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Por Nicole Bravo | Santiago Chavarriaga Garzón · 02 de Mayo de 2021

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Durante la jornada de protesta de los últimos cuatro días en Colombia, en Cali pasó todo con más intensidad. La asistencia masiva y prolongada, los actos simbólicos, los disturbios violentos, los abusos de la policía y el vandalismo de algunas personas que asistieron a las movilizaciones.

Y dentro de Cali, el punto más álgido se concentró en Puerto Resistencia, al Oriente de Cali, en una de las zonas más deprimidas de la ciudad.  

Puerto Resistencia es un nombre relativamente nuevo. Antes era conocido por los caleños como Puerto Rellena, un lugar típico de la ciudad en el que hasta hace años era común encontrar puestos de venta de rellena o morcilla alrededor de las calles.  

“Siempre ha sido un lugar de resistencia. Antes las madres cabeza de hogar del oriente de Cali venían a vender rellena aquí, era su sustento, su forma de resistir”, nos dijo Stiven Reyes quien conoce y hace parte de varios colectivos culturales del oriente de la ciudad.

El cambio de nombre nació de la agitación que vivió Cali tras las multitudinarias marchas del paro del 21N de 2019. 

Una movilización que, después de ser pacífica, terminó en una Cali con saqueos a negocios, con toque de queda en un momento en que la pandemia no existía y una noche de noticias falsas, redes sociales, comunidad armada y temor. 

Al siguiente día, algunos jóvenes del barrio quisieron hacer una manifestación pacífica con la idea de resistir al miedo que tenía la ciudad en ese momento.

Año y medio después, Puerto Resistencia volvió a estar en el centro del paro. Un microcosmos de las protestas de los últimos días en Colombia. 

28 de abril 

Puerto Resistencia era un punto más de concentración para las marchas y plantones del 28 de abril. 

 

Ese día, Cali le madrugó a la movilización con el derribo de la estatua de Sebastián de Belalcázar por parte de integrantes del movimiento de Autoridades Indígenas del Suroccidente (Aiso), la vandalización de buses del MIO (el transporte público de la ciudad) y la suspensión del servicio de este desde las 8 de la mañana. En Puerto Resistencia, la movilización de más de 600 personas transcurría entre bailes, arengas y juegos. 

“Estaba todo calmado hasta las 5 de la tarde que llegó el Esmad a disolver a la gente. Un día duro, de vandalismo”, nos contó Yeison Martínez, edil de la comuna 16. En ese momento, Cali ya llevaba dos horas de un toque de queda continuo que terminaba el domingo a las 5 de la mañana.

Como contamos, ese día la ciudad se movió entre los contrastes. Así como hubo saqueos en varios puntos de la ciudad, y el oriente no fue la excepción, también la comunidad se unió para evitarlos o devolver lo hurtado.

Las 21 personas con las que hablamos para esta historia entre líderes sociales y estudiantiles, y manifestantes, concuerdan en que los casos de vandalismo e intentos de saqueos son de unas pocas personas frente a todos los que se han movilizado pacíficamente.

Pero se trata de un fenómeno complejo, en el que, según Carlos Manrique, profesor de Filosofía de la Universidad de los Andes, y experto en movilizaciones sociales, “en Cali hay que distinguir lo que los medios tienden a mezclar: delincuencia común y violencia política”. 

Esta última hace referencia a manifestaciones en contra del patrimonio público, como quemar buses, o contra símbolos políticos, como la estatua de Sebastián de Belalcázar o el edificio de la Alcaldía. Pero también a infraestructura privada, como la infraestructura del Banco de Bogotá al oriente que fue violentada y el Éxito de San Fernando que tuvo un intento de saqueo. 

Manrique dice que esa confluencia de fenómenos distintos es la que puede explicar esa violencia masiva que se ha visto en la ciudad por estos días. 

“El escenario de la protesta crea un momento de suspensión de la normalidad, que puede hacer que esa delincuencia que ya tiene Cali, y que ya venía siendo grave, se pueda intensificar”, dijo. 

La explicación del alcalde de Cali, Jorge Iván Ospina, frente a lo que pasó el 28 fue que la alteración del orden público se trató de “minorías que de forma premeditada, organizada, de manera irresponsable y criminal, se prepararon y actuaron para vandalizar”.

La quema de estaciones del MIO y de Centros de Atención Inmediata (CAI) ha continuado. Esto aún cuando el Ministro de Defensa, Diego Molano, que llegó a la ciudad el jueves y quien parece ser el que tiene las riendas de la seguridad en Cali, dice que la ciudad cuenta con casi 4 mil personas entre Ejército y Policía en las calles. 

