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Por Natalia Arbeláez Jaramillo · 12 de Julio de 2020

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En relación con el caso de violación de la niña embera por siete soldados -uno de ellos cómplice- que sacudió a la opinión pública en días recientes, un estudio del Grupo de investigación en Salud Mental de la Universidad de Antioquia que lidera la psicóloga Sandra Trujillo, arroja luces sobre un problema de fondo: la baja empatía que desarrollan aquellos que están metidos en la lógica de la guerra.

Ese grupo de investigación es el primero en hacer una evaluación sistemática de ese fenómeno en el que lleva trabajando trece años.

El estudio parte de una revisión de la literatura sobre los efectos psicológicos que tiene la guerra en militares y otros miembros de grupos armados legales e ilegales, incluyendo la referencia a los casos de los veteranos de guerra en Estados Unidos.

La investigación aplicada, por su parte, que se hizo en 2011 con una muestra de 624 ex combatientes de la guerrilla y de los paramilitares para medir su empatía, arroja luces sobre lo que se podría también encontrar en militares activos y retirados, “dado que la estrategia de combate implica en todos los casos un adoctrinamiento y unas prácticas que redundan en la pérdida de reconocimiento de las emociones de otros” asegura Trujillo.

Con base en los artículos “How empathic are war veterans” y “Social Cognitive Training improves emotional processing and reduces aggressive attitudes in ex-combatants” que contienen los resultados de la investigación, así como, de la entrevista a Trujillo, La Silla Académica recoge cinco puntos para entender y también contrarrestar los efectos del entrenamiento militar y de la experiencia de guerra.

Estos puntos podrían ser claves para el informe de la Comisión -hasta ahora fallida- que conformó el presidente Iván Duque para mejorar el respeto a los derechos humanos por parte de la Fuerza Militares.

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La guerra promueve la deshumanización del que no piense igual

“Volverte parte de un grupo armado implica que entras al bando de los “buenos” y que los demás son los “adversarios”, los “enemigos” porque no piensan como tú, porque están en contra de los ideales de la institución u organización a la que perteneces”, anota Trujillo.

El entrenamiento militar, explica, está dirigido a reforzar esa idea y a disminuir cada vez más el estrés y el malestar emocional que genera la confrontación y la agresión a otros.

Cada grupo, legal o ilegal, tiene que desarrollar estrategias militares, tácticas de guerra, para ejercer dominio sobre los demás y eso implica, según la investigadora, “dejar de reconocer la humanidad del otro, pues de lo contrario si te enfrentas con él en combate, no lo vas a poder matar porque puedes identificarte con él. Te entrenan, por el contrario, para verlo como un target, un blanco militar dentro de un escenario de guerra”.

Ese aleccionamiento puede facilitarse además cuando las personas ya traen condiciones psicológicas propicias para esa suerte de deshumanización.

“Muchas de las personas que prestan servicio militar en Colombia o que se han vinculado o sido reclutados por organizaciones criminales, comparten el ser jóvenes con condiciones socioeconómicas bajas, con antecedentes de abandono o violencia intrafamiliar -a menudo lo constatamos en nuestras entrevistas- y de exposición al conflicto armado que se extendió por años en el país y continúa activo”.

Trujillo explica que siendo niños o adolescentes, les tocó presenciar el asesinato de sus padres y hermanos, por ejemplo, sin que se hiciera justicia, lo que les generó un trauma irresuelto: “en los cuestionarios que hacemos como parte del estudio la mayoría de los excombatientes se consideran víctimas del conflicto armado por esa razón”, anota la investigadora.

Y aunque no tengan esas condiciones previas, dentro del Ejército o la organización armada de que se trate, las personas también sufren una reconfiguración psicológica al parecer producto del entrenamiento o de la experiencia de combate, según Trujillo, como forma de supervivencia en el medio:

“Algunas personas, dice la investigadora, que se han atrevido a denunciar, a manifestar su desacuerdo con ciertas prácticas, terminan siendo excluidos e incluso perseguidos”.

Esa suerte de reconfiguración, según Trujillo, en algunos casos permea también otros espacios diferentes al escenario de combate.

 
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La violencia sexual ha sido una forma de dominación

Los escándalos de violencia sexual que han salido recientemente a la luz pública se enmarcan, según Trujillo, en una historia larga de casos donde la vulneración del cuerpo de las mujeres ha sido un arma de guerra no solo con base en la pertenencia al grupo adversario sino con base en el género, así lo han registrado autoras como Jennifer Park, profesora de Georgetown University, al estudiar el genocidio de Ruanda, por ejemplo.

Cuenta la investigadora además que ha habido una práctica generalizada de integrantes de grupos armados, que puede llegar a presentarse en militares y grupos de delincuencia común en zonas urbanas, que ejercen poder en las comunidades, disponiendo a su antojo de las mujeres, muchas de ellas, niñas y adolescentes: “a alguno de ellos le gusta la niña de 13 años y se la tienen que llevar a como dé lugar o de lo contrario matan a sus padres o los obligan a desplazarse y eso ocurre no solo en las zonas rurales sino en las comunas de Medellín, por ejemplo”, dice Trujillo.

