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Por Julián Huertas · 02 de Abril de 2018

Adolfo Atehortúa, Rector de la Pedagógica. Fotos de Adelaida Ávila

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Ha pasado casi un mes desde la más reciente protesta violenta en la Universidad Pedagógica y su Rector, Adolfo León Atehortúa, dice que aún no es claro qué la motivó. Eso a pesar de que fue una manifestación muy mediática porque las cámaras de los medios captaron a un encapuchado con lo que parecía ser una bazuca hechiza, porque una explosión dentro del campus dejó cinco heridos, tan solo uno de los cuales era estudiantes, y porque a raíz de eso el alcalde Enrique Peñalosa advirtió que ante un nuevo hecho de esos ordenaría la incursión de la Policía en las instalaciones, algo que Atehortúa rechazó de tajo.

En esta entrevista, sin embargo, Atehortúa explica por qué considera que a pesar de ese caso la Universidad vive un proceso de pacificación y cómo ha intentado acercarse a los encapuchados para llegar a acuerdos con ellos, aunque reconoce dificultades.

La Silla Cachaca: ¿Qué pasó el 6 de marzo?

Adolfo Atehortúa: Hubo un enfrentamiento en las instalaciones entre personas con el rostro cubierto y el Esmad. A juzgar por el informe que tenemos del CTI, estuvo involucrada una buena cantidad de personas extrañas en la Universidad. Pero independientemente de eso, conocimos la postura del estudiantado y tuvimos oportunidad de reconocerla el 15 de marzo con una actividad que adelantamos rechazando la presencia de la violencia en el campus.

La Cachaca: ¿Ustedes qué reclaman?

A.A: Lo primero, que la Universidad no fue tratada como víctima porque no fue la que propició ese enfrentamiento. Y segundo, que teniendo muchas más noticias sobre su quehacer misional se le dé más cabida a esta noticia o a las opiniones de que la institución debe abandonar el campus de la 72, o a que supuestamente las directivas están comprometidas con esas protestas por el hecho de que se hagan aquí.

La Cachaca: ¿Pero usted ha podido hacer algo para contener la violencia dentro de la Pedagógica?

A.A: Cuando entré a la Universidad como Rector en el 2014 teníamos entre 12 y 14 disturbios por semestre. Llamamos al diálogo a los grupos que habían decidido cubrirse el rostro para agenciar reivindicaciones del movimiento estudiantil. El 29 de octubre de ese año nos reunimos con 19 grupos conformados por estudiantes. Hoy la situación es distinta, no sólo porque hay menos grupos sino porque ha habido muchos avances en convivencia y en el 2016 tuvimos un disturbio en el segundo semestre; el primer semestre de 2017 hubo dos, que estuvieron ligados al paro de Fecode; y en el segundo, otros dos. Entonces, se ven las acciones de hace un mes como si hubiera un incremento, cuando vemos todo lo contrario.

La Cachaca: ¿Qué pedían esos grupos?

A.A: Lo primero era que se cubrían el rostro porque no podían expresar abiertamente lo que sentían políticamente. Entonces les dijimos que podían hacerlo con el rostro cubierto o no. Luego discutimos lo que les preocupaba y algunas de esas inquietudes quedaron consignadas en el Plan de Desarrollo, como que tenemos víctimas que no han sido reivindicadas. Entonces dijimos sí: el conflicto tiene que cerrar esa página y tiene que cerrarla con algo de reconocimiento de las víctimas.

La familia de Cristina Guarín había solicitado que le entregaran el duplicado del diploma porque se le había perdido y la mamá quería tenerlo colgado en su casa. La Universidad se había negado y eso fue motivo de un disturbio. Nosotros le entregamos un duplicado haciendo una ceremonia.

Preguntaban por qué la Rectoría no estaba en la sede principal, por qué el Rector no les daba la cara. Por eso nos trasladamos, y aquí podemos conversar cuando quieran.

Adolfo Atehortúa

La Cachaca: ¿Por qué más cosas protestaron?

A.A: Dos o tres que no habían podido terminar y que habían sido detenidos protestaban porque querían acabar sus estudios, así que los readmitimos y si cumplen académicamente sus compromisos podrán graduarse. Lo hicimos porque la Universidad no puede cerrarle las puertas a ningún ciudadano, venga de donde venga. También preguntaban por qué la Rectoría no estaba en la sede principal, por qué el rector no les daba la cara. Por eso nos trasladamos, y aquí podemos conversar cuando quieran.

