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Tumbar el Mónaco no es tumbar la imagen de Escobar

Construir memoria sobre la idea de borrar las huellas es un mal camino, porque la memoria negada siempre encuentra puntos de escape.

Marta Inés Villa Martinez
Marta Inés Villa Martinez
Historiadora e Investigadora
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07 de Febrero de 2019

El 22 de febrero se derribará el edificio Mónaco para dar lugar a la construcción de un museo que honre la memoria de las víctimas. Esto, según el alcalde Federico Gutiérrez, para contrarrestar el peso de la figura de Pablo Escobar y sus memorias en los recorridos turísticos que a diario ocurren en la ciudad y en los imaginarios que circulan en el mundo sobre Medellín.

Con esto, el alcalde aboca a un sentido común que parece loable e irrebatible: la necesidad de resignificar los símbolos de una tragedia, la de no dar juego a la voz de los victimarios sobre la de las víctimas, y su sufrimiento. En esto estamos de acuerdo.

No obstante, hay aquí asuntos de enfoque, de noción de lo público y de recursos, que vale la pena debatir. Menciono solo algunos:

¿Sobre qué noción de memoria se construye esta propuesta?

¿Por qué empezar por derribar el edificio? A mi modo de ver, la idea de arrasar para construir nuevos referentes hace parte de una matriz cultural que ha tenido bastante peso en el desarrollo urbano de Medellín.

Por eso existen tan pocos vestigios de la arquitectura colonial o incluso de la modernidad. Porque se cree que destruyendo las huellas materiales se borra también su significado. Fue la noción de progreso que se instauró desde el siglo XIX y que aún hoy tiene peso.

Derribar el edificio para borrar las huellas corresponde a esta mirada, cuestionada y replanteada también desde hace años. Basta con acercarse a los debates que, por ejemplo, ha desatado el tema de la memoria en Alemania de la posguerra o en los países de Cono Sur donde hubo dictaduras; antes que destruir los lugares emblemáticos (campos de concentración, cárceles clandestinas, casas para la tortura), los han preservado y convertido en lugares de memoria colectiva, porque son estos los que permiten recordar a la sociedad, comprender la hondura del sufrimiento, los hilos del poder, las responsabilidades compartidas. Y de esta forma, construir una decisión colectiva, de No Repetición, de Nunca Más.

En torno a la figura de Pablo Escobar se han hecho no solo películas y  libros amarillistas sino que se ha producido, dentro y fuera de Colombia, abundante literatura analítica que da cuenta de su génesis, el significado y la relación con la sociedad.  Focalizar la mirada en la imagen de Pablo Escobar que hay que borrar, impide entender no sólo que fue producto de la sociedad sino que la permeó hasta los tuétanos. Los sectores populares, las élites, los gremios de profesionales, los políticos, las iglesias, fueron parte de esta trama. Si no entendemos esto, si seguimos trabajando sobre la idea de que fue un personaje aislado, diabólico, que llegó a dañarnos, no vamos a entender nada. Ni mucho menos por qué su imagen y lo que él representa, siguen vivas.

Entonces, claro que es loable darle un lugar relevante a la voz y la experiencia de las víctimas, pero no sobre la base de negar que este personaje hace parte de una historia colectiva sin la cual no pude explicarse. Construir memoria sobre la idea de borrar las huellas es un mal camino. Porque la memoria negada siempre encuentra puntos de escape. Y ahí es donde estos mitos se reproducen, como la cabeza de las hidras.   


 

Memoria sin vocación de lo público

Por otro lado, vale preguntar: Esta es una idea que sale de la noche a la mañana del bolsillo del alcalde. ¿Es su mirada la que de manera exclusiva define el tipo de proyectos que se adelantan en la ciudad?

En este punto, vale traer a colación la historia del Museo Casa de la Memoria: su idea nació del trabajo y diálogo directo de la administración (Programa de Atención a Víctimas del Conflicto, durante la administración de Fajardo) con las víctimas y sus organizaciones, muchas de las cuales venían ya haciendo trabajo en procesos de memoria y reivindicando su lugar en la historia de la ciudad.