Puede ser, según ella, que el militar o la persona del grupo armado ilegal al portar el uniforme de la organización se siente legitimado, con licencia, para agredir a otros como parte de la lógica de la guerra.

Resulta sorprendente, en todo caso, que lo hagan en contra de la población que están llamados a defender. Las Fuerzas Militares, de acuerdo con Trujillo, no son ajenas a la escasa conciencia que tiene la sociedad en general sobre la diversidad que tiene el país ni a los imaginarios de que hay personas “superiores” y otras “inferiores” por el color de la piel, por los lugares donde habitan, por el lenguaje que hablan, por su misma visión del mundo, como ocurre con las comunidades indígenas y afro.

Surge, en todo caso, el interrogante en el caso de la violación de la niña embera y en otros, si al quitárse el uniforme se les quita también la intención de dañar a otra persona, dice la investigadora:

“Lo que hemos encontrado en nuestras intervenciones es que algunas personas han tenido estas mismas conductas antes de ingresar al grupo armado lo que se refleja en sus rasgos de personalidad o en su perfil emocional. Cuando uno pregunta a personas que no han tenido esos comportamientos, automáticamente niegan que antes hayan violado o abusado a otra persona. En otros casos la ambigüedad de la respuesta de la persona, y la experiencia del entrevistador ayudan a identificar cuándo eso es verdad o no. Además, hacemos otras preguntas indirectas que nos dan indicios: las formas en que la persona considera aceptable ejercer autoridad, o experiencias previas de maltrato a animales, por ejemplo, que son un mal indicador”.

 
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Las “manzanas podridas” muchas veces se seleccionan podridas

La teoría de las manzanas podridas también ha sido usada para explicar la agresión sexual contra la menor de edad embera para argumentar que fue una actuación irregular y extraordinaria.

Más allá de la aplicación en este caso, la investigadora Trujillo, llama la atención sobre que “las manzanas podridas” no son solo anormalidades que se dan espontáneamente sino que han hecho parte de estrategias deliberadas de reclutamiento y entrenamiento especialmente en unidades de fuerzas especiales como lo muestran los estudios de J. Peter Bradley, profesor del Royal Military College de Canadá. 

“Esa teoría no nos la inventamos en Colombia y de hecho tomó especial fuerza en otras partes del mundo y especialmente en EE.UU., para explicar las actuaciones después del ataque terrorista del 11 de septiembre, como lo registra el profesor de bioética de la University of Minnesota, Steven H. Miles, cuando se empezaron a necesitar en los ejércitos personas a las que no se les “arrugara nada”, que estuvieran dispuestas y fueran capaces de instigar a la tropa a ingresar a una población a sangre y fuego sin que se les diera nada, por ejemplo; que en nombre de la lucha contra el enemigo invisible del terrorismo estuvieran dispuestas a cualquier cosa”.

Eso, según Trujillo, dio licencia a incluir personas en las filas de los grupos armados que antes no se habrían incluido, personas que tenían unos mecanismos empáticos más bajos, y a formar también mercenarios de guerra: “Wolverine, el de los X men, es menos ficticio de lo que podría uno pensar, es el prototipo de un veterano de guerra, sanguinario, que entró a las fuerzas especiales para acabar con lo que se atravesara porque ya tenía un perfil agresivo y la institución lo entrenó para que lo explotara”.

Cuando se acaban las misiones, en las que participaron, cuenta Trujillo, los ejércitos muchas veces no saben qué hacer con esas personas. En EE.UU. son un problema: “es más fácil decir que una persona está traumatizada por la guerra y que hay que medicarla con antidepresivos y ansiolíticos de por vida, a aceptar que ahora tienen un veterano de guerra entrenado como francotirador, por ejemplo, que representa un riesgo para los demás, porque le dañaron todos los mecanismos de regulación emocional y lo volvieron una máquina de matar”.

 
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No todos los que han participado en la guerra tienen el mismo nivel de afectación

Uno de los principales hallazgos de la investigación que condujo Trujillo es que la experiencia de la guerra no tiene efectos uniformes, si bien un porcentaje mayoritario del 46 por ciento de los excombatientes que participaron en el estudio puntuaron bajo en las diferentes competencias, lo que significa que han tenido una afectación grave.

Se enfocaron en medir empatía porque según Trujillo es el puente para el relacionamiento en sociedad y sobre todo para entender, preocuparse y responder adecuadamente frente al sufrimiento de los demás.

Coloquialmente entendida “como ponerse en los zapatos del otro”, Trujillo explica que hacerlo implica varios procesos, unos racionales o mentales (dimensión cognitiva) como la capacidad de identificarnos con el personaje de un libro, una película o una historia que escuchamos, que está en problemas. Y también de asumir la perspectiva y tener en cuenta los sentimientos del otro.

