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El plebiscito como problema moral

El argumento es sencillo: el debate por la paz negociada y el potencial de su implementación a través del acuerdo final, permite percibir las angustias de una sociedad ante la transformación de las formas como nos hemos visto a nosotros mismos.

Alejandro Castillejo-Cuéllar
Alejandro Castillejo-Cuéllar
Viajero (y profesor universitario)
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14 de Septiembre de 2016

A juicio de parecer repetitivo, quisiera volver a una serie de ideas expresadas en columnas anteriores, publicadas en el portal de La Silla Vacía, donde me había planteado el reto de dar testimonio del momento histórico por el que estaba pasando el país. Pequeñas micro-historias o micro-relatos que como una metonimia de la realidad más amplia y compleja eran expresión de los nuevos encuentros entre personas que el proceso de paz en La Habana estaba gestando. La fortuna de trasegar por el país y entablar diálogos con personas y organizaciones de muy diversas y contradictorias procedencias me lo ha permitido. Este momento hay que  vivirlo en la calle, en los caminos verdales, en las montañas, lejos de la comodidad teórica.

Había esbozado, vistos en su conjunto, un par de argumentos basados en mi propio trabajo de campo etnográfico en Sudáfrica, en Colombia, y más recientemente (con dudas y dificultades), en México, donde la monumentalidad del terror como forma de gobernabilidad aún me apabulla. El primero giraba alrededor de la naturaleza de las transiciones (prefiero llamarlas el “discurso y las prácticas que configuran la transición”) en tanto formas de socialidad y tecnologías de gobierno. El segundo, sobre nuestro papel en tanto intelectuales, escritores o ciudadanos en determinados momentos históricos. El argumento es sencillo: más allá de la aplicación de mecanismos y leyes transicionales, de sus sutilezas y alcances (debatidos en el seno del proceso en Cuba), el debate por la paz negociada y el potencial de su implementación a través del acuerdo final, nos permite más bien percibir las angustias de una sociedad (con todos sus diversidades) ante el prospecto de la transformación de las formas como nos hemos visto a nosotros mismos.

La discusión sobre el plebiscito es, en cierta forma, la expresión de estos temores, un punto de no retorno, en torno a la idea de “identidad nacional” y su relación con una herida, a la que genéricamente llamamos conflicto armado. Así pues, las sociedades pasan de lo inimaginable a concebir lo posible y trabajar sobre lo realizable.

En procesos de transición, incluso como cualquier ritual de paso,  el tránsito de un estado de cosas a otro implica poner en tela de juicio las verdades recibidas y los lenguajes que han estructurado nuestra vida cotidiana, aquellos que plantean una dicotomía ente los mundos amorfos de los enemigos. En este momento hay una gran cantidad de inimaginables para la sociedad en general. Creo que eso es lo que pasó a lo largo de los años de negociación. No hay nada más complejo (y si me preguntan, este es el gran reto del periodo del post-acuerdo) que de-construir estas dicotomías para hacer posibles otras formas de socialidad.     

Sin embargo, en la medida en que el tiempo pasa, que el proceso instaure un verdadero momento liminal --un estado intermedio que no es ni uno ni el otro, un tiempo flotante entre el pasado y el futuro por hacer-- emerge el prospecto de lo posible, cuando las dicotomías y las fronteras que las definen parecen adquirir otra fisionomía.  En este contexto emergen términos que juegan como horizontes y que vienen acompañados de actos concretos, asociados al eslogan del cambio y a las promesas de mejores futuros haciendo una mezcla compleja entre la expectativa de la sociedad y la política (en el sentido más trivial y tradicional de la palabra): la Nación Arcoíris, Todos por una Nueva Nación, incluso la idea misma de reconciliación, aunque no exista una definición operativa de ella. A este entramado de prácticas y discursos le he llamado el evangelio global del perdón y la reconciliación. Creo que estamos pasando por ese momento: lo anunciado el 24 de Agosto en La Habana constituye una medida de lo posible, un índice de lo factible en cuanto a que instaura caminos y procesos al igual que oportunidades fraguadas de complejidades.

Sobre lo realizable no es mucho lo que se puede decir ahora. Será en realidad lo que hagamos, o lo que seamos capaces de hacer: la contextura de la comisión de la verdad, la clarificación de los procedimientos de la Jurisdicción Especial para la Paz, la concreción de la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas, la constitución de renovados escenarios políticos, la promesa de transformación relativa del campo, y por supuesto, lo que no hagamos o dejemos de hacer.

Con el plebiscito estamos, precisamente, ante el prospecto de lo realizable.  Rara vez, en el mundo de esa ingeniería electoral que llamamos democracia, estamos ante la posibilidad de una decisión trascendente, con las potencialidades y limitaciones de cualquier momento histórico.  Y son estos momentos los que nos muestran de lo que estamos hechos los seres humanos, de cómo nos situamos ante la historia, ante nuestra vida y ante la vida de otros.

