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Por Natalia Arbeláez Jaramillo · 26 de Abril de 2019

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Pese a la cercanía que ha buscado el presidente Iván Duque con Washington desde el comienzo de su gobierno, los resultados no han sido los esperados. Tanto por los regaños de Trump al Presidente, la presión hasta ahora infructuosa del Embajador estadounidense para votar favorablemente las objeciones en el Congreso, la inclusión nuevamente de Colombia como un destino turístico peligroso, la amenaza de una descertificación e incluso la remota caída del régimen chavista.

Para analizar el trasfondo y los efectos de lo que está pasando, La Silla Académica entrevistó a Arlene B. Tickner, directora de Investigación y profesora titular de la Facultad de Ciencia Política, Gobierno y Relaciones Internacionales de la Universidad del Rosario, quien es una experta en el tema y ha escrito numerosas publicaciones académicas sobre las relaciones bilaterales entre Colombia y Estados Unidos, entre ellas: “Intervención por invitación”, “Cooperación dependiente asociada”, “Imaginario de política exterior y proamericanismo en Colombia” y “Exportación de la seguridad y política exterior de Colombia.

 

En países como México o Argentina cualquier forma de intervención de Estados Unidos es muy mal vista. Por el contrario, usted dice que Colombia es un caso singular de “intervención por invitación”. ¿A qué se refiere?

Arlene B. Tickner: El caso colombiano es sui generis. Si se examina la política exterior de Colombia y en especial la relación con Estados Unidos -EE.UU.-, la cercanía con ese país ha sido constante, sin importar el gobierno de turno.

Esto es llamativo por dos razones. Quienes estudian el tema suelen decir que Colombia no tiene políticas de Estado sino de gobierno. Sin embargo, la sistematicidad de la “asociación” con EE.UU., término que he acostumbrado usar para describir una serie de actitudes distintas frente al país del norte, puede entenderse como una política de Estado.

La sistematicidad de la “asociación” con EE.UU puede entenderse como una política de Estado.

Arlene B. Tickner

La segunda paradoja es que no hay otro país de América Latina y el Caribe, no sólo que tenga relaciones tan estrechas con EE.UU. sino que tenga unas élites políticas, económicas y, más recientemente, militares y policiales que han visto con beneplácito la preservación y búsqueda de una relación asociada y, para algunos, subordinada con EE.UU.  La expresión “intervención por invitación” se refiere a un estadio extremo de esta actitud, caracterizado por una estrategia consciente que busca incentivar la injerencia estadounidense en los asuntos internos de Colombia.

LSA: ¿Qué lo explica?

A.B.T.: En el trasfondo, hay un imaginario de política exterior en Colombia que se fundamenta en una gran afinidad con EE.UU. o un proamericanismo que para muchos analistas se origina en el trauma colectivo producido por la pérdida de Panamá y se ha reciclado y reproducido en diferentes momentos de la historia de las relaciones bilaterales con EE.UU. generando una especie de “path dependence” o curso forzado de las cosas del cual las élites no han podido o no han querido distanciarse.

Ese proamericanismo no sólo consiste en tener una imagen positiva de lo que “es” EE.UU. (por ejemplo, su cultura y sus valores), que puede tener acogida aún en muchos otros países de América Latina y el mundo que son “antiamericanos”, sino de lo que “hace” EE.UU. en el mundo, lo cual es mucho más inusual.

LSA: ¿Qué implica el término “asociación” que usted ha usado para describir la relación entre EE.UU. y Colombia?

A.B.T.: Es un término acuñado por Fernando Henrique Cardoso, uno de los principales autores de la teoría de la dependencia de los años 70 (y expresidente de Brasil), que he adaptado al análisis de la política exterior para describir una variedad de posiciones que han asumido distintos gobiernos colombianos en su relación con EE.UU., y que van desde el “arrodillamiento” hasta la búsqueda de márgenes de autonomía.  Es interesante observar que pese a la variación en los grados de sumisión o subordinación que han existido, siempre se ha considerado que la promoción de un vínculo estrecho e interdependiente con el país del norte constituye la mejor forma de satisfacer los objetivos de Colombia.

