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Las lecciones del cierre

Cinco lecciones que deja, por ahora y en caliente, el cierre de la frontera con Venezuela. 

Santiago Gómez
Santiago Gómez
Decano
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Columna

16

30 de Agosto de 2015

La crisis fronteriza generada a raíz de las deportaciones masivas promovidas por el gobierno venezolano deja hasta ahora algunos aprendizajes importantes y algunos interrogantes por resolver.

El nacionalismo nunca es buen consejero: En nombre del nacionalismo se han llevado a cabo los peores abusos contra los derechos humanos de la historia contemporánea. Es una pasión que en un mundo tan interconectado como el de hoy,  aunque solo y aparentemente para lo que nos conviene, demuestra más intolerancia que orgullo por lo propio. El recurrir a banderas nacionalistas para defender políticas u obtener réditos electorales siempre será muestra de la incapacidad propia de los estadistas para resolver los problemas de fondo que aquejan a sus electores. Ni Maduro hace bien reivindicando con discursos anticolombianos su grosera incapacidad para gobernar pretendiendo distraer a los ciudadanos, cuatro meses antes de las legislativas venezolanas, ni Uribe, su antítesis, hace bien aprovechando políticamente una situación dolorosa para colombianos que hoy, más indefensos que nunca, cargan sobre sus espaldas no solo neveras, sino la equivocada decisión de intentar buscar mejores opciones de vida en un país que, como Venezuela, se desmorona ante los ojos impávidos del continente. El nacionalismo enceguece, y no es útil ni siquiera cuando nos hace gritar, casi inocentemente y un año largo después, que el gol de Yepes fue gol, cuando claramente según el reglamento no lo fue. Pregunta: ¿Qué tan diferente, no en lo superficial sino en lo sustancial, puede ser un habitante de Cúcuta a uno de San Antonio? Mismas necesidades, mismas angustias, mismos sueños.

Los extremos son siempre inconvenientes: La polarización cataliza la intolerancia, impide el diálogo constructivo y carga de violencia lo discursivo. Ni los buenos son tan buenos, ni los malos tan malos. Ni la solución a los problemas es adecuada cuando se anula el pensamiento del otro. El mundo no es de blancos y negros, es de grises. Por eso la actuación del gobierno colombiano, aunque pudo haber sido más decidida al inicio de la crisis, es sensata y se ajusta a los principios del Derecho Internacional. La diplomacia colombiana actúa fiel a su historia, no beligerante y conciliadora. El país tiene suficiente guerra de la frontera hacia adentro como para jugar el juego de la provocación por hacer caso a los halcones que desde los dos extremos claman por una confrontación abierta en la zona limítrofe. El papel de la diplomacia nacional debe, por una parte, entregar la ayuda humanitaria a los colombianos deportados, propender por que quienes aún viven en Venezuela tengan garantizados sus derechos y procurar normalizar la tensa situación, sin recurrir a agresiones e insensateces en una frontera de dos países complejos en época preelectoral. Pregunta: ¿Es realmente Venezuela el problema de Colombia o Colombia el de Venezuela?

Lo fronterizo solo importa en el discurso nacional: El tema fronterizo no es una prioridad para los candidatos locales. La Opinión, de Cúcuta, no ha reseñado desde el día en que Maduro decidió cerrar la frontera una sola declaración de los candidatos a la gobernación de Norte de Santander sobre el conflicto. Allí donde aquellas consecuencias de la crisis se sufren en carne propia y de manera inmediata, la falta de preparación de los candidatos se evidencia con silencios convenientes justo cuando más deberían asumir posiciones al respecto. En el ámbito nacional, sin embargo, todos los presidentes de los partidos políticos suscribieron por escrito su apoyo al presidente Santos y le instaron a defender con vehemencia los intereses nacionales. El riesgo, será siempre, que se politice inadecuadamente el tema. Colombia hará mal si cae en la trampa de un inexperto Maduro de usar políticamente a las poblaciones fronterizas. La prudencia con firmeza debe seguir siendo la línea de política a seguir por el gobierno santista. Pregunta: ¿Es viable o confiable un candidato a la gobernación de un departamento fronterizo que no haga públicas sus posiciones frente a una crisis como la actual?

Colombia se mantiene fiel, afortunadamente, a su tradición diplomática: En no pocos ámbitos se ha utilizado la crisis actual para atacar a Santos por su debilidad en el manejo de los incidentes generados las últimas semanas por el cierre de la frontera con Venezuela. Lo que no recuerdan los que le critican es que si ha habido algo en lo que poco se han diferenciado los gobiernos anteriores de este, es en su manejo diplomático,aunque no en sus relaciones internacionales y el grado de aceptación en el ámbito internacional. Los gobiernos colombianos recientes, incluidos los ocho años de Uribe,  se han caracterizado también por llevar a cabo una diplomacia respetuosa del derecho internacional y de no injerencia en los asuntos internos de otras naciones. Nunca en sus ocho años de gobierno, Uribe cedió ante las amenazas de su homólogo Hugo Chávez y tampoco ante sus provocaciones guerreristas en la frontera; Fernando Araújo, su canciller durante la crisis con Ecuador, pidió excusas a Correa por la intervención militar que dio de baja a Raúl Reyes y, más allá de usar un discurso firme ante los vecinos, tan firme como el de la canciller Holguín, nunca movilizó un solo soldado a la frontera con Venezuela u otro país limítrofe. Pregunta: ¿A qué se refieren los uribistas cuando dicen que él si hubiera actuado drásticamente ante la crisis fronteriza, si Santos ha actuado usando las mismas estrategias diplomáticas que su antecesor y que obedecen al mantenimiento de una escuela de respeto al derecho y a la no injerencia en asuntos internos de otras naciones?

No es consecuente criticar el uso político del ‘anticolombianismo’ y hacer campaña denunciando el castro-chavismo: No es fácil entender a quienes han enarbolado la bandera de la beligerancia discursiva argumentando, con razón o sin ella, la influencia de lo que se ha llamado “Castro-chavismo” en nuestro país, pidiendo que no se utilice el rechazo a lo colombiano para obtener votos en Venezuela. Ninguna de estas dos estrategias compromete a quienes las utilizan a mejorar la calidad de vida de sus connacionales; simplemente enardecen el ambiente político binacional y terminan, con la connivencia mediática, convirtiendo en un polvorín los micrófonos que se escuchan en la frontera. Los medios, a mi manera de ver, deberían deslindarse de esa estrategia y no replicar, en sus tribunas, declaraciones en cualquiera de esos sentidos. Los problemas de los colombianos en Venezuela y de los venezolanos en Colombia, y de cada uno en su propio territorio, son mucho más trascendentes que esas arengas caudillistas.

La única prioridad del gobierno colombiano hoy es garantizar la ayuda humanitaria a los deportados y procurar su reinserción a la vida económica de un país que por alguna razón les dio la espalda antes. No es sano intentar sacar rédito político de esta tragedia humana, ni desde la izquierda ni desde la derecha. Todos debemos cerrar filas en torno a las víctimas. Hoy Venezuela no es ni comercial ni políticamente tan relevante para Colombia como hace unos años y por ello, la diplomacia y los medios de comunicación deben jugar un papel fundamental en la desactivación de la tensión fronteriza, por el bien de las poblaciones que conviven en dicha zona.

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