Luis Castaño, quien ha estado movilizándose por estos días, nos dijo que para el tema del vandalismo en Cali “hay que entender el contexto en el que se está dando. Es un contexto de hambre porque la gente realmente está tratando de sobrevivir”. 

El año pasado más de 375 mil caleños entraron al rango de pobreza extrema según el Dane. Con esto, Cali tiene más de 934 mil personas en esta condición. A esto se suma que en los primeros tres meses de 2021, la tasa de desocupación en Cali pasó de 14% a 18,7%. 

Sebastián Vargas, líder estudiantil de la Universidad del Valle, le dijo a La Silla que “el peor vandalismo es el vandalismo estatal” que se “roba” los recursos públicos y “autoriza políticas represivas y regresivas como esta reforma tributaria de hambre”. 

Castaño y Vargas, al igual que otras dos personas, nos dijeron que esos casos también se presentaban porque las marchas estaban infiltradas por la Fuerza Pública, con el fin, según ellos, de boicotear la manifestación. 

Ese día, según organizaciones sociales y de derechos humanos, hubo 58 heridos y dos muertos, ambos menores de edad: Marcelo Ágredo de 17 años en el barrio Mariano Ramos y Jeison García en República de Israel. Los dos barrios limitan con Puerto Resistencia. 

El caso de Marcelo se ha vuelto más conocido por las circunstancias. Según Cuestión Pública, el joven le pegó una patada por la espalda a un Policía y este sacó un arma y le disparó.

 

Por su parte, al otro día el secretario de Seguridad de Cali, Carlos Rojas habló de entre 4 y 5 muertos. En ese momento estaban verificando si las muertes estaban relacionadas con las manifestaciones.

Ese día, la ciudad terminó con militares en las calles, 850 policías y 450 soldados enviados por el Ministerio de Defensa y suspensión de servicio de MIO para el día siguiente. 

29 de abril 

Desde las 6 de la mañana las personas empezaron a llegar a Puerto Resistencia. Además de continuar con las manifestaciones del día anterior, la comunidad también hizo un minuto de silencio por Marcelo Ágredo. 

“A las 3 de la tarde ya había una congregación de más de 700 personas, llega la tanqueta del Esmad y la gente lo que empieza a hacer es arrodillarse, alzar las manos y gritarles ‘sin violencia’. Y no escucharon a la gente”, cuenta Yeison Martinez, edil de la comuna 16 que estuvo en la manifestación. 

Luego dice que el Esmad empezó a lanzar bombas aturdidoras y gases lacrimógenos. La respuesta de los manifestantes fue empezar a lanzar piedras. “Era una batalla campal de rebeldía e indignación del acto de la Fuerza Pública” comentó. 

Después de dos horas y media de enfrentamientos, el Esmad salió de Puerto Resistencia. Durante ese tiempo, el Comando de Atención Inmediata (CAI) ubicado en el mismo punto fue quemado. 

Según Martínez, el Esmad se fue a unas cuadras de donde estaban, esperaron al Grupo Operativo Especial de Seguridad (Goes) y regresaron. Ese día, organizaciones de derechos humanos denunciaron la muerte del joven Miguel Ángel Punto en Puerto Resistencia “a manos de agentes de la Policía Nacional”, pero no precisaron cómo.

Lo que sí es cierto es que una queja reiterada por parte organizaciones sociales y de derechos humanos es que la Policía está disparando en contra de los manifestantes. Tanto, que la denuncia se ha trasladado hasta los delegados del Consejo Distrital de Paz, quienes ya le pidieron al Alcalde de Cali y a la Gobernadora del Valle que ordenen “a la Fuerza Pública no disparar ni golpear a la población”.

“Ese Esmad es el que llega siempre y alborota la gente, la desafía. Por eso los enfrentamientos se han calentado, porque ellos disparan”, nos dijo Alex Rincón de 49 años, uno de los manifestantes que ha estado en al menos tres puntos de concentración los últimos días. 

Para ejemplificar lo que dijo, Rincón contó que el viernes “la Policía de El Diamante, los que patrullan el barrio (estaban) disparando. Un vecino encontró una bala en el colchón”.

Las 20 personas con las que hablamos coincidieron en que era el Esmad el que llegaba a acabar con la protesta pacífica. Sólo una nos dijo que “eso es algo de parte y parte. Empiezan a provocarse entre ellos”.

