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El Zamba, héroe de barrio

Este es el Zamba, un arquero que tras 60 años de jugador no se da por vencido y revive en sus historias a los héroes de los equipos de los barrios del sur de Barranquilla.

Libardo Barros
Libardo Barros
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29 de Junio de 2018

Algún día vas a andar contando por ahí que le hiciste un gol al Gato Díaz, pero nadie te lo va a creer.
O. Soriano

Cuando el Zamba cuenta alguna de sus historias parece que nunca fuera a terminar. Tiene un montón en su cabeza porque fue portero de muchos equipos de fútbol de los barrios del sur de Barranquilla.

A la mínima alusión a un hecho calla un rato y luego lo describe con elocuencia, mientras se va convirtiendo en protagonista de lo que narra. En sus monólogos siempre hay una encarnizada disputa por la posesión del balón frente a oponentes mañosos y experimentados.

Ese que viene con el balón a enfrentarme no trae buenas intenciones. Mejor dicho, todo delantero es mi enemigo. Si lo dejo acercar demasiado no soy nadie. Él desea llegar a la raya y meterse con el balón, si fuera necesario. El público todas las veces piensa que el gol se lo hacen a uno, no al equipo; entonces, si eso pasa, no tendría ojos para mirar a nadie a la cara. Lo que me sobreviene en el cuerpo no te lo puedo decir. Quisiera que algo me desapareciera. La vergüenza es mayor si ese día en la tribuna están tus vecinos, tu familia; o peor aun, una posible novia.

EL Zamba en trance de narración en la tienda El Rancking, frente a la cancha de La Magdalena

El fútbol en los barrios se asume como una batalla que solo pueden librar los integrantes de un equipo conformado por los más habilidosos chicos del sector.

La gente de los barrios sabe que vive con casi todo en contra. Todo cuesta más porque casi nunca se tiene con qué: la comida, los estudios, el pago de los servicios. En medio del tráfago cotidiano las iniciativas personales tienen poca resonancia porque no hay tiempo ni lugar para otra cosa diferente del rebusque, de la supervivencia. Hay cabida para la diversión y la alegría, pero estas se viven como si fueran treguas, instantes tras los cuales se volverá a la misma lucha de siempre.

Y si existe el juego del fútbol, a través de él también se pone en escena lo que se les puede llegar a ocurrir en un escenario distinto.

Los poseedores de un cuerpo capaz de moverse con gracia lo exhiben en el baile o en cualquier deporte. El fútbol, el más practicado, le da a cada uno su lugar en el barrio. Durante un partido los jugadores son más importantes que cualquier héroe conocido, porque a ellos no solo se les puede ver, se les puede hablar, sino que se les puede emular.

Incluso, los más chicos tienen la certeza de que a estos ídolos cercanos también se les puede superar, cosa que no pasaría jamás con ningún superhéroe. Por ese motivo, se es tan aguerrido en la competición, se tiene sed por luchar y vencer.

Por lo tanto, un chico de barrio quiere salir del anonimato del hogar y lograr una hazaña cualquier fin de semana, ya sea marcándole un gol a un rival o defendiéndose de sus acometidas. Aunque suceda en la cancha más desconocida del mundo, tener la certeza de que eso fue posible ayuda a quienes lo logran a dejar de ser ignorados y elevar su autoestima. Y los demás le darán la bienvenida como a un nuevo guerrero de la tribu.

Desde la primera vez que Orlando José Ayala Barraza, el Zamba, tuvo un balón de fútbol en sus manos supo que esa redondez casi perfecta le sugería algo que debía tratar de interpretar. Nació en la calle Consolación, Zona Negra de Barranquilla en 1938, y vivió la niñez con su abuela hasta que cursó cuarto de primaria en una escuela nocturna. A los 15 años cruzó el río Magdalena, por el extremo cercano al barrio donde nació, y trabajó en una ladrillera de Sitio Nuevo. Las agotadoras faenas le encallecieron las manos y endurecieron el cuerpo; apenas cumplió los 18 años regresó a Barranquilla. Aquí el fútbol se tomó su vida como una pasión incontrolable.

