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Por Natalia Arbeláez Jaramillo · 11 de Octubre de 2019

Carl Langebaek. Foto: César Pachón

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El 12 de octubre por muchos años fue el día del “descubrimiento de América”, algo que mostraba la influencia de la mirada de los conquistadores en nuestra historia.

Ahora se celebra el día de La Raza, de la diversidad cultural. Sin embargo, el conocimiento que tenemos de las sociedades indígenas que existían miles de años antes de la llegada de los conquistadores ha sido mayoritariamente a través de cronistas españoles que fundamentalmente interpretaron lo que vieron a partir de cómo funcionaba su propia sociedad y no pudieron reconocer la diferencia que encontraron.

Carl Langebaek, antropólogo y arqueólogo de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Los Andes, en su libro “Los Muiscas” hace el ejercicio contrario; muestra otras formas de relación con el poder, con el territorio, con la riqueza que tenía esa sociedad indígena y por qué hoy es importante conocerla.

La Silla Académica: Mañana se celebra el Día de la Raza. ¿Qué deberíamos celebrar?

Carl Langebaek: En 1500 no había indios en Colombia, porque los indios son un invento español. De la misma forma que las razas son una ficción. Al momento de la Conquista lo que había eran cientos de pequeñas comunidades muy distintas entre sí, sin una unidad política que abarcara un gran territorio, a diferencia de lo que pasaba en México, Perú y Bolivia, por ejemplo.

La diversidad era enorme en el territorio colombiano, como todavía lo es actualmente, más que celebrarla es importante entenderla.

Los chibchas, en particular, de quienes hacen parte los muiscas, muy seguramente vinieron de Centroamérica (Costa Rica) y llegaron a territorio colombiano hace más de mil años.

Pero aunque hablan lenguas de un tronco común (el chibcha) no se podían comunicar entre sí: un indígena de Bogotá debía tener enormes problemas para hablar fluidamente con uno de Tunja. Hoy, después de 500 años, la diversidad lingüística es muy grande.

Tratar de entender otras sociedades que jamás vamos a revivir aunque quisiéramos es un ejercicio de tolerancia

Carl Langebaek

En la Sierra Nevada de Santa Marta, que es un área geográfica tan pequeña, las evidencias arqueológicas que se encuentran en el Parque Tayrona y en Ciudad Perdida están relacionadas porque hacen parte de una misma área cultural donde hay cierto parentesco, pero no son iguales.

LSA: ¿Por qué enfocó su estudio en los muiscas?

C.L.: Los muiscas han sido considerados la base de la nacionalidad colombiana porque sobre ellos existe mucha información documental y porque ocuparon el centro del territorio colombiano, donde después se fundó Bogotá.

Por un tiempo, las élites colombianas -específicamente bogotanas- se esforzaron para que los muiscas fueran el símbolo de la identidad nacional.

Eso no hace que los muiscas sean más importantes que otras comunidades indígenas. Tampoco los convierte en la base de la identidad de un nariñense o de un antioqueño, por ejemplo.

LSA: ¿Por qué hay tanta información sobre los muiscas?

C.L.: Por la forma como se hizo la conquista. Buena parte de la población española se asentó de forma más o menos pacífica en lo que hoy conocemos como el altiplano cundiboyacense, el territorio donde estaban los muiscas, y ahí los conquistadores lograron tener control sobre el espacio y consolidar un sistema de encomiendas. Esto hizo que los cronistas españoles tuvieran la oportunidad de escribir mucho sobre los muiscas.

Hay una producción muy rica sobre el siglo XVI que es un recurso de investigación muy importante, por los menos, para tratar de entender el contacto entre españoles e indígenas.

A esto se suma el volumen y la calidad del trabajo arqueológico sobre los muiscas que ha habido en los últimos 20 años en la Sabana de Bogotá, Tunja, Sogamoso, Fúquene (regiones del antiguo territorio muisca).

Seguimos siendo conquistadores en el mundo americano

Carl Langebaek

LSA: Usted dice que los conquistadores veían a los músicas como una sociedad de élites políticas y económicas avaras y unas poblaciones sometidas. ¿Esa lectura es acertada?

C.L.: La antropología y la arqueología son fascinantes porque permiten conocer sociedades distintas a la propia. Cuando se analiza la información que existe sobre los muiscas, con todas las dificultades que hay, se da cuenta que eran una sociedad profundamente jerarquizada pero no estratificada.

