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Por Natalia Arbeláez Jaramillo · 23 de Febrero de 2019

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Esta semana el Fiscal General le pidió al presidente Iván Duque objetar la ley estatutaria de la Justicia Especial para la Paz, petición de la cual hizo eco el Centro Democrático en cabeza del expresidente y senador Álvaro Uribe. Esto, aunado a la designación del director del Centro de Memoria Histórica y al anuncio del congresista del CD, Edward Rodríguez, de un proyecto de ley para limitar la libertad de cátedra en los colegios y evitar que los profesores hagan proselitismo político, ponen de presente la disputa que hay por la narrativa sobre el conflicto armado.

Para analizar lo que está en el trasfondo de esa discusión, La Silla Académica entrevistó a Adolfo Chaparro, filósofo y profesor de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad del Rosario, con base en su libro “La cuestión del ser enemigo. El contexto insoluble de la justicia transicional en Colombia”.

En su libro, usted dice que en la base de nuestro orden social está la distinción amigo/enemigo ¿cómo podemos salir de ahí?

Adolfo Chaparro: Desde la conquista, la violencia es nuestra expresión de lo político.

Hasta ahora esa violencia ha logrado dividir al país en amigos y enemigos por períodos intensos y muy dramáticos de la historia. Sin embargo, las preocupaciones de las sociedades contemporáneas son muy complejas y no se pueden resolver con  una discusión interminable entre izquierda y derecha.

Lo que hoy hay es una preocupación casi que básica de los ciudadanos por la sobrevivencia. Por cuestiones como si pueden respirar o tomar agua potable en todos los municipios. El mínimo biopolítico para garantizar la vida.

En ese sentido, lo político, entendido como lo común, como un espacio de encuentro, de debate y de consenso, con toda la diversidad que tiene Colombia, no encuentra todavía un espacio por fuera de la violencia.

Cuando se ponen de presente este tipo de urgencias de lo común probablemente tenemos un norte que ya no se basa en las divisiones tradicionales. No estamos en un dilema de derecha o izquierda, de mercado o Estado, de política pública o política privada. No hay una política radical que hoy se pueda imponer.

El proceso de paz y la justicia transicional podrían ser utilizados para llegar a ese punto que hace posible una noción distinta de lo político. Lastimosamente por varias razones ese camino no parece muy viable ahora. Hemos perdido el norte que significaba acabar el conflicto. Vivir el día D: después del conflicto.

LSA: Usted dice que los colombianos respondemos a los  grandes dilemas con soluciones mezquinas … ¿en la lucha del CD por imponer su narrativa del conflicto hay mezquindad?

A.C.: Primero que todo es importante aclarar que una cosa es tener una narrativa, que puede convertirse en una disputa acerca de la interpretación de la historia y otra es generalizar la idea de que la opinión puede variar indefinidamente.

Las narrativas no son tantas. Hoy tenemos dos, por lo menos en bloque, aunque haya matices.

 

¿Es posible que el Estado colombiano pueda reconocer el conflicto y que él mismo ha sido parte activa de ese conflicto? El que dice que sí involucra el Estado en esa narrativa. El que dice que no, lo excluye. Pero los hechos son tozudos.

 

LSA: ¿Cómo cuáles?

A.C.: La narrativa según la cual todo lo que ha pasado en Colombia es producto de unos terroristas vinculados al narcotráfico que pretenden un beneficio personal con el pretexto de un ideario político supone una desconexión con la realidad.

Los gobiernos desde los años 60, y a pesar de que ellos mismos han creado ciertas comisiones para estudiar la violencia, no han atendido a sus resultados ni a los estudios de todas las ciencias sociales, que durante 40 años han intentado explicar las causas del conflicto y las posibilidades de solución.

Hay una especie de Estado autista, poco ilustrado en el sentido que no tiene intención de entrar en el campo de la investigación, que no se circunscribe, como se piensa, a la innovación tecnológica.

LSA: Y ¿qué tiene que ver esto con las narrativas?

A.C.: Lo ideal es deshacerse de las narrativas para poder escuchar a la gente que ha venido reconstruyendo la memoria de manera rigurosa, con estadísticas claras de lado y lado.

En la labor del Centro de Memoria Histórica los secuestrados tienen tanta importancia como los desplazados, los desaparecidos o las víctimas de las masacres. Si hay un vacío habrá que llenarlo, pero no con una nueva narrativa.  

