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De la promesa transicional a las revueltas estudiantiles en Sudáfrica (2018)

Y me pregunto: si una sociedad donde todos parecían moverse en el mismo derrotero se ve atrapada, frente al abismo, imaginemos una Colombia donde todos tiran para lados distintos, incluso para atrás.

Alejandro Castillejo-Cuéllar
Alejandro Castillejo-Cuéllar
Viajero (y profesor universitario)
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14 de Junio de 2018

Este fue un retorno inesperado, después de varios años, a Ciudad del Cabo: una cadena de riscos alucinantes, aguas verdes de océano interminable y criaturas descarnadas. Una invitación del Johannesburg Holocaust and Genocide Center me permitió, además de dirigirme a una audiencia de creyentes en el “desarrollo”, recordar mi trabajo de campo con ex-miembros del ala militar del Congreso Nacional Africano y con un grupo de apoyo a mujeres víctimas, el Mother Support Group. Hace 17 años, cuando viví allá, se respiraba un aire a futuro, una atmosfera de esperanza, aunque no sin dificultades.  Por eso, su gran mercancía, la idea de la reconciliación, se vendía por todo el mundo como alternativa a la rigidez de los sistemas penales para tratar los crímenes de guerra o las violencias dictatoriales. El país respiraba, dándole tiempo al tiempo. Cuando todos empujan para el mismo lado, el movimiento, por difícil y complejo que sea, es notorio.

En aquel entonces se sentía que el período de negociación (1990-1994), además de haber acabado con el racismo legalizado, habría puertas por las que jamás se había cruzado. Los programas de empoderamiento de los africanos negros, el programa para restitución de tierras, la comisión de la verdad, daban la impresión de una sociedad que se movía hacia adelante. Eran pocas, obviamente, las críticas que emergían ante la nueva estructura del poder político (the new dispensation, como se le llamaba), no obstante el hecho que el poder económico siguió en las manos de los históricamente poderosos. El prospecto de la reconciliación (lo que eso quiera decir) escondía, o dejaba latentes, las monumentales contradicciones de lo que terminó llamándose la Nación Arco Iris. En parte de ese parto estuvimos presentes medio esquizofrénicamente, entre los shaks o cambuches de mis amigos viendo en la televisión las imágenes de la segunda invasión a Irak y los atardeceres sobrecogedores sobre el Océano Indico.

En pocas palabras, en aquel país se sentía lo que en Colombia ni se huele. Un sentido de futuro colectivo, aunque fuera ilusorio. Se esgrimía con frecuencia que las transformaciones sociales requeridas tomarían más de una década. Cuando regresé en el 2014 a enseñar, ya se sentía el hedor de la reconciliación como proyecto-cadáver. Creo que se prometió más de lo que se podía cumplir, en parte porque la idea del “futuro como posibilidad” no sólo gira entorno a lo que se sueñe como sociedad, sino sobre todo porque es un campo de fuerzas en contradicción.

Sin embargo, en esta ocasión, a 24 años de las primeras elecciones “multirraciales” en Sudáfrica (1994) y a 22 de la instalación de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación (1996) hoy el país se encuentra ante un abismo.  Masivas protestas se han generalizado. Iracundos y desesperados africanos negros salen a las calles de sus localidades segregadas o townships a enfrentarse a la fuerza pública (negra) en Ciudad del Cabo, y otras partes del país. A punta de piedra y llanta quemada, la gente reclama las “transformaciones esperadas” por lo que llamo la “promesa transicional”, particularmente la redistribución de las tierras entre los desposeídos.  

Adicionalmente, el rampante desempleo entre jóvenes, secuestrados masivamente por el consumo de drogas de mezcla callejera como el TIC y por la falta de oportunidades, continúa haciendo estragos en la vida de esas localidades. Estuve en Gugulethu con un amigo visitando de nuevo el abandonado memorial de los Siete de Gugulethu. En el ínterin atravesamos las calles cerradas, las llantas hirvientes y los ladrillos a la espera de la próxima erupción, una reminiscencia de la estrategia de ingobernabilidad del país tan importante para arrodillar al régimen racista por parte de los “movimientos de liberación”.  Me contó de los amigos excombatientes con los que trabajé: algunos muertos por cánceres que siempre asociaron a su tortura, otros inmolados con VIH, muchos alcoholizados hasta el tuétano, con trabajos mediocres o crónicamente desempleados, sin posibilidades de superar los escoyos de formación en la sociedad del conocimiento. La maquinaria transicional los convirtió, salvo a su élite, literalmente en mano de obra barata para el engranaje de producción.      