La jerarquía es algo muy importante para las comunidades indígenas y está marcada por códigos de etiqueta. A los caciques muiscas no se les permitía tocar el piso con los pies y nadie los podía mirar a la cara, tener que hacerlo era un castigo que se le imponían a los indígenas.

Por tanto, a ojos de los conquistadores, que eran fundamentalmente campesinos pobres y desplazados del siglo XVI, los caciques eran muy parecidos a sus reyes o príncipes y así lo decían textualmente. Se vestían distinto, comían distinto, tenían unos privilegios notables.

Cuando los españoles llegan al cercado del cacique llamado Tunja y lo miran a los ojos, lo ofenden con respecto a su propia cultura. Se viene abajo todo el mundo simbólico jerarquizado de los indígenas, porque Tunja era un intocable pero esto no significa que explotaba a todos los demás. No había una clase de caciques que mandaba sobre una comunidad que tenía que trabajar para ellos. Entre los muiscas la jerarquización no implicó diferencias importantes en niveles de vida o de salud.

Los españoles como nosotros confundimos jerarquía con estratificación. Para entender la historia, tanto como el presente, es fundamental entender la diferencia cultural.

LSA: ¿Los caciques trabajaban parejo con el resto de la población muisca?

C.L.: Algunas fuentes sugieren, por ejemplo, que la alimentación de los caciques estaba a cargo de la comunidad, algo que podía en todo caso darle prestigio a esa comunidad.

No es claro que los caciques trabajaran directamente en las labores agrícolas más duras y de acuerdo al análisis de los restos óseos, los muiscas trabajaban duro, algo que tiene que ver con alimentar una sociedad grande a punta de agricultura manual.

Sí hay unos privilegios de las élites pero la comida no es para consumo exclusivo de los caciques, ellos mantenían a las viudas, por ejemplo, y debían compartir: hay indígenas que se ponen furiosos con el cacique porque no comparte lo suficiente y van y le queman su cercado y lo destierran. No se trata de que no haya privilegios sino de para qué se usan y cómo se ganan y cómo se pierden.

LSA: Si los caciques no derivaban su poder de la sumisión o inferioridad de los demás ¿de qué lo hacían?

C.L.: Hay una anécdota maravillosa de la Conquista en México. Cortés lo primero que hace es conseguir traductores, gente española que aprenda la lengua indígena o viceversa, para entender qué está pasando y no tiene problema en aceptar que es algo nuevo para ellos.

Moctezuma, por el contrario, trata de demostrarle a su propia gente que él ya conoce los españoles, porque si se dan cuenta que no tiene ni idea, pierde todo su poder, se deslegitima por completo -se supone que puede mediar con los dioses-. No le interesa ningún traductor, en cambio, se inventa un mito para explicar la presencia de los españoles y es que es Quetzalcóatl que está regresando.

Busca entre sus indígenas alguien que se parezca a Cortés, lo disfraza de él y se lo manda a Cortés como diciendo: ‘usted para mi no es nada nuevo’ y manda a pintar en los libros (códices) a los españoles y se los muestra a los indígenas, como si apareciera desde antes.

LSA: ¿El poder se basaba entonces en la virtud?

Para los muiscas el poder no es algo que tengas de por vida porque ajá

Carl Langebaek

C.L.: Hay una parte del poder que tenía que ver con los ancestros pero una muy importante era el desempeño de un cacique como líder, la capacidad de dar cuenta de las relaciones con el más allá, de solucionar problemas. En cada actividad los muiscas eran muy competitivos, en el deporte, en la guerra, en el comercio, en ese sentido es claro que para los muiscas el poder no es algo que tengas de por vida porque ajá, sino algo que se tiene que mantener y negociar permanentemente.

De hecho, los muiscas les proponían a los españoles hacer competencias, para ver quién era el mejor, el más valiente, mientras los españoles están compitiendo para conquistarlos.

LSA: Usted dice que la clave para entender el papel del poder en las sociedades es hacerse la pregunta: ¿poder para qué? ¿para qué fue el poder de los muiscas?

C.L.: Los caciques son poderosos pero no monopolizan el poder y éste tiene todavía un sentido comunal muy fuerte, el poder del cacique no es para beneficiarse él y había muchas reglas para controlar que así fuera, por ejemplo, quien heredaba el poder del cacique no era su hijo sino un sobrino siempre que fuera apto pues de lo contrario la comunidad no lo aceptaba. El consenso juega un papel importante.