LSA: Usted dice que tanto el gobierno de Pastrana como el de Uribe marcaron un giro en la política exterior de Colombia hacia EE.UU., sobre todo en el grado de injerencia de EE.UU. ¿Cuál fue el cambio?

A.B.T.: Los gobiernos de Pastrana y Uribe, en los que la crisis de inseguridad por el conflicto armado y el crimen organizado llegó a su máxima expresión, buscaron por voluntad propia y de forma sistemática que EE.UU. tuviera una mayor injerencia en los asuntos internos del país.

Pastrana y Uribe buscaron por voluntad propia y de forma sistemática que EE.UU. tuviera una mayor injerencia en los asuntos internos del país.

Arlene B. Tickner

Pastrana transitó de una “asociación” que buscaba potenciar posiciones propias del país con el llamado Plan Marshall, antes de que apareciera Plan Colombia, a una “asociación” caracterizada por una mayor sumisión o aceptación de la lectura estadounidense de la realidad colombiana enfocada en el narcotráfico y la debilidad del Estado a la hora de confrontarlo, así como, un esfuerzo intencional por intensificar la intervención estadounidense en Colombia.

Uribe representa la continuación y el fortalecimiento de esa estrategia mediante la alineación con el discurso y las posiciones estadounidenses frente a la lucha mundial antiterrorista, lo cual permitió en el plano interno negar la existencia de un conflicto armado.

LSA: Son buenos ejemplos de “intervención por invitación” como usted señala en su artículo...

A.B.T.:  El caso más extremo de asociación es el de la invitación a EE.UU. a intervenir en el país.

El caso más extremo de asociación es el de la invitación a EE.UU. a intervenir en el país.

Arlene B. Tickner.

Es un error pensar relaciones tan asimétricas como la de Colombia y EE.UU. solamente en función de las imposiciones estadounidenses, sin tener en cuenta las gestiones de los países, no sólo de Colombia sino de otros del Sur global, para conducir de una determinada manera la relación.

Suponemos que EE.UU. como potencia siempre tiene una voluntad intervencionista y no es del todo cierto; justamente los casos de Pastrana y de Uribe se dieron en una coyuntura en la que hubo que convencer al Presidente de EE.UU., así como al Congreso, de la necesidad de que ese país adquiriera un rol más activo en los asuntos internos de Colombia relacionados con la seguridad y el fortalecimiento del aparato coercitivo del Estado.

LSA: ¿Está recorriendo Duque los mismos pasos de Uribe?

A.B.T.: Con Duque hay un retorno intencional a posiciones de mayor sumisión que en la coyuntura política estadounidense son muy arriesgadas y potencialmente peligrosas por la volatilidad de Trump y por las tensiones que existen entre los partidos Republicano y Demócrata. Pese a que la política hacia Colombia muchas veces ha contado con el apoyo de ambos, Duque se ha mostrado demasiado cerca a Trump y a los republicanos, y no ha buscado suficiente acercamiento con los demócratas.

LSA: ¿En qué temas ve usted ese retorno?

A.T.: Se ve claramente en la voluntad de reanudar la fumigación con glifosato, más allá de que Duque tenga la convicción de ello. El hecho de ser sumiso no significa que no se comparta la lectura del problema. Uribe la compartió también.

Se observa en general en el tono de su discurso vis à vis EE.UU. donde hay constantemente un deseo de complacer, de aclarar, como hemos visto recientemente, el compromiso de su Gobierno con el tema del narcotráfico. Se nota también en la posición frente a Venezuela, tristemente, que ha sido peligrosamente ambigua frente a la posibilidad de una intervención militar. Otros gobiernos, inclusive el de Brasil de Bolsonaro, han sido enfáticos en su rechazo a una salida de este estilo.