La expropiación histórica

Sudáfrica me recibe con el discurso del nuevo presidente de la República en televisión, Cyrill Ramaphosa, en el marco de la Cumbre sobre Tierras organizada por el Congreso Nacional Africano en Boksburg, una ciudad localizada en el centro de la producción aurífera. A cien días de su mandato, el presidente retorna a la pregunta por la tierra. Esto debido a la crisis suscitada por la salida del anterior presidente Jacob Zuma y un partido que “no ha estado a la altura” de los cambios necesarios luego del fin del Apartheid. Pregunta que no deja de ser curiosa, por cuanto la encarna uno de los hombres más ricos del país, un verdadero multimillonario salido del movimiento obrero. El centro del asunto: la expropiación de tierras sin compensación, una propuesta debatida hace más de un año en el parlamento a raíz de una moción de modificación de la Constitución en su sección 25 por parte del Economic Freedom Party (EFP, o Luchadores por la Libertad Económica, creado en el 2013) que buscaba hacerse a tierras privadas improductivas (o lotes baldíos o en manos de granjeros blancos) y repartirla a los africanos negros sin tierra. Valga la pena decir, el EFP es la encarnación de ese descontento en tonos raciales e incluso xenófobos.  El discurso de Ramaphosa busca revivir (a un año de elecciones generales para presidente) la discusión por la expropiación. La razón de retomar esta posibilidad es precisamente la posibilidad de enfrentar ese reclamo humano que toma visos cada día más violentos. Si en Colombia se escandalizan, con profunda mezquindad,  con la propuesta del Estado comprador de tierras para distribuir entre los sin-tierra, no imagino una propuesta así, en un país donde ya los extremistas y los nuevos viejos paramilitares han asesinado líderes de restitución de manera impune.

La pregunta por la expropiación no es nada sencilla. La Sudáfrica de hoy es producto de esa expropiación sistémica y sistemática, la reciente y la de largo alcance. Barrios elegantes, propiedades de finca raíz, centros comerciales se sitúan hoy en esos lugares antes habitados por coloureds o blacks. El desplazamiento se usó como un gran motor de gentrificación forzada a través de la cual el capitalismo racializado, y su idea de riqueza por extracción o “producción por expropiación”, se instauró. Con eso se atornillaron unas élites concretas que con la transición política continuaron, si bien diversificadas pigmentariamente. Y al resentimiento de la carencia, hay que sumarle la indiferencia estructural: sistemas de salud públicos desfinanciados y atracados por políticos, corrupción rampante, las soluciones policivas al disenso (como en la Masacre de Marikana en el 2012), la educación vomitando chicos sin oportunidades laborales dignas, masificación de la informalidad. Hasta Ciudad del Cabo se ve fea y ajada. Una nodriza que ha perdido su brillo, aunque la llamen la Mónaco del Sur. El producto de una verdadera transición neoliberal: un conjunto de prácticas que se organizan alrededor de la universalización de las relaciones sociales basadas en el mercado y que penetran hasta el último espacio de nuestra vida diaria. El problema de la tierra constituye una conexión histórica entre estos tiempos. La transición es una pura continuidad de poderes anteriores, ahora arropados con el mito de la democracia, la gobernanza, y el reconocimiento a los derechos humanos.

Como se ve, el problema de la restitución no sólo gira en torno a la propiedad de la tierra, sino otros modos de riqueza asociados, con sus matices regionales, rurales y urbanos. El debate de la “expropiación sin compensación” reemerge de cara a una política de restitución post-apartheid fracasada, donde los grandes propietarios venderían voluntariamente al Estado con el objeto de redistribuir. Ahora, ante el abismo que enfrenta el Congreso Nacional Africano, el partido retoma esta consigna para frenar la violencia, entre realismo político y el slogan, de cara a las elecciones de presidente el próximo año. Para que semejante propuesta tenga ascendencia política, la cosa tiene que estar muy grave.       

La Ira de los Jóvenes

En este discurso de desesperanza histórica comienzan a emerger proyectos políticos complejos. Se habla, por ejemplo, en la revista ¡Amandla!, de la necesidad de transformaciones económicas radicales (radical economic transformation) donde se cuestiona la captura del Estado (es decir, del Congreso Nacional Africano) por intereses privados nacionales y transnacionales (State capture) donde opera la llamada revolving door (la puerta giratoria) con funcionarios que se mueven con sus intereses y conocimientos estratégicos entre el Estado y la empresa privada. El Estado está al servicio de los intereses corporativos no del bienestar de la sociedad.

