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Sadismo y cadena perpetua: la trampa de un peligro mayor

En momentos en que se encuentra abierto el debate sobre la conveniencia de la cadena perpetua para violadores y asesinos de menores es pertinente recordar al Marqués de Sade, tal vez el escritor que ilustró de la mejor manera los oscuros laberintos del proceder criminal.

Diego Fernando Rengifo
Diego Fernando Rengifo
Profesor universitario
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16 de Noviembre de 2018

El Marqués de Sade es, tal vez, el escritor que ilustró de la mejor manera los oscuros laberintos del proceder criminal y de ahí que la palabra sadismo tenga origen en los comportamientos de los que hizo apología y en ocasiones llevó a la práctica en la convulsionada Francia del Siglo XVIII.

Una de las lecciones que dejó, resulta hoy un factor esencial en el análisis de cualquier modalidad delictiva y es el reconocimiento de una ética escabrosa y una racionalidad igualmente criminal, requeridas para ejecutar el delito. Es decir que aun el peor delincuente debe contar entre sus herramientas con algún nivel de inteligencia que le permita operar en la ilegalidad sin responder ante la ley.

No de otra forma, se explica que Luis Alfredo Garavito, el monstruo de Génova (Quindío), hubiera desatado una tragedia que las instituciones tardaron más de dos décadas, y otros tantos centenares de víctimas, en sofocar.

Es un hecho que los crímenes execrables cometidos contra menores exacerban los sentimientos de ira y frustración en la sociedad, pero cuando la respuesta institucional es influenciada por el ánimo de venganza se puede caer en la trampa de un peligro mayor: establecer la cadena perpetua para delitos de violación y asesinato, automáticamente crea los incentivos necesarios para que el violador se convierta además en asesino.

Ejemplo de esta consideración es que un criminal dedicado al robo no está interesado en matar en la medida en que el homicidio, que comporta penas mayores, en “condiciones normales” no es un factor necesario para ejecutar el crimen. Pero si el hurto llegara a castigarse con cadena perpetua, posiblemente los robos serían apoyados por un delito más lesivo: el asesinato.

Lo dice Sade en su novela “Justine” cuando el jefe de una banda de salteadores de caminos después de robar a sus víctimas decide matarlas: “no es por la cantidad que yo os he aconsejado que no dejarais con vida a ninguno de aquellos viajeros, sino por nuestra propia seguridad”.

El homicidio no es un factor necesario para realizar asaltos pero la misma pena para dos delitos distintos hace que el más gravoso resulte también el más rentable: “De estos crímenes tienen la culpa las leyes, no nosotros; mientras los ladrones tengan que pagar con la vida, como los asesinos, los robos no serán cometidos sin ir acompañados de asesinato”.

Dicho concepto, ya había sido acuñado por una mente menos turbulenta medio siglo atrás, el Barón de Montesquieu, cuando en “Del espíritu de las leyes” señalaba: “…en Moscovia, donde la pena del ladrón y del asesino es la misma, siempre se asesina: los muertos no hablan, dicen los ladrones”.

De esta forma, una ley que penalizara el secuestro con cadena perpetua pondría automáticamente a los rehenes en una condición de vulnerabilidad aun mayor, porque para el secuestrador resultaría más “seguro” eliminar a la víctima.

En este caso, la distancia que existe entre el secuestro y el asesinato habría sido eliminada por la misma ley debido a que no hay estímulo para que el criminal se detenga en el primer delito.

Esto es lo inquietante cuando en Colombia se habla de cadena perpetua para violadores y asesinos de menores. Más allá de la necesidad de reformar la Constitución, existe un obstáculo más preocupante en la adscripción de la cadena perpetua al derecho penal cuando agrupa delitos diferentes bajo el mismo nivel de castigo, lo que en este caso implica negar la distancia entre el ultraje y la eliminación de la víctima. A la manera de Sade: “Ambos delitos se castigan igual; entonces, ¿por qué no cometer el segundo para cubrir al primero?”

En el caso de la cadena perpetua para violadores y asesinos de menores, el mismo Marqués de Sade consideraría un error que la única instancia probable para que el criminal se detuviera en el primer delito consistiera en apelar a su buen corazón.

 
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