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La no-economía para la liberación de los pueblos

Hace poco, en un ponencia hecha en la UIS, tuve el honor de exponer la experiencia de mi pueblo para abandonar los cultivos de amapola.

 

Hernando Chindoy Chindoy
Hernando Chindoy Chindoy
Presidente Tribunal Indígena - Gestor de Wuasikamas-Guardianes de la Tierra
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30 de Agosto de 2018

Zygmunt Bauman, en su obra “Extraños llamando a la puerta”, narra un fábula en donde una comunidad de liebres vivía con pánico por la persecución que sufrían de parte de muchos animales. Un día, las liebres observaban que se les acercaba una estampida de caballos salvajes y, presas del pánico, corrieron en dirección a un lago decididas a morir ahogadas.

Pero justo en el momento en que se acercan a la orilla, un grupo de ranas se asustó a su vez de la llegada de las liebres y se lanzaron al agua.

Entonces una de las liebres paró y dijo: “cierto es que las cosas no son tan malas como parecen”. ¿Se imaginan la satisfacción que sintió esta liebre al darse cuenta que las ranas estaban en peor aprieto?

Bauman hacia esta alegoría para describir el pánico migratorio, pero creo que la fábula se puede aplicar a la idea de ser “pobres”.

En una zona de conflicto y de empobrecidos, convencidos de que no tienen nada y viven lejos, unos actúan como ranas, otros como caballos y otros como liebres. Siendo una misma comunidad de humanos, que por demás gozan de un plus: ser “humanos civilizados”.

Esa zona de conflictos que soporta toda una guerra, y lo ha hecho por miles de años, es nuestra Madre Tierra, nuestra “casa común”.

Los humanos, tan civilizados, vamos talando todos los bosques (montañas y selvas), somos conscientes que los árboles salvaguardan el oxígeno, el agua y otros elementos, la vida; pero les matamos sin piedad.

Los árboles, por el contrario, no corren, simplemente se resisten y se transforman en energía, de alguna manera renacerán en otro estado, justo cuando quede el último árbol y la última gota de agua nuestros hijos e hijas estarán muriendo.

Si analizamos este asunto desde la economía, un capitalismo salvaje nos asfixia todos los días. Es como el glifosato, que antes era de Monsanto y ahora es de Bayer, que corre por nuestras venas.

Somos conscientes de nuestras capacidades, conocemos del daño, de la enfermedad, de las herramientas legales para luchar, pero preferimos correr con el pánico inmerso en nuestro cuerpo y con las herramientas de defensa sin estrenar. Ya no somos solidarios, nos mata la individualidad; ya no somos comunidad, nos absorbe el dinero.

La ”chagra” es un concepto, probablemente proveniente del idioma Quinchua de los Inka, que ha sobrevivido generación tras generación en nuestros territorios.  Su significado es el espacio de vida de lo físico, lo cultural y lo espiritual.

Es una especie de célula que pervive en el espacio y el tiempo, donde cada ser tiene una función específica no dispuesta por la ley de los humanos, sino por un orden natural.

Pero, esa célula sufre una mutación como la que se genera a partir de la manipulación genética de las semillas o las plantas u otros seres. Incluida la humana, ligada al avance de la ciencia y la tecnología que aceleran actualmente las grandes transformaciones buscando escapar de la muerte o supuestamente, del hambre.

La chagra es el espacio de vida donde está la medicina, la educación, la economía, la cultura, el arte y la espiritualidad de una manera natural.

Con esas reglas y principios, hace un poco más de 500 años atrás, la nación Inka constituyó el gran Tawantinsuyu, una célula que cobijó parte de la Tierra hasta lo que hoy es Caquetá, Cauca, Putumayo y Nariño en Colombia. Allí reposan los vestigios históricos y antropológicos, allí aún están vivos los Inga.

En tiempos de la colonización les estigmatizaron, les intentaron aniquilar de distintas maneras; fueron unos 37 millones de personas, actualmente son solo siete millones.

Cuando los pueblos olvidan su chagra, empiezan los conflictos y las carreras humanas presa del pánico, otros intentan blindar sus fronteras para que no les llegue la enfermedad de quienes les han empobrecido, otros encuentran la mejor salida en el suicidio.

Con la economía capitalista se ha creado una estampida que viene arrasando con todo. Muchos parten a correr y caen en el abismo del narcotráfico, la guerra, la delincuencia, la prostitución, el paternalismo; allí se nubla el pensamiento, se oscurece la esperanza y solo tiene sentido lo que se hace en compañía del dios dinero. Mientras tanto, otros disfrutan de los resultados que genera ese pánico.  

La medicina para sanar ese pánico quizá está en la chagra, no entendida como una economía de mercado, neoliberal, sino como una no economía, como un “kausai” que significa “vida en integralidad”, no en equilibrio, sino en armonía.

Cuando comprendemos esto, dejamos de correr por el pánico y empezamos a realizar transformaciones desde el respeto, desde el derecho, desde adentro, desde el alimento; en ese instante vuelve a renacer el agua, danzan los espíritus, descansa la conciencia, allí la moneda deja de ser la reina, ahora la reina se llama tranquilidad.

Otros, desde sus filosofías, dirán la paz. Desde mi perspectiva, prefiero la primera.