Segundo punto. En mi trabajo en Sudáfrica durante el “periodo” posterior a la Comisión de la Verdad y la Reconciliación (TRC, por sus siglas en inglés) en ese momento a punto de cerrarse con la publicación de los últimos dos volúmenes del Informe Final, aún recuerdo los debates que sosteníamos con el grupo de excombatientes del ala militar del Congreso Nacional Africano y un grupo de viudas con quienes trabajaba. Había una sensación de insatisfacción relativa desde el movimiento de liberación contra el Apartheid, una sensación patente en la que veían a Mandela vendiéndole el país a los mismos proyectos neocoloniales con los cuales el régimen racista, a la hora de la verdad, estaba asociado. No se puede negar sin embargo la atmosfera de futuro, el aire de cambio que por aquellos días se respiraba en el país. Provocaba quedarse y tener hijos allá.

Para las localidades segregadas en Sudáfrica (los townships) este sentimiento no era un problema menor por cuanto fueron ellos quienes habían puesto los muertos, los torturados y los exiliados. Lo cierto es que el pragmatismo de Mandela (entendiendo su momento histórico) negocia el mejor mundo posible (con el Banco Mundial y otros) dentro de las condiciones que le tocó afrontar. Ese mismo año se había derrumbado el Muro de Berlín. Indistintamente del destino que el país tomaría durante la década siguiente (plagado de desigualdad democratizada), una conclusión sí me queda clara: hay algunos líderes que son capaces de cargarse su país en los hombros para moverlo hacia atrás, seguramente impulsados por el miedo, los privilegios adquiridos y por los fantasmas que los persiguen. Hablo del innombrable, obviamente. Hay otros, como Mandela (sin el prospecto ni el show del Premio Nobel) que se lo echan al hombro para moverlo hacia un derrotero diferente, hacia adelante, hacia lo realizable.

Es obvio, y lo digo con respeto: en Colombia no hay un líder de ese calibre, uno que unifique, que tenga la estatura del mismo Mandela (ya que nos comparamos tanto con el “caso” Sudafricano). No hay un solo pedagogo que tenga ascendencia en la sociedad en general. Es por esa carencia de liderazgo (sin dejar de reconocer la importancia de los delegados ante la mesa de La Habana ni el ajedrez político que ha implicado sacarlo adelante con el  Presidente como jugador central) que hemos terminado en este pseudo-debate sobre el plebiscito, por someter un proceso tan importante a la maquinaria electoral y al devaneo mediático de la llamada “opinión pública” que ni siquiera ha leído, en su enorme complejidad, el Acuerdo Final. De lo contrario, al menos sus opiniones serían algo más sólidas. Y de la pedagogía del proceso ni que decir: llegó a destiempo, tarde, a las bancas de un Estado más bien ambivalente al comienzo de todo esto. Lo digo con conocimiento de causa: entre el Pacífico Colombiano, el Urabá, el Caquetá Amazónico y el Arauca semi-desértico, el Sur de Bolívar y el Atlántico a pie, y el centro administrativo de Bogotá y sus periferias (entre públicos de Universidades de todo tipo, entre cadetes de las Fuerzas Militares y Colegios públicos), he estado acompañando este proceso como observador participante, pensando en lo que llamo la Paz en Plural.   

Lo digo con toda honestidad, con la consciencia de lo que implica hacerlo en público en la Colombia de la Unidad Nacional (no la “alianza” sino el “espíritu” de los tiempos): disiento profundamente de la política oficial en una variedad de temas, comenzando por el proyecto de desarrollo, por la reducción de la educación a la producción, por la expoliación certificada de la “naturaleza” que llamamos el tren minero-energético y sobre la que asentamos económicamente el porvenir.  Eventos recientes, manifestaciones regionales en el Putumayo y el Cauca, muestran la tensión inherente de estos proyectos y las propias contradicciones del proceso de paz.  

En este sentido, la mal llamada “oposición”, algunos que votan no en el plebiscito, no son más que diferencia de opiniones y variaciones sobre el tema de los tres huevitos. Es casi grotesco, con la historia de este país, que desde sus trincheras en Walt Disney se auto-denominen exiliados y perseguidos (o que hablen de resistencia civil), luego de devanear hasta el fondo (literalmente) con el poder, hasta el extremo de los mal llamados Falsos Positivos. Me sorprende que haya gente en este país que aún le de credibilidad a esa ficción.

El plebiscito es un momento que busca legitimar el proceso a la vez que un momento ritual, y como todo momento ritual gira entorno a los límites de lo posible, de lo existencial, moral y socialmente posible. Un momento donde todos estamos invitados a pensar en nuestro porvenir. Ya no tendremos la excusa de la guerra perpetua para achacarle nuestras desgracias nacionales, ni haremos de ella el centro de nuestros debates electorales.