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Para facilitar la lectura usamos indistintamente la palabra “afro” y la palabra “afrodescendiente” para referirnos a la población mulata, negra, afrocolombiana, raizal de San Andrés y palenquera del país, reconociendo que son diferentes entre sí y que estas denominaciones han sido y serán objeto de debates políticos.

A raíz del “despertar” que ha habido en EE.UU. sobre el racismo tras el asesinato de George Floyd a manos de un policía en Minneapolis, con el #BlackintheIvory, en tan solo cinco días, se produjeron 90 mil tweets de profesores compartiendo experiencias de racismo de las que habían sido víctimas en universidades de Estados Unidos. 

 

¿Cuántos profesores afro podría haber en las principales universidades del país? Tras indagar en las seis universidades aliadas de La Silla Académica, la respuesta es: muy pocos.  En los tres años de existencia de La Silla Académica, solo hemos entrevistado a dos profesores afro.

Con este mea culpa y el objetivo de abrir una discusión sobre este tema, algunos de los profesores afro de estas universidades, hicieron una reflexión personal sobre el racismo en la Academia para esta historia. Ellos son Edna Manotas, de la Uninorte; Eduard Moreno, de la Javeriana; Merlin Grueso, del Rosario; Jhon Freddy Moreno, del Externado; Luis Sánchez, de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Los Andes; y Mara Viveros, de la Universidad Nacional.

Viveros ha publicado varios artículos académicos sobre el tema como “Escapar a las carimbas. Trayectorias de clases medias ‘negras’ en Colombia en clave de interseccionalidad” y es coautora del libro “Pigmentocracias. Color, etnicidad y raza en América Latina” a partir del cual reflexiona aquí sobre el racismo en la Academia.

Dice que hay que hablar de “raza” porque nombrarla, en singular, es la forma de reconocer los efectos sociales que produce, el vínculo que hay entre racismo y desigualdades sociales: “no podemos decir que la raza no existe cuando por la raza la gente se mata, la gente no accede a salud, no accede a educación o a un trabajo. Si no la nombramos, no podemos registrar que el racismo existe”.

Viveros explica que “la raza, como la clase y el género son las tres grandes categorías que han servido para organizar jerárquicamente la sociedad y para atribuirle a unos grupos sociales un lugar subordinado en ese orden”.

Porque el racismo “es sistémico”, dice Viveros, es necesario “documentar sus efectos” y una de las formas de hacerlo es teniendo cifras. 

En la Universidad del Rosario el año pasado levantaron un censo y aunque Bastien Bosa, uno de los profesores del colectivo UR Intercultural que busca la inclusión de pueblos étnicos y que lideró el proceso, reconoce que la metodología todavía tiene mucho por mejorar, valora que hayan dado un primer paso.

De 835 empleados de planta (incluyendo profesores y administrativos) solo dos se reconocieron como afrodescendientes y uno como indígena. Ser una absoluta minoría étnica es la constante en las principales universidades del país.

“Lograr el autorreconocimiento étnico depende de que las personas tengan la tranquilidad de hacerlo sin sentir que esto los va a devaluar como personas, que puedan sentir orgullo de nombrarse en términos étnicos. Esto conlleva además desarrollar una conciencia política de que la autoidentificación sirve para combatir los efectos de la racialización, así que no es algo sencillo”, dice Viveros.

 

Luis Sánchez

Puertorriqueño. Su doctorado es en Geografía de la Florida State University. Es profesor asociado del departamento de Historia de la Facultad de Ciencias Sociales de los Andes.
"“Sí” y “no” soy afrodescendiente. Lo racial tiene que ver con autopercepción y asignación y es un proceso constante de construcción y deconstrucción."

“Sí” me autoidentifico como afrodescendiente por convicción y porque es imposible que alguien que haya nacido en las Islas del Caribe no lo haga. La idea de que somos producto de la mezcla de tres razas es una construcción del blanqueamiento, la evidencia histórica es que tras la colonización no quedó ningun indígena en esas islas y llegó a haber un 90 por ciento de población afro, como se dice: “el que no tiene inga tiene mandinga”, de negro tienes algo por cualquier lado.

Lo negro tiene poco que ver con asuntos genéticos, la falacia racial, y mucho que ver con las cosas que hacemos, lo que nos identifica como pueblo: es muy negro lo que comemos, la música que escuchamos, la forma como hablamos, nuestros comportamientos sociales, desde esa perspectiva es innegable que soy negro.