Durante los dos gobiernos del presidente Uribe hubo una declaratoria de que las explicaciones sobre el conflicto no iban a tener un impacto en las políticas, sino que éstas responderían al ejercicio mismo de la violencia, sin necesidad de hacer grandes elucubraciones sobre los motivos de la guerrilla ni su importancia política.

La política de nuevo se resolvió por la vía militar, del enemigo interno que hay que aniquilar. Hay una idea de que estamos enfermos y eso se cura extrayendo el tumor que sería en ese caso la guerrilla. Pero no se logró.

Lo que se hizo fue un proceso de reincorporación y desmovilización de los paramilitares que nadie lo entendió como un proceso de paz pues no tenía ese objetivo.

En ese momento, entonces, la narrativa se impuso sobre la investigación.

Con la puesta en marcha del proceso de paz, los investigadores encontraron una vía política para salvar su ejercicio consistente en evitar las narrativas y en poner a las víctimas en el centro y darles a todas la misma importancia, desde una perspectiva que no fuera partidista. Sin embargo, la matriz inicial amigo - enemigo volvió otra vez a meter toda su capacidad polémica en eso que parecía el punto de llegada y se politizó en el mal sentido el Acuerdo mismo. Se creó una división entre las víctimas.

Si algo deberíamos hacer para disolver la distinción amigo - enemigo es la creación de un Estado que en sí mismo no tiene ese dilema sino que construye la idea misma de nación.

La matriz inicial amigo - enemigo volvió otra vez a meter toda su capacidad polémica en eso que parecía el punto de llegada.

Adolfo Chaparro

LSA: ¿Usted cree que la discusión sobre la existencia o no de un conflicto armado que se reabrió con la llegada de Darío Acevedo al Centro de Memoria Histórica sigue siendo relevante?

A.C.: El nuevo director del Centro de Memoria Histórica está entrampado en la dificultad de anteponer una narrativa a la investigación. Para legitimar su posición, está tratando de refugiarse en la figura neutral del funcionario, pero es evidente que su cargo tiene justamente la idea de imponer una narrativa del conflicto y de minimizar otras. Se nota por su defensa y por la de quienes lo apoyan que no conocen la metodología ni los alcances ni resultados que el Centro ha mostrado. En vez de evaluarlos, ya hay una descalificación a priori.

Lo que está sucediendo es que sin ninguna justificación clara en términos teóricos una persona dice que no hay conflicto armado y que el sustento es la interpretación que una mayoría hace del conflicto. Significa que el propio investigador no está comprometiendo su trabajo en la forma de ver la historia.

Contrario a lo que él sostiene, en general las estadísticas, los historiadores, toda la comunidad académica nacional e internacional, está de acuerdo con que Colombia sufrió un conflicto interno y que a partir de ese concepto es necesario desarrollar las políticas del posconflicto. Si usted sustrae el concepto organizador de toda la política, lo que queda es imponer una narrativa y usar métodos de investigación que la justifiquen.

LSA: ¿Qué implicaciones tiene negar el conflicto?

A.C.: Si se niega el conflicto, las soluciones están dadas y son básicamente militares y económicas. No hay una verdad que valga la pena volver a traer porque muchas de las formas de oposición al Acuerdo de Paz son una especie de imposición del olvido. Ese negacionismo,  no ayuda ni a la historia de Colombia ni al futuro de los colombianos.

LSA: ¿Por qué no?

A.C.: Es enfrentando el monstruo que somos todos, entendiendo qué es lo hemos hecho para legitimar la violencia como forma de lo político -porque estamos siempre dispuestos a ello incluso por la vía jurídica- que se puede evitar la vuelta cíclica de otras formas de violencia.

El trabajo de la academia sería útil para dirimir lo que parece que se define siempre entre dos figuras políticas o dos partidos. Dejarle la política a los políticos no es una buena estrategia para el conjunto de la sociedad.

LSA: En su libro hay un llamado a la neutralidad política ¿En qué consiste?

A.C.: La idea de neutralidad política se refiere a la necesidad de un punto de partida para que haya una especie de reinvención de las relaciones entre los colombianos. Un momento en que la persona desconfía de su propia identidad. 

En Colombia las relaciones entre clases y grupos sociales están inmersas en la sospecha. Es muy difícil ver al otro de una manera desprevenida. El resultado es una sociedad civil débil y la tendencia al nepotismo, al amiguismo. Y la política misma está de alguna manera enraizada ahí.

Los colombianos tenemos un repertorio de prejuicios disponible que justificamos después políticamente.

