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Por Natalia Arbeláez Jaramillo · 21 de Diciembre de 2020

Alfonso Ramos. Foto: Pontificia Universidad Javeriana

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Los derrumbes que provocaron grandes cierres en la vía Bogotá-Medellín y la Línea, ad portas de la temporada decembrina y a pocos meses de que se inaugurara el túnel que prometía cambiar la movilidad en esa carretera, se suman a los desastres naturales que ya venían ocurriendo en otros lugares como Chocó, Atlántico o Antioquia por las lluvias que arreciaron desde noviembre.

Sin contar el huracán Iota que azotó a San Andrés y Providencia.

Para entender qué tan imprevisibles e inevitables son este tipo de amenazas, La Silla Académica entrevistó a Alfonso Ramos, profesor de la Facultad de Ingeniería de la Pontificia Universidad Javeriana, director del grupo de investigación “Riesgo en Sistemas Naturales y Antrópicos” y coautor del libro: “Gestión del riesgo en Colombia: vulnerabilidad, reducción y manejo de desastres” y del artículo “Linear discriminant analysis to describe the relationship between rainfall and landslides in Bogotá, Colombia”.

La Silla Académica: ¿La temporada de lluvias que estamos enfrentando es normal o tiene que ver con el cambio climático?

Alfonso Ramos: Colombia al estar ubicada en la zona intertropical tiene unos comportamientos de lluvias marcados: en unos lugares hay dos temporadas de lluvia al año y en otros, una.

Aparte de esto sí estamos provocando cambios significativos a nuestra atmósfera que intensifican los períodos de lluvia y los de sequía.

Uno de los registros de precipitaciones más antiguos que hay en el país es el del Instituto de Geofísica de la Javeriana.

Arrancó con una estación pluviométrica que tenían los padres jesuitas en el Colegio San Bartolomé hace 60 ó 70 años y al comparar información de esa época con datos de hace incluso una década, por ejemplo, encontramos que ha habido un incremento notorio de las lluvias.

Lo cual causa inestabilidades en el terreno que generan lo que llamamos “movimientos en masa”: derrumbes, avenidas torrenciales (grandes cantidades de tierra, piedras, árboles y agua que caen y son arrastradas por un río hasta que se depositan en algún lugar) como los que hemos visto recientemente en Dabeiba, Antioquia, en el Chocó, en el Atlántico y en las vías de La Línea y Bogotá - Medellín, por ejemplo.

L.S.A.: Si los períodos de lluvias están preestablecidos ¿Por qué siguen ocurriendo tantos desastres?

A.R.: Lo peor es que no sólo han ocurrido sino que van a seguir ocurriendo.

Más de 200 municipios en Colombia están ubicados, según análisis preliminares, en zonas con posibilidad de avenidas torrenciales.

Típicamente, nuestros antepasados se establecieron en lugares cercanos a ríos de buena calidad y eso implicaba hacerse al lado de las montañas a su vez.

A la ubicación física hay que agregarle que no disponemos de información suficiente.

L.S.A.: ¿De qué tipo?

A.R.: Aunque en los últimos años el Ideam ha incrementado las estaciones que miden el nivel de lluvia en períodos cortos, la mayoría de pluviómetros que tenemos guardan el registro del agua que cae durante un día y no permiten saber cómo fue la distribución de esa agua en el tiempo, es decir, cuánta agua cayó cada ciertos minutos.

Muchas veces los procesos de remoción en masa (derrumbes, avenidas torrenciales) pueden generarse no tanto por la precipitación acumulada en uno o dos días, sino por precipitaciones fuertes en tiempos cortos.

L.S.A.: ¿Qué cambiaría si tuviéramos una mejor medición de las lluvias?

A.R.: No tener información suficiente dificulta generar alertas tempranas pues para dilucidar qué va a ocurrir en el futuro necesitamos ver qué es lo que ha pasado antes.

Cuando trabajamos, por ejemplo, en generar alertas tempranas en Bogotá, contamos con inventarios más o menos completos de las remociones en masa que ha habido, pero no de la forma cómo se dieron las lluvias que las causaron. Algo similar nos pasó en Mocoa, y aplica para una gran parte del país.