Los especialistas religiosos también son poderosos pero no tienen el control del conocimiento religioso. Cada familia tiene, por ejemplo, sus propias deidades. No hay un señor en el templo de Sogamoso diciendo ‘yo soy quien controla la comunicación con el único dios verdadero’’.

El poder no es para un control económico ni siquiera político que se transmita de generación en generación, les da prestigio y compiten por él y unos ganan y otros pierden, pero eso es distinto.

LSA: Usted dice que una buena forma de mostrar la relación de los muiscas con el poder es a través de su relación con la riqueza...

C.L.: El beneficio individual no es la meta y el oro es un buen ejemplo de eso.

Los españoles le piden oro a los indígenas y para ellos no tiene sentido entregarles oro en bruto sino que le piden a sus orfebres que les hagan unos tunjos que son unas ofrendas, porque interpretan que lo que quieren los españoles es usar el oro para una necesidad especial y los españoles se ponen furiosos porque los tunjos son hechos además de una mezcla de oro y cobre. Otra vez el choque cultural.

El cacique que tiene oro no lo usa para acumular riqueza, el 90 u 80 por ciento lo usaban para hacer ofrendas para echarlas en una cueva o en una laguna.

En Tibanica, un cementerio en Soacha, cogimos todos los entierros con oro y les hicimos análisis genético y no encontramos que ninguno fuera pariente del otro, no eran familias que tuvieran el oro de la comunidad, probablemente, se habían ganado esos privilegios de una forma distinta.

LSA: Otra de las ideas que vendieron los conquistadores era que los indígenas vivían en conflicto, en la barbarie. Uno de los aspectos en que fue marcada la diferencia cultural con los muiscas fue en la guerra ¿en qué sentido?

C.L.: La guerra es más importante en su mensaje interno que en su mensaje externo. La gente va a la guerra más para competir contra su propia gente que contra su enemigo. No hay pruebas de que ninguna comunidad indígena en Colombia dominara otras comunidades como sí pasaba en Perú o en México.

Al revisar los esqueletos no se encuentran huellas de muertes violentas, sólo uno o dos casos de golpes que pudieron ser de guerra.

Y en los enfrentamientos con los conquistadores, las diferentes lógicas culturales que tenían quedan en evidencia. Los caciques se distinguían por tener plumajes, artículos de oro y los usaban cuando iban a la guerra; en ese caso, la lógica cultural actuaba a favor de los españoles, pues era facilísimo identificar y matar a un cacique.

Y cuando iban a atacar un campamento español lo anunciaban con tambores y gritería. Cuando uno lee los manuales españoles, se vanaglorian diciendo que menos mal les avisaban antes de atacar. Obviamente la lógica era diferente.

Muy temprano en la colonia, hay datos de quejas porque tras conflictos entre comunidades indígenas había habido muertos en la batalla, ese cuestionamiento nunca se lo hubieran hecho los españoles.

LSA: Los muiscas, al compararse con los aztecas o los incas, se les tiene por una sociedad inferior, ¿es así?

C.L.: Eran muy distintos aunque, por ejemplo, hay evidencia de que los chibchas de Centroamérica y los mayas tienen un parentesco lejano, pero la cultura y la organización política que tenían antes de la Conquista eran muy distintas.

Eso no es cuestión de superioridad o inferioridad. China hoy es una potencia universal, pero no es superior en términos culturales a otros países. Ninguna potencia ha sido superior. Los valores culturales no se pueden medir en una escala moral.

Reflexionar sobre las diferencias culturales sin idealizar y sin demonizar, sino entendiendo la diferencia, hoy es más necesario que nunca

Carl Langebaek

Que los aztecas o los incas tengan una organización social más desarrollada no los hace superiores a los muiscas ni a estos superiores a los pijaos o a los panches, da cuenta, en cambio, de una enorme diversidad política y cultural.

LSA: ¿Esto explica que en México como en Perú la población indígena hoy es mayor?

C.L.: De alguna forma. La Historia fue distinta, no por la naturaleza de la Conquista, ni de si los conquistadores eran españoles o ingleses, sino por la naturaleza de las sociedades indígenas que encontraron los españoles.

Cuando uno revisa el mapa de América se da cuenta que la mayor parte de población indígena sobrevivió en las áreas que tenían una mayor complejidad social y política: donde el sistema colonial podía controlar la cúpula y ésta se encargaba de controlar el resto de la sociedad de forma que siguiera funcionado correctamente. En Perú y en México había un sistema de encomiendas en las cuales los encomenderos españoles probablemente no supieron qué comunidades les estaban tributando.