El “no” tiene que ver con que para algunos no soy lo suficientemente afro. Nací en Puerto Rico y cuando terminé el pregrado me fui a estudiar primero a Ohio -Midwest- y después al Norte de la Florida: quedé en el limbo racial, no es que no fuera negro para la población afro de esos lugares sino que no era lo suficientemente negro y por eso no era tan bienvenido. La etiqueta de latino hispano sirve para agrupar a un montón de personas que no cuadran con su percepción de la gente en términos raciales

Cuando llegué a Colombia y entré a trabajar a la Universidad de Los Andes me di cuenta que aquí el asunto racial es importante, pero lo es más la clase social. Entrar a una universidad de élite me catapultó, me dio un status social que no había tenido antes.

Tener además un título en una universidad extranjera es distinto a que si me hubiera graduado en la Nacional aquí. Soy de los pocos en la universidad que no es uniandino.

Creo que puedo contar una sola persona, un solo profesor que haya visto de piel negra en la universidad y eso es diciente. Surgen las preguntas: ¿por qué es así? ¿por qué no hay más diversidad?

Mi trabajo como geógrafo se ha concentrado en los Montes de María y en el Pacífico, y claramente la población afro está segregada espacialmente, como lo está en nuestra cabeza.

El lugar de los “negros” es el Pacífico y el Caribe y los que no están allá están fuera de lugar. Eso hace también que las personas afro se autolimiten antes de haber dado la pelea y eso explica en parte la falta de diversidad en los entornos académicos.

Edna Manotas

Barranquillera. Tiene un doctorado en Comunicación de la Universidad de Huelva en España. Es profesora de cátedra y coordina el área de Diseño de Material Educativo Digital en el Centro para la Excelencia Docente de la Uninorte. .
"Me identifico como afro, tengo los rasgos físicos, los antepasados, pero nunca he ejercido como tal en términos de haber aplicado a alguna beca o subsidio para personas con pertenencia étnico racial. Tampoco pertenezco a ninguna comunidad. Quizá porque no he tenido necesidad."

Me identifico como afro, tengo los rasgos físicos, los antepasados, pero nunca he ejercido como tal en términos de haber aplicado a alguna beca o subsidio para personas con pertenencia étnico racial. Tampoco pertenezco a ninguna comunidad. Quizá porque no he tenido necesidad. Mis padres son profesores y con un crédito del Icetex hice el pregrado en la Uninorte.

Hace cerca de 9 años regresé a Barranquilla después de vivir en Bogotá, me gané una vacante para ser profesora en la Uninorte.

Ese cambio vino acompañado de la decisión de dejar salir mi pelo natural con mi familia, que me quería proteger, en contra. Desde los 12 años había estado en la esclavitud de alisarmelo porque había entendido que mi cuerpo estaba mal.

Cada ocho días tenía que ir a la peluquería y usar un químico muy fuerte que te daña la capa natural. Era un problema hacer ejercicio y sudar o meterme al mar o a una piscina o que lloviera simplemente. En una ciudad además con temperatura promedio de 30 grados.

Al principio la gente se me quedaba mirando en los centros comerciales, así que levantaba la cabeza, empecé a ganar ovarios.

Esto dio lugar después a que con otras colegas de la Uninorte conformaramos un colectivo en 2016 para abrir una discusión con estudiantes, mamás, abuelas, en torno al cabello rizado al que comúnmente llaman: pelo malo, pelo estropajo, pelo de muñeca mala encontrado en arroyo. El cabello rizado supuestamente no es formal, no puedes ir así a una entrevista, por ejemplo. Por eso las mujeres se lo estiran y los hombres lo mantienen bajito.

Le metimos la parte estética de cómo cuidarlo y cómo peinarlo pero también una reflexión académica. Las africanas negras querían parecerse a su ama blanca que tenía el poder. El cabello es un símbolo de poder. El problema no es plancharse el pelo, uno hace con su cuerpo lo que le parezca, pero que sea por las razones correctas, porque uno se siente pleno con esa decisión y no porque la sociedad te está diciendo que tú no eres correcta.

En la universidad hay varios profesores negros pero no sé si se denominan afrodescendientes. Hay muchos programas, gente de todas partes de Colombia y del extranjero. Tenemos profesores de Tanzania (África). Están interesados en el perfil académico, más allá de que la gente tenga un color determinado.

