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Para ser capital de vida hay que poner límites

Es normal que un sitio en Barranquilla en el que, desde hace 40 años, se puede vivir la experiencia del Carnaval cualquier fin de semana, sea defendido. Pero todo tiene su límite. Debate en nuestra red de expertos. Por Tatiana Blanco.

Tatiana Blanco
Tatiana Blanco
Emprendedora. Socia fundadora de www.tatbla.com
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25 de Enero de 2019

Videos captados por teléfonos celulares de los asistentes a La Troja de la Calle 74 se han hecho virales en la ciudad de Barranquilla luego de que se produjera una pelea entre borrachos, que generó una estampida donde volaban botellas y donde la multitud no sabía donde ir. En uno de los videos el narrador denuncia el caos con la llegada del escuadrón antimotines y describe el ambiente perturbador por el abuso de drogas. En otro video publicado en Instagram por la periodista Mabel Morales también se evidencia el miedo que vivió una de sus seguidoras.

No es la primera vez que en la Troja se genera un problema que pone en riesgo la seguridad de sus visitantes, en enero pasado fue sellada por violaciones al  código de Policía, las reacciones en defensa del lugar no se hicieron esperar. Es normal que un sitio que desde hace poco más de 40 años convoca a los amantes de la salsa, donde se puede vivir la experiencia de sentirse en Carnaval cualquier fin de semana del año y se mezclan alegremente personas de todos los estratos socio-económicos en una rumba desenfrenada sin clasismos ni discriminaciones sea defendido.

Y es que nadie está en contra de La Troja per se, lo que alarma es la falta de control por parte de las autoridades de turno en no ejercer un control para garantizar el orden público. En nombre del carnaval y de la alegría no se puede privar a una ciudad de unas normas necesarias para garantizar su seguridad y su sana convivencia.

Sin apasionamientos es tiempo de encontrarle una solución a este problema que viola el Plan de Ordenamiento Territorial contemplado en las leyes nacionales, que establece que en los antejardines está prohibido colocar parlantes para no producir contaminación auditiva, y donde se viola el código de policía vendiendo licor para ser consumido en el espacio público. La Troja maneja niveles de ruido no permitidos y perjudica la movilidad del sector.

La Troja ha tomado como suya toda esa esquina que hasta se cierra en tiempo de Carnaval limitando el paso de vehículos por esa zona de alta congestión vehicular, que tiene a unos pasos a uno de los principales portales del sistema de transporte masivo de la ciudad.

Siendo el país del Sagrado Corazón es común que a nuestros dirigentes se les de por improvisar. Y si de milagros se trata, que no haya ocurrido nada grave en esa esquina caliente es uno de ellos. No se necesita tener mucha imaginación para saber todos los riesgos que asume un bailador de salsa entusiasta si se mete en un sitio que convoca a más personas de las que puede acoger en los metros cuadrados que dispone y donde se caldea el ambiente fácilmente gracias al consumo de licor con pequeñas riñas de borrachos que pueden terminar muy mal.

 

El POT engavetado

El barrio El Prado no es ajeno al peligro que acarrea tener una esquina de rumba sin control. Desde hace 2 años la versión VIP de la Troja y otros bares que la imitan, vienen tomándose la Cra 53.  Transformando la cara del sector de interés cultural de carácter nacional en una zona rosa que perjudica a los que vivimos en este barrio.

El poderoso bajo de 5 bares con parlantes colocados en sus antejardines suenan al unísono hasta las 3 de la mañana de jueves a sábado en una orquesta indescifrable de ruidos que suma distintos géneros musicales que van desde lo electrónico hasta la champeta. Es desalentador no contar con el apoyo de la autoridad local, que recauda nuestros impuestos, para solucionar un problema tan sencillo: vigilar que se cumplan las normas y obligar a cada establecimiento a aislarse acústicamente.  

Ochenta familias residentes de los edificios patrimoniales del barrio hemos hecho peticiones a la Alcaldía de Barranquilla para solucionar este problema de convivencia que altera nuestra  calidad de vida y hasta la oficina encargada de la defensa medioambiental ha hecho mediciones del ruido con sus funcionarios y han registrado que los decibeles no son los permitidos, pero no han sido capaces de solucionar nada.

En uno de mis tantos fines de semana de rumba tortuosa forzada, mi cama vibraba tanto por el ruido que no podía dormir, así que bajé en la madrugada a hablar con un administrador del bar, en la calle había un retén de policías parando carros para pedir papeles, le dije al agente:

-Por favor ayúdeme no he podido dormir, el ruido es espantoso.  

Quedé atónita con la respuesta cuando me dijo:

-¿Qué espera? Es sábado toda la ciudad está así.

Llegué al establecimiento y le dije al encargado:

-Por favor bájale a la música es horrible no poder dormir, ponte en mi lugar qué te pasaría si después de trabajar duro aquí todas las noches no pudieras llegar a tu casa a descansar, ¿cómo te sentirías?  

El tipo no me entendió, la música siguió alta y no me quedó más remedio que incrustarme unos incómodos tapones de latex en los oídos.

Una noche nos unimos 50 vecinos y con pancarta, cacerola y megáfono en mano subimos la voz para pedir que le bajaran el volumen, pedimos la colaboración de la Policía y el permiso a la Alcaldía para protestar, porque sabíamos que si no lo hacíamos de esa manera, probablemente los multados por el código policial, seríamos nosotros. Hicimos catarsis colectiva, los clientes de los bares nos chiflaban y curiosamente en La Troja se enteraron con antelación de nuestra manifestación y tuvieron la idea de tapar el antejardín con un plástico blanco para que sus clientes no notaran la protesta, simplemente subieron más el volumen para ridiculizarnos un poco más.

Nuestra queja fue registrada en los medios y hasta los funcionarios de turno salieron en defensa de los establecimientos comerciales argumentando que esto es un suelo de uso mixto.  Como si no supiéramos eso.

Mientras tanto nosotros seguimos con el papeleo, con la esperanza de que quienes tienen el poder de hacer respetar las normas por fin entiendan que la única forma de tener en orden  una ciudad es haciendo valer la seguridad, la tranquilidad, el medio ambiente y la salud pública, como bien dice el Código Nacional de Policía.

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