Los colombianos tenemos un repertorio de prejuicios disponible que justificamos después políticamente.

Adolfo Chaparro

LSA: ¿Podría elaborar sobre esto?

A.C.: Es bueno tener ideas claras de por qué pertenecemos a una agrupación política u otra, pero antes de eso deberíamos podernos preguntar cómo hemos llegado a ser lo que somos. Es una cuestión casi que socrática. Por qué hemos llegado a ser los enemigos o los aliados de alguien.

Esto puede ser útil, para que aún sabiendo que todo va a seguir como está, por lo menos por un momento pudiéramos ver al otro como alguien que no conocemos y justo porque no lo definimos de antemano, ni nos  hacemos un juicio previo sobre él, puede haberfuturo en esa relación.

No pretendo que se suspenda la vida jurídica y política del país, sino que por un momento aceptemos que pertenecemos a un país y que no estamos divididos naturalmente entre amigos y enemigos, ni que el provecho de unos depende de la desgracia de otros.

LSA: Usted habla también de la necesidad de que haya un estado neutral ¿Cómo sería esto?

A.C.: Algo en lo que me parece que liberales, socialistas y conservadores podrían estar de acuerdo, es en la necesidad de que el Estado no se convierta en un botín político y que las políticas públicas inclusivas no tengan porqué estar reservadas a los intereses hegemónicos de la izquierda o de la derecha, sino a las demandas del conjunto de la población, y los intereses diversos y cambiantes de la ciudadanía.

Se necesita un estado neutral al mejor estilo de la neutralidad idealizada de las fuerzas armadas, que por principio deben defender a la población y no pueden estar ni de al servicio de creencias religiosas ni de intereses particulares, ni pueden decidir sus operaciones con base a su pertenencia a uno u otro bando del espectro político. El Ejército es la fuerza de un Estado y no de un gobierno. Ese debería ser el resultado del proceso de paz. 

Cuando la neutralidad del Estado se pierde no hay oposición posible. Eso sucede en la derecha y en la izquierda, para los cuales la hegemonía es muy importante. En esa línea la derecha aprendió rápidamente de la izquierda.

LSA: ¿Qué es lo que la derecha ha aprendido de la izquierda?

A.C.: Una forma de hacer oposición que es muy fuerte y eso se ve claramente en el Centro Democrático, por ejemplo, cuando frente a un gobierno como el de Santos, que finalmente comparte con ellos intereses y privilegios, terminan por desplazar en el ejercicio de la oposición a la izquierda misma. Todo por la resistencia al proceso de paz y a la profundización de la democracia que ese proceso implica.

No es sólo la oposición que lleva a la eliminación del enemigo, sino a la polemología, que asimila discusión política con polemizarlo todo.

Nada servía de los gobiernos del Frente Nacional para la izquierda, nada sirve para la derecha, para el Centro Democrático, si no está gobernando.

La derecha también aprendió de la izquierda el compromiso con el partido, la idea de una militancia que no habíamos vuelto a ver en Colombia, lo que es una virtud.

Pero a la vez genera una dificultad interna, cuando la convicción se convierte en fanatismo y se vuelve imposible discutir a fondo sus principios, que están encarnados en una persona. El culto a la personalidad típico del estalinismo.

Por esa vía, la figura del líder en la derecha y en la izquierda va más allá de la pura mecánica política. Ese líder tiene la idea de que en los momentos más difíciles de lo político, tiene que tomar grandes decisiones traspasando incluso el límite de la legalidad y la institucionalidad.

LSA: ¿Cree que eso puede estar en la base de la objeción a la ley estatutaria de la JEP?

A.C.: La JEP ha sido sometida al debate en el Congreso, tiene el aval constitucional e internacional. Sin embargo, tranquilamente, en el Centro Democrático, concretamente el expresidente Álvaro Uribe, por sus ideas políticas y el bloque de consenso adentro del partido, piensa, y esto es algo de lo que todos están convencidos, que está más allá de la institucionalidad y que puede reformarla y acabarla totalmente si es el caso.

Es decir que hay principios que trascienden los de la organización del Estado y el principio más alto que significa la paz.  

En la izquierda pasa lo mismo, y Venezuela es un ejemplo de ello. Aquí también pasa, pero en el caso del vecino país es evidente. Maduro puede romper la separación de poderes, cooptar los funcionarios públicos, orientar los beneficios del Estado hacia los partidos afines, incidir políticamente en la decisión de los jueces.

