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Por Nicole Bravo · 22 de Diciembre de 2020

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El Covid le cambió la cara a la Navidad. En pocos lugares se siente esta diferencia tan marcada tanto como en Cali, una de las primeras ciudades en entrar en alerta roja por la ocupación de camas UCI, la velocidad de transmisión y la tasa de letalidad (más de 12 fallecimientos diarios), y uno de los lugares del mundo donde la fiesta decembrina era más intensa por las ferias de fin de año, que esta vez serán virtuales. 

Es una tragedia que tiene muchas caras.

Las pérdidas absolutas

El martes 15 de diciembre, cuando el alcalde Jorge Iván Ospina declaró la alerta roja hospitalaria en Cali, en la casa de los España se cumplían ocho meses de la primera muerte por covid en la familia que marcó el inicio de una historia que ya deja tres ausencias.

Daniela España cuenta que dos de sus tías en Estados Unidos empezaron en marzo con síntomas de gripa que se fueron agravando, ambas pasaron por cuidados intensivos, y después de 15 días, sólo una salió de la sala con vida.

La tragedia tuvo su espejo en Cali.

Los síntomas que empezaron a sentir el tío Harold, la abuela Melba y la mamá de Daniela a inicios de junio parecían más de dengue que de gripa o de covid. Pero cuando Daniela notó que su mamá estaba ahogada mientras hablaba por teléfono, corrió al médico. La radiografía de los pulmones mostró una neumonía. 

El resultado fue positivo para covid. En total, se contagiaron seis miembros de la familia España, entre quienes vivían en el primer y el segundo piso de la casa en el barrio El Guabal, en el centro de Cali.

Daniela se dedicó a cuidarlos. Alquiló tres balas de oxígeno por un mes, cada una por 130 mil pesos, y puso alarmas cada dos horas para revisarles la temperatura y la saturación. Intentó tenerlos en casa lo más que pudo, pero los 15 litros de oxígeno que le suministraba la pipeta cada minuto a su tío Harold, no fueron suficientes.

El 10 de julio, fue internado en una UCI - es una de las más de 3.800 personas que han terminado en cuidados intensivos en Cali desde que arrancó la pandemia-, y esa misma noche, al enterarse de la hospitalización de su hijo, la abuela Melba también se desplomó.

“Fue como si se le hubiera desprendido la vida”, dice Daniela.

Pero Melba se resistió a ir a un hospital. La única opción de Daniela fue darle un tenedor para que, en caso de sentirse mal, golpeara la pipeta para atenderla. Una hora después de que Daniela intentara dormir, escuchó los ruidos del metal. Eran las tres de la mañana cuando llamó la ambulancia.

“Si aquí no la reciben, no tengo más oxígeno para su abuela”, le dijo el profesional de la ambulancia a Daniela cuando llegaban al Hospital Universitario del Valle, la quinta IPS en la que buscaban una UCI en una ciudad en la que la hay 897 y 510 son exclusivas para covid, pero hasta ayer sólo el 12 por ciento estaban disponibles.  

Ayer la Secretaria de Salud de Cali, Miyerlandi Torres, le dijo a La Silla que durante el fin de semana 10 personas tuvieron que esperar casi ocho horas por una UCI.

Esa angustia que sintió Daniela al ver a su abuela ahogándose, la sintió también cuando su mamá fue internada en la UCI a la mañana siguiente, y la vivió todos los días desde las tres de la tarde. Después de esa hora, acostumbraban a llamarla de los hospitales para contarle cómo evolucionaban sus familiares.

“Todos con los teléfonos en la mano, mirándonos las caras, con la angustia de que cuando suena el teléfono no sabes si contestar o no, porque un día te dicen ‘tu familiar está bien’ y al otro te dicen ‘tu familiar se va a morir’”, cuenta Daniela

Si junio fue un mes gris para la familia España, agosto lo fue más: la abuela Melba y el tío Harold fallecieron.

Desde que empezaron las novenas, la mamá de Daniela que se recuperó del covid, regresa cada mañana llorando porque ir a la iglesia a rezarlas era una costumbre que tenía con la abuela Melba.

Y Daniela sigue viendo a su tío Harold en cada taxi, parecido al que él manejaba, que pasa o se parquea cerca de su casa.