Duque, con tal de mantener la estrechez de su relación con Washington y el beneplácito de Trump, ha manejado una línea muy difusa.

LSA: ¿Qué mecanismos de presión tendría Trump para forzar una política más bélica de Duque en Venezuela?

A.B.T.: Su pregunta supone nuevamente que es EE.UU. el que está presionando a Colombia. Mi punto es que muchas veces es Colombia y su gobierno los que adoptan ciertas posiciones para ganar el beneplácito de EE.UU. y eso está ocurriendo en el caso de Venezuela.

El gobierno de Duque percibe que algunos sectores quieren endurecer más las posiciones de EE.UU. frente al gobierno de Maduro y él ha mostrado su voluntad de ayudar a materializarlas.

La participación de EE.UU. en las deliberaciones del Grupo de Lima, que ha sido gestionada por Colombia, no ha sido bien vista por parte de todos los países miembros, por ejemplo.

La presencia de funcionarios estadounidenses en Cúcuta, en la frontera, es en buena medida resultado de la gestión colombiana.

El intento fracasado de la supuesta ayuda humanitaria no fue una imposición necesariamente de EE.UU. sino que Colombia tuvo una participación muy activa en eso.

LSA: La pregunta entonces sería ¿hasta dónde está dispuesto a llegar Duque por el beneplácito de Washington?

A.B. T.: Desde que Trump llegó a la Presidencia está delirando con la posibilidad de una acción militar en Venezuela y sus propios asesores le han dicho una y otra vez que no sería una alternativa ni deseable ni efectiva. Sin embargo, sabemos de distintas reuniones con mandatarios de América Latina, incluyendo al expresidente Juan Manuel Santos, donde se hicieron sondeos sobre la aceptación que tendría algún tipo de acción militar, que no tiene que ser una intervención armada de tropas por parte de EE.UU., sino que puede ser un operativo multilateral -que no va a pasar- o ataques quirúrgicos para destruir blancos militares, por ejemplo.

El hecho es que los gobernantes de la región, incluyendo a Santos y, exceptuando a Duque, han sido muy enfáticos en rechazarla.

En relaciones asimétricas como las que caracterizan a las colombo-estadounidenses, cuando un actor débil se sobre-compromete y es demasiado entusiasta con las posiciones del más fuerte, abre la puerta para que éste (en este caso EE.UU.) aproveche la oportunidad para imponer más, y es lo que estamos viendo.

Esto no ocurría con otros gobiernos. Santos mismo jamás habría aceptado estos intentos de imponerse en la fumigación y en las objeciones a la JEP. En varias oportunidades se supo de presiones ejercidas por EE.UU. frente a las cuales Santos se paró y dijo no.

Por más fuerte que sea la contraparte, si un gobierno amigo dice que no, “no es no”. El problema de Duque es que dice que sí todo el tiempo y eso es un arma de doble filo, como hemos visto últimamente.

Por más fuerte que sea la contraparte, si un gobierno amigo dice que no, “no es no”. El problema de Duque es que dice que sí todo el tiempo y eso es un arma de doble filo.

Arlene B. Tickner.

LSA: Usted señala en un artículo que en el gobierno de Santos se dio un cambio hacia una cooperación dependiente asociada ¿En qué consistió?

A.B.T.: Me refiero a la cooperación triangulada en seguridad que se dio entre Colombia, EE.UU. y un tercer país, generalmente, de Centroamérica y, en menor medida, del Caribe.

Colombia es un “caballo de troya” perfecto para EE.UU. pues se presenta como el país cooperante, aunque dicha cooperación esté orientada y apoyada materialmente por EE.UU., en países donde su presencia directa sería controversial.

Entonces Colombia pasó de ser un receptor de seguridad, principalmente, de EE.UU. y, en segundo lugar, de Israel y Gran Bretaña, a ser un proveedor de seguridad en el gobierno Santos, justamente en aquellas áreas temáticas en las que las Fuerzas Armadas ganaron experticia producto del conflicto armado y la lucha contra el crimen organizado relacionado con el narcotráfico.