Por otro lado, las Universidades en el 2015 y 2016 fueron epicentro de revueltas estudiantiles muy intensas contra o a favor de todo tipo de causas donde la crítica a las estructuras de poder racializado estaban a la orden del día. El término transformación económica radical posee un doble filo: por un lado, resalta las continuidades de las violencias crónicas a la vez que reinstaura un proyecto de des-racialización de la sociedad al reconocer esta herencia. Esto sin embargo puede conllevar a formas de la política centradas en el color de la piel, racial politics. Hasta la figura de Mandela, the old man, está siendo desmitificada al punto de llamarlo, por los más viscerales, un vendido, a sell out. La transición permitió feriar el país, en clara continuidad con su pasado racista.

No obstante, nuevas voces de intelectuales y periodistas cuestionan la generación de la transición, a la vez que toda una jerga comienza a reaparecer en complejos y contradictorios contextos de enunciación: negro, feminismo negro, dolor negro, privilegio blanco, violencia como opresión estructural, patriarcado racial, descolonización (con todo y sus prestidigitaciones discursivas y sus imposibilidades empíricas). Los movimientos estudiantiles como los #fallist (el verbo to fall, caer, tumbar, dependiendo de la preposición que le siga) integran en sus diferencias a todos aquellos que querían echar por tierra la herencia del colonialismo, desde las matriculas que estratifican las universidades públicas y los currículos euro-centristas hasta los monumentos de los antiguos patriarcas como Cecil Rhodes. Este movimiento intenso nace un día de marzo del 2015 en el que un joven estudiante, Chumani Maxwele, lanza un bollo de mierda a la estatua de Rhodes que había en la entrada de la prestigiosa Universidad de Ciudad del Cabo. Rhodes fue el hombre cuya finca-país fue bautizado con su apellido: Rodesia, hoy Zimbabue. Es como si hubiera un país (aunque en la práctica pareciera así) que se llamara Uribelandia o Gaviriolandia, o Pastranolandia. Nosotros, por el contrario, creemos en este tipo de parroquias de doctores y patrones, sin sentir vergüenza.

Ellos representan una generación de jóvenes decepcionados, los nacidos libres (born frees) algunos instruidos, otros salidos de las entrañas de estos barrios pobres y sin posibilidades. Sin muchos recursos, aterrizan en la violencia y la degradación ante la imposibilidad de salir del circuito interminable de la pobreza y el endeudamiento. Fracturados internamente por las diferencias en torno a estas “transformaciones”, estos jóvenes y movimientos recientes se paran “sobre los hombros de gigantes” que requieren ser cuestionados y hasta vilipendiados. En los ochenta, la gran base de combatientes y activistas de barrio era jóvenes politizados, adolescentes. Los de ahora, le reclaman a esta generación.   

Es una generación emputada, furiosa, emberracada, asustada por la pobreza sin fin, por el cambio climático, por la violencia, por la hipocresía política cuyo proyecto depende de la ignorancia. Pero también una generación creativa donde las artes han tomado un papel crítico importante. Para colmo de males, no hace mucho, Ciudad del Cabo, en una mezcla de corrupción y mala admistración aunada a sequias inducidas por la actividad humana (que algunos llaman calentamiento global), declara estar ad portas de cerrar los grifos de agua. Allá la falta de agua da a ese fenómeno climatológico-humano una dimensión apocalíptica que ni nos imaginamos en Colombia. Aquí no nos damos por enterados cuando los ríos se secan, cuando las capas de nieve de los nevados disminuyen, cuando el precio pagado por el llamado desarrollo (cuando políticos se abrogan el derecho a imponerlo a fuego y muerte) no es otra cosa que la contaminación y la extinción. Para mí fue un choque descubrir que al final del túnel, no había tanta luz.      

¿Y el teatrino de Colombia qué?        

En resumen, lo que explota en Sudáfrica es producto de la rabia de una sociedad a quien no se le cumple una promesa. Una nación decepcionada. Entre las políticas económicas que privilegiaban a unos cuantos, y cuyos privilegios se hacían pasar por colectivos, el país se ha arrastrado hasta el presente, con la desesperanza ya incrustada en sus cuerpos. Los mecanismos transicionales prometían ser un momento ritual, con instituciones que trazarían la línea del tiempo entre el pasado y el porvenir. Eso precisamente se ha puesto en cuestión. Lo cierto es que cuando la promesa transicional no asume las contradicciones que llevaron a la guerra, estamos cultivando futuras violencias, futuras decepciones. Y me pregunto: si una sociedad donde todos parecían moverse en el mismo derrotero se ve atrapada, frente al abismo, imaginemos una Colombia donde todos tiran para lados distintos, incluso para atrás. Por esto, en este país no se respira futuro tan fácilmente, menos en momentos electorales, donde la gente endosa masivamente el porvenir, donde algunos políticos usan, al mejor estilo colonial, la táctica de “bajar a la gente a punta de espejo”.