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La despolarización: lenguaje para la construcción de paz

Es apropiado que la discusión sobre justicia transicional ocurra en un contexto caracterizado por un lenguaje que reconozca al otro, esto permite que las partes busquen llegar a un acuerdo que sea ejemplar para garantizar la no repetición a través de desmontar la cultura de impunidad que ha caracterizado a Colombia.

Andrei Gómez Suárez
Andrei Gómez Suárez
Analista Político
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20 de Julio de 2015

Hoy 20 de julio de 2015 empieza el cese al fuego unilateral decretado por las FARC. Este paso es fundamental para seguir adelante con el proceso de paz, para convencer a muchos colombianos que ponerle fin al conflicto armado con las FARC es la apuesta más importante que ha hecho el país en el nuevo milenio. Muchos analistas y políticos, nacionales e internacionales, lo han dicho desde hace tiempo; sin embargo, los análisis simplistas y parcializados sobre el escalamiento del conflicto armado, hicieron que los grandes medios de comunicación continuaran alimentando la guerra propagandista contra las FARC. No obstante, en la última semana ha empezado a haber un cambio de actitud que es importante reconocer y resaltar. Este cambio ha sido liderado por el Presidente Santos, quien en una entrevista con Claudia Guirisatti, pidió a los medios desarmar el lenguaje para referirse a las FARC.

El mensaje de Santos es muy importante y muestra los avances en La Habana. Después de 30 años que el embajador estadounidense Lewis Tambs creara el término “narcoguerrillas”, hoy el Presidente pide a los grandes medios de comunicación sensatez para referirse a las FARC sin sacrificar la verdad. Esta solicitud es clave para lograr que la sociedad civil apoye el proceso de paz; para ser francos, muchos colombianos repiten como loros que no creen en los “narcoterroristas de las FARC” porque es la forma en que los medios de comunicación, siguiendo al antiguo Ministro Pinzón, se referían a las FARC.

A través del lenguaje se crea el marco interpretativo sobre el que los colombianos leen la realidad; en un contexto en el que circulan narrativas despectivas, es más fácil contribuir a la polarización que pedir a los colombianos que sean generosos y proactivos para iniciar el camino de la reconciliación.

En mi reciente viaje a San Agustín confirmé que un lenguaje incluyente, lleno de simpatía, contribuye a cultivar un diálogo constructivo y transformador capaz de desmontar discursos emocionales que prolongan el conflicto armado en la vida cotidiana. En una Colombia rural fragmentada y dominada por lo que René Gómez llama la Cultura Bavaria, en la que muchos campesinos terminan trabajando duro para beberse el sueldo los fines de semana en festivales que dejan cientos de heridos, encontré que varias personas veían con pesimismo el proceso de paz por falta de información y que recurrían al lenguaje de los grandes medios de comunicación para mostrar su desconfianza hacia las FARC y el Presidente Santos.

Escuchar sus apreciaciones para profundizar en su desconfianza revelaba que muchos habían sido afectados directa o indirectamente por el conflicto armado. Realmente no estaban en contra del proceso de paz, sino de la imagen que habían recreado los grandes medios de comunicación al darle gran cobertura a la idea de los opositores al proceso de paz, según la cual “en la Habana hay una negociación con un grupo narcoterrorista para entregarle el país al castro-chavismo.” Por tanto, nos encontrábamos al final en un reconocimiento de las FARC, como un grupo de colombianos que sufre los mismos problemas que aquejan al país: la corrupción, la desconfianza, la intolerancia y la desigualdad.

Lo anterior muestra que el cambio de lenguaje promovido por el Presidente es fundamental. Algo similar percibo desde hace un tiempo por parte de las FARC. Los comunicados a Sergio Jaramillo y Humberto de la Calle después de sus pronunciamientos, e incluso al Procurador Ordoñez, muestran un cambio en el tono de las FARC. Que ambas partes vayan sincronizando sus discursos y les pidan a los grandes medios de comunicación prudencia y reflexión demuestra la madurez del proceso a pesar de las dificultades.

Afortunadamente, es apropiado que la discusión sobre justicia transicional ocurra en un contexto caracterizado por un lenguaje que reconozca al otro, esto permite que las partes busquen llegar a un acuerdo que sea ejemplar para garantizar la no repetición a través de desmontar la cultura de impunidad que ha caracterizado a Colombia. Ambas partes deben reconocer que a través del acuerdo se puede cristalizar una ruptura que marque un antes y un después en la historia de Colombia, que inicie un proceso de transformación cultural para reemplazar la parranda por la tertulia, la cerveza por el diálogo y el odio por la generosidad.