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Para muchos de los 5 millones de migrantes que han salido de Venezuela, La Parada ha sido literalmente, su primera parada en Colombia.

 
 

Cinco años después de que iniciara el éxodo venezolano, este barrio en Villa del Rosario, Norte de Santander, donde está el Puente Internacional Simón Bolívar, el paso fronterizo más grande del país y varios pasos irregulares alrededor, ya no es solo un lugar de tránsito.

Es un gueto de casi 12 mil personas, de las cuales, el 97 por ciento son venezolanos. Casi todos migrantes irregulares que no figuran en los registros oficiales.
¿Cómo viven?, ¿qué hacían antes y qué hacen ahora?, ¿cómo está integrada su familia?, ¿cuánto ganan?

Estas son algunas de las preguntas que responde una caracterización realizada por La Fundación Horizonte de Juventud y el Semillero de Migraciones y Frontera de la Universidad del Rosario a partir de una muestra de 2722 cabezas de familia en este microcosmos del fenómeno migratorio. 

Encuestar migrantes no es fácil. Menos en La Parada, donde la mayoría de la gente vive hacinada, el rebusque es prácticamente la única opción de trabajo y el ELN y la banda criminal Los Rastrojos, que controlan la frontera, vigilan todos los movimientos. 

La Fundación Horizonte de Juventud lo pudo hacer gracias a que está en el terreno y tiene vínculos de confianza con la gente; contó, además, con un grupo de voluntarios migrantes que conocen en carne propia lo que significa vivir en La Parada, y trabajaron de noche y los fines de semana para que no se les quedara por fuera ningún sector por entrevistar. 

La información que encontraron y que se puede consultar en este informe será muy valiosa para el Estado, para los organismos de cooperación internacional que invierten millones de dólares en la Parada y para la comunidad misma que presta servicios. Más aún cuando una de las conclusiones más impactantes del estudio es que la situación de los migrantes ya no se puede tratar como una simple crisis.

 
 

La Silla Vacía estuvo en la Parada la semana pasada, recorriendo el barrio, encontrando los rostros de las cifras del estudio.

Vienen de lejos pero no quieren ir más lejos

A 15 minutos de Cúcuta y al borde de Venezuela, La Parada era el barrio de comercio fronterizo por tradición. Unas 20 cuadras en las que, si bien había una zona residencial de estratos 1 y 2, en su mayoría funcionaban locales, tiendas y bodegas.

 

 

Así fue hasta 2015. Cuando explotó la crisis en Venezuela, La Parada se transformó.

Ese año, el régimen de Nicolás Maduro decidió cerrar la frontera, y muchos de los 22 mil colombianos deportados armaron cambuches en la cancha de tierra del barrio para pasar la noche. 

Poco a poco, empezaron a aparecer sedes de fundaciones, iglesias y Ongs para brindarles a los migrantes ayudas humanitarias: kits de aseo, mercados, orientación sobre qué hacer y cómo vivir en un país desconocido.  Al año siguiente, llegaron más migrantes. Y otros más cada año; y de más lejos.

Según la caracterización, el 80 por ciento de los migrantes vienen de regiones lejanas a la frontera. Es decir, la mayoría ha viajado días, o quizá semanas, para llegar a Colombia. Su primera parada es el barrio con el mismo nombre. Para muchos, termina siendo la única.

 
 
 
 

La mayoría llega sin un peso y con una familia numerosa: casi el 49 por ciento de los encuestados tienen núcleos familiares de 4 a 6 personas.  Vienen a trabajar para enviarles dinero o mercado a sus familias en Venezuela; estar al lado de la frontera es una ventaja, más aún cuando la mayoría están indocumentados.

 
 

Carecer de papeles en un país desconocido hace impensable para muchos buscar suerte al interior de Colombia .  

De los encuestados, el 78 por ciento llegaron y se quedaron de una vez en La Parada. El resto, migró a otros lugares de Colombia y luego regresó. Para seis de cada diez, su destino final es Cúcuta o La Parada. Llegaron para quedarse.

“Más que ser parte de un plan estructurado, los migrantes se quedan estancados ahí, es como una suerte de limbo”, dice Hugo Ramírez, quien lideró la investigación por parte del Semillero Migraciones y Frontera de la U. del Rosario. “Con bandas criminales, acceso a servicios públicos limitados, hacinamiento, precios elevados, claramente no es el mejor lugar para vivir. No pueden regresar, pero es lo más cerca que están de Venezuela”.

