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Para innovar, métale jazz

La innovación está de moda. Y aunque muchos predican pocos aplican. Aquí ocho maneras como el jazz puede convertirlo en un líder innovador.

Ricardo Gómez Garzón
Ricardo Gómez Garzón
Creador y fundador de la empresa ENVIVO
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29 de Noviembre de 2018

Esta columna fue publicada originalmente en Cumbre

Corría el mes de febrero del año 2016. Me llaman de una empresa que maneja logística de medicamentos a nivel nacional y me invitan a presentarles una propuesta donde pudiera echarles una mano para celebrar lo que ellos llamaron el ‘día de la innovación’.

Me comentaron que les parecía relevante el hecho de usar el concepto de la improvisación – tanto del jazz como del teatro – para sensibilizar a los empleados acerca de la actitud innovadora y de cómo, teniéndola, todos los colaboradores podrían llegar a proponer nuevas soluciones para resolver los problemas cotidianos de la organización, queriendo impactar hasta en los problemas de línea estratégica. ¡Necesitaban un cambio de mentalidad!

Armé la propuesta y la presenté unos 15 días antes de que se diera el gran día. Pasó el tiempo y nadie me daba respuesta. Se llegó el día y no recibí retroalimentación alguna. Por supuesto, no me contrataron. En mi afán por saber qué paso – dado que habían mostrado mucho interés – los llamé y les pregunté por qué no había sido elegida la propuesta. La respuesta que recibí fue: “Ricardo, la propuesta es muy atractiva solo que muy innovadora para la realidad nuestra”.

El jazz tiene más de 100 años de existencia. La improvisación aún muchos más. Una propuesta alrededor de los dos no puede ser innovadora por sí misma. Lo es, sin embargo, para esas mentes que no están preparadas para la disrupción, el pensamiento diferente, el rompimiento de paradigmas y el atrevimiento, y que están acostumbradas a la rigidez de las estructuras y a la manera rutinaria de resolver problemas. Por lo tanto, cualquier estímulo que los saque de su zona conocida, será tomado como ‘demasiado innovador’.

Algunos las llaman ‘mentes cerradas’ otros, ‘cuadriculadas’; que no ven más allá de sus narices y que actúan como silos, únicamente enfocados en su propio ser y quehacer. De la misma manera como lo hace un músico ejecutante que solo se centra en tocar lo que dice la partitura y en no hacer nada más, así la obra lo necesite.

El jazz nos hace un aporte inconmensurable a la hora de querer cambiar de mentalidad, pero, sobretodo, de actitud hacia la innovación: la manera como los músicos de jazz se juntan para hacer sus creaciones colectivas sirve de plataforma metodológica para tener una actitud y conducta innovadoras.

El liderazgo se basa en la gestión asertiva de los talentos, habilidades y emociones de las personas. Por lo tanto, se requiere de un alto componente de innovación para mantener abiertas y alocadas las mentes de los colaboradores, y para darle el cauce respectivo a sus emociones y talentos.

Son ocho los elementos que el jazz le aporta a los procesos de liderazgo para que los líderes sean más innovadores a la hora de hacer crecer a las personas a su cargo:

 

Aloca y triunfarás

Cuando están tocando, los músicos le dicen que sí a cualquier idea ­– por loca, disparatada o alejada de la realidad técnica que sea – que proponga uno de los colegas. Nunca bloquean y buscan mantener el flujo adoptando la nueva propuesta. Así como la referencia que hizo Steve Jobs en su muy conocido discurso de despedida a los graduandos de Stanford: “Stay hungry, stay foolish” – “Mantente hambriento, mantente alocado” –.

 

Errores que son descubrimientos

Para los jazzistas cualquier error es una oportunidad de darle un giro a la historia. De salir de la monotonía. De descubrir nuevas posibilidades. Entonces para ellos no existe el error; solo un posibilidad más de crear algo nuevo y necesario. Más allá de frenarse por una sonoridad errada, se alegran de que esta haya llegado. Como dice John Grinder, padre de la Programación Neurolingüística: “No existen los errores, solo retroalimentación”.