Pero en la medida que las universidades no lleven estadísticas, están actuando por omisión. No es un fenómeno que queramos visibilizar, estudiar sistemáticamente y al que queramos responder con políticas, todavía se queda en lo anecdótico.

Desde 1938 hasta 1993, no se recolectó información sobre la población afro del país, como se relata en el libro “Pigmentocracias”. Colombia ha oscilado entre esa omisión y las fallas en la recolección de los datos: la forma en que se pregunta es fundamental.

A partir de la Constitución de 1991, cuenta Viveros, el Estado definió a las comunidades negras como las que vivían, por ejemplo, en las riberas de los ríos y basaban su economía en prácticas tradicionales de producción. Muchos no se reconocían así y, además, esa idea ignoraba que había muchas personas afro en las grandes ciudades que habían nacido allí.

En el censo de 2018, de hecho, se “redujo” de un pincelazo un 30 por ciento la población afrodescendiente del país, pasando de un 11 por ciento en el censo de 2005 a un 6 por ciento. Expertos lo atribuyen a que en el censo hubo fallas en la forma de preguntar por el autorreconocimiento, por suposiciones del censista, y a que tampoco se aplicó el censo en varias partes del país; algunas de ellas, urbanas donde también se “redujo” la población con respecto a 2005.

Unas de las cifras más confiables sobre población afrodescendiente, aunque datan de 2010, son las del proyecto “Perla”, que se aplicó en varios países latinoamericanos y del que participó Viveros. Según ese estudio, un 19,4 por ciento de personas se autorreconocieron como afrodescendientes en Colombia.

“En Colombia, sin embargo, y en buena parte de Latinoamérica ha operado la ideología del mestizaje según la cual todos somos iguales: una mezcla (de indígena, afro, europeo); y como somos iguales, con esfuerzo y mucha voluntad se supone que todos podríamos alcanzar buenos resultados” anota Viveros.

Y ese discurso encuentra eco en las universidades, que en principio se rigen por la meritocracia y son sistemas democráticos, pero es un discurso muy ambiguo porque según Viveros el mundo académico “es uno de los lugares más jerarquizados y excluyentes, dado que la gente no llega, no accede a él en igualdad de condiciones”.

Merlin Grueso

Puertoboyacense. Su doctorado es en Psicología Social y Antropología de las Organizaciones de la Universidad de Salamanca de España. Es profesora titular de la Escuela de Administración y miembro de la junta directiva de la universidad. .
"Es escasa la representación de población afrodescendiente en la universidad, aunque para mí es lo normal. Los sectores donde he estado se caracterizan por estar dominados por gente blanca. Ha sido la generalidad de mi vida."

Mi experiencia personal no es la regla general, comienza con la decisión de mis papás de irse de Belén del Nape, en Cauca, un pueblo al que solo se llega en avión o por lancha desde Guapi: no sé cómo llegó la civilización hasta allá.

Mi papá, que solo terminó el bachillerato, arrancó como asistente de cocina de la Texas Petroleum Company y se jubiló como supervisor de oleoductos. Fuimos ocho hermanos y con becas de la empresa pudimos estudiar el pregrado: yo estudié en la Javeriana de Cali.

Es verdad que me ha servido ser disciplinada y determinada para escalar posiciones, pero si no hubiera tenido las oportunidades que nos dio el trabajo de mi papá y las relaciones después con las personas indicadas, eso no habría sido suficiente.

Es escasa la representación de población afrodescendiente en la universidad, aunque para mí es lo normal. Los sectores donde he estado se caracterizan por estar dominados por gente blanca. Ha sido la generalidad de mi vida.

En la Escuela de Administración es muy extraño ver a un joven afrodescendiente. Que recuerde hace siete años le dirigí la tesis de grado a uno. Me he preguntado: ¿qué es lo que pasa? No es que la universidad no lo permita, pero quizá un estudio reciente que hicieron en colegios de estratos 3 y 4 arroja luces. La mayoría percibe al Rosario como una universidad elitista. Ese imaginario genera un mecanismo de exclusión.