No es lo mismo que una cantidad abundante de agua caiga en un lapso de 24 horas, a que esa misma cantidad caiga en 5 ó diez minutos, por poner un ejemplo. Posiblemente en el primer caso, un terreno puede tener mayores posibilidades de drenar, de sacar el agua que va recibiendo, mientras en el otro puede haber lo que llamamos “excesos de presión de poros” que terminan en deslizamientos.

Sabiendo el tipo de suelo, la cantidad de agua que suele caer en un lugar y la velocidad a la que lo hace en comparación con la velocidad a la que el suelo es capaz de sacar el agua que recibe, podemos generar mejores mecanismos para que el agua fluya.

En esa línea cuando se están diseñando las vías son igual de importantes las cunetas, las alcantarillas o las perforaciones que se le hacen al talud -llamadas “obras de arte”- para que el agua fluya correctamente, como lo es la estructura del pavimento, pues de lo contrario se genera una inestabilidad del terreno.

Muchos de los derrumbes que vemos en las vías del país pueden estar relacionados con un mal manejo del agua.

L.S.A.: Usted es un estudioso de los sistemas de riesgo. La anterior temporada invernal fuerte fue en 2011 ¿qué ha pasado desde entonces en el país?

A.R.: Hemos avanzado, en general, en conocer las amenazas a que estamos expuestos, es decir, la probabilidad de que ocurra un evento adverso que pueda generar daño como la lluvia, los deslizamientos, sismos, huracanes, volcanes.

Aunque no en todos por igual. En Bogotá, puntualmente, se ha avanzado más en amenazas por sismos o deslizamientos que por avenidas torrenciales -aunque estamos próximos a entregar un modelo que hicimos en convenio con el Servicio Geológico Colombiano- y donde estamos más atrasados es en amenazas por avalanchas.

Para disminuir el riesgo hay que disminuir la amenaza, pero -aparte del daño que le estamos haciendo al planeta y que podríamos evitar- luchar contra la naturaleza: hacer que un sismo sea menos duro, disminuir la lluvia o la velocidad del viento es muy difícil.

Donde más podemos incidir es realmente en reducir la vulnerabilidad y es donde menos lo estamos haciendo.

L.S.A.: Con un equipo de investigadores desarrollaron el Sistema de Información de Vulnerabilidad Territorial (Sivt) ¿En qué consiste?

A.R.: Además de la amenaza, el riesgo tiene otro componente que es la vulnerabilidad y está relacionada con la capacidad que tiene una comunidad o una infraestructura física (carretera, puente, edificio) de enfrentarse a una amenaza.

El huracán que azotó a San Andrés y Providencia nos ratifica que las amenazas van a seguir ocurriendo, pero también que hace falta evaluar la vulnerabilidad y tomar medidas a partir de ella, pues claramente las construcciones no estaban construídas para esa amenaza.

El Sistema de Información de Vulnerabilidad Territorial que desarrollamos nos permite medir el grado de resistencia de las comunidades a las amenazas a que están expuestas no sólo en términos de infraestructura, sino económicos, sociales, culturales.

Y a partir de esa evaluación saber cuáles son las acciones que deberían tomarse.

Por eso además de ingenieros, el equipo de trabajo está conformado por psicólogos, filósofos, teólogos.

L.S.A.: ¿En qué se ve reflejada la vulnerabilidad en esas otras áreas?

A.R.: Las creencias religiosas, por ejemplo, tienen un papel importante en materia de prevención del riesgo y no operan igual en todas las comunidades.

Mientras unas creen que los desastres son cosas que Dios decide frente a las que no pueden hacer nada, otras aceptan la voluntad divina, pero creen que pueden contribuir a mitigar el riesgo.

Tener o no lazos familiares también puede determinar que una comunidad pueda recuperarse más rápido de un desastre.

L.S.A.: ¿Por qué dice que estamos quedados en evaluar la vulnerabilidad?

A.R.: Porque tenemos una mirada cortoplacista.