Y otros emocionales (dimensión afectiva), que son más automáticos, como cuando vamos por la calle y vemos que alguien se cae y se aporrea muy duro y sentimos nosotros mismos el dolor.

A lo anterior se suma la capacidad de respuesta. Que nos preocupe y hagamos algo para ayudarle a la persona.

Trujillo y el resto del equipo midieron esas competencias con un instrumento llamado Interpersonal Reactivity Index (IRI) y encontraron que hay tres perfiles claramente identificables entre personas con características similares de edad, género, educación y tipo de grupo armado.

El primer perfil en el que clasificó el mayor número de excombatientes (46 por ciento) puntuó bajo en todas las dimensiones, lo que hace suponer que en un contexto de guerra son las personas más agresivas y las menos emocionales en situaciones como torturas y masacres, en las que de hecho estarían dispuestas a tener un rol más activo.

Este grupo, según Trujillo, es el que representa un mayor desafío a la hora de reintegrarse.

El segundo perfil en el que se clasificó al 32 por ciento de los participantes se caracteriza por una puntuación alta en las dimensiones que tienen que ver con entender el sufrimiento de los demás en situaciones ficticias o reales, pero una baja a la hora de responder en consecuencia, lo que sugeriría que pueden tener comportamientos indiferentes y poca disposición para ayudar y que no se abstendrían de causar daño a otros en la práctica.

El tercer perfil en el que se ubicó el 22 por ciento restante, puntuó alto en casi todas las dimensiones, lo que es un indicador de que las personas que tienen una tendencia a la empatía pueden mantenerla pese a haber estado involucrados en la guerra. Un estudio con veteranos de guerra de Vietnam ya había arrojado resultados similares.

Sin embargo, este grupo pareciera que puede adaptar su empatía a las situaciones, posiblemente, explican los investigadores, para poder cumplir sus objetivos militares, como mecanismo de supervivencia y en respuesta también a sesgos introducidos por las organizaciones.

“Poder identificar estos perfiles en las personas activas o retiradas de las Fuerzas Militares, dice Trujillo, haría una gran diferencia en materia preventiva y correctiva”, aunque reconoce que puede ser problemático, pues “en medio de un conflicto que se mantiene activo podría afectar seriamente la legitimidad de instituciones como el Ejército de las que no se tienen aún evidencias sino inferencias: hablar de emociones en un escenario armado es debilitarse como fuerza”.

 
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La falta de empatía se puede corregir en la mayoría de los casos

“No se puede generalizar que todo el personal de las Fuerzas Militares se comporta de la misma forma que lo hacen quienes están involucrados en los escándalos, es demasiado impreciso, pero para evitar eso son importantes las evaluaciones y los controles”, dice Trujillo.

Es imperativo comenzar por mejorar los procesos de selección de personal. Pero además de eso, lo que arrojan los resultados de otro estudio liderado por Trujillo, en el que participaron 31 excombatientes, es que es posible reducir sus comportamientos agresivos y mejorar su interacción social con un entrenamiento dirigido a mejorar sus mecanismos de regulación del pensamiento y las emociones, algo que no pasó con el grupo de control que no recibió el tratamiento.

Los ejercicios iban desde indagar por reacciones a situaciones hipotéticas, hacer juegos que implicaran intercambios de roles, evaluar la conducta diaria y aplicar las competencias aprendidas a situaciones concretas.

“Si a una persona no le enseñaron en su casa ni en el colegio que ciertas acciones estaban mal, cuando llega a escenarios en los que puede ejercer dominio sobre los demás, como son los escenarios de guerra, lo va a hacer bajo las mismas lógicas”, anota Trujillo.

Según la investigadora, los espacios de capacitación no se pueden reducir a un checklist de que las personas conocen la teoría de los derechos sexuales y reproductivos, o cualquier otra, porque entenderlos a nivel intelectual no garantiza que la persona realmente los haya incorporado en su comportamiento.

“Una persona, explica Trujillo, puede recibir mucha información sobre un tema pero si no hay la disposición ni los recursos personales para asimilar esa información, ésta queda en el vacío, por eso es importante hacer seguimiento de los programas de formación que se implementen sobre estas materias”.

 

Para citar:

Trujillo, S. P., Trujillo, N., Ugarriza, J. E., Uribe, L. H., Pineda, D. A., Aguirre-Acevedo, D. C., Ibáñez, A., Decety, J., & Garcia-Barrera, M. A. (2017, June 26). How Empathic Are War Veterans? An Examination of the Psychological Impacts of Combat Exposure. Peace and Conflict: Journal of Peace Psychology. Advance online publication. http://dx.doi.org/10.1037/pac0000255

Trujillo S, Trujillo N, Lopez JD, Gomez D, Valencia S, Rendon J, Pineda DA and Parra MA (2017)Social Cognitive Training Improves Emotional Processing and Reduces Aggressive Attitudes in Ex-combatants. Front. Psychol. 8:510. doi: 10.3389/fpsyg.2017.00510

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