La Cachaca: ¿Por qué recurrían a la violencia?

A.A: Hay que diferenciar. El movimiento estudiantil se ha movilizado para protestar contra el alza del transporte o en las manifestaciones que acompañamos el año pasado por la desfinanciación de la educación superior pública y contra el programa Ser Pilo Paga. Esas fueron movilizaciones pacíficas que se volcaron a la calle. De la del 6 de marzo, a esta hora, no tenemos noticias sobre qué la motivaba. Se dice que protestaban por la desfinanciación de la educación, pero no he conocido hasta hoy un comunicado en donde quienes invitaron al tropel estén firmando y diciendo cuáles eran las razones. Ahí hay dos cosas muy diferentes que nos dan dos contextos para diferenciar.

La Cachaca: ¿Ha hablado con Peñalosa sobre la propuesta de que la Policía entre al campus?

A.A: No he tenido la oportunidad de conversar personalmente con él. Le debo todo mi respeto como autoridad que es, pero dentro de lo que la autonomía universitaria me permite no autorizaré el ingreso de la fuerza pública. Eso no quiere decir, como pensó algún columnista, que yo reclamaba una extraterritorialidad para la Universidad. Como académico y como intelectual no es factible que yo permita que haya en el campus un actor armado, de la orilla que sea. Por eso rechazamos la presencia de los violentos.

La Cachaca: ¿Por qué no permitiría el ingreso de la Policía?

A.A: Porque lo que queremos es un escenario para la circulación de ideas para la producción de conocimiento. Eso es lo que reivindicamos. Además, no es mi propósito construir un conflicto que creo no existe entre la Universidad y el Distrito. Como organismos del Estado estamos llamados a entendernos.

La Cachaca: Hace dos años circuló en redes sociales un video en el que un grupo de estudiantes, oponiéndose una protesta violenta, salieron a marchar gritando: “no nos representan”. ¿Cómo fue eso?

A.A: El 3 de octubre de 2016, luego del Plebiscito, los estudiantes salieron a oponerse a un disturbio que quería construirse. Días después se repitió la escena e incluso la Policía se retiró y un buen grupo de estudiantes se paró en las calles para evitar que se siguieran arrojando piedras y papas bomba.

Ha habido varios eventos en donde los estudiantes han expresado su inconformidad frente a esos hechos. Y no solo en la Pedagógica, sino en la Nacional y en la Distrital.

La Cachaca: ¿Y usted qué ha logrado hacer para mejorar la convivencia?

A.A: Mucho. Por ejemplo, construir el Plan de Desarrollo con participación de todos, pintar la Universidad y construir sus ornamentos con estudiantes, trabajadores y profesores que involucran la memoria y el reconocimiento de las víctimas.

Hemos mejorado mucho lo que ofrecemos en el campus: la Rectoría, por ejemplo, no estaba en la calle 72 porque el edificio estaba cerrado. Lo reparamos y lo abrimos a los estudiantes. Además, en el plan de desarrollo tenemos un eje de paz con varias acciones en derechos humanos y en construcción de paz. Eso nos ha permitido un mejor andamiaje y una mejor relación no solamente interna, sino hacia afuera.

Abrimos una oficina de acompañamiento estudiantil en donde los estudiantes pueden llegar y exponer sus problemas y quejas o lo que les pasa en sus casas. Hoy tenemos 5 mil atenciones al año.

La Cachaca: ¿Entonces qué hace falta?

A.A: Hay muchas cosas que escapan a nuestras manos. Tenemos una vigilancia que sirve, pero es vulnerable porque hay quienes se saltan las rejas y tienen acceso a la Universidad después de iniciado el disturbio.

Tenemos deficiencias en la planta física y ahí es donde hay que hacerse preguntas porque alguna periodista desinformada u otros dicen: "el Estado les ha dado cómo irse a un lote que tienen en el norte y ellos no quieren". Pero el Estado ha sido indolente con la Universidad; tendríamos cómo construir otro edificio en el norte, pero hemos tenido trabas jurídicas, ha habido negligencia y no hemos podido hacerlo.