Los análisis de riesgo que se hacen en el país son cortoplacistas

Alfonso Ramos

Lo voy a ilustrar con un ejemplo: tenemos dos ciudades y diferentes formas de llegar de la una a la otra. Lo que hay que hacer es ver cuál de ellas es la mejor. Es común que los análisis se limiten a calcular el costo de la construcción: ¿cuál sale más barata?, un criterio que no necesariamente se traduce en la mejor decisión.

Hay otros costos quizá más importantes en el mediano y largo plazo que son los de mantenimiento y probabilidad de falla que permiten cuantificar las pérdidas a lo largo de la vida útil de una obra: cada vez que hay un deslizamiento hay que hacer una inversión para que el talud sea recuperado, por ejemplo.

Esos costos de falla están asociados a un análisis de riesgo. La razón por la que no se hace es porque cuesta más.

Si en obras de infraestructura de la envergadura de Hidroituango hubo falencias en el análisis de falla, el panorama de obras menores es poco alentador.

L.S.A.: ¿No es requisito hacer ese tipo de evaluaciones de riesgo?

A.R.: No lo es.

Una cosa es que se hagan recomendaciones y otra es que la norma y por ende las autoridades obliguen a que los diseños se hagan teniendo en cuenta una mirada de gestión del riesgo.

Se necesita no solamente tener un especialista en infraestructura sino personas que entiendan el sistema de prevención del riesgo, y cifras.

Eso implica diseños más caros, pero los costos de reparar las fallas son mayores, entonces se amortizan muy rápido, es una inversión realmente.

Cualquier evento natural que genere pérdidas humanas y económicas importantes muestra que hubo fallas en la evaluación del riesgo.

L.S.A.: ¿Hay algún caso que muestre lo contrario?

A.R.: Mocoa.

En 2017 una avenida torrencial mató a más de 300 personas. Había estudios incipientes y se sabía que ya habían ocurrido eventos como ese, pero de ahí a que se hicieran estudios de riesgo y se hicieran para tomar decisiones, no pasó.

Si se hubiera hecho un análisis costo beneficio que hubiera tenido en cuenta una eventual avenida torrencial, se habrían reforzado previamente los diques de los ríos Mulato y Sangoyaco y las quebradas Taruca y Taruquita.

Un año después contrataron el sistema de alerta temprana, yo hice parte de ese proyecto.

En 2018 volvió a ocurrir lo mismo: llovió tan fuerte como en 2017 y gran cantidad de material sólido (tierra, piedras, árboles) fue arrastrando por las corrientes de los ríos, se dañó parte de la infraestructura.

¿Cuál fue la diferencia?

Que no murió ninguna persona. Se hicieron obras, se trabajó con las comunidades y el Gobierno invirtió dinero.

L.S.A.: ¿Qué rol tiene la deforestación -que ha aumentado en Colombia- en los desastres naturales?

A.R.: Uno de los factores que contribuye a los derrumbes, deslizamientos, avenidas torrenciales, son los cambios en el uso del suelo.

Normalmente, la vegetación natural que hay en la parte alta de la cuenca de un río ha tenido la posibilidad de agarrarse al suelo con sus raíces y con su follaje y eso hace que el suelo superficial se amarre a su vez. Puede haber lluvias fuertes pero la vegetación hace que los efectos en el suelo no sean tan fuertes.

Al arrasar con esa vegetación se quita esa cobertura y es más fácil que ingrese el agua al suelo generando “exceso de esfuerzos” que pueden verse reflejados en deslizamientos.

Es un factor contribuyente y es importante evitarlo, pero no significa que donde no haya deforestación no se presenten estos eventos.

L.S.A.: Hace nada el Presidente Iván Duque inauguró el túnel de la Línea que era una especie de promesa de que las condiciones de movilidad de esa vía iban a mejorar. Ahora anunciaron el cierre por dos meses por un derrumbe -si bien han habilitado una parte del tráfico- ¿usted comparte la teoría de que nuestra topografía es muy complicada?

A.R.: No conozco a profundidad el caso. Lo que puede decir es que los diseños se basan en modelos matemáticos que reproducen la realidad a partir de la información en campo, dados los problemas que tiene esa vía lo que diría a priori es que puede haber deficiencia de información.