Hoy, los adornos de diciembre están en la casa, pero la Navidad no se siente. Los pusieron para que los niños celebren y para recordar que a la abuela Melba le encantaba ver a la familia reunida, algo que dudan que puedan hacer esta vez: a pesar de ser sólo 10 personas, porque temen que alguno pueda enfermarse de nuevo.

Su drama familiar se multiplica entre los caleños, entre los colombianos, en realidad, que sufren este diciembre cada uno a su manera.

La angustia en la distancia

La angustia de María Paula Trujillo arrancó hace dos meses. 

El 11 de octubre su papá, Camilo, fue diagnosticado con covid. Pero estaban a kilómetros de distancia porque Camilo, que ronda los 60 años, había viajado al Huila para despedirse de su mamá, que fue desahuciada por un cáncer de estómago. 

Dos días después del diagnóstico, Camilo fue internado en la Unidad de Cuidados Intensivos. Estuvo consciente hasta el 14 de octubre, cuando sufrió un paro respiratorio.

María Paula dice que todos los días la llamaban desde el Huila para decirle que su papá evolucionaba bien, pero la realidad es que el 12 de noviembre, Camilo pasó a hospitalización con cuidados paliativos. Salvarlo es poco probable.

Camilo ya traía una historia clínica complicada por un accidente que sufrió hace más de cuatro años, y desde que le dijeron a María Paula que con las complicaciones del covid había sufrido un daño cognitivo que le tiene el cerebro como el de un niño de seis años, perdió las esperanzas. 

Su sobrina de tres años no; ella todavía espera a su abuelo. Le reza todas las noches a una vela que tienen encendida con la foto de Camilo, e incluso, cambió la carta a Papá Noel para desistir de la bicicleta y mejor pedirle que curara a su ‘Tito’.

“No puedo llorar, no puedo hacer un duelo porque si me pongo mal mi mamá y la niña se van a poner mal de verme”, dijo María Paula. 

El diciembre que no será

Para otros, que se han salvado del contagio, el covid ensombrece el fin de año por otros motivos, como lo narra la familia García González.

En un diciembre normal, para estos días, la cama de Jaqueline y su esposo, Frederman, estaría cubierta de papel regalo y de labiales, sombras, lociones o lo que escogieran para regalar en Navidad a sus más de cinco sobrinas. 

La casa estaría llena de luces por dentro y por fuera, Jaqueline estaría definiendo con sus dos cuñadas, que viven en la misma cuadra, a quién le corresponde la comida de cada novena, cuál sería el compartir del 24 y el 31 y, a escondidas, sus sobrinas estarían pensando de qué sabor sería la torta para celebrar su cumpleaños el 1 de enero. 

Todo eso se lo llevó la crisis económica por la que pasan desde que inició la cuarentena.

Este año sólo alcanzó para armar un pequeño pesebre en la esquina de la casa y simular un árbol navideño en la pared. Lo hicieron por Simón, el hijo menor de 12 años, para que esta festividad no pase desapercibida. 

El bolsillo tampoco da para más. Desde marzo, la agencia de viajes en la que trabaja Jaqueline redujo su horario, y su pago, a la mitad; ahora gana 350 mil pesos quincenales.

Aunque su esposo trabaja, le ha tocado difícil. Como cerrajero independiente, Frederman estuvo casi mes y medio sin trabajar; desde que se reactivó la ciudad, los cuatro o cinco trabajos que le salían al mes, de fabricar y montar rejas, o realizar estructuras en hierro, se redujeron a pintar algunas rejas viejas o hacer pequeñas soldaduras. 

La que contaba con un sueldo más estable era Yanín, la hija mayor que trabaja como fisioterapeuta. Pero este diciembre ya terminaron las terapias de los niños que atiende y solo se reactivarán en enero. 

Aunque su ingreso depende de las horas que trabaje, usualmente le quedaban 1,2 millones de pesos, después de pagar la seguridad social y la cuota de 200 mil pesos del Icetex, que se iban en la casa. 

Por eso, estas tres semanas son de incertidumbre. 