Hoy, esa es la principal forma de cooperación en seguridad que tiene el país, aunque hay otras como la bilateral, y la multilateral que apenas se está gestando entre Colombia, la Unión Europea, la Otan y la ONU.

LSA: Usted dice que “la cooperación dependiente asociada” entre el gobierno de Santos y el de Obama, aunque implicó menor subordinación tuvo contradicciones. ¿Cuáles?

A.B.T.: Para lograr esta cooperación triangulada evidentemente la asociación debe ser muy estrecha. Lo que trato de mostrar con esto es que la cooperación triangulada en seguridad sigue partiendo de una enorme asimetría entre Colombia y EE.UU. que reproduce las relaciones de dependencia existentes pero al mismo tiempo permite al país proyectarse internacionalmente como un cooperante en seguridad, ganar reputación en esa materia y obtener mayores márgenes de maniobra para sus asuntos internos centrales.

LSA: ¿Por qué se logró esto en el gobierno de Santos?

A.B.T.: Durante el gobierno de Santos pasaron varias cosas. La más interesante que engloba todo lo demás es que la narrativa sobre la situación colombiana cambió de forma radical. Me refiero a cómo el Estado mismo comienza a representarse a sí mismo, a cómo los medios internacionales cambian la representación de Colombia y a cómo países amigos como EE.UU. comienzan a percibir el país de otra manera.

He hablado en varios escritos de la “historia de éxito” que construye el gobierno de Santos: de haber sido un Estado al borde del colapso, con actores violentos no estatales que ejercían niveles altísimos de violencia en términos de homicidios, secuestro, desplazamiento, Colombia sufrió una “transformación extraordinaria” como los funcionarios estadounidenses solían repetir, que básicamente la convirtió en un modelo a seguir para el resto del mundo.

Ahora  bien, esa “historia de éxito” que hizo posible la proyección de Colombia como un “exportador de seguridad”  fue en buena parte gracias a EE.UU, resultado del Plan Colombia, de la ayuda en materia de seguridad y del interés también de ese país en presentar a Colombia como un caso de éxito ante los fracasos en sus empresas bélicas en Afganistán e Iraq.

EE.UU. invirtió dinero y esfuerzo considerables para acompañar el proceso de modernización y profesionalización de las Fuerzas Armadas colombianas con miras a consolidar al Estado internamente y generar entrenadores de talla mundial en temas de seguridad.  

Esta historia de éxito generó también condiciones favorables en otras áreas de la diplomacia. La solicitud del ingreso de Colombia a la Ocde, que de otra forma no se habría podido presentar, por ejemplo; la decisión de muchos países de levantar la visa a los colombianos; y la facilidad en el trámite y la extensión en el tiempo de la visa estadounidense.

LSA: ¿En qué se vio reflejado eso que usted dice sobre cómo ese tipo de cooperación le dio a Santos mayor margen de maniobra para los asuntos internos?

A.B.T.:  En un tema neurálgico para el país como las drogas.

Santos fue el primer presidente en ejercicio del mundo que cuestionó públicamente las bondades de la “guerra contra las drogas”. Si bien no llamó abiertamente a la legalización, fue claro en que cualquier decisión sobre la política debía ser producto de la evidencia empírica y no de criterios morales ni imposiciones de gobiernos extranjeros como el estadounidense.

También ganó espacio para la negociación misma de la paz en la Habana. La preocupación de EE.UU. era que Santos iba a ser demasiado laxo en las concesiones a las Farc en dos temas relacionados con el narcotráfico que son de su máximo interés: cultivos ilícitos y extradición.

Viendo en retrospectiva el apoyo y el acompañamiento de EE.UU. al proceso es interesante observar el grado en el que terminó aceptando la negociación que se hizo de esas dos materias.