Poniéndome en los pantalones del diseñador y del constructor no es una tarea fácil porque la información que se obtiene en un lugar determinado puede variar a los pocos metros debido a la alta actividad geológica que existe en ese lugar y en el país, en general.

Colombia está ubicado en una zona donde confluyen tres placas tectónicas: Nazca, la placa Sudamericana y la de Cocos que permanentemente están arrugando la corteza terrestre, formando y fundiendo rocas, eso hace que tengamos tres cordilleras, diferentes pisos térmicos y diversidad de cultivos, pero por otro lado provoca deslizamientos, avenidas torrenciales, sismos: hace rato no ocurre uno importante, pero van a seguir ocurriendo.

L.S.A.: ¿No hay nada que hacer entonces?

A.R.: La ingeniería en el mundo ya sabe cómo lidiar con obras de infraestructura de gran impacto en zonas geológica y geomorfológicamente hablando similares a las colombianas.

Todo está asociado de nuevo a las evaluaciones de riesgo. Si para cierta obra de infraestructura se hace una buena evaluación del riesgo, probablemente disminuya la vulnerabilidad.

Estamos en una etapa donde es necesario invertir recursos en evaluaciones y que sirvan para tomar decisiones.

L.S.A.: Usted dice que somos un referente en sistemas de gestión del riesgo de desastre ¿en qué sentido?

A.R.: La forma como está articulado el sistema ha sido ejemplo para que en otros países de Latinoamérica se adopten sistemas similares: a nivel nacional existe un organigrama que tiene un espejo a nivel departamental y local: en cada municipio hay un encargado de la gestión del riesgo que articula a su vez a las distintas entidades locales.

No somos un referente en investigación. Las convocatorias de Colciencias relacionadas con el sistema de gestión del riesgo de desastres son muy pocas y las que hay lo tocan sólo de manera tangencial.

L.S.A.: ¿Podría sostenerse que normalmente los desastres se ensañan con las poblaciones más pobres por alguna razón en especial, lo digo porque en teoría la falta de previsión afecta a todo el mundo?

A.R.: La amenaza: las lluvias, los huracanes, los sismos, no distinguen, es en el grado de vulnerabilidad donde se destapan las diferencias, las afectaciones que causa una desastre natural desnudan el nivel de vida que tienen las personas.

Las afectaciones que causa un desastre natural desnudan el nivel de vida que tienen las personas

Alfonso Ramos

En el 2010 hubo dos sismos importantes en Chile y en Haití. Este es el momento en que la isla todavía está recuperándose. En Chile fue más fuerte pero no tuvieron ni siquiera que recurrir a ayuda internacional. Esos mismos efectos diferenciales pasan al interior de los países y las ciudades.

¿Qué pasaría si en Bogotá ocurriera un sismo de gran magnitud como en algún momento va a ocurrir?

Hay muchas personas que viven en laderas, por ejemplo, que no van a resistir.

Va a ver una correlación directa entre la calidad de vida de las personas, su ingreso per cápita y el tipo de afectados.

Hacer gestión del riesgo es hacer gestión del desarrollo social, económico, cultural: mejorar la existencia de la gente.

Hacer gestión del riesgo es hacer gestión del desarrollo social, económico, cultural: mejorar la existencia de la gente

Alfonso Ramos

Para citar:

Ramos-Cañón, A. M., Prada-Sarmiento, L. F., Trujillo-Vela, M. G., Macías, J. P., & Santos-R, A. C. (2016). Linear discriminant analysis to describe the relationship between rainfall and landslides in Bogotá, Colombia. Landslides, 13(4), 671–681. https://doi.org/10.1007/s10346-015-0593-2.

Villegas-González, P. A., Ramos-Cañón, A. M., González-Méndez, M., González-Salazar, R. E., De Plaza-Solórzano, J. S., Durán-Gaviria, E. D., & Bolívar-Barón, H. D. (2017). Gestión del riesgo en Colombia: vulnerabilidad, reducción y manejo de desastres. Universidad Católica de Colombia.

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