Por ende, hubo menos contacto biológico y menor riesgo de enfermedades y mayor preservación de la lengua y de otros aspectos culturales porque los núcleos familiares no fueron afectados.

LSA: ¿Qué pasó con sociedades indígenas menos organizadas?

C.L.: Las comunidades indígenas fueron exterminadas en varias partes de EE.UU. y Canadá donde eran cazadores, recolectores, con muy poca población, y también en América Latina en Argentina, Uruguay, el sur del Brasil, en buena parte de Chile, en Venezuela y, prácticamente, en todo el Caribe.

El caso muisca es intermedio. No era un gran imperio -esa palabra es horrible- inca o azteca pero tampoco eran recolectores con poca población. La forma de relación con los españoles fue a través de la servidumbre, del servicio doméstico que todavía existe, y esa fue la base fundamental del mestizaje.

La mayoría de la población del altiplano cundiboyacense genéticamente tiene ascendientes paternos europeos y ascendientes maternos americanos. Hubo partes de Colombia donde la población indígena sobrevivió con menos mestizaje con europeos, aquellas típicamente alejadas como las cumbres de la Sierra Nevada y las selvas, pero también hubo lugares como algunas partes de los Llanos Orientales o Antioquia donde fueron exterminados.

LSA: Usted dice que el valor que tiene conocer el pasado es imaginarnos otras formas de sociedad, pero ¿qué tan viable sería aplicar a las actuales algunas formas de las comunidades antiguas?

C.L.: Traer el pasado para que funcione exactamente igual en el presente es idealista. Todo lo que he dicho sobre los muiscas no es un juicio moral, no es que la gente sea buena o mala, ese tipo de calificativos son los que nos tienen jodidos en la vida.

Eran condiciones históricas distintas. Las sociedades muiscas también tenían problemas, tenían una expectativa de vida mucho más corta, tenían conflictos y buena parte de las élites muiscas se volvieron cómplices de la Conquista. Algunos de los más importantes especialistas religiosos muiscas se convirtieron en sacristanes y monaguillos de los curas españoles, por ejemplo.

Esto no es de idealizar ni de demonizar, porque la lógica de las dos es la misma. Las dos son formas de colonizar al “otro”.

Los primeros en idealizar a los indígenas también fueron conquistadores

Carl Langebaek

Los primeros en idealizar a los indígenas también fueron conquistadores como Bartolomé de las Casas. La idealización hace parte de la Conquista, de no poder entender las sociedades más allá de la bipolaridad de bueno o malo, es un modelo de pensar colonial. Los indígenas no se idealizan a sí mismos, los blancos los idealizan.

LSA: ¿Para qué puede servir entonces recuperar la historia de las sociedades prehispánicas como la muisca?

C.L.: Si la gente tiene conciencia de que lo que piensa, dice y hace hoy es relativo, que siempre hay más de una forma de ver las cosas, y que los valores universales no se traducen en que todo el mundo piense igual, eso ayuda a que haya personas menos peligrosas. Necesitamos más gente que cuestione lo propio, no lo ajeno.

Reflexionar sobre las diferencias culturales sin idealizar y sin demonizar, sino entendiendo la diferencia, hoy es más necesario que nunca.

Tratar de entender otras sociedades que jamás vamos a revivir, aunque quisiéramos, es un ejercicio de tolerancia.

Lo que está pasando hoy es que si el otro no piensa como yo es un enemigo y es malo y esa ha sido la fórmula para el desastre en la historia de la humanidad. Seguimos siendo conquistadores en el mundo americano.

LSA: En el documental “El Sendero de la Anaconda” que estuve en cines hace poco, un antropólogo canadiense es el que habla sobre la cosmovisión de los indígenas y los presenta de forma muy positiva. ¿Es parte de la idealización que usted critica?

C.L.: Yo prefiero, en todo caso, la idealización.

A partir de los años 70 ha habido una ola de movimientos de idealización de lo indígena y eso ha tenido efectos positivos, por lo menos ir a matar indígenas hoy ya no se hace como sí se hacía hace 40 años en Colombia, solo que a la gente se le olvida. En los Llanos había los verbos “guahibiar” o “cuibiar” que significaban salir a matar guahibos o cuibas.

El problema es que se ha demonizado a otros. En Colombia, a partir de la Constitución del 91, se empieza a construir una imagen negativa de los campesinos, son malos, no tienen conciencia ambiental, son unos brutos que van con un hacha tumbando monte y eso tampoco es cierto.

