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Eso es acoso, don Antonio

Una cosa es considerar al Ministro, al productor o al multimillonario a quienes hace referencia como unos pobres torpes “incapaces” de conseguir un “polvo” de buenas maneras, y otra es entender que son unos acosadores sexuales porque aprovechan de sus posiciones de poder para abusar de personas subordinadas a ellos, en la mayoría de los casos mujeres.

Jair Vega Casanova
Jair Vega Casanova
Profesor - Investigador
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18 de Diciembre de 2017

Me llamó mucho la atención que don Antonio Caballero –columnista a quien admiro, leo y respeto casi desde mi infancia- se despachara senda en la Revista Semana, para minimizar muchos actos cotidianos de acoso sexual, a los que asume tan solo como acciones de mal gusto, mala educación, impertinencias o simplemente como comportamientos vulgares, los cuales justifica diciendo que no considera que sean tan graves como lo son las violaciones.

Los actos que él señala incluyen que el Ministro le coja la rodilla a su secretaria por debajo de la mesa, que un productor le exija a una actriz que ha contratado que le haga un masaje o que un multimillonario intente besar a la fuerza a una reina de belleza de cuyos derechos contractuales es propietario, insinuando inclusive que condenarlos como acoso sexual podría a su vez condenar a la desaparición de todas las relaciones amorosas y sexuales entre los varios sexos.

Para muchos podrían considerarse razonables los argumentos de don Antonio pues es obvio que una cosa es un manoseo y no en todo caso llega a ser tan atroz como lo es una violación. Sin embargo, su lógica argumentativa no incluye dos sutiles asuntos que en realidad son los más importantes. El primero es el consentimiento de la acción por parte de la mujer y el segundo, es la posición de poder que existe entre quien ejecuta la acción “amorosa” y quien es “objeto” de ella.

En relación con el consentimiento de la mujer sobre las decisiones sobre su cuerpo, habría mucha tela por cortar, comenzando desde algunas culturas ancestrales hasta nuestros días en las cuales las mujeres han podido ser compradas con prebendas económicas. En muchas ocasiones han tenido que aceptar matrimonios arreglados u obligados por no ser sujetas de propiedad, les han cercenado sus genitales para que no puedan tener placer sexual, o para no ir más lejos, en el día a día, en cualquier sitio, no solo de Colombia sino de muchos otros países del mundo, incluyendo sus lugares de trabajo, los hombres, sin ningún tipo de consentimiento por parte de ellas, se dedican a lanzarles juicios sobre su cuerpo, su vestido o su forma de caminar.

De hecho, en sociedades más modernas, en las cuáles se supone que la mujer es dueña de su consentimiento, culturalmente se asume aún que su rol es más de “disponer” que de “proponer”. Ellos quienes son los “activos” y los “necesitados”, son los oferentes; mientras ellas, “objetos del deseo” son las que deciden si aceptan o no la proposición. Sin embargo, ese tal consentimiento por parte de ellas se diluye cuando se asimila que “cuando ellas dicen no, están diciendo que sí” porque se asume que aunque quisieran, no serían capaces de aceptarlo, razón por la cual entonces hay que “ayudarles” con un poco de fuerza para que puedan acceder.

Todos estos discursos son los que justifican las violaciones que sí le parecen graves. Discursos que justifican este tipo de actos abusivos que la sociedad normaliza, tal como lo intenta hacer don Antonio en su columna, asumiendo que en este tipo de “cortejo”, se vale el uso de la fuerza del poder de la jerarquía en el trabajo, el poder económico, e inclusive, para muchos otros, el uso de alguna sustancia para reducir la voluntad de una mujer, así como lo pregonan algunos locutores de programas en medios de comunicación, que alientan a los hombres a usar algún licor para embriagarlas y hacerlas más accesibles. Todo esto hace que ante cualquier acusación, finalmente en los tribunales aún quepan los argumentos de que si ella estaba tomada era porque quería, si no se movía era porque quería, si no oponía resistencia física, era porque quería, si se había vestido de determinada manera era porque quería, y finalmente, si luchaba, peleaba y arañaba era porque le gustaba con intensidad.

