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La limonada ya no es de limón…

A pesar de su delgada y diminuta figura, “Nacho” no pasa desapercibido en aquel “contertuliadero” Caribe. Siempre está rodeado de compradores o de inquietos que se reúnen a su alrededor para mamarle gallo

Luis Oñate Gámez
Luis Oñate Gámez
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17 de Noviembre de 2018

La limonada ya no es de limón…

Por Luis Oñate Gámez.

Son las diez de la mañana de un lunes. En la plaza de mercado de Santa Marta el movimiento comercial ha mermado y el sol está tan candente que le achicharra la cara de los transeúntes. Con su caminar de sandunga y la ponchera de dulces en la cabeza Gabriela atraviesa la calle y se guarece bajo la sombra del alar de uno de los graneros donde también suele posarse José Miguel con su termo de agua de limón.

Sin que Gabriela lo solicitara, José Miguel le extiende un vaso desechable repleto de agua de limón con hielo picado. Ella se toma el líquido de un sorbo y se queda por un rato masticando el hielo, luego le regresa el vaso vacío al vendedor solicitando la ñapa. Recibe medio vaso pero por la cara que pone parece que no le agradó mucho la porción que le despacharon.

-¡Erdaaaa! Nojoda me echaste fue una gotica.

-Mi amor por estos días el limón está escaso y caro. –Respondió José Miguel.

-¿Limón? Ay mijo, mejor de callo. Jajajajaja.

Mostrando la reluciente dentadura blanca que contrastaba con el color de su piel, Gabriela se burló a mandíbula batida de la cara de amargado que puso el vendedor de refresco al escuchar su respuesta. No era para menos, esa afirmación podría alejarle los clientes…

A esa misma hora, en otro punto de la ciudad, con “radio bemba” en pleno furor, el parque de Bolívar es un hervidero. Decenas de pensionados, desocupados, chismosos y transeúntes se arremolina alrededor de las bancas que están bajo el sombrío de los árboles de trébol y almendros.

En una esquina del parque, al lado del Edificio de los Bancos,  está “Nacho”, Ignacio Segundo Urieles, con la cabeza embonada en una inmancable gorra con la que trata de cubrir su calvicie, terminando de picar el hielo para despacharles a tres comensales-clientes que con cara de fruta deshidratada no se atreven a mirar el sol. Sus gargantas suplican el jugo de cítrico para aminorar la resequedad y el impacto que dejó la parranda de la noche anterior.

-¿Quién dijo yo? Aquí está la verdadera, la limonada de limón. –Repite incansablemente “Nacho” con su voz de ventrílocuo. 

A pesar de su delgada y diminuta figura, “Nacho” no pasa desapercibido en aquel “contertuliadero” Caribe. Siempre está rodeado de compradores o de inquietos que se reúnen a su alrededor para mamarle gallo, contar un chiste o compartir el último chisme político de la comarca. Su donosura, popularidad y marca comercial arrastra gente.

Dice Nacho que él no sabe leer ni escribir. Que nunca se ha preocupado por eso, pero a diferencia de “Poncho” Zuleta él además de sumar también aprendió a dividir y restar. De Ciénaga se vino muy niño a Santa Marta con su madre y hermanos y el expendio callejero fue la salvación de la familia.

Inicialmente se inclinaron por la venta de batido de piña: “eso en los primeros años era la sensación y teníamos 3 carritos en la Avenida Campo Serrano, pero nojoda, tú sabes… siempre aparecen los intrusos que se las cagan. Llegaron unos cachacos ofreciendo una imitación y perratearon la vaina; dañaron el producto y las ventas se fueron al suelo”.

De eso hace muchos años. Sus hermanos se dedicaron a otro tipo de negocios y él se trasladó al parque de Bolívar a vender limonada.

-Aquí con mí labia y la mamadera de gallo me tocó hacerme a una clientela. Cuando me coloqué en este sitio recuerdo que el alcalde era Elías George González, un man bacano y buen cliente; casi siempre los lunes a esta hora él llegaba y le regalaba limonada a todo el que estaba en los alrededores, me hacía la venta- Relató “Nacho” en medio de nostalgia y esbozando su imborrable sonrisa desdentada.

Le pregunté que si no era como redundante ofrecer limonada de limón, le dije que eso sería como si Gabriela la vendedora de dulces del mercado vociferara que sus cocadas son de coco. Me respondió con su característico leguaje de “bacanería”:

-Ay marica tú no ves que esos manes que venden en una vitrina transparente un menjurje verdoso con hielo picao diciendo que es limonada no es tal. Esa vaina es una mescla de agua, azúcar y limón en polvo. ¿Cuándo has visto tú que el limón vuelve el agua verde? Yo tengo que marcar la diferencia. Prueba las dos y te darás cuenta.

Comprobé que “Nacho” tenía razón, la diferencia es abismal. La de color verdoso con hielo picado, que en las vitrinas trasparentes se muestra provocativa, era más barata pero no tenía la enjundia, el sabor y la clase de ese fruto cítrico que, con panela o azúcar y por su alcance, desde niño se convirtió en el inmancable acompañante de los almuerzos, los guayabos o las tardes calurosas de los habitantes del Caribe colombiano.

Posdata: este relato lo realice hace más de un año cuando “Nacho” aún era el capo de las ventas de refrescos y el epicentro de la tertulia en el parque de Bolívar. Sin decir adiós, el popular “Nacho” desapareció de ese sitio emblemático de Santa Marta. Quizás no aguantó el huracán de la competencia desleal, es que por momentos hoy en el centro histórico de la capital del Magdalena hay más vendedores de “agua de limón” que compradores.

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