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La banalidad de la cultura ciudadana

Gran discusión ha generado por estos días tanto la adhesión de Antanas Mockus a la campaña de Enrique Peñalosa a la Alcaldía de Bogotá, cómo la manifestación de apoyo a Rafael Pardo de los que son considerados como los técnicos más cercanos del Mockusianismo, si cabe el término.

Carlos Córdoba
Carlos Córdoba
Consultor en Desarrollo Regional Urbano y procesos de Participación Ciudadana
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20 de Octubre de 2015

Gran discusión ha generado por estos días tanto la adhesión de Antanas Mockus a la campaña de Enrique Peñalosa a la Alcaldía de Bogotá, cómo la manifestación de apoyo a Rafael Pardo de los que son considerados como los técnicos más cercanos del Mockusianismo, si cabe el término. Cada quien está en libertad de seguir, apoyar, adherir a quién mejor le parezca, de eso se trata en cierta forma la política. Lo que no deja de ser un poco estrambótico es la ingenuidad mezclada con narcisismo con la que se ha llevado esta discusión. La discusión se ha reducido a una pelea casi infantil, con el perdón de los niños, sobre quién es el verdadero vocero y quién o quiénes pueden encarnar de mejor forma la llamada cultura ciudadana.

Sin duda la primera Administración de Antanas Mockus marcó una inflexión en la forma de concebir la ciudad. Su estilo de gobierno, su propuesta de contenido, su pedagogía generó grandes transformaciones que han sido ampliamente estudiadas y documentadas. Antanas fue un fenómeno político irrepetible, y hago énfasis en eso para adelantar un poco la conclusión. La cultura ciudadana terminó siendo la careta con la cual se proclamaron muchas de sus transformaciones y políticas públicas, sirvió de liquido amniótico, de conductor de un gran número de transformaciones que dejaron atónitos a la mayoría de los bogotanos y a la totalidad de los políticos tradicionales. Es sorprendente el eco que generó este ‘modelo’ de gobierno y lo mucho que se ha documentado, tal vez solo es comparable con lo poco que se ha indagado sobre sus orígenes políticos.

Con bastante ligereza tanto críticos como defensores de la llamada cultura ciudadana parten de ella como si fuera una sustancia, un ser en si que generó las transformaciones de la ciudad y que se encarnaba en un individuo que promulgaba lo cívico contra lo cínico, el todos ponen o la cultura tributaria. Muy acorde con nuestra mente procolonialista necesitábamos un civilizado que nos salvara de seguir siendo barbaros en la ciudad, es así como se venden las transformaciones de aquella época. Es por esto que no deja de ser apasionante la discusión sobre ¿quién es el elegido?, ¿cuál será capaz de repetir el milagro?

Considero que no se le puede restar un ápice de protagonismo y autoría a Mockus por los cambios que se dieron en Bogotá en aquél entonces; pero mi hipótesis es que la transformación sustancial que se dio en ese momento fue mucho más de la Política, donde la cultura ciudadana viene a ser un mero instrumento de expresión y materialización, apenas una consecuencia de la efímera transformación política del momento, pero para nada su causa.

En efecto, el fenómeno que se presentó en su momento puede ser leído como una emergencia de la Política en sentido aristotélico y quizá incluso una partición de lo sensible en el sentido que lo expresa Jacques Rancière, veamos. Lo que realmente fue la potencia del primer gobierno de Mockus fue una afrenta a la politiquería, la corrupción y la ineficiencia, una recuperación de la política como el bien superior arrebatándosela de las manos a los transadores de la misma, es decir, concejales, ediles, congresistas e incluso gobierno nacional.

Lo realmente innovador de ese gobierno no fue la cultura ciudadana, fue una ruptura con la politiquería, fue la instauración de la Política en el más amplio sentido del término. Por otro lado, ese acto de recuperación de la Política, de no transar, no negociar con los corruptos, pone de presente el litigio entre los que tradicionalmente habían ejercicio el mando en la ciudad, es decir los políticos profesionales y los que no, es decir los ciudadanos. Esa partición se hace evidente para los habitantes de Bogotá y es por esto que el llamado a las técnicas de la cultura ciudadana tiene una gigantesca respuesta en la gente.

Por primera vez existía la sensación de que las personas podrían jugar un papel en la ciudad, un papel político así no se hiciera un ejercicio de racionalidad del mismo. Y es esta doble disposición: el poner el bien superior rompiendo con los mal llamados políticos y hacer evidente el litigio entre los representados y sus supuestos representantes, la que permite que el dispositivo de la cultura ciudadana sea la herramienta perfecta para generar esa dinamys y lograr así una activación política desde la ciudadanía.

Para cerrar tres conclusiones. Primero, ninguno de las candidatos encarna el supuesto legado de la cultura ciudadana ya que este no existe, la cultura ciudadana es un dispositivo banal si no tiene como correlato y activador una transformación de la Política.

Segundo, antes de seguir discutiendo por esa banalidad, se echan de menos los análisis y las exigencias sobre si alguno de los candidatos esta dispuesto a las rupturas y los litigios que fueron condición para que el dispositivo de cultura ciudadana apareciera como correlato de la Política; yo de entrada creo que ninguno tiene esa capacidad, todos, incluyendo al ungido, son parte orgánica de aquello que habría que romper.

En tercer lugar, es posible que los guiños sumen o resten votos, pero al final en Bogotá hace rato que perdimos el milagro de hacer una verdadera Política, es decir, antes de que cualquiera gane el domingo, ya perdimos todos.