Logramos construir uno, pero eso no resuelve el hacinamiento que tenemos en la 72 porque aquí recibimos 6 mil estudiantes todo el día, con unas instalaciones que hemos podido reparar a medias en estos cuatro años. Ahora mismo estamos readecuando uno, pero hay mucho por hacer.

La Cachaca: Usted es visto desde afuera como un hombre de izquierda. ¿Eso qué implica a la hora de administrar?

A.A: Soy ante todo un académico y un demócrata. He dicho que no milito en ningún partido. Ni en el Liberal ni en el Conservador ni en el Polo ni con "los Decentes". Y no lo hago porque a los académicos a veces se nos dificulta acomodarnos a la disciplina de un partido. Ser académico me permite examinar cada situación para tomar posiciones.

La Cachaca: ¿Como cuáles?

A.A: Acompañé al presidente Santos en la búsqueda infatigable de un acuerdo con las Farc; sobre eso escribí algunas columnas. Tengo mi concepción cercana a la que expresó Santos en torno a la política antidrogas en la ONU, pero tengo también un distanciamiento el caso concreto del programa Ser Pilo Paga.

La Cachaca: ¿Cómo se define entonces?

A.A: Ahora se identifica como de izquierda a aquel que defiende los derechos humanos, la libertad de expresión y de cátedra en la universidad y que sobre todo trabaja por la equidad y los derechos fundamentales, muchos de los cuales están establecidos en la constitución. En ese sentido soy un demócrata de izquierda.

En muchos sentidos las temperaturas de los conflictos han venido bajando. Lo que sucede es que hay universidades que llevan diferentes procesos.

Adolfo Atehortúa

La Cachaca: ¿Ha sentido el posconflicto en la Universidad?

A.A: Claro. Está expuesto en un mural que tenemos en el edificio P de la 72 donde están las víctimas que la Universidad le ha aportado al conflicto y que no habían sido reconocidas antes por la Pedagógica. Aquí está desde Darío Betancourt, nuestro profesor, que no tenía una sola imagen en la Universidad, pasando por Cristina del Pilar Guarín, víctima del Palacio de Justicia que fue inicialmente señalada como parte del grupo de atacantes pero que todas las investigaciones judiciales la han exonerado de cualquier vínculo. Lo hicimos porque hemos dado un paso adelante para la transformación del conflicto político armado de los últimos 50 años y es pertinente que la Universidad reconozca estas víctimas sea cual sea la causa por la que murieron.

La Cachaca: ¿Ha notado alguna relación entre lo que usted describe como disminución del conflicto dentro de la Universidad y el posconflicto con las Farc?

A.A: Claro, como ocurre en la Nacional y en la Distrital. En muchos sentidos las temperaturas de los conflictos han venido bajando. Lo que sucede es que hay universidades que llevan diferentes procesos.

La Cachaca: ¿Por qué cree que la sociedad ha estigmatizado a la universidad pública como el espacio de los revoltosos?

A.A: Porque hay varios mitos construidos para debilitarla, y en eso los medios, consciente o inconscientemente, han colaborado. Existe el mito, no sólo para la Pedagógica sino para las universidades públicas, de que son la cuna de subversivos.

O, por ejemplo, que "allá cunde el vicio", lo cual no es cierto. Tenemos consumo como lo tienen también las universidades privadas y trabajamos mucho para evitarlo.

Otro mito es que los estudiantes duran mucho sin poderse graduar porque como “allá hay tanto paro”. Falso. Hace mucho rato que una universidad pública en Bogotá no cierra un semestre. Luego de movilizaciones en 2011 y 2017 prolongamos el semestre y terminamos cumplidamente.

Son mitos que han llevado a que los padres de familia duden en dejar que sus hijos entren a la universidad pública por miedo a que sean socialistas o comunistas.

La Cachaca: ¿Pero es posible erradicar la violencia en las universidades?

A.A: Por supuesto. Tiene que ser una condición para que la universidad cumpla con sus tareas. Será posible en la medida en que también el Estado garantice muchas cosas que la universidad requiere, y necesitamos también una universidad con toda su autonomía, con presupuesto para atender sus necesidades y para servirle al país.

 

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