En el instante que comienza una jugada de riesgo ya sé que voy a tener que vérmelas con el delantero, cara a cara. Él se da cuenta enseguida que el asunto es contra mí. Si le impido seguir y le quito el balón, no pasará nada porque todos creen que tengo la ventaja, pero no siempre es así. Hay ocasiones en que me sale un delantero que no se come ningún engaño. Tipos decididos, “malacarosos”, que vienen con todo. Después de la catástrofe solo me queda meter la cabeza en el suelo para no ver a nadie. Debo recuperarme de inmediato porque si no nos llenan. Y eso lo tengo claro, ya que en casi 60 años de arquero no me hicieron más de seis goles en un partido, puede preguntarle a quién quiera por aquí.


Entrenándose con chicos del Barrio

En estos comienzos de junio de 2018 desde las primeras horas del día un calor abrazador se toma la ciudad. Por ello, algunas maestras de escuelas primarias han acordado con sus colegas, a través de las redes sociales, no recibir más a los niños con la canción “Sol, solecito, caliéntame un poquito.”

Ahora, en la tienda La Deportiva, esquina de la carrera 7C con calle 38B, frente a la cancha de fútbol de La Magdalena, en medio de varios amigos, al Zamba le es más fácil recordar cómo se jugaba desde 1960 hasta su retiro a finales de los 90, ya que a partir de entonces se produjeron cambios importantes en el fútbol de los barrios debido a su masiva mercantilización.

Llegaron los primeros compradores de jugadores y muchos padres imaginaron a sus hijos jugando en equipos del exterior. Desde que se impuso ese interés mercantilista, ya no se juega solo por jugar, concluye Joaco Guzmán, uno de los centrales más exquisitos que pisara esta cancha.

En la conversación con el Zamba los hombres recuerdan a equipos ya desaparecidos de la categoría más reconocida, la Comercial, entre ellos: El Juca, Aerocóndor, El Cosmos, Distral, La Manito, Arriendos la Bolsa, La Ponal, El Dínamo, entre muchos otros. Y gozan de alto aprecio jugadores sobresalientes por su calidad y dominio del balón, como Balsita, Norberto Ballestas (Huesito) y Jorge de la Cruz (Manía) o por la manera de defender su arco, como “el Gato” Camacho, y muchos que se han muerto.

Están de acuerdo en que el buen jugador emociona la vista porque sus movimientos son exquisitos. Frente a él los demás lucen torpes porque tiene más gracia en el cuerpo. Da gusto verlo cuando avanza con el balón, cuando lo pisa, hace una gambeta o pone un pase al vacío.

El buen jugador siempre está en el lugar preciso porque es un agrimensor del campo de juego. Como está tocado por algo innato en él, no se le explican tanto las cosas porque se enreda. Solo hay que soltarlo, y él resolverá con los demás aquello que surja; y sino resulta, se lo inventará. A fin de cuentas, estos jugadores son como danzarines que conocen los tiempos, los ritmos del juego, saben en qué momento deben salir o entrar a danzar.

Esta tarde, el Zamba, al igual que los demás, vino a ver los partidos de la fecha programados por la Liga de Fútbol del Atlántico. Luce su pinta dominguera: pantalón corto, rojo y estampado con pequeños veleros de colores, una camiseta del Junior de Barranquilla, zapatos azules, imitación de una prestigiosa marca, una gorra negra y su aceitada bicicleta en la que va y viene a todas partes.

Mide 1.70, que no es la estatura óptima para un arquero actual, pero que para su época no estaba mal. Habla pausado y cuenta sus historias en presente, como si aún estuviera activo. Siempre como protagonista principal de todos los hechos que cuenta.

