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Educar para aprender a vivir juntos

Insistir en deformar el concepto de género como “la ideología de género” no solo es impreciso sino impertinente y connota por un lado la mala intención de tergiversar, desinformar, atemorizar y por otro mantenerse en estado deliberado de ignorancia con la intención de aplastar a otros seres humanos que piensan, sienten y hacen distinto  por el hecho de ser diferentes.

Diego Arbeláez Muñoz
Diego Arbeláez Muñoz
Asesor Fundación Empresarios por la Educación
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16 de Agosto de 2016

¿Por qué la comprensión profunda sobre de la dignidad, la libertad, la autonomía y la ciudadanía pueden generar experiencias educativas que protegen y cuidan a cada estudiante? ¿Qué hace la diferencia cuando se desarrolla una pedagogía centrada en el respeto por la diversidad, la inclusión, las relaciones e interacciones de calidad donde se asume a todo ser humano valioso independientemente de su condición social, sexual, de género, política y religiosa?

Educar para aprender a vivir juntos es un acto político, ético y estético en esencia. Político, porque convoca a los demás a participar en la sostenibilidad de un bien común y no solo de un interés particular; ético, porque implica el cuidado de garantizar el aprendizaje y el bienestar de todos y no de unos pocos; y estético, porque se es capaz de ver la grandeza y belleza de cada ser humano en la dimensión de su dignidad.

Queramos o no, la diferencia y la diversidad son realidades sociales y por tanto escolares que no se pueden ocultar. En ese sentido, garantizar el derecho a una educación de calidad, que incorpora otros derechos como el libre desarrollo de la personalidad y el derecho a la integridad física, mental y emocional no es optativo, es un mandato social respaldado en la Constitución y normatividad establecida (ver Ley general de Educación y Política nacional de sexualidad, derechos humanos sexuales  y reproductivos).

No es optativo para un directivo docente o el conjunto de maestros y maestras en las instituciones educativas en Colombia dejar a un lado los avances científicos, las sentencias de la Corte, o la Constitución misma. Esto tiene implicaciones pedagógicas y normativas para garantizar la vivencia y el respecto de los derechos humanos sexuales y reproductivos en las comunidades educativas. Suplantarlos por un conjunto de creencias personales de cualquier índole, pone en riesgo de discriminación y exclusión a estudiantes y familias que no encajan en los cánones tradicionales.

La responsabilidad de educar pasa por el filtro de un adulto que es capaz de discernir el impacto que puede tener aquello que enseña y que incluye la intencionalidad de lo que pretende que sus estudiantes aprendan.  Recobra aquí vigencia la expresión de Morín sobre el aprendizaje: “Aprender es más que una palabra, es la vivencia profunda de la vida misma, es un proceso permanente de transformación y un encuentro con la propia identidad y la identidad de los otros para crecer juntos de manera plena, rica y responsable.”

Insistir en deformar el concepto de género como “la ideología de género” no solo es impreciso sino impertinente y connota por un lado la mala intención de tergiversar, desinformar, atemorizar y por otro mantenerse en estado deliberado de ignorancia con la intención de aplastar a otros seres humanos que piensan, sienten y hacen distinto  por el hecho de ser diferentes.

Confundir sexo, género, identidad de género y orientación sexual sin remitirse a los avances científicos y académicos sobre estos temas, muestra a las claras la intención de construir una mentira y presentarla como verdad para movilizar a la sociedad en favor de una postura política y religiosa, con lo cual se desvía el tema de fondo frente a la prevención de la discriminación en los colegios y la garantía de los derechos humanos sexuales y reproductivos (los cuales son derechos fundamentales y universales) de todos los estudiantes.

Mantener una mentira que genere temor da para movilizar marchas y hasta incluso el absurdo de proponer “que se creen colegios para homosexuales” Una mentira repetida por un poderoso medio de comunicación, una persona con un cargo de alta influencia o una institución religiosa con poder, se convierte en una verdad de hecho, instala una creencia en un grupo social. La propaganda de esta manera favorece “creencias”, con argumentos que no resisten el mínimo análisis.