Kausai da vida a Wuasikamas que significa “Guardianes de la Tierra”, guardianes  de la Biodiversidad, que es parte de la misión o visión en la vida Inga, pero que dadas las realidades actuales, se hizo necesario registrar como un sello, como una huella, como una marca, como un camino para andar y respirar de nuevo, como un compartir, como una plataforma de encuentros; permite vernos en nuestro mundo propio, nuestras capacidades y nuestras debilidades; permite ver a Dios y también al Demonio y desde ahí saber caminar en una libertad colectiva e individual construyendo soberanía desde lo que somos: una identidad multicultural donde florece vida.

Dicho así parece algo romántico, un camino sin espinas, pero bien saben ustedes que un camino sin espinas no es camino.

En la práctica me refiero a la chagra de “Wuasikamas -El Modelo del Pueblo Inga en Aponte,Nariño, en el sur de Colombia- este pueblo aprendió a destruir su propia casa, se llenó de pánico y empezó a correr, la muchedumbre que había generado el pánico les estigmatizaba gritándoles: salvajes (como lo establece la ley 89 de 1.890), pobres, ignorantes, puercos indios, sucios, brutos, narcotraficantes, guerrilleros, paramilitares, animales, y les mataban.

Algunos terminaban siendo parte de la multitud que gritaba y corría a matar a sus hermanos y hermanas. Les mataban haciendo uso de las armas de fuego, de armas cortopunzantes, prendiendo fuego a las casas, desplazándoles del territorio, rociándoles veneno como el glifosato para que mueran con cáncer, empobreciéndoles e intentándoles achicharrar su espiritualidad en el infierno.

Cuando este pueblo vio que estaba cerca de un abismo, observaron que el oso, la danta, el venado y otros seres también corrían delante de ellos, que el agua desaparecía, que la lluvia demoraba un año para volver a caer.

Entonces pararon y dejaron de correr, decidieron dejar de recibir entre 4 mil a 8 mil millones de pesos (unos 2,5 millones de dólares) semanales que les dejaba el narcotráfico a través de la amapola con la que producían entre 2 a 3 toneladas semanales de morfina o heroína tipo exportación. Convencidos de que eran pobres y vivían lejos, y que los demás productos que cultivaban en su territorio no valían para nada.

Tras más de 500 años de tanto correr y sentirse vivos, surtió el milagro de parar, voltear la mirada y expresar a sus perseguidores: ¡No más! ¡Basta ya de tanta humillación! ¡Queremos vivir tranquilos, ustedes son nuestros hermanos y hermanas! ¡Somos familia humana! ¿comprenden?

Cuando ustedes nos persiguen, también lo hacen contra el agua; contra los árboles, que son el vestido de la tierra; contra los páramos; contra la selva. Y si ellos mueren con nosotros, entonces ustedes también se mueren. ¿Es eso lo que quieren?

Quizá, muchos de ustedes sí quieren morir así, ¡pero nosotros no!

Nuestros hijos e hijas no nos prestaron esta casa para que la destruyamos, nos la prestaron para que la disfrutemos y luego les devolvamos con la vida, con la tranquilidad.

La tranquilidad no tiene precio económico, la vida no tiene precio económico. Podemos vivir bien, no con más, ni con menos, podemos vivir bien dejando fluir el bien que somos, escuchando la voz de los seres que creemos que no tienen voz, como los árboles, como la piedra, el oro, el agua, la sangre y la Tierra.

Así fueron reviviendo la vida en la chagra, esa que le da espacio a la dignidad para todo y no depende de la moneda, depende de la solidaridad con el cóndor, con el oso, con las lagunas, los páramos, las selvas y montañas, depende de la espiritualidad, esa espiritualidad que los ancestros la han conservado por fuera de la palabra y de lo escrito.

Ahora no les persiguen, ahora comparten.

Ahora les estigmatizan de forma más técnica, pero los Inga han aprendido a generar defensa en su propia institucionalidad de justicia y en los tribunales ideados por sus perseguidores, hasta donde acuden estando sin estar, como dice David Choquehuanca Céspedes, rector de la Institución Educativa Agropecuaria Inga de Aponte.

El nuevo pueblo Inga, con su chagra, tiene menos dinero, pero más dignidad. No tiene una infraestructura de cemento porque se ha caído por un llamado de la Tierra, pero gracias a ello también están recobrando la fuerza y la fortaleza para levantarse de nuevo. Ella les ha transformado lo material, pero no les ha quitado la vida.

Esta comunidad de 951 familias (3.650 personas) vive en un territorio sagrado de 22.280 hectáreas, de las cuales 17.500 hectáreas de extraordinaria biodiversidad son protegidas para ayudar a la pervivencia de unas 471 especies de aves, entre ellas loros y el cóndor andino, también del oso de anteojos, dantas, venados, pumas, 28 lagunas y yacimientos de los ríos Caquetá, Putumayo y Patía.  

Esto es la ‘no economía’ o “kausai chagra” que significa vida en armonía alimentaria, que se comparte en el mundo a través de “Wuasikamas-Guardianes de la Tierra” marca que puede ser de café, panela, frutas, turismo comunitario, conocimiento, pensamiento, cultura e identidad.

Wuasikamas podemos ser todos y todas desde el espacio y el tiempo que ocupamos, unidos por un lazo de amistad y de hermandad.

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