 

Maribel, 49 años

Me llamo Mariéh pero acá a la gente como que ese nombre no le suena y todo mundo me empezó a decir Maribel y así me quedé. Estuve durmiendo quince días en un terminal en Venezuela, con mis cuatro hijos y la perrita recién nacida. Las colas para el pasaje para acá eran impresionantes pero ya no había nada más que hacer sino venirse.
Cuando llegamos a San Antonio (municipio fronterizo venezolano) llamé a mi marido. Él se había venido un año antes. Le dije “mira que me están pidiendo plata para pasar por el río”. Me dijo que iba a mandar a recogernos pero luego no volvió a contestar. Nos lanzamos a pasar y me cogieron a la niña grande.
Me dijeron “hasta que no nos des la plata no te dejamos pasar la niña”. Pedían 150 mil pesos. Yo no sabía nada y les preguntaba “¿eso es mucho?”. Desde el teléfono de ellos mismos llamé a una hija mayor que está en Bogotá y ella me mandó la plata. Pasaron como 6 horas hasta que llegó la plata.
Nos soltaron ahí en una pared a la vuelta. Yo no traía nada de dinero. Me dijeron que preguntara aquí, en el arriendo, si me recibían. La encargada me dijo “bueno, aquí te puedes quedar, pagas la noche. Pero eso sí, tienes que trabajar duro y quemarte el lomo para sobrevivir”.

El hacinamiento

Desde que llegó, Maribel vive en una casa de siete habitaciones en la que la gente paga 2 mil pesos por noche. En cada una hay dos, tres y hasta cuatro cortinas de tela de costal, que dividen a las distintas familias. 

 
 

Solo ella vive en una habitación “privada” con sus cuatro hijos y su esposo porque es la huésped a quien la dueña de la casa encargó de administrar el lugar.

 
 

El único baño de la casa, y la cocineta, han llegado a compartirlas con hasta 50 personas. Como ella, el 98 por ciento de los migrantes en La Parada paga la vivienda a diario y el 85 por ciento viven en una habitación en la que puede dormir desde una sola persona, hasta 30. Viven hacinados.

 
 

Con la migración desbordada, las casas residenciales y las bodegas para la mercancía que se comercia en frontera, se convirtieron en hospedajes por día, conocidos como arriendos y galpones, respectivamente.

 

 

 
 
 

En los galpones, las habitaciones son en realidad cubículos de unos 7 metros cuadrados cada uno. Algunos divididos por paredes de drywall, otros por tela de costal.

La tarifa varía en cada lugar, según las condiciones de la habitación. 

Los pagos diarios casi duplican los mensuales pero solo un poco más del 6 por ciento puede pagar por adelantado.

Pocas habitaciones tienen colchón, y solo un 5 por ciento de los encuestados dice que duerme en una cama. El resto duerme en colchoneta, en el piso o encima de un cartón. 

“Es muy difícil saber quién es dueño de qué en La Parada, pues no se trata de una población de acogida que haya vivido generación tras generación ahí y que ahora haya visto una ventana de oportunidad de arrendar su casa o su bodega a migrantes”, dice Hugo Ramírez, quien lideró la investigación por parte del Semillero Migraciones y Frontera de la U. del Rosario. Dice que menos del 2 por ciento cumple esa condición.

Explica que los arriendos más económicos no tienen electricidad, ni agua y la gente tiene que hacer sus deposiciones atrás de la casa. “Los precios exagerados sugieren, en todo caso, que puede haber muchas personas lucrándose de la necesidad que tienen los migrantes”, dice. 

 

Yohelin, 24 años

Voy para tres años acá en La Parada. Ya llevo un mes de encargada pero tengo un año de estar en este galpón. Las tareas que tengo es estar pendiente de cobrar el diario a los huéspedes, hacerle limpieza al galpón, limpieza a los baños, si se dañó cualquier cosa, arreglarla...pero eso primero se le pide permiso a la dueña, claro.
Estamos pintando y haciendo unos arreglos porque hay personas que a veces tienen discusiones con su pareja y como son de drywall, son delicadas y se tumban fácilmente. Claro que cuando yo llegué todas eran de (tela de) saco. 
Ahorita tenemos 40 habitaciones, a siete mil pesos la noche. En la habitación puedes colocar lo que tú quieras. Cuando llegan personas que tienen su cocina se les advierte que tienen que tener su bombona cerrada, por seguridad. 
La cocina de acá se cobraba a 3 mil por comida pero yo le bajé a 2 mil porque es duro. Si tú vas a cocinar almuerzo y cena, te vale 4 mil. Por eso muchos prefieren cocinar con leña afuera. Se lava de lunes a viernes, porque los fines de semana es cuando se llena el tanque de agua.
Ahora tenemos 18 habitaciones llenas. Somos 50 personas acá, entre niños y adultos.
 

Trabajo hay, pero…

Yohelín y su esposo migraron porque la plata en Venezuela no les alcanzaba para mantener a sus hijos. Una niña de ella y cuatro de su esposo. Se vinieron para poder enviarles plata.

