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Movilización feminista y poder global

¿Cómo interpretar la coyuntura actual con monumentales y globales movilizaciones feministas, denuncias por acoso sexual a poderosos señores de la industria cinematográfica y al tiempo aumento dramático de los feminicidios?

Doris Lamus Canavate
Doris Lamus Canavate
Académica
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13 de Marzo de 2018

Ya no es difícil reconocer que “el movimiento feminista a escala global está cobrando unas dimensiones desconocidas hasta la fecha”, como bien . Desde hace un par de años el planeta ha visto crecer de forma multitudinaria las movilizaciones de las mujeres alrededor de su catálogo de reivindicaciones, ahora bajo la convocatoria a una huelga feminista. La idea que sustenta este llamado es la cabal comprensión de que si la mujeres paramos, se para el mundo. Digamos que todavía no logramos el objetivo de manera global, pero hacia allá se orienta .

Hace más de seis décadas ya era clara esa idea, pero las condiciones de la época no daban para tanto y, las mujeres, por lo menos el grueso de la masa de amas de casa, obreras, campesinas, estudiantes, maestras, entre otras, se encontraban mucho más sometidas por sus condiciones materiales, intelectuales y organizativas. También eran menos, numéricamente hablando y, en general, fácilmente aplastables por las autoridades y el poder patriarcal, como lo recuerdan documentos históricos desde 1857 con la huelga de mujeres en Nueva York y las que se llevaron a cabo desde.

La gran diferencia entre aquellas, también grandiosas movilizaciones, es que hoy no nos pueden aplastar fácil e impunemente. Hoy somos muchísimas más, con una enorme masa crítica, organizativa, global, y disponemos de recursos tecnológicos, de comunicación y de divulgación; sin embargo, en Colombia, hasta hace muy poco tiempo, nuestras movilizaciones eran casi ignoradas por los medios de comunicación.

Por el lado de las reivindicaciones, el catálogo es más o menos el mismo, actualizado, insistiendo en que lo logrado a nivel de legislación se aplique, se cumpla. Así, no es nueva la demanda por el derecho a decidir sobre el propio cuerpo, a interrumpir voluntariamente un embarazo no deseado en los casos que ha reconocido la ley, al menos en algunos países. Y nos seguimos preguntando por qué no les preocupa igual el matrimonio infantil y el embarazo de niñas desde los 9 años. ¡POR TODAS LAS DIOSAS!

Tampoco es nueva la reivindicación frente a unos derechos básicos de igualdad frente a los hombres: laborales, salariales, a la educación y la salud, del derecho a la tierra, al capital y a participar en las decisiones políticas en el territorio y la nación. Nada que ver con la peregrina y errónea idea de que queremos ser iguales a los hombres.  Tendrían que entender bien el problema para poder captar cabalmente el sentido de la igualdad de derechos y la equidad e igualdad de oportunidades. 

Habría que entender, así mismo,  que cuando los competidores (hombres y mujeres), no salen del mismo punto de partida, o que si lo hacen, el carril por el que vamos las mujeres está lleno de obstáculo y trampas, no sólo no hay igualdad, ni siquiera equidad, sino que tampoco hay justicia. Esta idea es piedra angular en nuestra argumentación y demandas. No la pierdas de.

Es en este sentido que se erigen las demandas más recientes, al menos en nuestro contexto: la lucha por la visibilidad política, por acceder en igualdad de condiciones a cargos públicos de designación, de elección o de representación. La participación política, sin ser precisamente nueva, empieza a tener en tiempos recientes connotaciones propiamente feministas y en este sentido se orientan las leyes de cuotas sin que ello sea, a mi juicio, lo más importante de la participación de las mujeres en política electoral.

Es, sí, muy importante, la transformación en los imaginarios dominantes de espacios hechos por hombres, para los hombres. Traigo aquí y parafraseo una idea de Chantal Mouffe (1999) al respecto. Lo interesante es que ha llegado el día en que ya empezamos a sentir extraño estos y otros espacios poblados exclusivamente por hombres. Es decir, a extrañar la presencia femenina y feminista en todo lugar, sobre todo en aquellos lugares de poder.

Pero, entre los ríos de mujeres y hombres solidarios en las calles de Madrid,  Barcelona, Uruguay, Buenos Aires, Ciudad de México,  Sao Paulo, sobresalían otras demandas, también de cierta novedad. Una voz fuerte y clara,  promovida por académicas y familiares de mujeres mexicanas asesinadas, que hoy circula por  distintos países, sobre todo iberoamericanos. Una voz colectiva con la cual se ha ganado la batalla por el derecho a nombrar e incluir como delito en el código penal de los respectivos países, el feminicidio.  ¡Nos están matando!, ¡ni una menos!, ¡ni una más! Esto es lo que el poder hace con los cuerpos y la vida de las mujeres.

