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Educar para la paz: mucho más que una cátedra

De cara al posconflicto, la pregunta sobre el papel de la educación ha estado presente en diversos ámbitos, tanto académicos como mediáticos. La primera reacción de nuestros legisladores siempre ha sido proponer cátedras: de convivencia, prevención de acoso escolar, protección del agua, del páramo… y ahora de la paz. Esto evidencia la poca o nula reflexión sobre el rol de la escuela en diálogo con la normatividad vigente y los retos de la sociedad actual, además de un gran desconocimiento de los problemas de fondo del sector educativo.

María Clara Ortiz Karam
María Clara Ortiz Karam
Subdirectora de la Fundación Empresarios por la Educación,
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19 de Febrero de 2016

De cara al posconflicto, la pregunta sobre el papel de la educación ha estado presente en diversos ámbitos, tanto académicos como mediáticos. La primera reacción de nuestros legisladores siempre ha sido proponer cátedras: de convivencia, prevención de acoso escolar, protección del agua, del páramo… y ahora de la paz. Esto evidencia la poca o nula reflexión sobre el rol de la escuela en diálogo con la normatividad vigente y los retos de la sociedad actual, además de un gran desconocimiento de los problemas de fondo del sector educativo.

 

El sistema educativo tiene dos grandes retos, ambos estructurales y que deben abordarse integralmente en las políticas sociales y económicas: garantizar las condiciones para que todos los niños, niñas y jóvenes puedan acceder a la escuela, permanecer en el sistema y desarrollar aprendizajes socialmente relevantes para sí mismos y para el contexto local y global; y reflexionar sobre el sentido y alcance de la educación, en relación con el modelo de desarrollo al que le  queramos apostar y con los retos y problemáticas de la sociedad actual.

 

El primero exige eliminar barreras para que la superación de las inequidades comience desde la escuela. Esto implica restituir los derechos de los más de 200 mil niños en edad escolar que durante 2015 fueron desplazados por la violencia, de los cientos de miles que han sido y siguen siendo desplazados, y de los que se ven obligados a trabajar en la calle, o en minería artesanal, o en sus casas, en fin, de todos aquellos que son expulsados del sistema por la pobreza, la miseria en todas sus formas y por nuestra propia indiferencia.

 

El segundo requiere transformar la escuela para transformar la sociedad. No podemos seguirla llenando de cátedras como si la transformación de las culturas, imaginarios y comportamientos se lograra a punta de asignaturas convencionales que solo sobrecargan a los maestros. El problema no son los contenidos, lo que tenemos que transformar es la capacidad de leer de manera crítica, de tomar postura, de construirnos a partir de la diferencia, de preguntarnos los qué y los por qué, de asumirnos como sujetos activos de derecho y comprender que como seres sociales e históricos no solo somos responsables de nosotros mismos –que lo somos-, sino también de las generaciones presentes y futuras.

 

Necesitamos reestructurar el sistema educativo para transformar la concepción de escuela, y acompañar esa transformación con diálogos y consensos con los actores relevantes de la comunidad educativa y de la región. No estamos partiendo de cero: además de mirar lo que está pasando con la educación en el mundo, es clave retomar desarrollos conceptuales, metodológicos y pedagógicos producidos en el país, desde experiencias de escuelas y comunidades hasta programas estructurados por el Ministerio y algunas Secretarías de Educación en diálogo con la academia y la comunidad educativa.

 

Los avances del país en relación con el desarrollo de competencias ciudadanas, así como los programas transversales (educación para la sexualidad, para el ejercicio de los derechos humanos y educación ambiental) establecidos en la Ley General de Educación, muestran rutas para avanzar en la formación de ciudadanos y ciudadanas comprometidos con la transformación pacífica de la sociedad. Todas estas iniciativas acompañan, de manera transversal, la integración de diversos saberes disciplinares al construir conocimiento con sentido y contribuir a una cultura del derecho en la escuela.

 

Educar para la paz es educar en y para la vivencia cotidiana de la democracia y la convivencia pacífica, reconociendo la dignidad humana como un valor supremo. Una educación emancipadora que considere a las personas como fin y no como medio, fortaleciendo su autonomía. Una educación en la que los sujetos son protagonistas del proceso educativo y se asumen como seres capaces de interpretar y transformar su realidad.