La universidad a mí me ha dado todos los espacios posibles para crecer y desarrollarme. Lo último es ser parte de la junta directiva que toma las grandes decisiones de la universidad desde aprobar su presupuesto hasta elegir al próximo rector. Lo más interesante es que son los estudiantes los que deciden cómo está conformada la junta. Esto envía un mensaje de coherencia con los principios de humanismo e inclusión con los que se identifica la universidad.

Molestando digo que soy la cuota de diversidad.

Más de la mitad de las personas afro están por debajo de la línea de pobreza y el acceso a educación superior es reducido.

Una de las cifras que sirvieron para que la Universidad de Los Andes, en cabeza de Juan Camilo Cárdenas, el decano de Economía hasta hace poco, lanzara el programa de becas de pregrado Pa’lante Pacífico en 2018 es que mientras uno de cada cuatro bachilleres en el país después de que se gradúa empieza a estudiar en una universidad, uno de cada 140 jóvenes del litoral Pacífico -donde cuatro de cada cinco personas son afro- lo hace, y solo cuatro de cada mil ingresa a universidades acreditadas.

En 2019 arrancaron 24 beneficiarios de este programa que tienen una exención del 98 por ciento de la matrícula con el compromiso de devolver el 10 por ciento de lo que se ganen como profesionales por el doble del tiempo.

El año pasado, la Universidad del Rosario también decidió financiar la mitad de 25 becas para indígenas -la otra mitad la financia el Icetex- y de 10 becas para afrodescendientes, pero para estas no tiene aún cofinanciadores.

Según un informe de la Unesco de 2017, solo la mitad de las universidades públicas tiene cupos especiales para afros e indígenas, que en su mayoría no superan el 2 por ciento - con excepción de la Udea y la Universidad del Tolima con 4 y 5 por ciento, respectivamente.  Solo tres tienen exención en el pago de la matrícula: la Nacional, la UniValle y la Universidad del Atlántico.

En todo caso, ni los cupos ni las becas son suficientes para mejorar el acceso y asegurar la permanencia, señala Viveros. Sin apoyo para los gastos de sostenimiento, atención psicológica para adaptarse a los cambios y mejorar el rendimiento académico el riesgo de deserción es alto.

Esto es solo pregrado. El Ministerio de Educación no tiene cifras de acceso a posgrados por pertenencia étnico-racial, que es uno de los requisitos mínimos para ser docente de planta en una universidad acreditada.

Jhon Freddy Moreno

Bogotano. Está haciendo su doctorado en Economía en la Universidad Nacional. Es profesor de tiempo completo de modelación matemática en escenarios de incertidumbre de la Facultad de Finanzas, Gobierno y Relaciones internacionales de la Universidad Externado.
"En la Universidad solo he sentido algún tipo de rechazo de profesores visitantes. Recuerdo una vez una reunión con unos franceses en la que cuando me senté en la mesa, ellos se corrieron, como agua y aceite. Yo lo que hice fue tomarlo con calma y explayarme."

Hice el pregrado y la maestría en matemáticas aplicada en la Nacional. Cuando estábamos en último semestre un compañero de clase, egresado del Externado, me dijo que enviara mi hoja de vida al decano de la Facultad de Finanzas. Él acababa de engancharse como profesor y estaba comenzando un programa de especialización en finanzas. Envié mi hoja de vida en la mañana y al medio día me estaban citando a entrevista, eso fue hace 12 años.

Antes trabajé en la Universidad de La Sabana, en la Santo Tomás y en la Piloto, y en todas ellas las personas afro eran una minoría. Ser de raza negra te lleva a veces al triste autoconvencimiento de que no vas a tener muchas oportunidades, es como haber nacido con un déficit, con un problema, que te exige destacarte, ser uno de los mejores, para poder lograr algo.

La percepción que tienen muchas personas frente a la cultura afro tampoco ayuda va desde que somos alegres, habladores, pero también irresponsables, toma trago, rumberos. El adagio popular de que “el negro que no la caga a la entrada la caga a la salida” ha sido interiorizado por buena parte de la sociedad. En la Universidad solo he sentido algún tipo de rechazo de profesores visitantes. Recuerdo una vez una reunión con unos franceses en la que cuando me senté en la mesa, ellos se corrieron, como agua y aceite. Yo lo que hice fue tomarlo con calma y explayarme.

No somos muchos los profesores afro en el Externado, en la Facultad de Finanzas somos un par, pero es algo que puede cambiar producto de las exigencias de diversidad en los procesos de acreditación institucional.