Recordemos que la Ley antidiscriminación (Ley 1482) reconoce que las personas incurren en delito cuando impidan, obstruyan o restrinjan el pleno ejercicio de los derechos fundamentales de las personas debido a su raza, nacionalidad, sexo u orientación sexual. (Ver Artículo 132)

Francisco Cajiao, Rector de la Fundación Universitaria Cafam, entrevistado por estos días en uno de los medios de comunicación frente a la polémica de los contenidos de la guía publicada por Naciones Unidas y el MEN,  afirmó que “decir que estas directrices promueven la homosexualidad, como lo han asegurado algunos sectores conservadores, es tan ridículo como decir que si en un manual de convivencia se incluye que los niños de baja estatura deben tener un pupitre especial, se está promoviendo la baja estatura. (…) Lo que se estaría reconociendo es la baja estatura.”

Las directrices del Ministerio están lejos de hacer una apología de la homosexualidad, expresión que ha venido repitiéndose durante años, cada que se ponen en juego propuestas de no discriminación y garantía de los derechos.  Es clara la necesidad de promover políticas de justicia y equidad de género en nuestros países, tal como lo expresa la Organización Panamericana de la Salud: “La equidad de género significa una distribución justa de los beneficios, el poder, los recursos y las responsabilidades entre las mujeres y los hombres. El concepto reconoce que entre hombres y mujeres hay diferencias en cuanto a las necesidades en materia de salud, educación, al acceso y al control de los recursos, y que estas diferencias deben abordarse con el fin de corregir desequilibrios entre hombres y mujeres”.

Los escenarios de discriminación en el ámbito escolar tienen múltiples expresiones, con la dificultad adicional de que la autoridad se impone especialmente en aquellos que no tienen la suficiente “madurez” y “poder” para decidir autónomamente sobre su propia vida como son los niños, adolescentes y jóvenes. Se promueve así la disciplina a través de un conjunto de normas adultas que sirven de referencia y de modelo para el buen vivir y el bien hacer, y terminan moldeando no solo las acciones de los niños, niñas y jóvenes dentro de la escuela, sino fuera de ella y a largo plazo. En muchos colegios la obediencia y la sumisión se exponen como virtudes que deben ser incorporadas especialmente por las niñas. “Tú no debes contestar”, “no debes opinar”, “debes seguir las indicaciones”, “debes entender que es por tu bien que decidimos por ti”, “debes guardar compostura”, “debes respetar la autoridad así sea por miedo y no por confianza”; “debes aprender lo que se te enseña porque el profe tiene la razón”, etc.

Una colegio cuyo quehacer pedagógico está centrado en los deberes (entendidos estos como reglas incuestionables a seguir) y la mayoría de veces connotados en el miedo y la culpa, y expresados en la norma impuesta, en el respeto a una autoridad incuestionable, corre el riesgo de vulnerar los derechos humanos, sexuales y reproductivos, especialmente de quienes tienen menor poder: niños, niñas, adolescentes y jóvenes. A su vez, reproduce la pobreza de pensamiento crítico, que en parte explica la debilidad de nuestra democracia.

Un escenario con estas características genera un ambiente favorable para las violencias sexuales, el abuso, la intimidación escolar, y el no cuidado del bien común. Son ambientes educativas en donde se tienden a privilegiar los contenidos informativos, y no se generan espacios propicios para ventilar situaciones sociales emergentes que afectan a la escuela. En esa medida, es común que no exista en el equipo de docentes grupos que dediquen algún tiempo a la reflexión, del tipo de ser humano que pretenden formar, ni que lean el contexto de aspectos relacionados con la convivencia, la sexualidad, la participación. De igual modo, el acoso y la violencia especialmente de parte de los adultos puede pasar fácilmente desapercibidas en un “silencio cómplice” que nada lo cuestiona, pues esto sería una afrenta contra una autoridad naturalizada en esa misma sumisión y obediencia.

