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Te estamos observando Héctor Abad

Una respuesta tardía a Héctor Abad Faciolince sobre poder y lenguaje o como "en el lenguaje siempre es la guerra" 

Tere Garzón
Tere Garzón
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03 de Enero de 2018

 

Henri Meschonnic –teórico del lenguaje, ensayista, traductor y poeta– afirma, para hacer una relación etimológica entre polémica y guerra, que “en el lenguaje siempre es la guerra”. Empiezo citando esta idea pues creo que la insaciable polémica sobre la “neutralidad” del lenguaje, de la gramática, desatada una vez más por el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince, en la columna publicada por el periódico El Espectador, el 16 de diciembre de 2017, se enmarca justamente en la afirmación de Meschonnic. Para poder explicar esto es necesario partir de un hecho: no existe nada natural en lo humano; es decir, nada de lo que ha inventado la humanidad esta desprovisto de poder, tampoco nuestras formas de comunicación. En ese sentido, somos pueblos con historia, lo que quiere decir que producimos y somos producidos por relaciones de poder. Y si hablamos de poder hablamos de dominio, resistencia y transformación, pero también de azar. Entonces, el lenguaje, la gramática, las lenguas “indígenas”, las diversas formas de escritura que existen en el mundo nunca están desnudas, sino llenas de significado y de poder. Si en este momento hablamos de la “neutralidad” del lenguaje en lengua castellana –no en inglés, en arameo, en chibcha–es porque somos la herencia de un proceso de colonización que data de 1492.

Ahora bien, se podría decir que la parte “técnica” de la gramática no responde a ninguna ideología. Por ejemplo, que sea necesario unir un “sujeto” de la enunciación con un verbo y un complemento para producir una frase coherente y entendible a las demás personas es parte de la mecánica propia de ciertos idiomas, incluyendo el uso de “masculinos” y “femeninos”. Así, si yo digo: “el carro se dañó”, las personas deben entender que ese artefacto de cuatro ruedas que sirve para transportar no funciona. Y no tiene ningún sentido, porque no es inteligible, afirmar algo como: “la carra se dañó”. Sin embargo, no podemos ignorar en este punto que, como bien lo analiza Ferdinand de Saussure –clásico lingüista–, los elementos de toda cadena gramatical son arbitrarios (que un “carro” se llame “carro” cuando pudo llamarse “mesa” o “teléfono” es arbitrario), pero existe un acuerdo que nos permite entendernos (que la mayoría tenga una imagen similar cuando alguien dice “carro” es un acuerdo). Ese acuerdo de por sí ya implica poder. Por lo tanto, que una frase como: “la carra se dañó” no sea entendible para la mayoría de personas es resultado, una vez más, de historias de poder. Entonces, contrario a lo que piensa Víktor Shkovski –escritor–, la gramática y sus imágenes provienen del poder y no pertenecen a Dios, aunque se insista en lo contrario.

¿Y la guerra? La confrontación que implica la muerte del enemigo también habita estas disputas. Hablar de ello ya nos ubica en un lugar de enunciación que varía, obtiene validez –o no– y nos habilita –o no– en el campo de lucha. Negar que el lenguaje es y tiene poder, cuando además se poseen capitales para ello en tanto escritor, ubica a Héctor Abad en un punto “cero” de observación, como lo llama el filósofo Santiago Castro-Gómez, donde puede observar –decir– con la aspiración de no ser observado –dicho– atribuyéndose un poder soberano: decir la verdad sobre algo. Negar el poder, banalizar en ese sentido la lucha de las mujeres por una existencia digna también discursiva, implica el silenciamiento de esa lucha, de esas voces y, por lo tanto, su “muerte” como sujetas del discurso habilitadas para luchar. Las palabras de Héctor Abad, para nada inocentes, no se las lleva el viento, sino que abonan a toda una estructura material, simbólica y discursiva de dominación, la re-edifica con fines de perpetuación, pues ese sistema de dominación que algunas de nosotras llamamos: sistema mundo moderno colonial de género, tiene un principio, pero no avistamos un final. Y, hoy, en nuestro país, cuando se supone que estamos construyendo una existencia post-conflicto, donde todas las vidas importan o deberían importar y, una vez más, nos enfrentamos a la desazón de las muertes de líderes sociales, al incumplimiento estatal de lo pactado para la Paz y, al borramiento de las condiciones de posibilidad que nos han construido como lo que somos, las palabras de Héctor Abad aparecen como un mal chiste. No obstante, tal y como dijo Michel Foucault –filósofo–, si las palabras hacen cosas, las nuestras, las palabras hembra, el lenguaje fuera del código, ya realizan su trabajo de hackeo, puesto que hemos robado los medios de producción discursiva para intervenirlos y nos hemos armado para la guerra, tomando el riesgo de perderlo todo, pues en el lenguaje siempre es la guerra. Te estamos observando Héctor Abad.