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Philip Goldberg

Embajador de Estados Unidos en Colombia • TOTAL DE CONEXIONES 0
Actualizado: 20 de Septiembre de 2019

Philip Seth Goldberg, el embajador que envió el Gobierno Trump a Colombia en 2019, es un funcionario de carrera del Departamento de Estado, que conocía muy bien Colombia desde antes de esa designación.

Nació en Boston, estudió en un colegio privado e hizo su pregrado en la Universidad de Boston. Trabajó inicialmente como enlace entre la administración de Nueva York y la ONU, y luego ingresó al servicio exterior, la carrera diplomática de Estados Unidos, en la que tuvo un rápido ascenso a fines del siglo pasado.

Su primer cargo en el exterior fue en la embajada en Bogotá, a inicios de los años noventa. Llegó como funcionario político y consular a una Colombia que estaba en plena guerra contra el Cartel de Medellín, y por eso su primera experiencia en el país fue una de violencia y conflicto, y de lucha contra las drogas.

Luego, tras trabajar en Sudáfrica, fue jefe de la oficina de Bosnia del Departamento de Estado entre 1994 y 1996: llegó cuando estaba en guerra y participó en su tratado de paz de 1995, como miembro del equipo negociador de Estados Unidos previo a la conferencia de paz de Dayton y luego jefe de gabinete de ese equipo, que encabezaba el diplomático Richard Holbrooke, en los Acuerdos que dieron fin a la guerra.

Desde entonces ha trabajado especialmente en los Balcanes y, sobre todo, en América Latina.

Primero fue uno de los asesores más cercanos al vicecanciller Strobe Talbott, un demócrata que ocupó ese cargo entre 1994 y 2001 y que era amigo personal del presidente Bill Clinton. 

En los cuatro años que trabajó con Talbott (1996 - 2000), Goldberg participó en la elaboración y desarrollo del Plan Colombia, que lideró el subsecretario con una visión de que era “el desarrollo de una estrategia antinarcóticos integral”. De hecho, volvió brevemente al país en el 2000, justamente para encargarse de la implementación del Plan.

Después de estar en el equipo de empalme con el electo George W Bush, pasó un semestre encargado trabajando en las relaciones del Departamento con el Congreso, y luego Bush lo designó para volver a Latinoamérica, esta vez como en la embajada en Santiago de Chile.

Alí estuvo en varios cargos altos, como jefe de misión y, entre julio de 2001 y marzo de 2002, como embajador encargado, hasta que lo reemplazó William Brownfield (conocido en Colombia porque fue embajador en Bogotá entre 2007 y 2010).

Tras volver a Washington, entre 2004 y 2006 fue jefe de la misión en Pristina, la capital de Kosovo, que estaba entonces en pleno conflicto entre los nacionalismos serbio y albanés, cuando estaba bajo administración de las Naciones Unidas desde 1999, tras una guerra entre esos dos sectores. 

Su paso coincidió con un cambio de postura de Estados Unidos, que decidió impulsar una definición del futuro de Kosovo, entre ser parte de Serbia, serlo de Albania o convertirse un país independiente. Como Rusia pujaba en favor de los serbios, Goldberg estaba encargado de un tema sensible desde lo geoestratégico, un paso importante en su carrera.

De allí pasó directamente a su primer cargo como embajador titular, ante Bolivia, a donde llegó en 2006. 

Su paso por allí se dio en medio de un fuerte conflicto político que incluyó una propuesta separatista de varios departamentos del oriente, incluyendo la rica Santa Cruz, y el impulso de un referendo revocatorio contra Evo Morales en agosto de 2008, que ganó el presidente con el 67 por ciento de los votos.

Para Morales y los suyos, el pasado de Goldberg en los Balcanes, donde las tensiones étnicas llevaron a la disolución de Yugoslavia, eran motivo de preocupación, pues parte de la puja con los separatistas pasaba justamente porque el oriente es menos indígena que la zona norte y occidente, y Morales es el primer presidente indígena de Bolivia.

Goldberg terminó declarado persona non grata por Morales, después de reunirse con líderes de la oposición que estaban protestando contra los resultados del referendo. Morales y su gobierno acusaron a Goldberg de conspirar para derrocarlos y lo expulsaron (el Gobierno Bush respondió expulsando al embajador boliviano en Washington).

Goldberg regresó a Washington y en junio de 2009, cuando el gobierno de Barack Obama llevaba seis meses, la nueva Secretaria de Estado, Hillary Clinton, lo encargó de coordinar la aplicación de la resolución de la ONU de sancionar a Corea del Norte.

Tras un año en esa labor, Clinton lo nombró su subsecretario de Estado para inteligencia e investigación entre 2010 y 2012, un cargo muy cercano a Clinton y que le dio un perfil más alto a su carrera.

Luego estuvo en Manila, como embajador, entre 2013 y 2016. Inicialmente trabajó sin mayores sobresaltos con el gobierno de Benigno Aquino, pero cuando en 2016 llegó al poder el autoritario Rodrigo Duterte, acusado de violación de derechos humanos, las relaciones estallaron.

Duterte llegó a decir en televisión que Goldberg es “un hijo de puta” y “gay” (algo que para el presidente de derecha es un insulto). El Departamento de Estado protestó y poco después hizo una normal rotación de embajador, y Goldberg regresó a Washington, donde estuvo en el cambio de gobierno de Estados Unidos.

En 2018, cuando todavía era secretario de Estado Rex Tillerson, envío a Goldberg como encargado de negocios en La Habana, uno de los puestos de mayor sensibilidad política en el servicio exterior de Estados Unidos, y cuando Trump había empezado a echar reversa al deshielo que lideró Obama.

Tras seis meses en La Habana, regresó a Washington a mediados de 2018. El Gobierno trump anunció que lo designaría embajador en Bogotá en mayo de 2019, cuando ya era claro que no iba a lograr que los republicanos confirmaran su deseo de nombrar a Joseph MacNamara.

En sus propias palabras, el apoyo de Estados Unidos a Colombia durante administraciones demócratas y republicanas, en los últimos 30 años, “ha servido como un modelo de cómo una política exterior bipartidista puede lograr resultados que sirvan los intereses americanos, los valores americanos y el pueblo americano”.

Esa cita viene del testimonio que presentó al comité de relaciones exteriores del Senado de Estados Unidos en junio, como parte del proceso para que aceptaran su nombramiento. Allí también mostró el norte de lo que seguramente hará como embajador, en todo caso siguiendo la línea del Gobierno Trump y con tres grandes ejes: implementación del Acuerdo con las Farc, narcotráfico y Venezuela.

Del primero dijo que “aunque la implementación del acuerdo de paz ha resultado difícil y a ratos desigual, representa la oportunidad de progresar más en áreas clave, especialmente en extender el Estado de derecho y el desarrollo económico a amplias áreas de la Colombia rural, donde abusos de los derechos humanos y el estado lamentable de los desplazados han impactado de forma desproporcionada a las poblaciones indígena y afrocolombiana”.

Sobre la coca, dijo que “esfuerzos colombianos agresivos bajo el Gobierno Duque ya llevaron a un incremento sustancial de la erradicación de plantas de coca e interdicción de la pasta base”; y sobre Venezuela habló no solo del “régimen corrupto y antidemocrático” sino de la migración a “una Colombia generosa” pero que “causa retos sociales, económicos y presupuestales que exacerban problemas existentes y crean otros totalmente nuevos”.

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