Pareciera un tanto paradójico, pero celebramos, en muy buena medida, el éxito de la movilización, la capacidad de organización casi global que hoy tenemos, pero lo que allí se reclama, se demanda, se denuncia, es absolutamente doloroso. Sí, porque cuando a una mujer la matan por el (nada) simple hecho de ser mujer, en su historia personal hallaremos casi siempre una o varias cadenas de maltrato a lo largo de su vida tal vez desde antes de nacer, porque a su madre le pasó lo mismo y a su abuela también.

Adicionalmente, hoy, al tiempo que las mujeres ganan poder, autonomía, reconocimiento y ejercen sus derechos, los hombres se sienten “agredidos”, desobedecidos, lastimados en “su hombría”, porque «una pinche vieja no me puede abandonar. Es mía o de nadie».  Es decir, hay una cierta ecuación perversa, entre más autonomía, más feminicidios. Estos hombres, los feminicidas, no aceptan la trasgresión del orden patriarcal. Y se sienten autorizados para “castigar” de forma “ejemplarizante”.

También tenemos los mismos problemas de siempre. Si bien el mundo ha cambiado y mejorado, en alguna medida, para significativas capas medias de la población, sobre todo urbana, en los campos y los sectores pobres de las ciudades, se intensifican  situaciones de pobreza y violencia, y con ellas las “alternativas” que utilizan los cuerpos de las mujeres para infinidad de oficios, negocios, tráficos, esclavitudes, explotaciones, aun siendo niñas.

También los niños son sometidos a estos y a otros reclutamientos. Alguna vez creímos con el deseo que muchos de los logros y cambios  alcanzados en las décadas de finales de los noventa, al menos en Colombia, iban a perdurar. Y lo que tuvimos fue un tremendo retroceso  que tiene estrecha relación con la violencia que convive con nosotros desde tiempos inmemoriales, exacerbada dramáticamente con el tráfico de drogas, de armas y el conflicto armado.

Mientras adherimos a campañas -justas y necesaria- como #metoo, tal vez quedan en un segundo y hasta tercer plano, estos, nuestros problemas de siempre. Pero hay que hacerlo sin desconectarnos de estos. Estamos viviendo una coyuntura muy particular. Algunas analistas creen que el feminismo está de moda, pero que hay que estar alerta porque el patriarcado bien sabe camuflarse y no lo dudo. Pero, que es una coyuntura particularmente interesante lo es y hay que saber jugar bien.

Personalmente creo que no es estratégico menospreciar la visibilidad que las “estrellas” de Hollywood le han dado al problema universal de acoso sexual. Es, que sepamos, la primera vez que las mujeres denuncian, masivamente y a personajes de inmenso poder, por abuso sexual. No es el lugar para esta historia, pero hay que tener muy claro que se necesita tener poder también, mucho, y bajo nivel de vulnerabilidad para hacer esta y otras denuncias similares. No podrían hacerlo impetuosamente otros grupos y sectores de mujeres, desprotegidas ante la reacción de los implicados.  Aquellas, las “estrellas” de Hollywood, tienen poder e influencia y eso basta. No importa si son blancas o negras.  Esa es la clave del asunto.

Para terminar, una idea fuerza que puede ser fácil en el enunciado, pero estructuralmente compleja en su contenido, y que apuntala las divagaciones aquí resumidas. El núcleo duro de las reivindicaciones feministas lo constituye una lucha ya histórica con un sistema de dominación que denominamos patriarcal el cual funciona a todo nivel, tiempo y lugar, de las relaciones humanas y que, mediante mecanismos institucionales de la sociedad y la cultura en que vivimos, se sostiene, se reproduce, se actualiza, se camufla.  

Fácil, sí, resulta su naturalización (creer que las cosas “son así”) y la resignación que produce. Sin embargo, del conocimiento de su lógica perversa, resulta también la desconfianza en la interpretación predominantemente emotiva de la magnitud de las movilizaciones.  Buenísimo, sí, pero no sobra la cautela, pues “lo que en principio es una buena noticia, puede implicar también una colonización y usurpación del objetivo histórico del feminismo para volverlo inocuo o desvirtuarlo hasta convertirlo en otra cosa”, advierte Laura Nuño. ¿Paranoia? No, conocimiento informado y  racionalidad estratégica feminista.

 


1975 en Islandia, a partir de la declaración por la ONU el Año Internacional de la Mujer. Las mujeres en sus debates y bajo la convicción de que “el papel que desempeñaba la mujer en la sociedad islandesa no estaba lo suficientemente valorado”, propusieron declararse en huelga’, es decir, dejar de lado “sus obligaciones como esposas, madres, amas de casas y trabajadoras, para así ver el impacto que ese día denominado como “Women’s Day Off” tendría en la sociedad y economía del país”.