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Por Laura Ardila Arrieta | Juan Pablo Pérez B. · 30 de Enero de 2018

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Tras el lamentable atentado del ELN contra un CAI, que el pasado sábado dejó cinco policías muertos, Barranquilla vive, en general, su cotidianidad de manera tranquila. Incluso en lo referido a los Carnavales, que oficialmente comienzan en diez días, pero siempre se empiezan a celebrar desde enero. El día del ataque, por ejemplo, por disposición de un comité de seguridad, no fue cancelada una rueda de cumbia que se había programado con anterioridad.

Por redes, ciudadanos y las autoridades del Distrito y del país, como el alcalde Álex Char y el presidente Juan Manuel Santos, mueven la etiqueta #NoNosVamosADejar con mensajes de rechazo al terrorismo.

Char ha asegurado que su Administración está en capacidad de garantizar la tranquilidad a todos los ciudadanos en los eventos y actividades que se vienen en los próximos días.

Pero, pese al intento colectivo por seguir adelante, es imposible no notar que la ciudad arrancó la semana con 800 policías más en sus calles, miembros del Ejército patrullando y estrictos controles, particularmente visibles, en las salidas.

En algunos edificios de apartamentos y oficinas, aumentó la rigurosidad en la revisión de los carros y en el centro comercial más grande (el Buenavista) los vigilantes ayer hacían pesquisas hasta en las guanteras, cuando normalmente nunca examinan los vehículos.

En este escenario, también por redes, han comenzado a aparecer comentarios que ponen sobre el tapete el tema de la seguridad en La Arenosa.

 

 

 

En el análisis que escribió, para la red de líderes de La Silla Caribe el día de los hechos, el investigador de la Universidad del Norte, Luis Fernando Trejos, había anticipado justamente que el ataque a la Fuerza Pública en Barranquilla le abriría inevitablemente las puertas a ese debate, al que -en su concepto- las autoridades locales venían sacándole el cuerpo.

Desde hace al menos 20 años en La Arenosa ha habido algún tipo de presencia de estructuras criminales organizadas.

Así, según Trejos, han operado en sus tierras el frente José Pablo Díaz de las AUC, el Frente Urbano Kaleb Gómez Padrón del ELN, la red Urbana José Antequera de las antiguas Farc, ha tenido sede Jorge 40 y, actualmente, hay subestructuras urbanas de las Bacrim.

Las Farc, por ejemplo, de acuerdo a lo que revelaron los restos del computador del guerrillero ‘Raul Reyes’, fueron responsables de dos atentados contra el entonces candidato a la Presidencia Álvaro Uribe Vélez.

El primero fue en 2001 cuando, después de que Uribe pasara por la vía de la Cordialidad en una caravana, estalló un burro bomba que dejó un muerto y tres personas heridas. Seis meses después, también en una caravana política, estalló a pocos metros de donde se encontraba el entonces candidato otra bomba que esta vez dejó a cuatro personas muertas y a otras 15 heridas.

Mientras los paramilitares usaron Barranquilla por la renta que les daban las extorsiones y el clorhidrato de cocaína que podían exportar por el puerto, para las guerrillas (tanto las Farc como el ELN) era un sitio en donde podían fortalecer sus bases sociales por medio de sindicatos, universidades y juntas de acción comunal.

Por eso, muchas de estas organizaciones sociales fueron víctimas de los paramilitares. Para el 2004, de acuerdo a un informe de Verdad Abierta, 107 personas -entre las que se encontraban sindicalistas, estudiantes, profesores y defensores de los derechos humanos- fueron amenazados por los paramilitares. Cuarenta de ellos tuvieron que abandonar la región y seis fueron asesinados.

 

Tras la desmovilización de las AUC en el 2006, con el emerger de las nuevas bandas criminales, la ciudad se fue acoplando a esta nueva dinámica de conflicto en donde las pequeñas bandas de microtráfico locales les prestan sus servicios a las grandes estructuras nacionales, como lo contamos en La Silla Vacía.

A pesar de ello, en la ciudad se ha vuelto un lugar común pensar que el conflicto tuvo que ver más con el resto del Caribe y casi nada con su ciudad más grande.

“Tradicionalmente ha habido un consenso de que Barranquilla y el Atlántico han sido un remanso de paz en medio del conflicto que se vivió en el Caribe”, agrega Trejos.

Aunque, si bien no ha sido un remanso, también es cierto que allí el conflicto nunca se vivió con confrontaciones armadas, como lo recuerda el economista y columnista Jairo Parada: “En Barranquilla y Soledad, el paramilitarismo no se movió en grandes combates, sino que lo hizo por medio de homicidios selectivos”.

Para no ir más lejos, la ciudad vivió, hace exactamente un año, el mes de enero con las cifras de homicidios más altas de los últimos 10 años, como lo detallamos en La Silla Caribe (Aunque otros indicadores, como el robo a personas han registrado bajas, según la Alcaldía y la Policía Metropolitana).

Ya el 2015 había cerrado como el año más violento del último lustro, con 420 asesinatos, una cifra que no se veía en La Arenosa desde principios de los 2000, cuando se desmovilizaron los hombres del paramilitar ‘Don Antonio’ que tenían de sede Barranquilla.

Además de eso, desde 2013 se vienen registrando esporádicamente casos de cuerpos desmembrados en los extramuros de la ciudad, como también lo contamos.

Ambos asuntos tienen que ver según los entendidos con una posible guerra de bandas por el territorio.

Lo particular es que han pasado de agache en términos generales para la prensa nacional y de ellos poco se habla a nivel local.

Evidencia de ello es lo que, de manera informal, nos comentó al respecto un alto funcionario de la Alcaldía, que prefirió que se omitiera su nombre: “La historia del ELN en Barranquilla para nosotros comienza con esto, para nosotros todos los planes en materia de seguridad estaban dirigidos a atender el raponazo y los homicidios, pero pensando en la delincuencia común”.

Para esta historia intentamos hablar oficialmente con alguien de la Administración, pero no fue posible.

Respecto al tema de los homicidios, justamente la hipótesis que había manejado la Policía hasta el momento es que todo lo que sucedía en Barranquilla era producto de la delincuencia común y que los picos que se presentaban tenían que ver con reincidentes que salen de prisión para volver a delinquir.

Lo cierto es que este atentado del ELN es un punto de quiebre en el discurso que las autoridades barranquilleras habían sostenido sobre la inseguridad en la ciudad, pues ya hay otros elementos a considerar antes de afirmar que las oleadas de violencia de la ciudad son sólo producto de la delincuencia común.

Al respecto, la Directora del programa Barranquilla Cómo Vamos, Rocío Mendoza, sugiere replantear la política de seguridad con la que se ha venido trabajando hasta el momento, es decir, incluir en el discurso oficial el tratamiento a estructuras más complejas.

El analista Parada concluye diciendo que “el atentado del ELN nos pone a los barranquilleros el conflicto armado de frente”. Y aunque eso no necesariamente es así, sí complejiza mucho más el panorama de lo que sucede en la ciudad.

CONTEXTO

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