“Estamos viviendo al día”, dice Jaqueline, a quien en noviembre le detectaron quistes en el útero en una cita particular que pagaron sus hijos porque la EPS no la había atendido. Le enviaron un tratamiento de cuatro meses, pero sólo pudo comprar los medicamentos del primer mes. 

El golpe no es sólo económico, sino psicológico. 

“Me ha tocado decirles a mis hijos y a mi esposo ‘¿quién tiene que me de para una cita médica?’. Tengo 47 años y llevo 27 haciendo las cosas sola, siendo independiente, y resulta que ahora dependo de ellos”, explica Jaqueline. 

Una Navidad por Zoom

Este diciembre no será igual para nadie, ni siquiera para muchos caleños que viven en otros lados.

Este será el primero de más de ocho años, en los que Sujey, su esposo Álvaro, y sus dos hijos no viajarán al Valle para pasar las fechas especiales en familia. 

Desde que se fueron a vivir a Cartagena por cuestiones laborales, viajaban sin falta a mitad de diciembre para pasar el 24 en Tuluá, en el centro del Valle, con los familiares de Sujey, y luego llegar el 31 a Cali para compartir con la familia de Álvaro. 

Era un evento en cada casa. 

En Cali, la entrega de los regalos se corría para el 31 de diciembre. Así celebraban dos fechas especiales el mismo día con la familia más cercana, que en las cuentas siempre pasaban las 30 personas. 

Pero desde septiembre, anunciaron en cada casa que no irían este diciembre. Temen contagiarse. Si las redes no colapsan, como suele pasar, y las llamadas entran sin problema, celebrarán este diciembre virtualmente con su familia. 

La familia dispersa

Con una de las diásporas mas grandes del país, el covid también ha frustrado este año la mejor excusa para viajar a Colombia y reunirse con los seres queridos.

Nicolás Franco, por ejemplo, pasará otro año lejos de sus padres, que viven en Buenaventura. Iba a comprar los tiquetes hace un mes desde París, pero por esos días Francia volvió a la cuarentena. Fue duro contarle a sus papás.

Ellos desistieron de hacer novenas, porque tienen a sus dos hijos lejos, y sienten que ni la casa ni la Navidad son iguales sin ellos. Nicolás retomará la tradición por un día para recordar con amigos colombianos los rezos y para mostrarle a sus compañeros franceses cómo celebramos en Colombia.

Desde las UCI

Felipe Vallecilla, terapeuta respiratorio que le ha hecho frente al covid desde el primer día, ha notado el impacto del virus en Cali en su ritmo de trabajo: antes trabajaba entre seis y siete horas, y en este momento, tiene turnos de 12 horas seguidas. 

“En la noche no paramos”, asegura Felipe. Cada vez llegan más pacientes cuando termina el día y con “un diagnóstico más claro y síntomas más exacerbados”, como más dificultad para respirar.

Explica que antes del covid era normal tener algunos minutos en el turno para diligenciar la evolución de los pacientes, pero ahora el tiempo no da porque quienes están en la Uci por covid requieren visitas cada 10 o 20 minutos, ya que en cualquier momento se pueden agravar.

Vallecilla también ha notado que desde noviembre, más o menos, hay un aumento de casos de covid para niños. 

Hace dos semanas, la secretaria de Salud del Valle, Maria Cristina Lesmes, dijo que en el Hospital Universitario del Valle había 24 niños hospitalizados por covid de los cuales cinco estaban en cuidados intensivos. 

Hasta octubre, el Valle contaba con 1800 niños menores de nueve años que tenían o habían tenido covid, y más de 3500 menores de 19 años contagiados. En Cali, la mayoría de los contagios están entre los 20 y los 39 años (más de 40 mil casos reportados).

Sea como sea, este diciembre será distinto para todos los caleños, una historia que se repite, con diferentes intensidades y realidad, en Cúcuta o Cartagena, en Neiva o Medellín.

Ya sea por la angustia de no tener la familia completa en casa en este momento, como Daniela; o porque esperan la noticia de que su papá se fue a descansar, como María Paula; tal vez porque el covid le quitó la alegría decembrina a Cali; quizá porque las costumbres se interrumpieron o porque, como Felipe viven con el temor de lo que ven a diario en las Ucis.

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