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García Márquez: un señor que en mi casa escrutaba y observaba todo en silencio

Hay Festival 24 de Enero 2018
 
 

Kathy Porto
Kathy Porto
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30 de Enero de 2018

Hay Festival, Aracataca 2018: “Gabo regresa a casa”.

 

Aracataca es la tierra donde nací y nacieron mis padres, Luis Porto García y Catalina Fadul, ella de estirpe libanesa, y ambos amigos de Gabito. ¿Por qué quiero contar esto? Tal vez es lo único que nadie sabe del nobel en el prolífico mundo de anécdotas y momentos de su vida.

Ellos creyeron en él, le celebraron sus ocurrencias sin aún haber conocido la fama, y le compraron todas las enciclopedias que vendía de puerta en puerta, las mismas que me enseñaron sobre los oráculos de Delfos y la Ética de Séneca.

Aracataca también es la tierra de una estirpe soñadora y creadora como la del general José Rosario Durán, hermano de mi abuela paterna, Esthela García de Porto, y amigo íntimo del abuelo de Gabo, el coronel Nicolás Márquez, a quien le donó el terreno donde construiría su hogar.

Desde la casa de mi infancia, que aún existe con su legendario árbol de caimito, Rafael Escalona, Gabito, Álvaro Cepeda, celebraron el primer Festival Vallenato de Colombia, que tomaría auge y forma como Festival de la Leyenda Vallenata en Valledupar.

García Márquez frecuentaba mi casa con regularidad. Tengo un collage de recuerdos. Hay un hilo conductor que nos acerca, además de la amistad de su familia con la mía: Rafael Escalona, primo hermano de mi abuela paterna, y Europa donde nos reencontraríamos más tarde; él como un escritor reconocido ya residenciado en Barcelona, y yo en Madrid como estudiante de filosofía y literatura en la Universidad Complutense.

Estaba recién llegada a Madrid y, como el Coronel Aureliano Buendía, esperaba mi giro. Tenía 16 años, y fui a recogerlo al Palacio de Correos de Madrid en el Paseo de la Castellana. Al salir, una gitana me robó el dinero de todo un mes. Llamé a mi padre, éste a Gabo a Barcelona y al instante tuve mi dinero multiplicado. Luego en Londres descubrí a Virginia Woolf. Quedé encantada con el personaje de Septimus, de su novela La Señora Dalloway. En unas vacaciones leí una columna ‘La Jirafa’, que Gabito publicaba en El Heraldo de Barranquilla con el seudónimo de Séptimus. ¡Vaya coincidencia!

Yo viví en Aracataca hasta los diez años. Disfruté su río y su gente memoriosa y digna, en compañía de mi amigo de infancia el filólogo y editor Alfredo Marcos María, quien también posee anécdotas inéditas sobre este inigualable creador del Caribe colombiano.

Siempre le hui a Gabito desde mi infancia. Su mirada escrutadora me aterrorizaba. En una ocasión, en el aeropuerto de París, en una sala VIP muy sola, quedamos frente a frente. Él estaba con Mercedes leyendo un diario, y yo con la hija de un embajador latinoamericano. Él me miraba y miraba con esa perturbadora mirada de mi infancia y yo agachaba la cabeza. Le decía al oído algo a Mercedes. Pero no me atreví a saludarlo. Él tampoco. Nunca formé parte de quienes se acercaron. Tal vez por timidez o por mis recuerdos de infancia sobre un señor que se alojaba en mi casa y escrutaba y observaba todo en silencio.

Esta extraña conexión más allá de las circunstancias familiares, se repitió más tarde a mi retorno de Europa. En un recital de poesía, a los que casi no asisto, coincidí con la poetisa barranquillera, de estirpe libanesa como yo, Olga Chams Eljach, “Meira Delmar”. Meira fue mi gran amiga, y en nuestra larga amistad me confesó que fue ella la primera persona que acogió a Gabito en su casa al llegar a Barranquilla. Luego, al quedar Meira ciega, le puso un lector pagado por él: el escritor Diego Marín Contreras, fallecido recientemente.

Este Caribe seguirá creando y dando seres tocados de luz, belleza, alegría, talento, sinceridad y verdad. Esa que tanta falta nos hace para progresar como nación y llevar la cultura en barcas que jamás se hundan. Pero, como Gabriel, el hijo del telegrafista de Aracataca, y su vida signada por los astros cuando todo era obscuro, difícil, y escaseaba el pan mas no los tesoros del Alma, dudo que aparezca otro igual o que lo supere.