Pero incluso esta rivalidad se suspendió por momentos. “Aquí hay tiempo para todo, tiempo para la guerra, tiempo para la paz y tiempo para comer”, dijo un manifestante mientras le comparte gaseosa a agentes del Esmad al final de la jornada. 

 

30 de abril

La movilización en Puerto Resistencia ha sido continua, pero cada día tuvo sus particularidades. 

El viernes se repitió la foto de centenares de personas desde la mañana y enfrentamientos en la tarde. Esta vez sin mucha claridad sobre quién empezó los desmanes. Lo que sí fue claro, es que la misma comunidad está respaldando a los manifestantes.

“Entre las cuadras la gente que resiste se resguarda”, comenta Stiven Reyes quien conoce la zona. Ahí los vecinos regalan bolsas de leche y tarros con vinagre para los manifestantes con el fin de mermar el ardor de los gases lacrimógenos. 

“El Esmad no sabe pa’ donde coger porque son muchas cuadras”, explica Reyes. Esto porque una de las vías que convergen en Puerto Resistencia es la que marca la división entre los barrios República de Israel y Mariano Ramos, así que hay más formas de que los manifestantes salgan, se dispersen, pero de igual forma puedan retornar al lugar.

Pero la ayuda de los vecinos no se queda ahí. El viernes también aportaron y salieron a terminar la olla comunitaria que era para un promedio de 300 personas, casi el 10 por ciento de los que asistieron. 

En Puerto Resistencia ya se ha vuelto común terminar el día despidiéndose de agentes del Esmad con un “chao, nos vemos mañana, en el mismo canal y a la misma hora”.

Para Carlos Manrique, profesor de la Universidad de los Andes, esto tiene explicación. “Cali ha sido el epicentro de la violencia contra líderes sociales, por su cercanía al Pacífico y al norte del Cauca, y sumado al descontento por la reforma tributaria, la movilización se fortaleció”, asegura. 

1 mayo

La Silla estuvo durante 9 horas en la manifestación pacífica que se llevó a cabo el 1 de mayo en Puerto Resistencia. 

El punto parecía más un lugar de escombros que una calle. Era casi imposible caminar sin encontrarse con piedras o pedazos de ladrillos; restos de las batallas campales que vivieron ahí en los dos días anteriores.

Las personas empezaron a llegar alrededor de las 7:30 de la mañana. Pero el flujo entre los que iban y venían nunca cesó. Como si fuera un impulso, las palabras surgían entre vecinos y desconocidos. 

“Policarpa, Nariño, Bolívar, no hicieron la revolución cantando cancioncitas”, “ah no, es que la gente en Colombia es muy pacífica y así tampoco”, “Hay que pararse duro y seguir”, “Cali es Colombia ahora”, se oía en las conversaciones.

Había cerca de 2 mil personas, más en los días anteriores. Desde temprano algunos jóvenes y adultos que llegaban en carros empezaron a repartir tapabocas. A la par, algunas personas llegaron con porrones llenos de café y bolsas repletas de pan. “Esto no tiene precio”, nos dijo Alex Patiño quien por iniciativa propia puso de su dinero y llegó al lugar con el fin de “apoyar la causa”. 

Contrario a lo que pasaba en movilizaciones de otros años, esta vez no hubo una edad o una condición común que identificara a los marchantes. 

Hubo ancianos solos y con mascotas, niños y adultos, familias, parejas, grupos de amigos, barristas, personas en condición de discapacidad, en silla de ruedas y en muletas que salían juntas a manifestarse. “Esto ya fue la cereza del pastel. No estamos saliendo sólo por la reforma tributaria”, nos dijo Cynthia Hoyos, manifestante de 23 años. 

Un ejemplo de ese acumulado de cosas lo dio Lucy Sandoval de 53 años, una mujer en silla de ruedas a quien hace poco le diagnosticaron cáncer de mama. 

“Estoy movilizándome contra el mal régimen que tienen las EPS para las personas que tenemos enfermedades de mayor complejidad porque no nos ayudan. Lo otro es que el pueblo colombiano está sufriendo, gente con hambre y los ricos creciendo. Tengo un esposo desempleado, cada día tengo una nueva enfermedad y estoy luchando por eso, no aguantamos hambre, pero no comemos de lo mejor”, comentó.