Luego, durante la administración de Alonso Salazar, se convirtió en un proyecto del Plan de Desarrollo y se construyó una ruta para su construcción colectiva: se hizo una amplia consulta ciudadana en la que se preguntó a diferentes sectores de la ciudad (académicos, pobladores, artistas, organizaciones de víctimas, de mujeres, jóvenes, empresarios, periodistas, entre otros) para qué un museo, qué relatos y qué voces querían ver allí, con qué lenguajes.

Se conformó un Comité Asesor en el que igualmente participaron artistas, académicos, representantes de organizaciones de víctimas y de los museos de la ciudad; allí se llevó el resultado de la consulta ciudadana, se debatieron las estrategias y lo que sería el proyecto del Museo Casa de la Memoria (de esa consulta también salió su nombre).

Este espíritu colectivo se mantuvo durante la administración de Aníbal Gaviria y gracias a la presión ciudadana se pudo culminar la primera fase del Museo Casa de la Memoria y se abrieron las puertas al público. Durante este período fue un lugar vivo para la ciudad: por allí circularon las organizaciones de víctimas de la sociedad civil, se escucharon cientos de voces.

Con la participación de organizaciones y empresa privada se conformó la Corporación Amigos del Museo Casa de la Memoria, para respaldar la gestión y la idea de este proyecto que era entendido, sin duda alguna, como un proyecto colectivo de ciudad.

Desafortunadamente, esta vocación se rompe en la alcaldía de Federico Gutiérrez. La nueva administración puso el acento en la gestión, en el aumento del número de visitantes, la estandarización de procesos administrativos, lo cual está bien; pero rompió el hilo de relación con el tejido social que soportaba este proyecto e hizo del museo Casa de la Memoria un proyecto de gobierno, sin vocación pública y sin mayor peso para esta administración.

Nunca se avanzó en la construcción de la segunda fase que estaba prevista en el proyecto inicial; a nadie le importó.  Y después de la renuncia de su directora, estuvo seis meses sin dirección, sin que pasara nada, sin que nadie reclamara.  Quizás porque para eso se trabajó: para dejar el Museo Casa de la Memoria sin dolientes.

Hoy, cuando se propone convertir el edificio Mónaco en un nuevo museo, es bueno volver a esta historia y preguntar: ¿Por qué una idea del alcalde se convierte, sin más, en un proyecto relevante? ¿Cuál es el respaldo colectivo? ¿Qué voces se recogen? ¿Cuál es el proyecto de memoria colectiva que proponen a la ciudad?

 

Las preguntas que No hemos hecho

Finalmente, en relación con la gestión del proyecto hay muchos asuntos por clarificar y debatir públicamente. Algunos de ellos:

- Se sabe que el edificio Mónaco fue incautado por la nación y cedido a la Policía Nacional. ¿Cómo ha sido la adquisición por parte de la Alcaldía de Medellín? ¿Cuánto costó esta negociación? ¿Dónde está el documento que formaliza el traspaso?

- ¿Sigue estando vigente la construcción de la segunda etapa de del Museo Casa de la Memoria que desarrollaba –entre otros – el componente pedagógico orientado a la No Repetición?

- ¿Cuánto costará este nuevo proyecto a la ciudad?

- ¿ Bajo qué argumentos, estudios o consultas se decide que la demolición es la mejor opción?

- Como se supone con todo proyecto de una envergadura tal, debería estar basado en algún estudio que justifique esa suma ¿Existe ese estudio? Si es así ¿Quién lo realizó? ¿Es de conocimiento Público? ¿Dónde se puede acceder?

Comprender la figura de Pablo Escobar y el peso del narcotráfico en la sociedad (hasta nuestros días), reconocer a sus víctimas, sus voces, su dolor y sus reclamos de reparación es muy importante para que no haya pasado por un amplio debate ciudadano. ¡Eso es lo que nos merecemos como ciudad!

 

*Foto de portada tomada de aquí

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