LSA: ¿La reunión del Embajador con congresistas claves en la decisión sobre las objeciones a la ley estatutaria de la JEP y la preocupación por el punto de la extradición, así como el intento fallido por reunirse con los magistrados de la Corte no demostraría lo contrario?

A.B.T.:  Lo primero que tengo que decir es que si bien el ejercicio de presiones entre países en pro de la defensa de sus respectivos intereses es absolutamente normal, ese grado de imposición, que raya con el irrespeto, no lo es.

Ahora bien, Santos logró que EE.UU. “aceptara” lo pactado en la Habana en materia de cultivos ilícitos y extradición con la condición de que los líderes guerrilleros entregaran información sobre rutas, participantes, etc. El reclamo que hace el Embajador Whitaker es que los ex integrantes de las Farc no están cumpliendo con su parte del trato, lo cual es debatible.

Frente a la extradición, la posición de EE.UU. nunca ha cambiado. Desde los años 80 la considera un pilar en la lucha contra el narcotráfico a nivel mundial, y Colombia, siendo consecuente con su posición de asociación, ha estado más dispuesta a extraditar que otros países, como una estrategia propia en la lucha contra las drogas.

De modo que EE.UU. presiona en este tema hasta donde puede y hasta donde los gobiernos de turno se lo permiten y en ese sentido la posición del gobierno Duque y del Centro Democrático siempre ha sido adversa a la no extradición y a la no cárcel para guerrilleros acusados de determinados crímenes.

El gobierno de Uribe extraditó un número histórico de colombianos a EE.UU. Utilizó la extradición como un instrumento regular en la estrategia antinarcóticos, cuando debe ser de uso extraordinario, lo que además constituye una aceptación abierta de que la justicia colombiana no funciona.

Esto recalca de nuevo el rol activo de los gobiernos colombianos en la forma de relación con EE.UU. Santos también extraditó un número significativo de colombianos pero los números son menores.

LSA: ¿Eso es lo que explica entonces el cambio que dio el embajador Whitaker frente al Acuerdo de paz?

A.B.T.:  Eso y el hecho de que en todo caso él no era el encargado de conceptuar sobre el tema anteriormente, lo era Bernie Aronson, enviado especial de Obama para el proceso de paz en Colombia. Ante la inexistencia de esa figura en la actualidad estamos viendo al Embajador adquirir una vocería más directa en los temas relacionados con el Acuerdo de Paz.

LSA: Recientemente EE.UU. volvió a incluir a Colombia entre los destinos turísticos más peligrosos. ¿Cómo se explica esto?

A.B.T.:  El presidente Duque está generando una narrativa contraproducente sobre Colombia.

El presidente Duque está generando una narrativa contraproducente sobre Colombia.

Arlene B. Tickner.

Básicamente, está enviando al mundo el mensaje de que los procesos de paz (con las Farc y el Eln) están en un estado de declive -lo cual es cierto-; que la crisis de seguridad está volviendo a unos niveles alarmantes más parecidos a los de un país en guerra que a los de un país en paz; que el Estado no tiene el dinero para poder cumplir con lo pactado en la negociación con las Farc; y que el gobierno colombiano no tiene necesariamente que respetar lo negociado en la Habana.  Todo esto está haciendo mella en la percepción que se tiene de Colombia a nivel internacional como un modelo a seguir en temas de paz y seguridad.

Ha habido, pues, un retroceso en la imagen que, de nuevo, el mismo Gobierno está proyectando hacia el exterior. Eso explicaría que el Departamento de Estado haya declarado nuevamente a Colombia un país peligroso por el riesgo de secuestro.

Arlene B. Tickner. Foto: Emilith Muñoz

LSA: ¿Cómo se toman o quién está tomando las decisiones, en general, en el gobierno de Trump respecto a América Latina?