Yo en todo caso soy más partidario de dar ayudas al inicio que establecer cuotas al final. Mejorar las condiciones socioeconómicas en la base hace que solitas las personas afro puedan ser no una cuota sino un grupo representativo en el espacio académico.

 

Pero el racismo sistémico no solo tiene que ver con el acceso. “Cuando invitan a una persona afro a que participe de un debate normalmente se le trata como el especialista de su pequeño mundo: en la medida que hable de lo suyo se le concede competencia, pero no se le da el status de un gran pensador al que le cabe el mundo en su cabeza”.

Viveros relata una anécdota reveladora. En una reunión a la que asistieron algunos rectores de universidades y en la que se discutió el libro “Pensamiento colombiano del siglo XX”, del que ella es coautora, uno de ellos dijo que no entendía cómo se le había dado a un bailarín como Manuel Zapata Olivella el lugar de un gran pensador. Ella había escrito el capítulo sobre el importante antropólogo, médico y escritor afrocolombiano.

Revertir esta situación en algunas universidades ha implicado empezar por poner orden en la propia casa.

Cuenta Bastien Bosa, profesor del Rosario, que aún en EE.UU. con el problema de racismo que hay, del que de nuevo, las universidades no están por fuera, algunas de ellas, Princeton, Columbia, Harvard, han reconstruido su historia a la luz de su participación en la esclavitud, por ejemplo, con rectores que tuvieron esclavos. Algo que no dista mucho, en todo caso, de la realidad colombiana.

En esas universidades han creado también Centros de Estudios Afroamericanos con recursos suficientes para investigación y esos centros generan otras dinámicas.

La Universidad Icesi, en Cali, es de las pocas que cuenta en el país con uno, el Centro de Estudios Afrodiaspóricos, pero que además tiene participación mayoritaria de investigadores afro, empezando por su directora, Aurora Vergara, Doctora en sociología y especialista en la diáspora africana.

 “Ese Centro atrajo a muchos profesionales afro que antes no estaban”, dice Viveros.

En Colombia, la ley 70 de 1993 dispuso que se incluyera la cátedra de estudios afrocolombianos en todos los niveles educativos. Sin embargo, en muchas universidades no se imparte o los profesores que la dictan no son afro.

En la Universidad del Rosario arrancaron el año pasado. El colectivo de estudiantes y egresados Afro UR pidió que la dictara una persona afro y así se vinculó Diana Angulo. Ella es profesora de cátedra pues al ser una electiva y dado que la materia tiene poco tiempo, no han abierto un concurso. Angulo hizo su maestría en la misma universidad y su tutora de tesis la recomendó. Cuenta que falta mucho por hacer:

“Muchas universidades que datan de 1500 y 1600 no fueron ajenas a la historia esclavista. Una vez que fui con mi esposo, que también es afro, al edificio donde queda UR Intercultural, casi no nos dejan seguir, aún con el carné, me hicieron abrir el bolso algo que no le estaban pidiendo a los demás. Eso es para entrar a un edificio. Hay que hacerse la pregunta sobre qué implicaría para muchas universidades la vinculación de muchos más profesionales afro”.

Estos centros o asignaturas no son importantes solamente por la posibilidad de que le abran espacio a más profesores afro sino porque pueden ayudar a elevar el conocimiento mínimo que todos los ciudadanos deberíamos tener sobre cuándo se abolió la esclavitud, cuántos esclavos hubo, qué tienen que ver nuestras historias familiares -las de nuestros antepasados- con ello.

“Saber esto todavía es un plus, no es algo que se te exige”, señala Bosa.

Sobre esto recuerda el episodio reciente en el que unos contratistas del MinTics, egresados de Los Andes y la Sabana, quedaron en evidencia expresando su odio hacia los indígenas después de una reunión virtual con representantes del Cric en la que no cerraron sus micrófonos al terminar.

Se trata, según Angulo, de micro-racismos interiorizados no solo en las personas sino en los grupos y en las instituciones: “puede haber personas que defienden la causa anti racial pero que no aceptarían que el novio o novia de su hijo sea afro. O instituciones que tienen programas en contra del racismo, pero cuya organización administrativa, por ejemplo, no refleja ese principio”.

