 

Las transformaciones culturales de un mundo globalizado están  cambiando estas costumbres que nos vinculan a Monserrate. Pero también la conciencia ecológica de nuestras leyes, podrían dar el puntillazo final. De hecho, las viejas costumbre santafereñas están a punto de transformarse una vez más, ahora por una decisión judicial. De esta manera, pocos podrán aventurarse a tomar canela, originaria de la India, tamales y chocolate, de origen centroamericano, o subir con su novia a Monserrate.

Lo cierto es que, el pasado 29 de septiembre el Consejo de Justicia ordenó el cierre definitivo del restaurante Casa San Isidro. Este lugar era uno de los atractivos turísticos para muchas parejas que iban a visitar al Santuario de Monserrate y comprometerse formalmente. La decisión correspondiente del Consejo se basa en que “en la parte alta del cerro de Monserrate no se puede llevar a cabo ninguna actividad comercial por tratarse de una zona de reserva forestal protectora”.

Esta determinación judicial obligaría a cerrar no solo a San Isidro, sino a los demás establecimientos de comidas. Un golpe fuerte para la comodidad de los turistas que llegan de todas partes del mundo a visitar este mirador de Bogotá.

Por supuesto que cierta clase de turismo no desaparecerá a pesar de las limitaciones de infraestructura. El interés que despierta este cerro por cuestiones religiosas, llevará a que muchos creyentes continúen frecuentándolo. Y quizás muchos retomen en el futuro prácticas de turismo ecológico. Lo que se podría acabar para siempre es esa mágica experiencia de visitar a San Isidro, especialmente en una noche de luna llena.