A.B.T.:  América Latina, en general, no es una región de importancia para el gobierno de Trump más allá de unos pocos temas: comercio, migración, drogas y “la troika del mal” que son Cuba, Nicaragua y Venezuela, como las ha llamado John Bolton, el Consejero de Seguridad Nacional, quien es de extrema derecha y tiene antecedentes inquietantes en materia de política exterior.

Son pocas las personas que le hablan al oído a Trump. Entre ellas están Bolton y el senador Marco Rubio, a quien le obsesiona el tema de drogas y lo que tiene que ver con esos tres países.

Mike Pompeo es menos influyente y de hecho se especula que pese a ser también de derecha, genera contrapeso frente a los más radicales. Hay otros republicanos cubanoamericanos del estado de Florida, además de Rubio, como Mario Díaz-Balart, que en ciertos temas, Cuba sobre todo, están influyendo.

La inquietud que esto plantea es cuáles instituciones pueden ejercer protagonismo y balanceo frente a las posiciones más preocupantes que ha adoptado Trump en materia de drogas, migración o Venezuela.

Lo que se ha experimentado con ese Gobierno es la desinstitucionalización del Departamento de Estado que cada vez está menos encargado de la política exterior de EE.UU.

Y esto es una desventaja para Colombia no sólo porque ha tenido con esa dependencia gubernamental relaciones muy profundas sino porque es una institución favorable al proceso de paz y a la implementación de los Acuerdos.

También está el Comando Sur, que no tiene ninguna intención en participar en una guerra contra Venezuela.

LSA: Usted dice que Colombia no sólo ha recibido de manera “entusiasta” las directrices de EE.UU., sino que sus relaciones con otros países han estado mediadas por el país del norte. ¿Venezuela es un buen ejemplo de ello?

A.B.T.:  No es un aspecto generalizado de la política exterior colombiana, sino particular en la relación con Venezuela. El país tiene una relación muy estrecha con México, por ejemplo, que no se estudia lo suficiente y no está mediada por EE.UU.

Uribe promovió que su relación con EE.UU. orientara la relación con Venezuela y a su vez quiso servir de vehículo para que EE.UU. orientara a través de Colombia su relación con Venezuela con el famoso acuerdo de las bases militares en 2009.

Al principio se creyó que se trataba de una solicitud de EE.UU. después de perder el uso de la base de Manta en Ecuador que le servía para realizar sobrevuelos antinarcóticos. Después se supo que realmente fue una propuesta de Uribe para sellar su compromiso en la lucha antidrogas pero también para mandarle un mensaje a Hugo Chávez de que contaba con el respaldo militar estadounidense en caso de que ese mandatario decidiera emprender una acción militar contra Colombia.

Cuando llegó Santos su prioridad en política exterior fue restablecer las relaciones con Venezuela y Ecuador, país con el cual se habían roto también tras el bombardeo al campamento de Raúl Reyes cuando, paradójicamente, Santos era Ministro de Defensa.

Para ello, parte de la estrategia fue desarticular la relación con Venezuela de la relación con EE.UU. ante el escenario de un gobierno muy volátil cuando muere Chávez y llega Maduro al poder. Santos, muy hábilmente, buscaba que Colombia no fuera instrumentalizada con fines políticos por parte de los dos gobiernos chavistas.

Con Duque estamos en presencia de un retorno a una estrategia similar a la de Uribe. Y esto es muy peligroso, lo fue antes y lo sigue siendo ahora, por la sencilla razón de que la relación de Colombia con Venezuela, con la cual compartimos una frontera extensa, viva y altamente compleja, responde a necesidades e intereses completamente diferentes a los que puede tener EE.UU. en su relación con Venezuela y no conviene juntar las dos relaciones porque termina Colombia involucrada en acciones que tienen graves consecuencias para los intereses colombianos.

LSA: Usted habla del “proamericanismo” de las élites colombianas. ¿Esto explica la reacción, hasta cierto punto pasiva, frente a los regaños de Trump?