Don Salvador Vázquez me dice con voz apagada que jugó con el Zamba, que fueron campeones varias veces en el Dínamo. No le interesa evaluar si era bueno o malo. Afirma que era un arquero valiente, tal vez el único que se le lanzaba a los pies hasta al delantero más marrullero. Y, señalando, me cuenta que al señor del bastón, el de la camisa de rallas, era uno a los que se lo hacía a cada rato. Uno solo se atrevió a decir que el Zamba fue un bocazas, un arquero más que no llegó a jugar sino en equipos de barrio y de los que se regalaban para ir a jugar a los pueblos. Eso también tiene su mérito, porque si él no hubiera estado, ¿entonces a quién hubieran puesto?, aclaró con firmeza una voz anónima.

A mí siempre me gustó ver cazar a los tigres, las panteras y los leones. De los gatos aprendí a fijar la mirada en la presa; o sea, para mí el balón era un ratón al que no le quitaba la mirada durante todo el partido. Mi objetivo era cogerlo y dárselo enseguida a uno de mi equipo. Para eso, el portero no puede ser miedoso y debe aprender a jugar con los pies para salir jugando con la pelota, así como hacía Higuita. Aunque también me gustaba el estilo de “el Caimán” Sánchez, Calixto Avena, Heriberto Solís, y todos los argentinos, Amadeo Carrizo, Juan Carlos Delménico, por aquí gustó mucho el estilo de los buenos porteros argentinos.

Desde que me decidí por el arco practicaba todos los días en mi casa con una bolita de caucho que rebotaba contra la pared. Todas las técnicas se pueden aprender, pero la viveza no, uno viene con ella. La agilidad se desarrolla con el ejercicio, también a “dormir” el balón con una sola mano, abrir los codos y sacar la rodilla para que el delantero te coja miedo.

Yo empecé jugando bola de trapo en el barrio Las Nieves. Un día cualquiera un amigo me invitó a practicar fútbol en la cancha Once de Noviembre. Me pusieron de marcador y casi mato a patadas al nueve del equipo contrario. Hasta que me dieron el arco, y ahí sí, porque yo no era miedoso. Gracias al arco me di a conocer. Hacía unas jugadas que llamaban la atención y la gente de la tribuna me aplaudía en las canchas donde jugué, incluyendo la del Estadio Moderno.

Una vez me llamaron a la selección Atlántico, pero no me presenté, se me olvidó ir. Aunque fue más bien porque lo mío era aquí en los barrios y los pueblos. A muchos les pasó lo mismo porque no tenían cómo movilizarse, ni para las comidas. En esa época todo era voluntario, porque a uno le gustaba, ya que los equipos eran pobres, solo nos daban los uniformes, cada uno tenía que comprar los guayos.

Antes de cada partido me persignaba y al final me arrodillaba en mitad de la cancha para darles gracias a la Virgen del Carmen y a Dios, sin importar que ganara o perdiera, aunque yo siempre iba dispuesto a ganar. En un tiempo me puse a practicar boxeo porque me daban muchos golpes y me tocó aprender a dar yo también para ablandar al rival. A mí me dijo un entrenador que el delantero era mi enemigo, entonces no me quedaba otra que dar primero para asegurarme que nadie me iba a salir con cuentos.


De arquero en el Dínamo, tricampeón en la década de 1970

En casi todos los barrios del sur de la ciudad el ruido y la rutina son rasgos distintivos del entorno. Todo parece orquestado para que la mayoría viva signada por el fracaso, cuya única forma de sobreponerse a tal condición es mediante una proeza deportiva, un golpe de suerte o el enriquecimiento rápido sin importar de qué manera.

Pero ahí no termina todo. Algunos sospechan que hay algo escondido detrás de esos hábitos colectivos y son capaces de iniciar una búsqueda que emerge del dolor y las carencias. De un deseo inconsciente por llenar ese vacío del que son portadores solo quienes han crecido en la necesidad y las privaciones. Los apuros cotidianos despiertan en estas personas un empeño frente a la vida que los mantiene ocupados en tareas que con el paso del tiempo darán frutos inesperados.

Por esa razón, en estos barrios nacen excelentes estudiantes y profesionales competentes, buenos maestros, artistas y personas con altos valores que los vinculan con la esencia de la vida. ¿Dónde, si no aquí, pudiera ejemplarizarse mejor la sublime parábola de la flor de loto, esa que hunde sus raíces en el barro?