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Cambiando tierra por agua

Con el nombre de Escuela Ambiental  un colectivo de jóvenes de Bogotá cuida del predio que el Acueducto prestó a la comunidad del barrio Potosí hace un año, para convertirlo en lugar de aprendizaje de consecución, siembra, cuidado y cultivo de semillas nativas.

Catalina López
Catalina López
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25 de Agosto de 2016

Fotos de Samuel Córdoba, video de EdnaY. Higuera Peña

El barrio Potosí situado en la localidad de Ciudad Bolívar casi no tiene árboles ni zonas verdes. Sus obras públicas recurren a las superficies duras en parte para evitar el mantenimiento de jardines y de parques, las zonas aledañas a las fuentes hídricas son pastizales descuidados que tienden a convertirse en basureros. Si bien el barrio es limpio y muchas casas en sus fachadas tienen una apariencia colorida y adornada, carecen de antejardines, jardines interiores y plantas. Para los que lo habitan todos los días, lo importante ha sido volver a tener una casa que dejarle a los hijos o un lugar donde dormir, porque la tierra ya no está aquí, se quedó en otro país.

 

Seguimos caminando y en un rincón del barrio encontramos un aviso pegado al muro de una fachada: no te lleves mi tierra, aquí hacemos trueque tierra x agua. Sábados 9:00 a.m. Después de leer entramos, eran más de las 3 de la tarde pero la puerta estaba abierta y al pasar el umbral nos descubrimos en un huerto, observados por seis jóvenes que no interrumpieron su oficio de pintura con fondo musical, mientras una chica nos contó sobre su razón de ser en el lugar: hacer Escuela Ambiental. El lote convertido en siembra es de propiedad del Acueducto de Bogotá e irónicamente carece del servicio de agua, la empresa lo prestó para una actividad comunitaria y los jóvenes lo empezaron a limpiar para sembrar. Lo primero que hicieron fue improvisar un antejardín, sembraron unos árboles y los rodearon con llantas pintadas. A los ocho días descubrieron que los vecinos estaban quitándole a los árboles la tierra, la conclusión les resultó obvia, en la zona hay puro cemento, concreto, ladrillo, no hay tierra, si alguien necesita y la ve en la calle se la lleva, entonces surgió la idea de pedir a cambio de tierra lo que a ellos les hace falta: el agua para mantener la siembra. A eso llegan los vecinos los sábados: a regar los cultivos nativos, a conversar, a intercambiar semillas. Entre semana cuidan la huerta los viejos y niños que no tienen que salir a trabajar a otros puntos lejanos de Bogotá y entonces ocurre el milagroso encuentro entre la generación abuela y la generación nieta para contarse un cuento y aprenderlo, el del tiempo en el que fueron campesinos los sembradores de un huerto.