A.B.T.:  Me parece que ha habido una reacción más desfavorable de la que suele haber en este tipo de situaciones, pero lo que me llama la atención es la sorpresa que está implícita en las reacciones críticas. Que cómo se atrevió Trump a regañar a un aliado tan bueno como lo es Colombia y Duque, y cómo se atrevió a hacerlo en público. ¡Porque si hubiera sido en privado, no habría habido tanto problema seguramente!

Las élites quizá están acostumbradas a ser regañadas en privado en su obsesión de cercanía con EE.UU., pero el regaño público sí se interpreta como una traición. Entonces no es el hecho en sí el que ha generado molestia sino la forma.

LSA: ¿Tiene sentido estar del lado de una potencia como EE.UU.? ¿En qué lo ha tenido y en qué no?

A.B.T.:  Hay cosas que ha hecho EE.UU. con Colombia que no haría con ningún otro país dado el grado de confianza y cercanía entre los dos países. Pese a la interdependencia con México jamás le encomendaría labores de seguridad en otros lugares del mundo, por ejemplo.

No es mentira cuando distintos gobiernos estadounidenses han dicho que Colombia es el mejor aliado que tienen en el hemisferio occidental y eso eventualmente abre puertas. Explica el apoyo al proceso de paz, por ejemplo, pese a algunas reservas.

LSA: ¿Cuáles han sido los costos?

A.B.T.:  El costo de tener una relación tan estrecha de asociación es la pérdida de maniobra en temas neurálgicos para el país sobre los cuales EE.UU. también tiene preocupación y no necesariamente piensa igual ni quiere lo mismo.  

Lo que estamos observando en este momento, comenzando por el montaje de la DEA que llevó a la captura de Santrich, es el “castigo” estadounidense por el ejercicio previo de la autonomía por parte de Santos en el tema de drogas.

Es un arma de doble filo. Santos trató de potenciar la asociación para ganar margen de maniobra, pero al gobierno siguiente de Duque se lo están cobrando y él está participando activamente del castigo. En todo caso, este ha sido un tema cíclico en las relaciones bilaterales en materia de drogas entre los diferentes gobiernos colombianos. Se ve en el tránsito de Gaviria a Samper, de Samper a Pastrana, y de Santos a Duque.

LSA: ¿Cuál es su pronóstico de las relaciones entre los dos países?

A.B.T.:  Dado el apoyo internacional contundente al Acuerdo de Paz y a la reglamentación de la JEP y dada la polarización política que este tema ha generado al interior de Colombia, a diferencia de lo que ha pasado en otros asuntos, la injerencia estadounidense y su apoyo a Duque está siendo contraproducente para los propósitos mismos del Presidente, quien ha buscado que EE.UU. respalde su postura nociva frente a los Acuerdos de Paz.

El intento fallido del Embajador de forzar un cambio en el voto de los congresistas da cuenta de ello.

Al mismo tiempo, el retorno a una estrategia de asociación sumisa está dando lugar a que EE.UU. comience a imponer decisiones y políticas que pueden ser contrarias a los objetivos nacionales y a los mismos objetivos del Gobierno.

 

Para citar:

Tickner, A., & Bernal, J.L. (2017).”Imaginario de política exterior y proamericanismo en Colombia”. En Nuevos enfoques para el estudio de las Relaciones Internacionales de Colombia. (edt) Tickner, A & Bitar, S. Universidad de los Andes. p. 3-38

Tickner, A. & Morales, M. (2016). Exportación de la seguridad y política exterior de Colombia. Análisis 12. 1-32

Tickner, A. (2007). “Intervención por invitación. Claves de la política exterior colombiana y de sus debilidades principales”. Colombia Internacional 67. p. 90-111

Tickner, A. & Morales, M. (2007). Cooperación dependiente asociada. Relaciones estratégicas asimétricas entre Colombia y Estados Unidos. Colombia Internacional 85. p. 171-205

 

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David Roldán

26 de Abril

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