 

Encontrarle el agudo al absurdo

Nunca callan o rechazan al compañero y no lo hacen sentir mal por sus aportes. Aportes son aportes. En ocasiones, la mejor idea no viene del líder sino de alguno de los colaboradores y se le da cabida a esa idea porque se respeta al ser de quien viene, sus conocimientos y sus intenciones. Mantener al equipo en estado de aporte, ayuda al flujo del colectivo.

Entrenadores de oídos necios

La escucha es la máxima premisa y están entrenados para reaccionar en función de lo que escuchan. Para cada nota escuchada, hay una reacción. Pero no aquella reacción que bloquea y que dice ‘no’, sino aquella que le abre un espacio a las posibilidades, porque en el camino se va a necesitar.

 

Soy porque somos

O todos en la cama o todos en el suelo. Como creadores de la música que está naciendo, ninguno espera a que otro se encargue. Todos se encargan y aportan desde su lugar. Todos se responsabilizan. Todos se alegran o se entristecen porque saben que la medición no viene nunca desde la individualidad sino de la colectividad. En el jazz ninguno sobresale. Como lo mencionan Howard Becker y Robert Faulkner en su libro El jazz en acción: “Si alguna vez yo toco una frase diferente de la que toca el de al lado, no es tan grave. Basta con que estemos juntos la mayor parte del tiempo” 

 

Para hacerlo real se necesitan varias manos

Durante la ronda de creación van conociendo las posibilidades que tienen los compañeros de aportar al colectivo, tanto técnica como emocionalmente. Este conocimiento les permite motivar la generación de nuevas ideas, nuevos retos y nuevos riesgos, hasta el punto donde puedan hacer aportes no imaginados. Miles Davis, trompetista norteamericano, lo tenía muy claro: “Hay que ubicar a un tipo en un punto en que tenga que hacer otra cosa, aparte de lo que ya sabe”.

 

La intuición es igual a creación

Tienen claro el contexto armónico de la oferta, le dan rienda suelta a su imaginación y aportan desde ahí cualquier cosa que se les ocurra, hasta el punto de romper con esa estructura para adentrarse en otra totalmente diferente. Se dejan llevar por el flujo del momento y sin afán de protagonismo, van dándole forma a la historia. En otras palabras, se permiten improvisar porque están preparados para ello.

 

La aventura empieza cuando el rumbo no es fijo

De las cosas básicas y relevantes a la hora de abordar un proceso de innovación: saber dónde se está y moverse hasta llegar a algún lugar que comience a tener sentido. Para lograr un resultado positivo, se toman el tiempo que sea necesario porque nunca la mejor idea surge en la primera vuelta. Sin embargo, para lograr este cometido, es importante que la mente esté abierta y receptiva. Que la emoción esté enfocada en ser capaces de dejarse llevar por el flujo del momento sin tener todas las variables controladas. Es difícil innovar si el ambiente está totalmente controlado.

Si los líderes adoptan la postura de que la creación siempre es colectiva, que nadie le tiene que ganar nadie y que cada quien puede aportar desde lo que sabe, sin temor a represalias o al bullying, podrán lograr la actitud innovadora en todas las áreas y eslabones de la cadena del negocio.

Rechazar una propuesta innovadora por parecer demasiado innovadora para una realidad mental, solo refleja la incongruencia en la que viven las empresas cuando se trata de abordar el tema de la gestión del cambio y la transformación digital. Decir que se quiere innovar o que es necesario hacerlo, nunca es lo mimo que innovar. Las empresas no se adaptan solo con buenas intenciones y la claridad que se tenga sobre una problemática. Se necesita movimiento. Ese mismo que es obligatorio para que el jazz suceda. Y ese movimiento es el que le imprimen los líderes desde su actitud innovadora pues si esta no se tiene, será muy difícil darle cauce y sentido a las expectativas y motivaciones de todas y cada una de las personas que conforman las organizaciones.

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