Lo otro, son las posiciones de poder. Cuando se trata de la seducción y el amor, tema que don Antonio trae a colación en su columna, las relaciones equitativas son importantes. Una cosa es considerar al Ministro, al productor o al multimillonario a quienes hace referencia como unos pobres torpes “incapaces” de conseguir un “polvo” de buenas maneras, y otra es entender que son unos acosadores sexuales porque recurrentemente aprovechan de sus posiciones de poder para abusar de personas subordinadas a ellos, en la mayoría de los casos mujeres, aunque también lo hayan hecho con hombres.

En el mismo sentido, una cosa es pensar que la secretaria del Ministro, la actriz del productor o la modelo del multimillonario son simplemente unas “incapaces” de decir como “no darlo” y la otra es entender lo que significa la forma cómo el ejercicio del poder atraviesa los cuerpos, que muy bien nos explicó Foucault. No sé si don Antonio habrá visto cómo cambia la postura de ese obrero grandulón que es el líder y el brabucón durante el partido de fútbol en la cancha, pero luego se inmoviliza, balbucea y su cuerpo parece reducirse con la mirada de su jefe. Pierre Bourdieu dedicó una cuantas líneas a mostrar cómo a nivel simbólico en la cultura se naturaliza la dominación masculina en general en la sociedad, comenzando con el pudor que les exigimos a las mujeres desde la manera de sentarse hasta la forma como se visten, para no exacerbar el morbo masculino, hasta legitimar el dominio de los hombres en la vida cotidiana sobre los cuerpos y las decisiones de las mujeres.

No, yo no comparto con don Antonio la idea que todas esas mujeres simplemente al creer a esos hombres ricos y famosos se hayan dejado agarrar el “coño”, sin negar el que algunas pudieran haberlo hecho y sin negar también que eso sería un buen tema de otra discusión. Tampoco comparto que la destitución de un presidente por acoso sexual sea menos importante que el hacerlo por un asunto como un genocidio. Es más, ese reduccionismo de la importancia de los temas cotidianos como asunto de Estado es el que nos hace desconectar la vida cotidiana de la política. Precisamente, en este mismo sentido, comparto con don Antonio el hecho de que a un presidente como al que hace referencia lo eligieron por grosero y matón, pero también, en la misma lógica, a muchos como él los han elegido por genocidas.

No creo que alguien como don Antonio considere normal que a un periodista en ascenso en su carrera, cada vez que tenga la oportunidad, el director del medio, aprovechando su postura de poder le pida que vaya a hacerle la limpieza de su casa. Con seguridad le parecerá denigrante y lo considerará un acoso laboral. Pues bueno, de la misma manera es denigrante cuando a una secretaria, una actriz o una modelo, contratadas para labores administrativas, artísticas o publicitarias, todos estos hombres famosos y multimillonarios, aprovechando su postura de poder, cada que tienen la oportunidad, les piden que les ofrezcan su cuerpo para su satisfacción sexual. Esto es abuso y se llama acoso sexual.

Tal vez por esos hábitus de clase con los que crece una persona, no se entera o  a veces se le olvida lo que significa socialmente tener uno u otro apellido, haber estudiado en uno u otro colegio, provenir de una familia de una u otra condición económica o extracción social, gustar de determinados productos culturales llamados de élite o no. Es importante recordar que cada una de esas cosas, así como sucede con el sexo, van a incidir tanto en la forma como somos tratados socialmente, así como en la forma de naturalizar la manera en que vemos que somos tratados nosotros o las demás personas, incluyendo prácticas de acoso o maltrato.

Alguien podría juzgar como equitativo -y perdonará don Antonio si llega a leer esta columna, mi ignorancia sobre el asunto-, el enfrentamiento entre el torero y el toro en una plaza. Sin embargo, existe gran diferencia por el tipo de arma y el entrenamiento que tiene el torero. De hecho, el primero siempre sabe a qué va y cómo lidiar el asunto, por voluntad propia y asumiendo que tiene las ventajas que le dan poder y control; mientras tanto, el segundo va porque le toca y porque lo arrojan al ruedo. Aún a sabiendas de que el torero generalmente gana, de que las circunstancias son completamente inequitativas, muchos encuentran en esta lidia un acto casi erótico y de cortejo. Al salir de la corrida, no habrá para ellos ningún problema con este disfrute épico, finalmente el toro es un animal.