LSA: ¿Usted cree que los colombianos hemos construido nuestra identidad más con base en el legado español?

C.L.: Lo que somos nosotros es el resultado de un conflicto. Como lo son la mayoría de las sociedades en realidad. Un conflicto que todavía está vivo. Puede que nadie hable de una conquista hace mil años en Europa, pero una de hace 500 años en Latinoamérica sigue siendo un referente para ubicarse imaginariamente en algún lado: ‘yo soy descendiente de conquistador, de indígena o no me importa’.

Biológicamente, tenemos herencia africana, indígena y europea y, culturalmente, somos el resultado de ese violento encuentro que fue la Conquista.

Las élites han jugado con eso de manera muy diversa.

LSA: ¿Cómo?

C.L.: Uno de los mitos que tienen los latinoamericanos es que los españoles llegaron a mezclarse con los indígenas porque no tenían prejuicios raciales, mientras que los conquistadores ingleses sí los tenían y por eso acabaron con los indígenas en Estados Unidos. Eso es falso.

En el siglo XVI el conquistador no era racista porque no había concepto de raza. Las primeras descripciones de Colón sobre los indígenas no tenían nada de racistas, lo que es impresionante al leerlas es que pese a encontrarse unos seres que nunca había visto ni siquiera los describe cuidadosamente, sino como gente similar a ellos.

El racismo se desarrolla a partir del siglo XVIII y se consolidó en el siglo XIX y esa es una manera equivocada de ver la Conquista.

Bolívar, en cambio, tenía en su correspondencia información terrible del maltrato y el desprecio hacia los indígenas.

Cuando tiene problemas para conquistar Nariño, dice que que lástima que los conquistadores no hayan matado a todos los indígenas.

Pero cuando se toman el poder, usan lo indígena para oponerse a lo español. El mismo Bolívar dice que están vengando a Moctezuma, y ‘que los incas se levantan de sus tumbas para apoyarlos en la causa de la independencia’. Hablan de “reconquista”. Bolívar, como el resto de criollos eran los verdaderos descendientes de los conquistadores, no los españoles de los ejércitos de la Corona.

Una vez consolidada la Independencia, sin embargo, retoman las raíces españolas: el español es la lengua más linda del mundo, Bogotá es la Atenas suramericana, nuestros escritores son herederos de Cervantes.

Son juegos políticos para movilizar gente. En la Luis Ángel Arango, había por ejemplo, una galería de presidentes de Colombia y el primero era el Zipa de Bogotá, algo que es un poco invento.

Hay una realidad y es que los estados nación latinoamericanos han sido mucho más conquistadores que los españoles. Ellos controlaron unos centros: Bogotá, Pamplona, Tunja, Popayán, Cartagena, pero no tenían el control del país. Quienes más han exterminado indígenas y les han quitado sus territorios son los colombianos después de la Independencia.

Quienes más han exterminado indígenas y les han quitado sus territorios son los colombianos después de la independencia

Carl Langebaek

LSA: Su libro es sobre el cambio social ¿cómo nos sirve para entender los procesos de cambio social actuales?

C.L.: La identidad siempre se inventa, es un proceso continuo. Es una invención ser colombiano o ser español. La frase ‘ los españoles vinieron a conquistarnos’ es problemática, porque en el siglo XVI no es claro que podamos hablar de España, estaba Castilla, Aragón, y el “conquistarnos” tampoco es claro a quién se refiere: ‘¿a usted lo conquistaron?’.

Los indígenas no son una entidad fija y eterna a través de la historia, nadie lo es. Una de las típicas actitudes coloniales es percibir al indígena como algo primitivo que no cambia: Los koguis son unos taironas fosilizados. Un campesino boyacense puede genéticamente ser 100 por ciento indígena y no es muisca. Tampoco los descendientes de los españoles son como los conquistadores del siglo XVI.

La frase ‘los españoles vinieron a conquistarnos’ es problemática

Carl Langebaek

Las sociedades “tradicionales” cambian más rápidamente de lo que uno cree. Uno de los mitos es que lo que menos cambia en las comunidades indígenas son sus creencias y lo cierto es que se transforman a mil porque sirven para tratar de interpretar una realidad que es cambiante. Las sociedades que no cambian, por el contrario, tienen mucha menos posibilidad de sobrevivir.

Es un mito que la identidad se conserva de generación en generación, y afortunadamente: ¡qué tal que uno llevara la identidad en los genes!

Para citar:

Langebaek, C. (2019). Los muiscas. La historia milenaria de un pueblo chibcha. Debate

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