 
 

Casi 9 de cada 10 de los encuestados migraron buscando trabajo. Vivir en La Parada de entrada abre una puerta para ganar dinero: el comercio. Con el paso cerrado entre Colombia y Venezuela, es una actividad informal: el 93 por ciento de los encuestados, no tiene sueldo fijo, y mucho menos un contrato. Tienen trabajo, de rebusque.

 

 

Eso en buena medida explica que en cada cuadra de La Parada haya al menos cuatro o cinco puestos que venden lo que sea: tinto, dulces, cigarrillos, frutas, empanadas, comidas rápidas, incluso ropa.

 
 

También por las calles abundan los “asesores”, que les cobran a los migrantes por ayudarlos a conseguir transporte para sus viajes, o les venden planes de internet y minutos de celular de ambos países. 

Un poco más de la mitad de los encuestados -el 57 por ciento- dijo ser buhonero, como le dicen en Venezuela a los vendedores ambulantes.  Pero hay otro rebusque, que aunque menos visible es muy popular ahí: los trabajos en las trochas o pasos informales fronterizos. 

Dado que la frontera colombo venezolana es de 2.219 kilómetros y apenas tiene siete puentes legales, hay centenares de trochas. Solo en La Parada, según nos dijo un policía patrullero, hay al menos nueve.

 
 
 

Ser trochero, implica cruzar la frontera de forma irregular varias veces al día cargando desde maletas de los migrantes hasta mercancía de contrabando. Algunos en carretillas, otros en bicicletas, otros al hombro. Casi el 18 por ciento de los encuestados por Horizonte de Juventud se ganan la vida en eso. 

La actividad por las trochas empieza a las 3 de la mañana y siempre hay buhoneros madrugadores ofreciéndole tinto a los trocheros. La Parada siempre está en movimiento.

Dice Ramírez, del semillero de la U. del Rosario, que el trabajo de maleteros, carrucheros, moscas, como también se les dice a los trocheros, es de alto riesgo dado el control que ejercen varios grupos criminales sobre la frontera, sobre todo cuando el gobierno ordena cerrar la frontera, como ocurrió durante la pandemia.

“Los grupos criminales ejercen autoridad a sangre y fuego porque necesitan que haya una percepción de control para evitar que el Gobierno mande tropa”, dice. 

Los casos que atiende el hospital Erasmo Meoz, en Cúcuta, el más importante de Norte de Santander, reflejan los riesgos a los que están expuestos los trocheros. “En el trabajo que estamos haciendo ahí hemos encontrado que muchos de los casos que llegan con todo tipo de lesiones, en el cráneo, por ejemplo, son NN, personas abandonadas en las trochas, indocumentados, que terminan en medio de los grupos criminales. No se trata pues de un contrabando amable”, concluye Ramírez.

 

Nirda, 45 años

Yo voy para 4 años acá. Llegué sin nada. Dormí 22 días en calle. Tenía la Policía encima porque mantenía de arriba para abajo pero era buscando cómo sobrevivir. Migración me tenía entre ojos porque yo no trabajaba. Embuste: me paraba a las 4 de la mañana a sacarle las carretas a unos colombianos, ayudándoles a organizar la mercancía.
Con lo que gané ahí ahorré y empecé a vender caramelitos, dándole duro. Luego tire carreta por la trocha. Aquí donde estoy, yo también trocheo, monto saco. También tenía ya unos clientes, y les llevaba sus maletas, maleteaba pues.
>Después, trabajé limpiándole a unos señores sus matas de ajo y de cebolla. Vendí perros también. En un momento compré una carreta y vendí tomate, papa, cebolla pero la Policía molestaba mucho, amenazando con quitarme la carreta, con todo y mercancía, entonces la vendí rápido. 
Ya a lo último monté este plante, con una ayudita que me dieron y le debo a dos ‘paga diarios’ (prestamistas o gota gota). Eso es difícil porque puede que vendas la mercancía pero tienes que volver a invertir de una. Son 10 mil pesos diarios del ‘paga diario’.

No es vivir sino sobrevivir

En Venezuela, Nirda y su familia tenían un taller de carpintería. Dice que le iba tan bien que alcanzó a vender muebles para exportar. Pero sin herramientas y maquinaria, le fue imposible ejercer ese oficio en La Parada. Como ella, la mitad de los encuestados cambiaron de oficio para sobrevivir.

 
 

Por la misma informalidad en la que viven, la gente en La Parada no tiene ingresos fijos pero gastos, sí. 

La Parada solía ser un lugar en donde se podía comprar y vender a precios bajos, pero la migración aumentó la demanda y encareció todo. Y es que además de los migrantes que viven en el barrio, están los miles de venezolanos que a diario cruzan para comprar medicinas, comida o productos de aseo. Antes de la pandemia, solo por el paso legal eran 50 mil los que entraban y salían el mismo día.  