LSA: Usted habla de la necesidad de separar el daño ocasionado por la guerrilla de una metafísica del Mal ¿A qué se refiere con eso?

A.C.:  Cuando uno tiene una visión política claramente repartida entre amigos y enemigos, muy fácilmente le adjudica el bien a los amigos y el mal a los enemigos.

En un país como el nuestro, donde los principios morales tienen una fundamentación religiosa, no es extraño que la creencia religiosa del mundo se traduzca rápidamente en una visión política. En el proceso de paz, eso supone adjudicarle al otro, al enemigo, un poder demoníaco que excede sus propias capacidades. Lo convierte en un agente del Mal.

Con la formación religiosa que tenemos los colombianos es muy fácil que las personas en general empiecen a entender lo político desde lo religioso. Alguien de izquierda o de derecha, puede ser percibido como una encarnación del mal o del bien, que tiene una justificación metafísica.

Eso eterniza a un político en un lugar o a los guerrilleros como una especie de infierno latente en una parte de Colombia.

LSA: Pero en su libro pareciera apelar a ciertos preceptos religiosos para salir de la encrucijada de odio en que estamos los colombianos … ¿Esto es así?

A.C.:  Sí. No hay que negar la tradición religiosa sino reconocerla.

Es necesario entender que no hay una relación directa entre el mundo religioso y el mundo político.

Yo sospecho que buena parte de lo que ha pasado y de lo que pasó en el plebiscito tiene que ver con creer que dicha relación existe. Hasta ahora nos estamos dando cuenta de la profunda formación religiosa que a nivel colectivo guía nuestras creencias, aunque siempre estemos tratando un poco de ser los vivos del paseo: modernos, seculares, liberales, ilustrados. Y al otro día resulta que no.

En todo caso, hay un fondo religioso que se puede manipular para un lado o para el otro.

Es necesario entender que no hay una relación directa entre el mundo religioso y el mundo político..

Adolfo Chaparro

LSA: ¿Cómo sería para el lado positivo?

A.C.:  Se puede aprovechar para promover una política responsable del perdón. Hacerlo explícito puede ayudarnos a reconocer que ese fondo religioso nos exige un grado de perdón.

Hay que tratar de secularizar principios que como el del amor al prójimo son de aceptación popular y podrían ayudar a implementar una política de paz.

Dado que el concepto de paz tiene un trasfondo religioso, me parece que vale la pena incorporar a la población en un discurso que tenga en cuenta sus principios morales.

LSA: ¿Tiene sentido hacer eso en un país que aunque se dice mayoritariamente católico ha tenido una evangelización superficial?

A.C.:  La catequización en Colombia es muy básica pero ha sido muy efectiva. Moviliza emociones morales, que están muy arraigadas y que funcionan como criterios decisorios acerca de lo que está bien o mal, y es eso lo que define nuestras empatías. Se trata de una base de la que todos participamos pero nadie se atreve a hacer explícita.

LSA: Usted dice que una despolitización debe venir acompañada de una hiperpolitización de todos los aspectos de la vida, sean públicos o privados, sociales o culturales, científicos o religiosos etc.. ¿no es contradictorio?

A.C.:  A lo que me refiero es que no se puede dejar que las grandes decisiones se queden atascadas en las discusiones eternas entre los partidos. Los operadores de la política, como lo comprobamos cotidianamente, no siempre tienen claridad ni información sobre los grandes problemas del país. 

Cuando hablo de hiperpolitización me refiero a que la sociedad misma, los movimientos sociales, los grupos de mujeres que están tomando fuerza en toda Latinoamérica, la academia, los trabajadores, los individuos, puedan pensarse así mismos no como miembros de un partido y en relación con un enemigo sino en relación con un proyecto dentro de un conjunto que es el país.

Es difícil superar el escepticismo general con la política encarnada en mucho políticos, pero una actitud en cadena que afirme esas diferentes formas de soberanía política podría llevar a una repartición distinta del privilegio que significa en Colombia ser político. La muerte sistemática de líderes sociales indica en parte las posibilidades y las dificultades que entraña esa nueva repartición.

Para citar:

Chaparro, A. (2018). La cuestión del ser enemigo. El contexto insoluble de la justicia transicional en Colombia”. Siglo del Hombre/ Centro Editorial Universidad del Rosario.336.

Chaparro, A., & Roermund, B. V., & Herrera, W. (2016). ¿Quiénes somos “nosotros”? O cómo (no) hablar en primera persona del plural. Universidad del Rosario. 358.

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