 

Eduard Moreno

Bogotano. Su doctorado es en Historia de la Pontificia Universidad Católica de Río Grande del Sur - Brasil. Es profesor asistente de Historia de las ideas de izquierda del Departamento de Historia de la Universidad Javeriana.
"Mirando en retrospectiva, en todas partes siempre fui el “negro” de la clase, no tuve otros compañeros afro. Ese racismo estructural se me hizo evidente sobre todo en el posgrado."

Pertenezco a una familia de clase baja media, mi papá es chocoano, negro como la noche, y mi mamá, huilense, blanca de ojos claros, algo que siempre ha generado curiosidad en los demás.

Mi papá y casi todos mis tíos son profesores, salieron de la Normal de Quibdó, el centro educativo de la ciudad. Las opciones eran limitadas: ser futbolista, ser profesor, o “perderse”: entrar a algún grupo armado.

Mis papás se vinieron a vivir a Bogotá y eso cambió nuestras posibilidades. Estudié en un colegio público del sur de la ciudad, después hice el pregrado en la Pedagógica y luego una maestría en Los Andes -para lo que me endeudé hasta el cuello con el Icetex-. Mirando en retrospectiva, en todas partes siempre fui el “negro” de la clase, no tuve otros compañeros afro. Ese racismo estructural se me hizo evidente sobre todo en el posgrado.

He recorrido un camino largo hasta llegar a una universidad reconocida: la Academia es un mundo difícil, competitivo, para entrar tienes que tener un doctorado, otro idioma y cierto número de publicaciones, por lo menos.

Cuando regresé de hacer el doctorado en Brasil tuve que trabajar en varias universidades: La Gran Colombia, la Autónoma, la Antonio Nariño, para tener ingresos suficientes, lo que hace que uno se tenga que apartar de estar produciendo conocimiento, sumando puntos, para hacer trabajos más operativos.

Después de casi dos años pude entrar a la Javeriana porque se pensionaron dos profesores del Departamento de Historia, concursé para las dos vacantes y me gané la segunda.

Hace falta más diversidad en las universidades, el punto es si se puede tener más diversidad. Son muy pocos las personas afro que acceden a un doctorado y casi todos ya están ocupados. Hay es que garantizar el acceso de un número mayor de personas al pregrado para que en el transcurso de dos generaciones las cosas cambien.

 

Viveros y Bosa coinciden en que el problema no se reduce a actos individuales de racismo.

En esto cree Viveros que podemos aprender de las experiencias de género en las que tenemos un mayor trecho recorrido y que la intervención tiene que ser también de lo micro a lo macrosocial, por eso, las universidades no deben quedarse esperando a que el Estado solucione el problema de acceso desde la base.

“Con la baja representación de las mujeres en muchos sectores la justificación era que se presentaban menos candidatas. En el trasfondo de eso hay muchos factores estructurales que inciden y que no son visibles. Uno es que las mujeres nos inhibimos de participar en ciertos concursos para acceder a ciertos cargos, porque suponemos que no somos capaces de asumirlos o que no son para nosotras, tenemos una cierta minusvalía interiorizada a partir de la dominación de género que hemos vivido”.

Viveros cuenta que de las nuevas generaciones ya tiene varias egresadas afrodescendientes formadas que no han logrado entrar al mundo académico, a pesar de desearlo, porque es un mundo muy cerrado y con recursos insuficientes; hay pocas plazas para nuevos docentes. 

Bosa cree que las universidades tienen que fijarse metas de contratación en todas las áreas. “Para los estudiantes es muy diciente no tener profesores afro o indígenas. Sospecho que no todas las personas afro que han hecho maestrías y doctorados tienen puestos sólidos en universidades. Es la misma excusa de cuando se decía que no había mujeres”.

“En EE.UU. en prácticamente todas las convocatorias se incluye la referencia a que son muy bienvenidas las candidaturas de minorías étnico raciales, eso hace que la persona que tiene esas características se anime a presentarse” cuenta Viveros.   

Según un informe de la Unesco de 2017 los pocos esfuerzos que se han hecho en materia de políticas de acción afirmativa consisten en cupos limitados para el ingreso a la educación superior en América Latina, pero en acceso al mercado laboral público y privado no hemos avanzado prácticamente nada.

“En política pública ya se ganó que haya un enfoque diferencial de género, deberíamos ganar también en que haya un enfoque diferencial étnico-racial. Las universidades deben tener una política que reconozca e intervenga las intersecciones que producen las diferentes desigualdades”.