De modo que un kilo de arroz que en Cúcuta puede costar 5 mil pesos, en La Parada puede costar 500 o 600 pesos más. 

Aunque muchos trabajan vendiendo comida, el 51 por ciento de la gente come solo dos veces al día. 

 

 

Es común que la gente arme ollas a leña frente a sus arriendos, para cocinar sopas y granos, con lo que se ahorran el gas.  

Uno de los datos clave de la caracterización es que aunque en promedio la gente tiene ingresos de 17.254 pesos -lo que los ubicaría por encima de la línea de pobreza- sus gastos son de 17.308 pesos.  

 

 

Es decir, gastan todo lo que ganan. Y aunque uno de cada tres encuestados dijo que le quedaba algo de dinero luego de responder por sus obligaciones, sus condiciones de vida son absolutamente precarias. 

Por lo que pagan en los arriendos y galpones, generalmente tienen acceso a luz y agua. Sin embargo, en La Parada, y en general en Villa del Rosario, el acueducto es deficiente, hay racionamiento y muchos tienen tanques propios, que se surten de agua no tratada de pozos. 

Esto es cuando tienen algún sustento.

Un 4 por ciento de los encuestados dijeron que no tienen ninguna fuente de trabajo. Éstos duermen en la calle o en cambuches en la zona conocida como “las arroceras”, al pie de fincas con cultivo de arroz y una quebrada.

 
 
 

Roger, 47 años

Yo soy de profesión comunicador social. Viví las mieles de la comunicación social en Venezuela. Mi debacle empieza en 2014, 2015. Me dejaban notas en el carro que decían “estás hablando mucho”. Se me cerraron las puertas.
Me vine en 2018 a Cúcuta, con la promesa de un trabajo para empaquetar productos. Eso no se dio y quedé como pajarito en grama, como decimos en Venezuela. Empecé a gastar ahorros. Toqué puertas en emisoras y no. Conseguí un trabajo dictando clases de inglés. Con eso y lo que ganaba mi pareja, cuidando a una persona adulta, nos manteníamos.
En marzo, a raíz de la pandemia, quedamos desempleados. Ya con muy poco dinero, nos vinimos a vivir a una habitación a La Parada. 
Aquí ya no es vivir sino sobrevivir. Vendimos fritos, mi esposa hacía unas planchaditas, yo le dirigí tareas a varios niños por 2 mil, 5 mil pesos. Pero no eran entradas fijas y sí había que pagar todos los días los 10 mil pesos de la habitación.
Había un letrero que decía “así sean las diez de la noche, se le tocará la puerta para que pague”. Hicimos lo que pudimos para pagar puntuales. Al punto que pasaban días que con tal de apartar los 10 mil pesos, en todo el día comíamos solo arroz. 
En agosto ya no pude más. Me atrasé. Acumulamos una deuda de 250 mil pesos y los primeros días de septiembre nos sacaron. 
Dormimos dos días en la calle. La Fundación Horizonte de Juventud supo y nos permitió dormir en el depósito. No podemos sacar nuestras cosas del arriendo hasta que no paguemos. Así que solo tengo este maletincito, con mi libreta, el celular y una radio que me regalaron, dos camisas y el pantalón que tengo puesto.
 
 
 
 
 

En La Parada hay casi un 5 por ciento de personas que, como Roger, tienen un título profesional que no les sirve para nada.

“Las cifras de La Parada matizan, en todo caso, la idea generalizada de que los venezolanos están mejor preparados que los colombianos. El 70 por ciento de las personas encuestadas solo terminó el bachillerato”, dice Ramírez, del Semillero del Rosario. 

Lo que no significa, aclara, que no haya personas como Roger que están perdiendo su capital con la migración. 

“El Gobierno tiene que pensar cómo incorporarlos laboralmente y darles opciones de formación para el trabajo. Una tarea que tiene pendiente incluso con los nacionales“, agrega Ramírez.

Uno de los datos más importantes en esa línea es que la mayoría de personas que hay en La Parada son jóvenes en edad productiva. La media de edad es 24 años y el promedio de edad es 33.7 años. Algo preocupante, con una informalidad del 93 por ciento. 

“Si no prestamos atención a eso, vamos a terminar creando una delincuencia bastante difícil de combatir después”, dice Jony Cifuentes, de Horizonte de Juventud. “Tenemos un problema de desarrollo social que los gobiernos locales tienen que incorporar dentro de sus planes de gobierno”.

Esto implica, según Ramírez, pasar de una atención en emergencia en vacunación, alimentación, urgencias de salud, a una de largo plazo. “Es importante reconocer que los migrantes que llegaron a Colombia se van a quedar en La Parada o en algún otro lugar. Encontraron ventajas estratégicas que no tienen en Venezuela”.

Todas las fotos fueron tomadas por Ana León.

 

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