La tensión de que llegara el Esmad persistía. Desde antes de las 10 de la mañana ya empezaba a rumorarse que llegaría en cualquier momento. Algunas personas taparon con una bolsa plástica la placa de una moto para evitar que esta se leyera. Otros jóvenes ya se habían quitado las camisas y con estas habían cubierto sus rostros. 

Por Puerto Resistencia pasó la caravana fúnebre que llevaba el cuerpo de Marcelo Ágredo, el joven a quien un policía le habría disparado el 28 de abril. También llegó en medio de cantos, y banderas de Colombia una chiva que transportaba integrantes del Consejo Regional Indígena del Cauca (Cric), que llegaron a reforzar las manifestaciones, y una caravana de motos. 

“Si el que tiene para comprar esa moto salió a marchar, es porque estamos muy mal”, dijo uno de los jóvenes al ver motos de alto cilindraje que llegaban.

“Lo que yo veo es que todos los estratos están unidos”, le dijo a La Silla Esteban Patiño, un manifestante de 33 años que salió por primera vez a marchar. Lo motivó la reforma tributaria que propone el Gobierno de Iván Duque y la idea de que “es el momento de cambiar”.

El sábado la manifestación fue aún más masiva. Según el defensor del pueblo, Carlos Camargo, ese día hubo más de 11 mil manifestantes en 10 puntos de concentración en Cali.

 

Cali, el hervidero del Paro

Los últimos cinco días han puesto a Cali en la mira de toda la nación, tanto por las movilizaciones pacíficas y la resistencia frente al Esmad, como por las situaciones de vandalismo y violencia. 

Para Gustavo Orozco, politólogo experto en política de seguridad de Cali, los hechos de vandalismo en la ciudad son hechos aislados a la protesta. Para él, se trata de “ladronzuelos y delincuentes razos que sabían de la coyuntura, y que ante la falta de respuesta institucional para responder a los desmanes, vieron la oportunidad de delinquir”. 

Orozco asegura que el vandalismo en barrios residenciales, demuestra estructuras organizadas previamente, que no tienen que ver con el terrorismo. Solo a partir del viernes 30 “se puede hablar de infiltraciones de grupos armados como las milicias urbanas del ELN, o de las Bacrim, todo como un acto de sublevación social como fin último para atentar contra el Estado” asegura. 

El sábado, el Ministro de Defensa dijo que "Según información de inteligencia, los actos criminales y terroristas en Cali corresponden a organizaciones criminales y terroristas como el movimiento 'JM19', grupo 'Luis Otero Cifuentes', al movimiento bolivariano de disidencias de las Farc de 'Gentil Duarte'".

La cantidad de información que se mueve en redes sociales o por videos de whatsapp supera las capacidades de verificación. Y la información oficial ha sido insuficiente. 

 

Cuatro días después de las marchas y lo que ha vivido Cali es que hay un primer consolidado oficial de homicidios en Cali. Según el Brigadier General Juan Carlos Rodríguez Acosta de la Policía, entre el día 28 y el día 30 de abril hubo 10 asesinatos. 

Por su parte, el Colectivo de abogados Suyaza, el equipo de derechos humanos de la barra del Barón Rojo Sur, el presidente de la Central Unitaria de Trabajadores, la Red de Derechos Humanos del Suroccidente Colombiano Francisco Isaías Cifuentes y el Comité de solidaridad con los presos políticos, tienen sus propias cifras.

Hasta el 30 de mayo contaban 5 mujeres agredidas sexualmente por integrantes del Esmad, 200 detenciones arbitrarias que van de la mano con abuso policial, 175 heridos y 9 muertos, según este comunicado. Ese día, las organizaciones hablaron de que los muertos podían llegar a 14, pero faltaba confirmar.

A la par, las mismas organizaciones denunciaron que no los dejan realizar su trabajo como defensores de derechos humanos y señalaron que en Cali le estaban dando un tratamiento militar a la protesta social cuando esta es un derecho. 

Un derecho que los caleños se han tomado muy en serio en los últimos días. Tanto que han empezado a resignificar lugares de la ciudad. Ya no es sólo Puerto Resistencia.

Ahora la Loma de la Cruz, un lugar de artesanos y artistas que es típico de la ciudad, ha pasado a llamarse Loma de la Dignidad; el Puente de los mil días está empezando a conocerse como el Puente de las mil luchas. Queda por ver si los nombres perdurarán, como el de Puerto Resistencia, o si terminarán barridos como los escombros que ya empiezan a ser retirados de los puntos de concentración de la ciudad. 

Hoy, en Puerto Resistencia aún siguen llegando manifestantes.

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