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¿Y la paz?

Ojalá me equivoque, anhelo desde el fondo de mi corazón un país en paz, reconciliado y mirando hacia el futuro, con expectativas de cambio y llegar a un acuerdo con las Farc es un primer paso; pero me considero más bien escéptico frente al proceso de paz, cada día más complicado, está en un callejón sin salida, las Farc llegaron a La Habana, golpeadas y agotadas de la guerra, buscando solucionar de alguna manera el conflicto; sin embargo, en el camino se dieron cuenta que podían reacomodarse para obtener mejores réditos de la negociación, máxime con las concesiones de Santos, quien se ha mostrado muy ansioso por llegar a acuerdos para sacarle dividendos políticos y, de paso, contrariar a la oposición, al encasillarlos como enemigos de la paz, no acepta críticas, ni detracciones. Por su falta de pericia, ha caído en la trampa de unificar, por momentos, criterios con la contraparte, “Farc y yo, queremos lo mismo para el campo.” Todo con tal de defender un proceso que avanza al ritmo de las Farc, un mal sabor, si se tiene en cuenta que siguen atacando a los más vulnerables con atentados irracionales. Muchos se preguntan ¿por qué lo hacen, si no les conviene? Así, nunca se ganarán al pueblo.

Jacobo Solano
Jacobo Solano
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3

22 de Junio de 2015

Ojalá me equivoque, anhelo desde el fondo de mi corazón un país en paz, reconciliado y mirando hacia el futuro, con expectativas de cambio y llegar a un acuerdo con las Farc es un primer paso; pero me considero más bien escéptico frente al proceso de paz, cada día más complicado, está en un callejón sin salida, las Farc llegaron a La Habana, golpeadas y agotadas de la guerra, buscando solucionar de alguna manera el conflicto; sin embargo, en el camino se dieron cuenta que podían reacomodarse para obtener mejores réditos de la negociación, máxime con las concesiones de Santos, quien se ha mostrado muy ansioso por llegar a acuerdos para sacarle dividendos políticos y, de paso, contrariar a la oposición, al encasillarlos como enemigos de la paz, no acepta críticas, ni detracciones. Por su falta de pericia, ha caído en la trampa de unificar, por momentos, criterios con la contraparte, “Farc y yo, queremos lo mismo para el campo.” Todo con tal de defender un proceso que avanza al ritmo de las Farc, un mal sabor, si se tiene en cuenta que siguen atacando a los más vulnerables con atentados irracionales. Muchos se preguntan ¿por qué lo hacen, si no les conviene? Así, nunca se ganarán al pueblo.

Yo creo que lo hacen para acorralar al gobierno, minar la gobernabilidad del presidente y presionar más concesiones en la mesa; en el fondo, saben que la vía para llegar al poder no son elecciones democráticas, es muy difícil que Colombia respalde a un grupo que ha hecho tanto daño de forma directa, hay demasiados afectados por sus actos demenciales: un día, derraman el crudo de 20 tractomulas; al siguiente, vuelan la vía Panamericana; luego vuelan una torre en el Caquetá y dejan miles de personas a oscuras; hablan de desminado en Antioquia pero minan una escuela en Cauca; esto sin hablar de las víctimas en 50 años de violencia, además del cinismo de catalogarse como víctimas y no victimarios, que tanto ofende a los colombianos aburridos de apostarle a una paz, que ha resultado más sangrienta que la misma guerra.

La confrontación de guerrillas, siempre tiene como estrategia, que varía la forma y se adapta a cualquier circunstancia; ahora, la orientación es dialogar sin términos definidos en el tiempo, avanzar lento en la negociación y fijar condiciones imposibles de cumplir, que retrasen el final del acuerdo: dejación y no entrega de las armas, la constituyente o, peor aún, que el condicionante para entregar las armas sea la extinción del paramilitarismo, para no hablar de todas las salvedades que no se han resuelto, más talanqueras a la hora de firmar algún documento. El camino de la paz no está despejado, el presidente habla de paz a las buenas o las malas y los únicos que sacan provecho, con más de 3 años en La Habana, son los terroristas, han ganado reconocimiento político y dialogan de igual a igual con el estado, sin dar muestras fehacientes de paz, pensando en que todavía se puede, alentados por gobiernos como los de Nicaragua y Venezuela, que aún sueñan con expandir un agonizante proyecto revolucionario, que algunos se resisten a dejar morir.