Las universidades aún están lejos de ser “universales”. Alterar el statu quo implica alterar el monopolio de la producción del conocimiento académico que han tenido hasta ahora los hombres, “blancos”, de clase alta, occidentales, heterosexuales, que reproducen una visión del mundo excluyente…

 

Mara Viveros

Caleña. Su doctorado es en Antropología de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París (Ehess). Es profesora titular de la Escuela de Estudios de Género y del Departamento de Antropología de la Universidad Nacional.
"Era buena estudiante y por eso fui bien considerada por mis profesores, aunque por ser una estudiante negra eso me hacía prácticamente sobre inteligente. Pero podría haber sido una niña con dificultades escolares y quizá habría recibido un trato diferente."

No quiero ser definida como negróloga ni como mujeróloga sino como una intelectual que busca comprender el funcionamiento del mundo social con rigor académico, y con ese rigor tengo que reconocer que hay una dominación social muy fuerte que lo estructura, y que el conocimiento no solo es útil para comprender el mundo sino para transformarlo, para hacerlo más democrático. Ese es mi compromiso con lo académico.

Nací en un hogar de clase media trabajadora. Mi papá era nortecaucano y fue la única persona afro de su cohorte que estudió y se graduó de medicina en la Universidad Nacional. Mi mamá, cundiboyacense, ejerció como trabajadora social.

Pude estudiar en el Liceo Francés en Cali donde era la única niña negra, la que tenía el pelo diferente, supongo que debí sufrir por no parecerme a las demás, pero solo tuve consciencia de eso siendo adolescente. Lo que sí recuerdo con claridad es que cuando iba a la casa de mis compañeras y me presentaban a sus papás casi siempre estaba acompañado de una explicación: ‘mirá mami o papi, ella es Mara, la amiguita de la que te hablé que su papá es médico’, no tuve el derecho a la indiferencia.

Era un Liceo Francés distinto al actual, los profesores franceses de entonces tenían vínculos con la izquierda en Francia, con luchas antirracistas y sus enseñanzas nos abrieron ese mundo. Cualquier persona podía ingresar si tenía el dinero para pagar, el colegio se regía por el “republicanismo francés” que es el gemelo de la “ideología del mestizaje”: no se excluye a alguien por el color de la piel y lo que se valora es la capacidad intelectual.

Era buena estudiante y por eso fui bien considerada por mis profesores, aunque por ser una estudiante negra eso me hacía prácticamente sobre inteligente. Pero podría haber sido una niña con dificultades escolares y quizá habría recibido un trato diferente.

 

Comentarios (3)

Elgatodeschrodinger

23 de Junio

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Desde Lucy aunque ella ya no pertenezca a nuestro arbol es claro que todos somos afrodescendientes, es fascinante como una categoria biologica que no existe en la medida en que las caracteristicas para definir el concepto de raza no se presentan en los humanos se siga usando. No entiendo porque es importante que los estudios afrodescendientes sean excluyentes cualquiera deberia poder dictarlo.

Desde Lucy aunque ella ya no pertenezca a nuestro arbol es claro que todos somos afrodescendientes, es fascinante como una categoria biologica que no existe en la medida en que las caracteristicas para definir el concepto de raza no se presentan en los humanos se siga usando. No entiendo porque es importante que los estudios afrodescendientes sean excluyentes cualquiera deberia poder dictarlo.

chjarami

23 de Junio

1 Seguidores

Si bien es patente el resultado racista, pareciera que el canal de perpetuaci...+ ver más

Si bien es patente el resultado racista, pareciera que el canal de perpetuación principal es el clasismo. Eso, sumado a la segregación espacial y la incidencia de pobreza, esconden el racismo: las situaciones en que se manifestaría un racismo abierto son relativamente pocas. Eso dificulta hacer visible el problema; siempre hay una excusa.

Alejandro_Socialdemócrata

24 de Junio

0 Seguidores

Completamente de acuerdo. Acá en Colombia, EEUU y Brasil (en general en todas...+ ver más

Completamente de acuerdo. Acá en Colombia, EEUU y Brasil (en general en todas las sociedades con pasado esclavista) el clasismo, venido de la antigua sociedad de castas en principio raciales, se aúpan con el racismo para crear una sociedad más excluyente y menos diversa.

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