¿Por qué puntualizar entonces en la autonomía como una finalidad de la educación? Los planteamientos que al respecto hace Constance Kamii (ver La autonomía como finalidad de la educación. Implicaciones de la teoría de Piaget. Kamii, C. Universidad de Illinois, Círculo de Chicago, SF, son esclarecedores): “Autonomía significa gobernarse a sí mismo. Es lo contrario de heteronomía, que significa ser gobernado por los demás. (…) La autonomía (...) aparece con la reciprocidad, cuando el respeto mutuo es suficientemente fuerte para hacer que el individuo sienta el deseo de tratar a los demás como él desearía ser tratado; (...) La autonomía moral aparece cuando la mente considera necesario un ideal que es independiente de cualquier presión externa. Por lo tanto, no puede haber necesidad moral fuera de nuestras relaciones con los demás”.

Sin embargo, con frecuencia se considera erróneamente que el desarrollo de la autonomía implica “dejar que los estudiantes hagan lo que les da la gana”, En este contexto la misma autora enfatiza que “los niños a los que se les permite hacer lo que quieran están tan privados de las oportunidades de desarrollar autonomía como aquéllos que son educados por padres autoritarios que nunca les permiten decidir nada por sí mismos. Un niño que puede hacer todo lo que desee sin considerar el punto de vista de los demás, permanece atrapado dentro de su egocentricidad. Un niño no puede descentrarse lo suficiente como para desarrollar autonomía si nunca tiene que considerar los sentimientos de las otras personas. Si todos los demás se pueden doblegar a sus caprichos, el niño nunca tendrá que negociar soluciones justas”.

De otra parte, sigue la autora, “(…) La moral  heterónoma  no es deseable, porque  implica la obediencia  sin crítica a reglas y a personas con poder (…). Al igual que en el campo de lo moral, la autonomía intelectual también significa gobernarse a sí mismo y tomar sus propias decisiones. Mientras que la autonomía moral trata sobre lo “bueno” o lo “malo”, lo intelectual trata con lo “falso” o lo “verdadero”. La heteronomía en el campo intelectual significa seguir los puntos de vista de otras personas.”.

A partir de estas reflexiones se puede plantear que el colegio que cuida, tiene en su base un proceso de participación en la gestión del saber, favorece y estimula cuestionar lo que se da por sentado, promueve la construcción de criterios de convivencia y convoca a sus integrantes de manera activa a la construcción de un manual de convivencia pertinente y respetuoso de los derechos y la responsabilidad de su ejercicio. Los contenidos y la información son medios, no fines, así mismo los estudiantes no son objetos de intervención sino fines en sí mismos, con quienes se teje el saber cotidiano que está más allá del texto. Un colegio que cuida consulta en el contexto de sus experiencias y saberes previos, potenciando además el fortalecimiento de la identidad personal e institucional, en la medida en que la toma de decisiones orienta vivencias autónomas como actos de responsabilidad con sentido, que se derivan en el cuidado de sí mismos.

Entendido así, este proceso de participación da sentido de utilidad al saber cotidiano, derivado de un aprendizaje centrado en la vida misma, en el desarrollo de competencias (capacidades para la vida) que involucran no solo el intelecto, sino también el cuerpo y los sentimientos. Este proceso de apropiación se logra a partir del ejercicio permanente de revisar el sistema de creencias, valores e imaginarios que puestos en un proceso vivencial, dialógico y reflexivo, van permitiendo nuevas miradas, otras interpretaciones, argumentaciones que se van haciendo propias y que están motivadas en las ganas de saber.

Para finalizar quisiera dejar una pregunta para maestros, maestras y familias: ¿Qué tal si convertimos la polémica generada frente a la revisión de los manuales de convivencia en una oportunidad pedagógica de nuevos aprendizajes que evite juicios sin fundamento y discriminatorios y genere una revisión argumentada y seria sobre la diversidad que somos?