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La economía colaborativa para afrontar la tragedia

La importancia de las llamadas "economías colaborativas" para afrontar el problema migratorio es evidente. Conviene, entonces, estudiar con muchísimo cuidado cualquier intento del Estado por regular o meterle mano a la solución más efectiva con la que contamos.

Rodrigo Pombo
Rodrigo Pombo
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05 de Noviembre de 2018

Que el problema de la inmigración es de los más terribles y dolorosos que afrontan las sociedades contemporáneas es ya sabido, y bien sabido, pero entre nosotros la cosa es nueva. En palabras de cualquier político o analista del momento: “los colombianos estábamos acostumbrados a producir emigrantes no ha recibirlos

Venezuela tomó el ejemplo de Cuba, como todo lo del régimen del socialismo del siglo XXI. La cuestión viene de tiempo atrás y sus efectos caminan por las carreteras de nuestro país, por los parques, los semáforos y los andenes. Se cuentan por cientos de miles y pocas propuestas de solución encontramos en el horizonte. Para mendigar y para conmover los corazones basta con decir que son emigrantes del régimen venezolano, pero las limosnas no son suficientes para enfrentar eficazmente la tragedia.

En 1961, en Cuba, se dio el primer éxodo al cual se le llamó el “éxodo de Camariocas” debido al puerto donde embarcaron las decenas de miles de cubanos que empezaron a abandonar la isla rumbo al régimen libertario de Norteamérica. Y lo hicieron avizorando el régimen de barbarie y la desolación que producen las tiranías. Fue tanta la diáspora que de manera abrupta y por razones de emergencia, tuvieron que frenar los anormales procesos migratorios. Todo terminaba convirtiéndose en una verdadera tragedia humanitaria.

Ya para los años 80 y tras la toma de la embajada del Perú de parte de unos cubanos que reclamaban “libertad”, el tirano decidió abrir nuevamente las fronteras carcelarias de la isla. En esa ocasión y como quiera que el puerto era el de Mariel, lo bautizaron como “el éxodo de los Marielitos”. Más de 125.000 cubanos clamando libertad prefieren la pobreza americana que la indignidad Cubana. Y así anduvieron el camino hacia la libertad.

La diferencia, con todo, es que esos emigrantes arriesgan sus vidas cotidianamente, pero con la esperanza de atracar en tierras millonarias. Los desesperanzados venezolanos, en cambio, marchan hacia latitudes pobres y sin mayores oportunidades.

Pagos que, como el nuestro, están sumidos en la violencia y en lo que se ha dado en llamar “conflicto armado”. Todo lo cual agrava la tragedia. Si no tenemos plata para solventar las necesidades de nuestras gentes ¿cómo vamos a solventar las de los refugiados extranjeros?  

Empero, esa es una falsa proposición por cuanto está primero la humanidad que la nacionalidad; primero está la dignidad y la libertad antes que la igualdad; primero está la solidaridad ante la indolencia. Quizás a eso hacía alusión Kant cuando hablaba de una especie de ciudadanía universal o de la moral universal.

Por ello es que me llena de ilusión este nuevo cuento (o por lo menos para mí) de las economías colaborativas. Es la tecnología y la creatividad propias de las economías de mercado las únicas capaces de afrontar esta tragedia.

Rappí, por ejemplo, “es una compañía colombiana que nació en 2015 con la misión de conectar a usuarios con más de 50 mil productos y servicios de manera rápida y eficiente gracias a la tecnología. Actualmente es uno de los modelos de emprendimiento más populares en Latinoamérica, con operaciones en Colombia, México, Brasil y Argentina. Ha logrado más de 7 millones de descargas. Opera en 32 ciudades de Latinoamérica y tiene cerca de 50 mil alianzas con diversos sectores.”

Rappí, Uber, Mercadoni, Cabify y domicilios.com son ejemplos claros y vivos de escenarios de solución social. Son ofertas efectivas de trabajo digno. Son espacios, más que de una labor, de optimismo, esperanza y verdadera dignidad.

Ronald Reagan, quien fuera el sensacional verdugo del Comunismo, afirmaba que el mejor subsidio es el trabajo. Y no le faltaba razón. Quien tiene trabajo se dignifica y se llena de esperanza.

Los datos de mi investigación son reveladores. Para mencionar lo que poco se conoce, los “rapitenderos” son emprendedores independientes que han encontrado en Rappi la posibilidad de tener oportunidades económicas e ingresos extra para hacer realidad sus proyectos personales y profesionales. En promedio trabajan 16.5 horas por semana. En su mayoría son estudiantes que gracias a Rappi se pueden pagar sus estudios o personas que tienen un trabajo fijo que se conectan después de sus turnos para ganar un dinero extra para apoyar a su familia.  ¿Cuánto ganan?  En promedio ganan $4.700 por pedido ($3.700 pesos por pedido + $1.000 de propina). En una hora productiva pueden hacer entre 2 y 3 pedidos. Esto les permite ganar entre $9.500 pesos y $14.000 pesos/hora. Pueden conectarse y desconectarse cuando quieran, no hay ningún tipo de horario ni de periodo de conexión establecido, es decir, pueden hacerlo una vez al mes o a la semana e inclusive una sola hora un martes si así lo desean. La flexibilidad es total para que se acomode a su estilo de vida y necesidades” 

Son estas soluciones las que realmente enfrentan la tragedia de la migración forzosa. Sin mayor regulación y trabas estatales y bajo el principio constitucional de buena fe y de confianza legítima, emprendedores e inmigrantes se encuentran para salir adelante y, de paso, hacerle frente a una de las mayores calamidades humanas de la historia, en las que ni siquiera el Estado social puede ocuparse.

Total, no va a ser el acuerdo de La Habana firmado entre el Gobierno Santos y el grupo terrorista de las Farc el que genere las oportunidades de dignidad y optimismo que los inmigrantes necesitan y que con justicia reclaman. Es la economía social de mercado de Konrad Adenauer la que mediante las “economías colaborativas” contribuirán a afrontar la tragedia venezolana.

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